Friedrich Engels

[Reseña

del primer tomo de "Das Kapital"

para el "Beobachter"]

Escrito el 12/13 de diciembre de 1867.

Karl Marx. El capital. Crítica de la economía política. Tomo primero. Hamburgo, Meißner, 1867

Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre la tendencia del presente libro, creemos poder afirmar que pertenece a aquellas realizaciones que honran al espíritu alemán. Es significativo que el autor sea ciertamente un prusiano, pero un prusiano renano, que hasta hace poco se designaban de buen grado como «prusianos a la fuerza», y además un prusiano que ha pasado los últimos decenios lejos de Prusia, en el exilio. La misma Prusia ha dejado de ser desde hace tiempo el país de iniciativa científica alguna; especialmente en materia histórica, política o social, tal iniciativa sería allí imposible. Más bien cabe decir de ella que representa el espíritu ruso, no el alemán.

Por lo que respecta al libro mismo, es preciso distinguir muy bien entre dos partes muy dispares en él: en primer lugar, los sólidos desarrollos positivos que contiene, y en segundo lugar, las conclusiones tendenciosas que el autor extrae de ellos. Los primeros constituyen en gran parte un enriquecimiento directo de la ciencia. El autor trata en ellos las relaciones económicas con un método enteramente nuevo, materialista, histórico-natural. Tal es la exposición del sistema monetario y la detallada, muy competente demostración de cómo las diversas formas sucesivas de la producción industrial —aquí la cooperación, la división del trabajo y con ella la manufactura en sentido estricto, y finalmente la maquinaria, la gran industria y las combinaciones y relaciones sociales correspondientes a ella— se desarrollan las unas a partir de las otras de manera natural y espontánea. Por lo que se refiere a la tendencia del autor, también en ella podemos distinguir una doble dirección. En la medida en que se esfuerza por demostrar que la sociedad actual, considerada económicamente, está preñada de otra forma social superior, en esa medida se limita a presentar como ley el mismo proceso gradual de transformación en el terreno social que Darwin ha demostrado histórico-naturalmente. Una tal transformación gradual es la que, por lo demás, ha tenido lugar hasta ahora en las relaciones sociales desde la Antigüedad, pasando por la Edad Media, hasta el presente, y, que sepamos, nunca se ha sostenido seriamente desde ningún sector científico que Adam Smith y Ricardo hubieran dicho la última palabra con respecto al ulterior desarrollo futuro de la sociedad actual. Al contrario, la doctrina liberal del progreso incluye también el progreso en el terreno social, y es una de las arrogantes paradojas de los llamados socialistas el obrar como si ellos hubieran monopolizado el progreso social. Frente a los socialistas corrientes, hay que reconocer como mérito de Marx el que señale un progreso incluso allí donde el desarrollo extremadamente unilateral de las condiciones actuales va acompañado de consecuencias inmediatamente aterradoras. Así ocurre en toda la exposición de los extremos de riqueza y pobreza, etc., que resultan del sistema fabril en gran escala. Precisamente mediante esta concepción crítica del objeto, el autor —seguramente contra su voluntad— ha suministrado los más fuertes argumentos contra todo socialismo de escuela.

Enteramente distinta es la naturaleza de la tendencia, de las conclusiones subjetivas del autor, del modo como se representa a sí mismo y a los demás el resultado final del actual proceso de desarrollo social. Estas no tienen absolutamente nada que ver con lo que llamamos la parte positiva del libro; más aún, si el espacio permitiera entrar en ello, quizá podría demostrarse que esas sus quimeras subjetivas son refutadas por su propio desarrollo objetivo.

Si todo el socialismo de Lassalle consistía en insultar a los capitalistas y adular a los hidalgüelos prusianos de la col, aquí tenemos precisamente lo contrario. El señor Marx demuestra expresamente la necesidad histórica del modo capitalista de producción, como él llama a la actual fase social, y asimismo la superfluidad de la nobleza terrateniente meramente consumidora. Si Lassalle albergaba grandes ilusiones acerca de la vocación de Bismarck para introducir el reino milenario socialista, el señor Marx desautoriza a su discípulo descarriado con suficiente claridad. No solo ha declarado explícitamente que nada tiene que ver con todo «socialismo gubernamental prusiano real», sino que dice además, precisamente en la pág. 762 y ss., que el sistema hoy imperante en Francia y Prusia tendrá por consecuencia, en breve plazo, el dominio del knut ruso sobre Europa, si no se le pone coto a tiempo.

Señalamos, por último, que en lo que antecede solo hemos podido tomar en consideración los rasgos principales del grueso volumen; en cuanto a los detalles, habría aún mucho que observar, pero tenemos que pasarlo por alto aquí. Para ello existen también suficientes revistas especializadas, que sin duda se ocuparán de este fenómeno, en todo caso muy notable.