Antigua Irlanda.

I. Fuentes. 1) Los antiguos. 2) la literatura irlandesa. Edificios e inscripciones. 3) Extranjeros. Los escandinavos. – San Bernardo, Giraldus. – 4) Los posteriores, especialmente de finales del siglo XVI.

IIa. Raza y lengua. Leyendas de inmigración. Datos de los antiguos. Lo que cabe decir de las costumbres irlandesas a partir de las leyes, de Giraldus y de los propios autores posteriores.
b. Constitución del clan, propiedad territorial, leyes.

IIIa. Introducción del cristianismo. Misioneros y sabios irlandeses. J. Escoto Erígena.
b. Época de los daneses, etc., hasta la invasión. Orden del Estado hacia esa época.

Sobre I.
Sobre IIa. Leyendas de inmigración del Senchus Mór. – Los antiguos: Senchus Mór II, Hist. y Apéndice. Wakefield XII, 6 (Boate), Prendergast. Senchus Mór XI. Giraldus. – Spenser. Davies. Camden, Campion, pp. Ledwich.
b. Nennius Brittonum. Senchus Mór XI ¿y original?

Sobre III. Senchus Mór II 9 y ss., y Original. Cronología. Gordon. Hegel, Geschichte der Philosophie. – Danica.

Esbozo de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»
del libro sobre la historia de Irlanda

II. Condiciones naturales.

En el extremo noroeste de Europa se halla el país cuya historia nos ocupará, una isla de 1.530 millas cuadradas alemanas o 32.500 millas cuadradas inglesas. Pero entre Irlanda y el resto de Europa se interpone transversalmente una isla tres veces mayor, a la que por brevedad llamamos comúnmente Inglaterra; rodea por completo a Irlanda por el norte, el este y el sudeste, y sólo le deja libre la vista en dirección a España, al oeste de Francia y a América.

El canal entre ambas islas, que en sus puntos más estrechos mide en el sur de 50 a 70 millas inglesas, y en un lugar del norte 13 y en otro 22 millas de ancho, permitió ya antes del siglo V a los escotos irlandeses emigrar a la isla vecina y fundar el reino escocés. En el sur era demasiado ancho para las embarcaciones de irlandeses y britanos, y constituía un serio obstáculo incluso para las naves costeras de fondo plano de los romanos. Pero cuando frisios, anglos y sajones, y después de ellos los escandinavos, se atrevieron con sus naves de quilla a adentrarse en alta mar, fuera de la vista de tierra, ese canal dejó de ser un obstáculo; Irlanda cayó víctima de las incursiones de saqueo de los escandinavos, y quedó como presa abierta para los ingleses. Tan pronto como los normandos establecieron en Inglaterra un gobierno enérgico y unitario, se hizo sentir la influencia de la isla vecina mayor —en aquella época eso significaba: guerra de conquista.

Si luego, en el curso de la guerra, seguía un período en el que Inglaterra alcanzaba el dominio del mar, quedaba con ello excluida la posibilidad de una injerencia extranjera exitosa.

Cuando finalmente la isla mayor entera se unió en un solo Estado, éste tenía que esforzarse por asimilarse también por completo a Irlanda. Si esa asimilación tiene éxito, todo el curso de la historia le pertenece. Cae bajo su juicio, pero ya no es reversible. Pero si la asimilación no tuvo éxito después de setecientos años de lucha; si, por el contrario, cada nueva oleada de invasores que inundó Irlanda una tras otra fue asimilada por Irlanda; si los irlandeses aún hoy no se han convertido en ingleses, en «westbritons» como se los llama, como tampoco los polacos se han vuelto rusos occidentales tras solo cien años de opresión; si la lucha aún no se ha librado hasta el final y no hay perspectiva de que se libre de otro modo que mediante el exterminio de la raza oprimida, entonces todos los pretextos geográficos del mundo no bastarán para demostrar la vocación de Inglaterra para la conquista de Irlanda.

Para comprender la constitución del suelo de la Irlanda actual hemos de remontarnos muy atrás, concretamente hasta la época en que se formó la llamada formación carbonífera.

El centro de Irlanda, al norte y al sur de la línea Dublín-Galway, forma una vasta llanura con una altitud media sobre el nivel del mar de 100 a 300 pies. | Esta llanura, y por así decirlo el plano básico de toda Irlanda, está formada por la masiva capa de caliza que constituye el estrato medio de la formación carbonífera (caliza carbonífera, carboniferous limestone), sobre la cual reposan directamente en Inglaterra y en otros lugares los estratos carboníferos propiamente dichos (las medidas hulleras, coal measures).

Tanto al sur como al norte, esta llanura está rodeada por un cinturón de montañas que en su mayor parte se ciñe a la costa y que, casi sin excepción, está formado por formaciones geológicas más antiguas que han roto la caliza: granito, micaesquisto, pizarras arcillosas y areniscas pertenecientes al cámbrico, cambro-silúricas, silúricas superiores, devónicas y a la capa más inferior de la formación carbonífera, ricas en cobre y plomo, conteniendo además algo de oro, plata, estaño, cinc, hierro, cobalto, antimonio y manganeso.

Sólo en unos pocos lugares la propia caliza se eleva formando montañas: en medio de la llanura, en el Queen’s County, hasta 600 pies, y al oeste, en la costa sur de la bahía de Galway, hasta algo más de 1.000 pies (Burren Hills).*

En varios puntos de la mitad sur de la llanura calcárea se encuentran montañas aisladas, de 700 a 1.000 pies sobre el nivel del mar y de considerable extensión, formadas por los estratos carboníferos. Yacen en depresiones de la superficie calcárea, de la que se alzan a modo de meseta con bordes bastante escarpados. «Los declives de esos lejanos distritos de montañas carboníferas son tan similares entre sí, y los estratos que los componen tan completamente idénticos, que es absolutamente imposible no suponer que en otro tiempo estuvieron extendidos en capas continuas por toda la región intermedia, aunque hoy se encuentren a 60-80 millas unos de otros. Esta opinión se ve especialmente corroborada por el hecho de que, entre los campos carboníferos que aún restan, se hallan aquí y allá pequeñas colinas aisladas cuyas cumbres también están formadas por el terreno carbonífero, y porque en todos los puntos donde la llanura calcárea desciende por debajo del nivel de la superficie actual, la depresión se halla rellena por las capas más bajas de la formación carbonífera.» (Jukes, p. 286). Otras circunstancias, que aquí nos llevarían demasiado al detalle y que el lector puede consultar en Jukes, pp. 286-89, convierten en certeza que, como dice Jukes, toda la llanura central irlandesa ha surgido por denudación; de modo que, después de que la formación carbonífera | y los depósitos calcáreos superiores —un espesor medio de roca de por lo menos 2.000 a 3.000 pies, tal vez de 5.000 a 6.000— han sido arrastrados, ahora afloran sobre todo las capas inferiores de la caliza. Incluso en la cresta más alta de los Burren Hills, en el condado de Clare, compuestos de pura caliza y con 1.000 pies de altura, Jukes (p. 513) encontró aún un pequeño afloramiento de terreno carbonífero.

Así pues, en el sur de Irlanda quedan todavía algunos distritos no insignificantes pertenecientes a la formación carbonífera; pero entre ellos sólo en unos pocos y pequeños lugares se encuentra carbón en espesor suficiente para que su extracción resulte rentable. Además, el carbón mismo es antracítico, es decir, contiene poco hidrógeno y, sin aditivos, no es utilizable para todos los fines industriales.

En el norte de Irlanda se encuentran también varios campos carboníferos no muy extensos, cuyo carbón es bituminoso, es decir, hulla común rica en hidrógeno, y cuya disposición no coincide del todo con la de los distritos carboníferos del sur. Pero que también aquí ha tenido lugar la misma denudación de la formación carbonífera se desprende del hecho de que se encuentran grandes trozos de carbón, acompañados de arenisca y marga azul pertenecientes a la misma secuencia de estratos, en la superficie del valle calcáreo situado al sudeste de uno de esos campos, hacia Belturbet y Mohill. Con frecuencia, al cavar pozos en los acarreos glaciares de esa región, se ha topado con grandes bloques de carbón, y en algunos casos las masas de carbón eran tan considerables que se llegó a creer que una excavación más profunda conduciría a un yacimiento de carbón. (Kane, Industrial Resources of Ireland, 2.ª ed., Dublín 1845, p. 265.)

Como se ve, la desgracia de Irlanda es antiquísima; comienza inmediatamente después de la sedimentación de la formación carbonífera. Un país cuyos yacimientos de carbón han sido arrastrados, situado junto a otro país mayor y rico en carbón, estaba condenado ya, por así decirlo por decreto de la naturaleza, a desempeñar durante largo tiempo, frente al futuro país industrial, el papel de país agrícola. El fallo, dictado hace millones de años, no se ejecutó hasta este siglo. Por lo demás, veremos más tarde cómo los ingleses han echado una mano a la naturaleza y han pisoteado violentamente casi todo germen de industria irlandesa.

Depósitos más recientes, secundarios y terciarios, aparecen casi exclusivamente en el nordeste; nos interesan aquí sobre todo las capas del Keuper en la región de Belfast, que con un espesor de hasta 200 pies contienen sal gema más o menos pura (Jukes, p. 554), y la creta, que cubre todo el condado de Antrim, aun cuando a su vez está recubierta por una capa de basalto. En líneas generales, la historia del desarrollo geológico de Irlanda está interrumpida desde el final de la formación carbonífera hasta la época glacial.

Se sabe que tras el fin de la época terciaria sobrevino un período en el que las llanuras de las latitudes medias de Europa estaban sumergidas bajo el nivel del mar y en el que reinaba en Europa una temperatura tan fría que los valles de las islas montañosas que aún sobresalían estaban llenos de glaciares hasta el mismo nivel del mar. Los icebergs desprendidos de estos glaciares arrastraban mar adentro bloques de piedra grandes y pequeños, desprendidos de las montañas, hasta que el hielo se derretía y los bloques —y todo lo demás térreo que el hielo había arrastrado consigo— caían al fondo; un proceso que todavía ocurre a diario en las costas de las regiones polares.

En la época glacial también Irlanda, con excepción de las cumbres de las montañas, se hallaba sumergida bajo el nivel del mar. La magnitud máxima del hundimiento puede no haber sido igual en todas partes, pero se puede admitir en promedio unos 1.000 pies por debajo de la altitud actual; las montañas de granito al sur de Dublín deben de haberse hundido hasta más de 1.200 pies.

Un hundimiento de solo 500 pies no dejaría de Irlanda más que las montañas, las cuales se presentarían entonces como islas en dos grupos semicirculares en torno a un ancho estrecho que iría de Dublín a Galway. Un hundimiento aún más profundo no haría sino empequeñecer esas islas y disminuir su número, hasta que, a 2.000 pies de hundimiento, sólo las más extremas cumbres de las montañas sobresaldrían del agua.**

Mientras el hundimiento avanzaba lentamente

\* Donde no se indique otra cosa, los datos geológicos aquí mencionados proceden de: J. Beete Jukes, The Student's Manual of Geology. New Edition. Edinburgh 1862. Jukes era jefe local del levantamiento geológico de Irlanda y, por tanto, para este terreno, que además trata con especial detalle, es la primera autoridad.

\*\* De las 32.509 millas cuadradas inglesas de Irlanda, 20.637 se hallan entre el nivel del mar y 250 pies; 6.597 entre 250 y 500 pies; 2.980 entre 500 y 1.000; 1.620 entre 1.000 y 2.000; 601 entre 2.000 y 3.000; 73 entre 3.000 y 4.000. La cima más alta alcanza 3.414 pies. (Wakefield I, 9.)

...quedó; la llanura de caliza, así como los flancos de las montañas, debieron de ser despojados por completo de no pocas rocas más antiguas que los cubrían; a continuación siguió la deposición del «drift», característico de la edad glaciar, sobre toda la zona cubierta por el agua. Los productos de la meteorización de las islas montañosas, así como las partículas rocosas finamente trituradas que se desprendían durante la excavación de los valles por los glaciares que se deslizaban lenta pero poderosamente en ellos —tierra, arena, grava, piedras, bloques alisados en el interior del hielo mismo, bloques de aristas vivas en su superficie—, todo esto era transportado hacia el mar por los icebergs que se desprendían en la costa y caía allí paulatinamente al fondo. La capa así formada consiste, según las circunstancias, en limo (procedente de la pizarra arcillosa), arena (procedente del cuarzo y el granito), grava calcárea (suministrada por las montañas calcáreas), marga (cuando la cal finamente triturada está mezclada con el limo) o en mezclas de todos estos componentes; en todos los casos, sin embargo, contiene una cantidad de piedras mayores o menores, ora redondeadas, ora de aristas vivas, hasta ascender a aquellos colosales bloques erráticos, que en Irlanda aparecen con más frecuencia aún que en la llanura del norte de Alemania o entre los Alpes y el Jura.

Al producirse después la re-emergencia del terreno desde el mar, esta superficie neoformada recibió, al menos en líneas generales, su configuración actual. En Irlanda parece haber tenido lugar solamente | poca erosión por lavado; con pocas excepciones, el drift cubre, en capas de mayor o menor espesor, toda la tierra llana, asciende por todos los valles en las montañas, y se encuentra también con frecuencia en lo alto de los flancos montañosos. Las piedras que en él aparecen son en su mayor parte caliza, razón por la cual toda la capa lleva aquí comúnmente el nombre de grava calcárea (Limestone gravel). También grandes bloques de caliza se hallan dispersos en masa por toda la tierra baja, casi en cada campo uno o varios; en la cercanía de las montañas se encuentran, como es natural, junto a la caliza, también las rocas locales de ellas procedentes, en particular el granito, en gran cantidad. El granito del lado septentrional de la bahía de Galway aparece con frecuencia en la llanura hacia el sudeste hasta las montañas Galton, y de manera aislada hasta Mallow (condado de Cork).

El norte del país, hasta la misma altitud sobre el nivel del mar, está cubierto de drift al igual que la llanura central; el sur, entre las diversas cadenas montañosas más o menos paralelas que lo atraviesan, presenta un depósito similar, procedente de rocas locales en su mayoría de formación silúrica, que aflora masivamente sobre todo en el valle del Flesk y del Laune cerca de Killarney.

Pies sobre el nivel del mar 13 243; de 251-500 pies: 11 797; 501-1000 pies: 5798; 1001-2000 pies: 1589; 2001 pies y más: 82 millas cuadradas.

Las huellas glaciares en las laderas de las montañas y en los fondos de los valles de Irlanda son particularmente frecuentes e inconfundibles en el suroeste. Huellas glaciares de todo tipo más marcadamente acusadas que en Killarney (en el Black Valley y en el Gap of Dunloe) solo recuerdo haberlas visto en el Oberhasli y aquí y allá en Suecia.

La elevación del terreno, durante o después de la edad glaciar, parece haber sido tan intensa que Britania estuvo unida durante algún tiempo no solo con el continente, sino también con Irlanda por tierra firme. Cuando menos, solo así parece explicarse la igualdad de la fauna de estos países. De los grandes mamíferos extintos, Irlanda comparte con el continente: el mamut, el ciervo gigante irlandés, el oso de las cavernas, una especie de reno, etc. En realidad, una elevación de menos de 240 pies por encima del nivel actual bastaría para unir Irlanda y Escocia, y una de menos de 360 pies para unir Irlanda y Gales por anchas dorsales terrestres.»* El que desde la edad glaciar Irlanda haya ocupado un nivel más elevado que el actual lo prueban las turberas submarinas que aparecen en toda la costa, con tocones de árbol y raíces en posición erecta, idénticas en todos los aspectos a las capas inferiores de las turberas vecinas del interior.

El suelo de Irlanda, en la medida en que se le considera para la agricultura, está formado, por consiguiente, casi exclusivamente por el «drift» del período glaciar, el cual, gracias a su procedencia | de pizarras y rocas calcáreas, no es la arena estéril con que los granitos escoceses, escandinavos y finlandeses han cubierto una gran parte del norte de Alemania, sino un suelo limoso ligero extremadamente fértil. La diversidad de las rocas que han entregado y todavía entregan sus detritos a este suelo lo proveyó de una correspondiente diversidad de los componentes minerales necesarios para la vegetación; y si uno de ellos, la cal, está con frecuencia ausente en la capa arable misma, se encuentran por doquier bloques de caliza menores y mayores en abundancia —prescindiendo de la roca calcárea subyacente—, de modo que puede añadirse con facilidad.

Cuando el conocido agrónomo inglés Arthur Young recorrió Irlanda en los años setenta del siglo pasado, no sabía de qué asombrarse más: si de la fertilidad natural del suelo,

* Véase el mapa 15.a, Stielers Handatlas 1868. Este mapa, así como el n.º 15.d para Irlanda en particular, ofrece una representación muy gráfica de la configuración del terreno.

Borrador de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»

o de su bárbaro tratamiento por parte de los campesinos. «Un suelo ligero, seco, suave y limoso arenoso» predomina allí donde la tierra es buena en general. En el «valle dorado» de Tipperary, y también en otros lugares, encontró «el mismo limo rojizo arenoso que ya he descrito, tierra incomparable para la agricultura». De allí en dirección a Clonmel «todo el camino, a través de la misma franja exuberante de limo arenoso rojizo que tan a menudo he mencionado; lo examiné en diversos campos y hallé que era de una fertilidad extraordinaria, y una tierra para nabos tan hermosa como jamás he visto». Más adelante: «La tierra de alto rendimiento se extiende desde Charleville, al pie de las montañas, hasta Tipperary (ciudad), pasando por Kilfenann, una línea de 25 millas de longitud, y en anchura desde Ardpatrick hasta 4 millas antes de Limerick —16 millas—. El suelo más exuberante está en los „Corcasses“ a orillas del río Maigue, cerca de Adare, una franja de 5 millas de largo y 2 de ancho hasta abajo, hacia el Shannon... cuando esta tierra se ara, se siembra primero avena y se obtienen 20 barriles (de 14 stone, = 196 libras el barril) o 40 barriles ordinarios por acre, y esto no se considera una cosecha particularmente abundante; se continúa con avena 10-12 años sin interrupción, hasta que las cosechas se vuelven más magras; entonces se siembran habas una vez, y con ello el suelo se refresca de tal modo que se le pueden arrancar otras diez cosechas de avena consecutivas; las habas rinden muy bien. ¿Se ha oído hablar alguna vez de semejantes bárbaros?».— Y más adelante, cerca de Castle Oliver, condado de Limerick: «El mejor suelo de esta comarca está al pie de las montañas; es un limo arenoso, exuberante, suave, desmenuzable, mullido, de pie y medio a tres pies de espesor, de color pardo rojizo. Es tierra seca, y se prestaría excelentemente para nabos, zanahorias, coles, en una palabra, para cualquier cosa. En conjunto lo considero el suelo más fértil que jamás haya visto; es útil para todo fin imaginable. En él se pueden cebar los mayores bueyes, pero este suelo es igualmente bueno para ovejas, para la agricultura, para nabos, para trigo, para habas, para cualquier cosa. Hay que examinar el suelo mismo antes de poder creer que una tierra de aspecto tan mísero pueda ser tan rica y fértil».— A orillas del río Blackwater | cerca de Mallow «hay franjas llanas, de hasta 1/4 de milla de ancho, donde la hierba se alza por doquier excelentemente hermosa. Es el más espléndido suelo arenoso que jamás he visto, pardo rojizo, y, si se arara, daría las más ricas cosechas del mundo. Tiene cinco pies de espesor, y aunque se le puede cocer para hacer buenos ladrillos, es, no obstante, arena perfecta. Las orillas de este río, desde la fuente hasta el mar, son igualmente notables por su belleza paisajística como por su fertilidad».— «El limo arenoso desmenuzable, seco pero fértil, es muy frecuente y constituye el

mejor suelo del país tanto para la agricultura como para las ovejas. Tipperary y Roscommon son particularmente ricos en él. Los más fértiles de todos son los pastizales para bueyes de Limerick y a orillas del Shannon, en Clare, los llamados Corcasses... La arena, tan frecuente en Inglaterra, y aún más frecuente en toda España, Francia, Alemania y Polonia —desde Gibraltar hasta Petersburgo—, no se encuentra en Irlanda en parte alguna salvo en estrechas franjas de dunas en la costa. Tampoco he visto ni oído hablar nunca de suelo de creta».* 

El juicio de Young sobre el suelo de Irlanda se resume en las siguientes frases: «Si hubiera de indicar las características de un suelo excelente, diría: el suelo en el que se puede cebar un buey e igualmente obtener una buena cosecha de nabos. Dicho sea de paso, en Inglaterra se me ocurre poca o ninguna tierra de ese tipo, en Irlanda, en cambio, no es inusual». (II, 271.) «La fertilidad natural, acre por acre, está decididamente a favor de Irlanda». (II, 2.ª secc., p. 3.) —«Por lo que puedo juzgar del suelo de ambos reinos, el de Irlanda merece con mucho la primacía». (II, 2.ª secc., 12.)

En 1808-1810, Edward Wakefield, un inglés igualmente versado en la agronomía, recorrió Irlanda y consignó los resultados de sus observaciones en una obra muy valiosa**. Sus observaciones están mejor ordenadas, son más sinópticas y completas que las de la obra de viajes de Young; pero en general ambos coinciden.

Wakefield encuentra en la composición del suelo de Irlanda, en general, poca diversidad. La arena solo aparece en la costa (es tan rara en el interior que grandes cantidades de arena de mar se transportan al interior para mejorar con ella los suelos de turba y limo), el suelo de creta es desconocido (la creta de Antrim está, como ya se ha mencionado, cubierta por una capa de basalto cuyos productos de meteorización proporcionan una capa arable extremadamente fértil —la creta proporciona en Inglaterra el peor suelo—), «y arcilla tenaz, como la que se encuentra en Oxfordshire, en algunas partes de Essex y en todo el alto Suffolk, no he podido encontrarla nunca en Irlanda». Los irlandeses llaman arcilla (clay) a todo suelo limoso; bien podría existir también en Irlanda la auténtica arcilla, pero en todo caso no en la superficie como en algunas partes de Inglaterra. La caliza o los cantos calcáreos se encuentran en casi todas partes; «la caliza es un artículo útil y puede convertirse en una fuente de riqueza que siempre se ha de emplear con ventaja». Las montañas y las turberas reducen ciertamente de modo considerable la superficie fértil. En el norte habría poca tierra fértil; sin embargo, también aquí se encuentran en cada condado valles extremadamente exuberantes, e incluso en el extremo de Donegal, bajo las más agrestes montañas, Wakefield halló inesperadamente una franja de altos rendimientos. El intenso cultivo del lino en el norte sería ya de por sí un indicio suficiente de fertilidad, ya que esta planta nunca prospera en suelos pobres.— «Una gran parte del suelo en Irlanda soporta un exuberante crecimiento de hierba, que se asienta bastante tupido sobre la roca calcárea. He visto bueyes de catorce quintales que se

* A Tour in Ireland, by Arthur Young. 3 vols. London 1780. Los pasajes citados se encuentran en el tomo II, pp. 28, 135, 143, 154, 165 y II, 2.ª secc., 4.
** An Account of Ireland, Statistical and Political. By Edward Wakefield. London 1812. 2 vols., en 4.º

10 reses engordaban rápidamente sobre un suelo que apenas tenía unas pulgadas de espesor, y en el que, incluso en la estación más húmeda, un casco de caballo no dejaba huella. Éste es un aspecto del rico suelo de Irlanda, que se encuentra en todo Roscommon, en algunas partes de Galway, Clare, etc. Otras comarcas, en cambio, muestran el más rico suelo arcilloso que jamás haya visto remover por un arado; tal es el caso especialmente en todo Meath. Dondequiera que se presenta tal suelo, su fertilidad es tan manifiesta que parece como si la naturaleza se hubiera propuesto compensar a los habitantes por su tosco sistema de cultivo. – En las orillas del Shannon y del Fergus, el terreno es de nuevo de otra clase, pero igualmente productivo, aunque la superficie casi parezca un pantano. Estas regiones se llaman los «Caucasses» (así escribe Wakefield en contraposición a Young); el subsuelo es una fina arcilla azul, depositada por el mar, que parece tener las mismas propiedades que la capa arable; pues este suelo no puede arruinarse por ninguna arada, por profunda que sea. – En los condados de Limerick y Tipperary aparece otra especie de suelo rico: una arcilla oscura, desmenuzable, seca y arenosa, que daría cereales varios años seguidos, con tal de mantenerla limpia de malas hierbas. Se presta igualmente para tierra de labor o para pastos, y, me atrevo a afirmarlo, rara vez le resultará un año demasiado húmedo o un verano demasiado seco. La productividad de este suelo se explica en parte porque la lluvia desprende partículas del terreno de las alturas y las deposita en el valle. El subsuelo es calcáreo, de suerte que el mejor abono ya está incorporado desde abajo a toda la comarca, sin que los campesinos tengan que afanarse en lo más mínimo.» (I, págs. 79, 80.)

Cuando una arcilla más tenaz, en capa no muy gruesa, descansa directamente sobre la roca calcárea, el terreno no sirve para la agricultura y sólo produce cosechas miserables de cereal; pero ofrece excelentes pastos para ovejas, que lo mejoran cada vez más, produciendo una hierba densa, mezclada con trébol blanco y agróstide. (I, pág. 80.)

En el oeste, especialmente en Mayo, se encuentran, según el doctor Beaufort[1], muchos turloughs – extensiones planas, mayores o menores, que, sin visible comunicación con arroyos o ríos, se cubren de agua en el invierno, la cual en verano fluye por grietas subterráneas de las rocas calcáreas y deja un pastizal exuberante y firme.

«Además de los Caucasses –prosigue Wakefield–, el mejor suelo de Irlanda se encuentra en los condados de Tipperary, Limerick, Roscommon, Longford y Meath. En Longford hay una granja arrendada (Granard Kill) que ha producido ocho cosechas sucesivas de patatas sin abono. Algunas partes de Cork son extraordinariamente fértiles, y en conjunto puede decirse que Irlanda posee un suelo de excelente calidad, aunque no puedo llegar tan lejos como algunos escritores que opinan que, comparando acre con acre, es decididamente mejor que el de Inglaterra.» (I, pág. 81.) Esta última observación, dirigida contra Young, descansa en una mala inteligencia del pasaje de Young citado más arriba. Young no dice que el suelo de Irlanda sea más productivo que el de Inglaterra, tomando a ambos en su actual estado de cultivo, el cual, naturalmente, es mucho más elevado en Inglaterra; Young dice únicamente que la fertilidad natural del suelo en Irlanda es mayor que en Inglaterra, y esto no lo refuta Wakefield derechamente.

Un agrónomo escocés, el señor Caird, fue enviado a Irlanda por el ministerio de Sir Robert Peel después de la última hambruna de 1849, para informar sobre los medios de elevar la agricultura de aquel país. En un escrito sobre el oeste de Irlanda, publicado poco después –que junto con el extremo noroeste constituye la peor parte de la isla–, dice:

«Grande fue mi sorpresa al hallar una extensión tan grande de tierra excelente y fértil. El interior del país es muy llano y, en general, pedregoso y seco; el suelo, seco y desmenuzable. La humedad del clima produce una vegetación muy constante que tiene sus ventajas y desventajas. Es ventajosa para el pasto y los cultivos verdes[2], pero exige también un esfuerzo considerable y constante para reprimir las malas hierbas. La abundancia de cal por doquier, tanto en la roca misma como en forma de arena y cascajo bajo la superficie, es del mayor valor.» Caird confirma igualmente que todo el condado de West Meath está compuesto de los más hermosos pastizales. De la región al norte de Lough Corrib (condado de Mayo) dice: «La mayor parte (de una granja de 500 acres) es la más hermosa tierra de engorde para ovejas y ganado vacuno: terreno seco, desmenuzable y ondulado, todo sobre la roca calcárea. Los campos, cubiertos de pasto exuberante y arraigado, son mejores que cualquier cosa que, salvo pequeños retazos, tengamos en cualquier parte de Escocia, al menos por lo que yo recuerdo. Los mejores puntos de este suelo son demasiado buenos para el arado, pero aproximadamente la mitad podría destinarse ventajosamente a la agricultura... La rapidez con que el suelo se recupera sobre este subsuelo de roca calcárea y, por sí solo, sin sembrar nada, se transforma de nuevo en pastizal, es muy notable.»[3]

Escuchemos, por último, a una autoridad francesa[4]:

«De las dos divisiones de Irlanda, la una, el noroeste, abarca la cuarta parte de la isla, es decir, todo Connaught con los condados limítrofes de Donegal, Clare y Kerry. ||| Se asemeja a Gales e incluso, en sus peores comarcas, a las Highlands escocesas. Aquí hay también 2 millones de hectáreas de tierra salvaje, cuya visión espantosa ha dado origen a la frase irlandesa: ¡Vete al infierno o a Connaught![5] La otra división, la sudoriental y mucho más extensa, abarca Leinster, Ulster y Munster, o sea cerca de 6 millones de hectáreas. Es por lo menos igual a la propia Inglaterra en fertilidad natural. Pero el suelo no es en todas partes el mismo; las precipitaciones húmedas son allí aún mayores que en Inglaterra. Grandes turberas cubren aproximadamente 1/5 de la superficie; más de otro décimo consiste en lagos y montañas. De los 8 millones de hectáreas en Irlanda, sólo cinco millones están cultivados.» (págs. 9, 10.) – «Incluso los ingleses admiten que Irlanda, en lo que al suelo se refiere, es superior a Inglaterra. De los 8 millones de hectáreas mencionados, las montañas rocosas, los lagos y las turberas ocupan aproximadamente 2 millones; otros 2 millones son tierras bastante malas. El resto, o sea aproximadamente la mitad de todo el país, es un magnífico terreno con subsuelo calcáreo... ¿qué más se puede desear?» (pág. 343.)

Se ve que todas las autoridades coinciden en que el suelo de Irlanda, tanto por sus componentes químicos como por su composición mecánica, reúne en grado extraordinario todos los elementos de la fertilidad. Los extremos –la arcilla tenaz e impermeable que no deja pasar el agua, y la arena suelta que no la retiene ni una hora– faltan por completo. En cambio, Irlanda tiene otra desventaja. Mientras que las montañas se hallan sobre todo en la costa, las líneas divisorias de aguas entre las diversas cuencas fluviales del interior son, por lo general, muy bajas. Los ríos no son capaces de llevar al mar toda el agua de lluvia, y así se forman en el interior, especialmente en las divisorias de aguas, extensas turberas. Sólo en la llanura hay 1.576.000 acres cubiertos de turbera. Son en su mayoría depresiones o hondonadas del terreno, en gran parte antiguas cuencas lacustres llanas, que se fueron cubriendo poco a poco de musgo y plantas palustres y rellenándose de sus residuos muertos. Como nuestras turberas del norte de Alemania, sólo sirven para la extracción de turba; el cultivo, bajo el actual sistema agrícola, sólo puede ir conquistando lentamente sus bordes. El suelo de estas antiguas cuencas lacustres es en todas partes marga, que ha recibido su contenido de cal (que oscila entre el 5 y el 90%) de las conchas de los moluscos de agua dulce del lago. Cada una de estas turberas contiene, pues, en su propio seno el material para su puesta en cultivo. Además, la mayor parte de ellas son ricas en piedra ferruginosa. – Junto a estas turberas de la llanura, se encuentran aún 1.254.000 acres de turbera de montaña, fruto de la deforestación en un clima húmedo y una belleza peculiar de las islas británicas. En todas partes donde aquí se han talado cumbres llanas o ligeramente abombadas –lo que ocurrió en masa en el siglo XVII y la primera mitad del XVIII, para abastecer de carbón vegetal a las herrerías– se formó bajo la influencia de la lluvia y las nieblas una capa de turba, que más tarde, cuando las condiciones eran favorables, se prolongó por las laderas. Toda la cresta de la cadena montañosa que atraviesa el norte de Inglaterra de norte a sur hasta cerca de Derby está cubierta de tales turberas; y allí donde en el mapa de Irlanda ||| se registran grupos montañosos mayores, hay también turba de montaña en abundancia. Pero las turberas de Irlanda no están ni mucho menos irremediablemente perdidas para la agricultura; antes bien, a su tiempo veremos qué ricos frutos puede dar, con un tratamiento adecuado, una parte tanto de ellas como de los 2 millones de hectáreas (= 5 millones de acres) de «tierra bastante mala» que tan despectivamente trata Lavergne.

El clima de Irlanda está determinado por su situación. La corriente del Golfo y los vientos predominantes del sudoeste le aportan calor y determinan inviernos suaves y veranos frescos. En el sudoeste, el verano dura hasta bien entrado octubre, que allí, según Wakefield (I, 221), pasa por ser el mes de los baños de mar por excelencia. Las heladas son raras y de corta duración, la nieve casi nunca persiste en la llanura. En las bahías de Kerry y Cork, abiertas al sudoeste y protegidas del norte, reina durante todo el invierno un tiempo primaveral; allí y en otros muchos lugares, el mirto crece al aire libre (Wakefield cita un ejemplo en que en una finca señorial llegó a crecer hasta convertirse en árboles de 16 pies de altura y se empleó para escobas de cuadra, I, pág. 55), y el laurel, el madroño y otras plantas perennifolias crecen hasta ser altos árboles. Todavía en tiempos de Wakefield, los campesinos del sur dejaban sus patatas al aire libre durante todo el invierno, sin que desde 1740 se les hubieran helado jamás. En cambio, Irlanda sufre también la primera y violenta descarga de las pesadas nubes de lluvia del Atlántico. La cantidad media de lluvia de Irlanda es de 35 pulgadas por lo menos, considerablemente más que la media de Inglaterra, pero seguramente menos que la media de Lancashire y Cheshire, y apenas más que la de todo el oeste de Inglaterra. No obstante, el clima de Irlanda es decididamente más agradable que el inglés. El cielo plomizo que en Inglaterra gotea sin interrupción a menudo durante días enteros, es sustituido allí por lo general por un cielo continental de abril; los frescos vientos marinos arrastran las nubes rápida e inesperadamente, pero también las hacen pasar de nuevo con igual rapidez, si no descargan en seguida con aguaceros cortantes. E incluso la lluvia de varios días, como la que se produce a finales de otoño, no tiene el cariz crónico de Inglaterra. El tiempo, al igual que los habitantes, tiene un carácter más agudo, se mueve en contrastes más marcados y sin mediaciones; el cielo es como una mujer irlandesa-

[1] Beaufort, Rev. Dr., Memoir of a Map of Ireland, 1792, pp. 75, 76. Citado por Wakefield, I, p. 36.

[2] Cultivos verdes (green crops) comprende todas las hierbas forrajeras artificiales, toda clase de nabos y patatas; todo lo que no es cereal, ni pasto, ni horticultura.

[3] Caird, The Plantation Scheme, or the West of Ireland as a field for investment. Edinburgh 1850. El señor Caird escribió en 1850-51 en el Times informes de viaje sobre el estado de la agricultura en los principales condados de Inglaterra. Los pasajes arriba citados se encuentran en las pp. 6, 17-18, 121.

[4] Léonce de Lavergne, Rural Economy of England, Scotland and Ireland. Traducido del francés. Edimburgo, 1855.

[5] El dicho, como se verá, no debe su origen a las oscuras montañas de Connaught, sino al período más oscuro de toda la historia irlandesa.

La lluvia y el sol se suceden también allí de manera súbita e inesperada, pero no hay lugar para el gris aburrimiento inglés.

El informe más antiguo sobre el clima irlandés nos lo proporciona el romano Pomponio Mela (De situ orbis) en el primer siglo de nuestra era, como sigue: «Al otro lado de Britania se encuentra Juverna, casi igual a ella en extensión, pero por lo demás semejante; de forma alargada, bajo un cielo desfavorable para la maduración de las mieses; en cambio, abunda en hierba lozana y dulce, tanto que una pequeña parte del día basta para que el ganado se sacie, y si no se le aparta del pasto, revienta de comer en exceso.»

«Caeli ad maturanda semina iniqui, verum adeo luxuriosa herbis non laetis modo, sed etiam dulcibus!» Traducido al inglés moderno, encontramos este pasaje, entre otros, en el señor Goldwin Smith, profesor de historia otrora en Oxford y ahora en la Universidad de Cornell, América. Nos cuenta que es difícil, en una gran parte de Irlanda, recoger una cosecha de trigo y continúa: «El camino natural de Irlanda hacia la prosperidad comercial parece ser el de abastecer a la población de Inglaterra con los productos de sus praderas, con ganado, mantequilla, etc.»[m]

Borrador de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»

¡Desde Mela hasta Goldwin Smith, y hasta hoy, cuántas veces se ha repetido la afirmación —desde 1846 especialmente por el ruidoso coro de los terratenientes irlandeses— de que Irlanda está condenada por su clima a no abastecer de pan a los irlandeses, sino de carne y mantequilla a los ingleses, y que por eso el destino del pueblo irlandés es ser llevado al otro lado del océano, para que en Irlanda haya espacio para vacas y ovejas!

Se ve que la determinación de los hechos acerca del clima irlandés es la solución de una cuestión política del día. Y lo que nos interesa del clima aquí es solo en la medida en que reviste importancia para la agricultura. Las observaciones de los naturalistas que miden la lluvia, dado el estado actual fragmentario de las observaciones, solo tienen un valor secundario para nuestro propósito; no se trata tanto de cuánta lluvia cae, sino más bien de cómo y cuándo cae. Los juicios de los agrónomos son aquí los que más pesan.

Arthur Young considera a Irlanda decididamente más húmeda que Inglaterra; de ahí proviene la asombrosa inclinación del suelo a producir hierba. Habla de casos en que tierras de nabos y rastrojos, dejadas sin arar, dieron al verano siguiente una abundante cosecha de heno, cosas de las que no hay ejemplo en Inglaterra. Menciona además que el trigo irlandés es mucho más ligero que el de los países más secos; los campos están llenos de hierba y malas hierbas incluso bajo el mejor cultivo, y las cosechas son tan húmedas y tan trabajosas de recoger que el rendimiento sufre mucho por ello. (Young, Tour, II pág. 100.)

Al mismo tiempo, sin embargo, señala que el suelo en Irlanda contrarresta esa humedad del clima. El suelo es pedregoso por todas partes y, por eso, deja pasar el agua más fácilmente. «La marga (loam) tenaz, pedregosa y firme, difícil de trabajar, no es infrecuente en Irlanda, pero es completamente diferente de la arcilla (clay) inglesa. Si cayera tanta lluvia sobre la arcilla de Inglaterra (un tipo de suelo que en Irlanda es raro y nunca aparece sin muchas piedras) como sobre las rocas de la isla hermana, esas comarcas no podrían ser cultivadas. Aquí, en cambio, las rocas están vestidas de verde, y donde son de caliza, soportan, sobre una capa de humus apenas delgada, el césped más suave y hermoso del mundo.» (II, 2.ª secc., pág. 3, 4.)

La roca caliza, como es sabido, está por doquier llena de grietas y fisuras que dejan pasar rápidamente el agua sobrante. —

Wakefield dedica al clima un capítulo muy extenso, en el que reúne todas las observaciones anteriores hasta su época. El Dr. Boate (Natural History of Ireland, 1645) describe los inviernos como suaves, con 3 o 4 heladas al año, que rara vez duran más de 2 o 3 días; el Liffey, cerca de Dublín, apenas se hiela una vez en 10 o 12 años. Marzo es por lo general seco y hermoso, pero luego cae mucha lluvia; rara vez hay en verano 2 o 3 días completamente secos seguidos; a finales de otoño vuelve a hacer buen tiempo. Los veranos muy secos son raros; la carestía nunca es causada por la sequía, sino casi siempre por la humedad. En la llanura hay poca nieve, de modo que el ganado permanece al aire libre todo el año. Sin embargo, de vez en cuando se presenta un año de nieve, como 1635, en que la gente tenía dificultades para albergar a su ganado. (Wakefield I, 216 y ss.)

A principios del siglo pasado, el Dr. Rutty (Natural History of the County of Dublin) realizó minuciosas observaciones meteorológicas que se extienden a lo largo de los cincuenta años de 1716 a 1765. Durante todo ese tiempo, los vientos del sur y del oeste se relacionaron con los del norte y del este como 73:37 (10 878 S. y O. frente a 6 329 N. y E.). Los vientos dominantes eran el oeste y el suroeste, después venían el noroeste y el sudeste; los más raros, el nordeste y el este. En verano, otoño e invierno predominan el oeste y el suroeste; el este es más frecuente en primavera y verano, cuando aparece el doble de veces que en otoño e invierno; el nordeste se presenta sobre todo en primavera, también el doble de veces que en otoño e invierno. Como consecuencia, la temperatura es más uniforme, los inviernos más suaves, los veranos más frescos que en Londres, pero el aire es más húmedo. Incluso en verano, la sal, el azúcar, la harina, etc., absorben humedad del aire, y el grano tiene que secarse en hornos de panadero, cosa que no ocurre en algunas partes de Inglaterra. (Wakefield I, pág. 172-81.)

Rutty no podía entonces comparar el clima irlandés sino con el de Londres, que, como en toda Inglaterra oriental, es ciertamente más seco. Pero si hubiera dispuesto de material sobre el oeste y, en particular, el noroeste de Inglaterra, habría encontrado que su descripción del clima irlandés, la distribución de los vientos a lo largo del año, los veranos húmedos en que el azúcar, la sal, etc., se deshacen en habitaciones sin calefacción, se ajusta perfectamente a esa comarca, solo que esta es más fría en invierno.

Sobre el carácter meteorológico de las estaciones, Rutty también llevó listas. En los mencionados 50 años hubo 16 primaveras frías, tardías o demasiado secas; algo más que en Londres. Además, 22 veranos calurosos y secos, 24 húmedos, 4 variables; algo más húmedos que en Londres, donde el número de veranos secos o húmedos es igual. — Luego, 16 otoños hermosos, 12 húmedos, 22 variables, otra vez algo más húmedos y variables que en Londres; y 13 inviernos helados, 14 húmedos y 23 suaves, lo que es considerablemente más húmedo y suave que en Londres.

Según las mediciones de lluvia en el jardín botánico de Dublín durante los diez años de 1802 a 1811, en ese tiempo correspondió a cada mes la siguiente cantidad total de lluvia en pulgadas: diciembre 27,31; julio 24,15; noviembre 23,49; agosto 22,47; septiembre 22,27; enero 21,67; octubre 20,12; mayo 19,50; marzo 14,69; abril 13,54; febrero 12,32; junio 12,07; promedio anual 23,36. (Wakefield I, pág. 191.) Estos diez años son excepcionalmente secos; Kane (Industrial Resources, pág. 73) da el promedio de 6 años en Dublín en 30,87 pulgadas, y Symons (English Rain Fall) el de 1860-62 en 29,79 pulgadas. Pero la poca importancia que, en los rápidos y meramente locales chubascos de Irlanda, tienen tales mediciones cuando no se extienden a lo largo de una larga serie de años y se realizan en muchísimas estaciones, lo demuestra, entre otras cosas, el hecho de que de tres estaciones en la propia Dublín, una recibió 24,63, otra 28,04 y la tercera 30,18 pulgadas de lluvia en 1862. La cantidad media de lluvia de 12 estaciones en todas las partes de Irlanda (que variaba de 25,45 a 51,44 pulgadas) ascendió, según Symons, en los años 1860-62 a poco menos de 39 pulgadas.

El Dr. Patterson dice en su libro sobre el clima de Irlanda: «La frecuencia de nuestros chubascos, no la cantidad de lluvia en sí, ha producido la idea popular de la humedad de nuestro clima... A veces, en primavera, la siembra se retrasa un poco por el tiempo húmedo, pero nuestras primaveras son tan a menudo frías y tardías que la siembra temprana no siempre es aconsejable aquí. Cuando en verano y otoño los frecuentes chubascos hacen arriesgadas nuestras cosechas de heno y grano, la vigilancia y la diligencia en tales casos de necesidad serían tan eficaces como lo son en Inglaterra en sus cosechas «apuradas» (catching harvests), y un cultivo mejorado haría que la siembra apoyase los esfuerzos del labrador.»[11]

En Londonderry, el número de días sin lluvia varió en los 10 años de 1791-1802 de 113 a 148 al año; promedio superior a 126. En Belfast resultó el mismo promedio. En Dublín, la cifra varió de 168 a 205, promedio 179. (Patterson, ibíd.)

Según los datos de Wakefield, las cosechas en Irlanda se recogen de la siguiente manera: el trigo, casi siempre en septiembre, más raramente en agosto, rara vez en octubre; la cebada, por lo general algo más tarde que el trigo, y la avena, aproximadamente una semana después que la cebada, es decir, ya con más frecuencia en octubre. Wakefield, que tras largas investigaciones llega al resultado de que el material para una descripción científica del clima irlandés dista mucho de ser suficiente, en ninguna parte se expresa en el sentido de que este oponga serias dificultades a la agricultura cerealista. Más bien encuentra, como se mostrará, que las pérdidas en los tiempos de cosecha húmedos están condicionadas por causas completamente distintas, y dice explícitamente: «El suelo de Irlanda es tan fértil, el clima tan favorable, que bajo un sistema agrícola adecuado la isla no solo producirá bastante cereal para su propio consumo, sino también un abundante excedente que podría, en todo tiempo en que fuera necesario, servir para las necesidades de Inglaterra.» (II, pág. 61.)

En aquel tiempo, desde luego —1812—, Inglaterra estaba en guerra con todo el mundo en Europa y América, y la importación de cereales estaba muy dificultada; el cereal era la primera necesidad. Ahora América, Rumania, Rusia y Alemania suministran cereal suficiente, y se trata más bien de carne barata. Y por eso ahora el clima de Irlanda ya no sirve para la agricultura.

El cultivo de cereales es antiquísimo en Irlanda. En las más antiguas leyes irlandesas, que fueron puestas por escrito mucho antes de la llegada de los ingleses, el «saco de trigo» es ya una medida de valor determinada; en las prestaciones de los súbditos a los jefes de tribu y otros caudillos, el trigo, la malta de cebada y la harina de avena aparecen casi regularmente en cantidades determinadas y prescritas.

Tras la invasión inglesa, el cultivo de cereales disminuyó durante las incesantes luchas, sin cesar nunca por completo; de 1660 a 1725 volvió a aumentar, de ahí hasta alrededor de 1780 volvió a disminuir; de 1780 a 1846 se sembró de nuevo más cereal, junto al predominante cultivo de la patata, y desde 1846 los cereales y las patatas han cedido constantemente ante el avance de los pastos para el ganado. Si el clima no fuera apto para el cultivo de cereales, ¿se habría mantenido durante más de mil años?

Ciertamente hay comarcas en Irlanda que, a causa de la lluvia siempre más frecuente en las cercanías de las montañas, se prestan menos al cultivo del trigo —particularmente en el sur y el oeste. Junto con años buenos, allí se presentan a menudo series de veranos húmedos, como 1860-62, que causan mucho daño al trigo. Pero el trigo no es el cereal principal de Irlanda, y Wakefield se queja incluso de que, por falta de mercados, se cultiva muy poco de él; no había otro mercado para él que el molino más próximo; la cebada también se cultivaba casi únicamente para las destilerías clandestinas de aguardiente (que se sustraían al impuesto). El cereal principal

[m] Goldwin Smith. Irish History and Irish Character. Oxford y Londres, 1861. — Uno no sabe qué admirar más en este escrito que justifica la política inglesa frente a Irlanda bajo la máscara de la «objetividad»: la ignorancia del profesor de historia o la hipocresía del burgués liberal. Nos encontraremos con ambos de nuevo.

[11] Dr. W. Patterson, An Essay on the Climate of Ireland. Dublín 1804, pág. 164.

35 En Irlanda se cultivaba y se cultiva avena, de la cual en 1810 se sembraba por lo menos diez veces más que de todas las demás especies de cereales juntas; y como la cosecha de avena es más tardía que la de trigo y cebada, cae más a menudo en el tiempo, por lo general hermoso, sobre todo en el sur, de fines de septiembre y octubre. Y la avena puede, además, soportar ya bastante lluvia.

Ya hemos visto más arriba que el clima de Irlanda, en lo que | respecta a la cantidad de lluvia y a la distribución de las precipitaciones según las estaciones, coincide casi por completo con el del noroeste de Inglaterra. La precipitación en las montañas de Cumberland, Westmoreland y el norte de Lancashire es mucho más alta que en ninguna estación de Irlanda por mí conocida (en Coniston 96,03, en Windermere 75,02 pulgadas, promedio de 1860-62), y sin embargo allí se hace heno y se cultiva avena. En esos mismos años, la cantidad de lluvia varió en el sur de Lancashire de 25,11 en Liverpool a 59,13 en Bolton, siendo el promedio de todas las observaciones unas 40 pulgadas; en Cheshire, de 33,02 a 43,40, promedio de todas las observaciones unas 37 pulgadas. En Irlanda fue, en esos mismos años, como hemos visto, de no del todo 39 pulgadas. (Todas las cifras, de Symons.) En ambos condados se cultiva cereal de toda clase, particularmente trigo; Cheshire practicó, ciertamente, hasta la última epidemia de peste bovina, de manera preponderante la cría de ganado y la economía lechera, pero desde que el ganado ha perecido en gran parte, el clima resulta de pronto perfectamente excelente para el trigo. Si la peste bovina hubiera llegado a Irlanda y hubiera causado allí estragos tan graves como en Cheshire, ahora se nos estaría predicando, en lugar de la vocación natural de Irlanda para pasto de ganado, el pasaje de Wakefield según el cual Irlanda está destinada a ser el granero de Inglaterra.

Si se observa la cosa sin prejuicios, sin dejarse confundir por el interesado griterío de los terratenientes irlandeses y de los burgueses ingleses, se encontrará que Irlanda tiene comarcas que, por suelo y clima, son más aptas para la cría de ganado, otras más para la agricultura, y otras –la gran mayoría– igualmente idóneas para ambas cosas; tal como ocurre en todas partes. Comparada con Inglaterra, Irlanda es, en conjunto, más favorable a la cría de ganado; pero comparada con Francia, también Inglaterra es más favorable a la cría de ganado. ¿Se sigue de ahí que toda Inglaterra deba convertirse en pasto de ganado, que toda la población agrícola deba ser enviada a las ciudades fabriles o a América –a excepción de unos pocos pastores– para hacer sitio al ganado que ha de emigrar a Francia como pago por sederías y vinos? Pero es exactamente lo mismo que exigen para Irlanda los terratenientes irlandeses, que quieren aumentar su renta de la tierra, y los burgueses ingleses, que quieren hacer bajar sus salarios; Goldwin Smith lo ha dicho con suficiente claridad. Y con ello, la revolución social que está implícita en semejante transformación de tierra de labranza en pasto de ganado sería en Irlanda mucho más violenta que en

Esbozo de los capítulos "Condiciones naturales" y "Antigua Irlanda"

Inglaterra. En Inglaterra, donde predomina el gran cultivo y los jornaleros agrícolas están ya reemplazados en gran parte por máquinas, significaría el trasplante de a lo sumo un millón; en Irlanda, donde predomina el pequeño cultivo e incluso el cultivo de azada, significaría el trasplante de cuatro millones, el exterminio del pueblo irlandés.

Se ve: incluso los hechos naturales se convierten, entre Inglaterra e Irlanda, en puntos de controversia nacional. Pero se ve también cómo la opinión | pública de la clase dominante en Inglaterra –y ésta es la única que se hace oír en el Continente– cambia con la moda y el interés. Hoy necesita Inglaterra cereal rápido y seguro –e Irlanda está como creada para el cultivo del trigo; mañana necesita Inglaterra carne –Irlanda sólo sirve para pasto de ganado; los cinco millones de irlandeses, por su mera existencia, abofetean todas las leyes de la economía política, tienen que irse, ¡que vean dónde se quedan! |

|í8| Antigua [Ir]landa.

Los escritores de la Antigüedad griega y romana, así como los Padres de la Iglesia, proporcionan muy pocas aclaraciones sobre Irlanda.

En cambio, existe una literatura autóctona todavía bastante abundante, pese a los muchos escritos irlandeses perdidos en las guerras de los siglos XVI y XVII. Contiene poemas, gramáticas, glosarios, anales y otros escritos históricos, y libros de derecho. Sin embargo, con muy pocas excepciones, toda esta literatura, que abarca el período por lo menos desde el siglo VIII hasta el XVII, existe sólo en manuscrito. Para la lengua irlandesa, la imprenta no ha existido sino desde hace pocos años, sólo desde el tiempo en que comenzaba a extinguirse. El rico material es, pues, accesible sólo en una mínima parte.

Entre los anales, los más importantes son los del abad Tigernach (fallecido en 1088), los de Ulster y, sobre todo, los de los Cuatro Maestros. Estos últimos fueron compilados en 1632-36, bajo la dirección de Michael O'Clery, un monje franciscano, con ayuda de otros tres seanchaidhes (anticuarios), en el convento de Donegal, a partir de materiales hoy casi todos perdidos. Han sido editados a partir del manuscrito original aún existente de Donegal, en edición crítica con traducción inglesa, por O'Donovan en 1856.¹»! Las ediciones anteriores del Dr. Charles O'Conor (la primera parte de los IV Mag., los Anales de Ulster, etc.) no son fiables en texto ni en traducción.

[Bali Annala Rioghachta Eireann. Annals of the Kingdom of Ireland by the Four Masters.

Edited, with an English Translation, by Dr. John O'Donovan. 2 edit. Dublin 1856. 7 vols in 4°.]

El comienzo de la mayoría de estos anales lo constituye la prehistoria mítica de Irlanda; la base la forman viejas leyendas populares, extendidas hasta el infinito por poetas de los siglos IX y X y puestas luego por cronistas monjes en el debido orden cronológico. Así, los Anales de los IV Mag. empiezan con el año del mundo 2242, en que Ceasair, una nieta de Noé, habría desembarcado en Irlanda 40 días antes del diluvio; así, los antepasados de los escotos, los últimos inmigrantes a Irlanda, son derivados por otros en genealogía directa de Jafet y puestos en conexión con Moisés, con los egipcios y fenicios, como también nuestros cronistas medievales conectaban a los antepasados de las tribus alemanas con Troya, Eneas o Alejandro Magno. Los IV Mag. dedican a estas fábulas (en las que el único elemento valioso, la verdadera vieja leyenda popular, no puede hasta ahora distinguirse) sólo un par de páginas; los Anales de Ulster las omiten por completo; ya Tigernach declara, con una audacia crítica admirable para su tiempo, que todos los monumentos de los escotos anteriores al rey Cimbaoth (supuestamente 300 años antes de Cristo) son inseguros. Pero cuando a fines del siglo pasado despertó una nueva vida nacional en Irlanda, y con ella un nuevo interés por la literatura y la historia irlandesas, fueron justamente estas fábulas monacales las que se tuvieron por su componente más valioso. Con genuino entusiasmo céltico y con específica ingenuidad irlandesa, la fe en estas historietas fue declarada un componente esencial del patriotismo nacional; lo que a la superlista erudición inglesa –cuyas propias realizaciones en la crítica filológica e histórica del resto del mundo son, ciertamente, harto conocidas– le brindó, como es natural, el apetecido pretexto para desechar todo lo irlandés como puro disparate. #¹

Desde los años treinta de este siglo ha llegado a Irlanda un espíritu mucho más crítico, en particular a través de Petrie y O'Donovan. Las ya citadas investigaciones de Petrie demuestran la más completa consonancia de las más antiguas inscripciones conservadas desde los siglos VI y VII con los anales; y O'Donovan es de la opinión de que éstos empiezan ya desde el siglo II y III de nuestra era

#¹ Uno de los productos más ingenuos de aquella época es: The Chronicles of Eri. being the History of the Gaal Sciot Iber, or the Irish People, translated from the original manuscripts in the Phoenician dialect of the Scythian Language, by O'Connor. London 1822. 2 vols. El dialecto fenicio de la lengua escítica es, naturalmente, el céltico irlandés y el manuscrito original, una crónica en verso cualquiera. El editor es Arthur O'Connor, exiliado de 1798, tío del posterior líder de los cartistas ingleses, Feargus O'Connor, supuesto descendiente de los antiguos O'Connor, reyes de Connaught, y en cierta medida pretendiente a la corona irlandesa. Ante el título figura su retrato, un rostro irlandés hermoso, jovial, de asombroso parecido con su sobrino Feargus, asiendo con la mano derecha una corona. Debajo: O'Connor – cear-rige, head of his race, and O'Connor, chief of the prostrate people of his nation: «Soumis, pas vaincus».

Esbozo de los capítulos "Condiciones naturales" y "Antigua Irlanda"

a relatar hechos históricos. Para nosotros puede ser bastante indiferente si la credibilidad de los anales empieza unos cientos de años antes o después, pues desgraciadamente son, para nuestro propósito, casi por completo infructuosos en aquellas épocas. Contienen breves y secas noticias sobre fallecimientos, ascensos al trono, guerras, batallas, terremotos, pestes, incursiones escandinavas, pero poco que tenga relación con la vida social del pueblo. Si toda la literatura jurídica irlandesa estuviera editada, cobrarían un significado completamente distinto; muchas notas secas recibirían nueva vida a través de pasajes aclaratorios de los libros de derecho.

Ahora bien, estos libros de derecho, que son muy numerosos, aguardan también casi todos todavía el momento en que hayan de ver la luz del mundo. A instancias de varios anticuarios irlandeses, el gobierno inglés consintió en 1852 en nombrar una comisión para la edición de las antiguas leyes e instituciones de Irlanda. ¿Pero cómo? La comisión estaba compuesta por tres lores (que nunca pueden faltar donde hay fondos estatales que consumir), tres juristas del más alto rango, tres clérigos protestantes, además del Dr. Petrie y un oficial, jefe de la agrimensura de Irlanda. De todos estos señores, sólo el Dr. Petrie y dos clérigos, el Dr. Graves (hoy obispo protestante de Limerick) y el Dr. Todd, podían pretender entender algo de la tarea de la comisión, y de ellos Petrie y Todd han fallecido desde entonces. La comisión recibió el encargo de hacer ejecutar la copia, traducción y edición de los antiguos manuscritos irlandeses de contenido jurídico, y de contratar para ello a las personas necesarias. Contrató a tal efecto a los dos mejores hombres disponibles: el Dr. O'Donovan y el profesor O'Curry, quienes copiaron una multitud de manuscritos y los tradujeron en un primer borrador; pero antes de que algo estuviera listo para la edición, ambos murieron. Sus sucesores, el Dr. Hancock y el prof. O'Mahony, han proseguido luego el trabajo hasta el punto de que hasta ahora han aparecido los dos volúmenes ya citados, que contienen el Senchus Mor. De los miembros de la comisión, según confesión de los editores, sólo dos, Graves y Todd, participaron en el trabajo mediante algunas anotaciones a los pliegos de corrección; el oficial, Sir Th. Larcom, puso a disposición de los editores, para la verificación de los topónimos, los mapas originales del levantamiento de Irlanda; el Dr. Petrie murió pronto; los demás señores limitaron su actividad a cobrar concienzudamente su salario durante 18 años.

Ésta es la manera como en Inglaterra, y más aún en la Irlanda dominada por Inglaterra, se ejecutan los trabajos públicos. Sin colocar

Jobbery no puede faltar. No se satisface ningún interés público sin que de ello se desprenda una bonita suma o algunas sinecuras bien nutridas para lores y protegidos del gobierno. Con el dinero que ha consumido la comisión, completamente superflua, se habría podido imprimir en Alemania —y mejor— toda la literatura histórica inédita.

Esbozo de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»

El *Senchus Mor* es hasta ahora nuestra fuente principal para las condiciones de la antigua Irlanda. Es una colección de antiguas determinaciones jurídicas que, según la introducción —redactada posteriormente—, fue compilada a instancias de San Patricio y puesta en consonancia, con su consejo, con el cristianismo que se difundía rápidamente en Irlanda. El rey supremo de Irlanda, Laeghaire (428-458 según los Anales de los Cuatro Maestros), los reyes subordinados Core de Munster y Daire, probablemente un príncipe del Ulster, además tres obispos: San Patricio, San Benigno y San Cairnech, y por último tres jurisconsultos, Dubthach, Fergus y Rossa, habrían formado la «comisión» que compiló el libro, y que ciertamente realizó su trabajo más barato que la actual, que solo tiene que publicarlo. Los Cuatro Maestros indican el año 438 como el de la redacción.

El texto mismo se basa evidentemente en antiquísimos materiales paganos. Las fórmulas jurídicas más antiguas que contiene están todas compuestas en verso, con un metro determinado y la llamada consonancia, una especie de aliteración o, mejor dicho, asonancia consonántica que es propia de la poesía irlandesa y que con frecuencia se convierte en rima plena. Puesto que está comprobado que antiguos libros de derecho irlandeses del llamado dialecto feniano (*Berla Feini*), la lengua del siglo V, fueron traducidos en el siglo XIV al irlandés entonces corriente (Prefacio [T. I] p. XXX VI y passim), se explica que también en el *Senchus Mor* el metro esté en muchos pasajes más o menos desdibujado; pero, junto con rimas ocasionales y pasajes fuertemente consonánticos, aún emerge con suficiente frecuencia como para dar al texto un cierto ritmo cadencioso. A menudo, ya la lectura de la traducción basta para descubrir las fórmulas en verso. Sin embargo, intercalados hay también, sobre todo en la última mitad, un buen número de pasajes indudablemente en prosa; mientras que las fórmulas en verso son con seguridad antiquísimas y transmitidas tradicionalmente, estas interpolaciones en prosa parecen provenir de los compiladores del libro. Por lo demás, el *Senchus Mor* es citado varias veces en el glosario atribuido al rey y obispo de Cashel, Cormac, redactado en el siglo IX o X, y es indudable que fue puesto por escrito mucho antes de la invasión inglesa.

5: En Inglaterra se llama *jobbery* a la utilización de los cargos públicos para el provecho privado propio o el de parientes y amigos, así como el uso de fondos públicos para el soborno indirecto con fines partidistas. El acto singular se llama *job*. La colonia inglesa en Irlanda es el principal invernadero de toda *jobbery*.

En cuanto a este texto, todos los manuscritos (el más antiguo parece ser de principios del siglo XIV o anterior) contienen una serie de glosas de palabras, en su mayoría coincidentes, y notas aclaratorias más extensas. Las glosas están enteramente en el espíritu de las antiguas glosas; los juegos de palabras ocupan el lugar de la etimología y la explicación léxica; las anotaciones son de valor muy diverso, a menudo muy desfiguradas y, en muchos casos, incomprensibles al menos sin el conocimiento de los demás libros de derecho. La antigüedad de unas y otras es incierta; pero la mayor parte probablemente es más reciente que la invasión inglesa. Sin embargo, puesto que muestran muy pocas huellas de un desarrollo jurídico que vaya más allá del texto, e incluso éstas solo en una determinación más exacta del detalle, la parte mayor, puramente explicativa, se puede utilizar con cierta discreción incondicionalmente como fuente también para la época más antigua.

El *Senchus Mor* contiene: 1) el derecho de prenda, es decir, poco más o menos todo el procedimiento jurídico; 2) el derecho de los rehenes que se entregaban en las disputas entre gentes de territorios distintos; 3) el derecho relativo al *Saerrath* y al *Daerrath* (véase abajo), y 4) el derecho de familia. Obtenemos con ello muchas y valiosas aclaraciones sobre la vida social de aquella época; pero mientras una cantidad de expresiones no esté explicada y los restantes manuscritos no estén publicados, muchas cosas permanecen oscuras.

Además de la literatura, los monumentos arquitectónicos conservados, iglesias, torres redondas, fortificaciones, inscripciones, nos proporcionan esclarecimiento sobre el estado del pueblo antes de la llegada de los ingleses.

De fuentes extranjeras solo tenemos que mencionar algunos pasajes sobre Irlanda en las sagas escandinavas y la vida de San Malaquías de San Bernardo, que proporcionan escaso provecho, y llegamos así enseguida al primer inglés que escribe sobre Irlanda por conocimiento propio.

Sylvester Gerald Barry, llamado Giraldus Cambrensis, archidiácono de Brecknock, era nieto de la galante Nesta, hija de Rhys ap Tewdwr, príncipe de Gales del Sur, amante de Enrique I de Inglaterra y madre ancestral de casi todos los capitanes normandos que participaron en la primera conquista de Irlanda. Fue a Irlanda en 1185 con Juan (más tarde «sin Tierra») y escribió en los años siguientes, primero: *Topographia Hibernica*, una descripción del país y de sus habitantes, luego: *Hibernia Expugnata*, la historia muy novelada de las primeras invasiones. Aquí nos interesa principalmente la primera obra. Escrita en un latín sumamente pretencioso, repleta de la más disparatada credulidad milagrera y de todos los prejuicios eclesiásticos y nacionales de la época y de la raza del vanidoso autor, el libro es, sin embargo, como primer informe relativamente detallado de un extranjero, de gran importancia.

De ahora en adelante, las fuentes anglonormandas sobre Irlanda se vuelven naturalmente más abundantes; pero sigue siendo escaso el provecho para el conocimiento de las condiciones sociales de la parte de la isla que permaneció independiente, del cual pudieran extraerse conclusiones retrospectivas sobre la antigua situación. Solo hacia finales del siglo XVI, cuando Irlanda fue subyugada por primera vez de manera sistemática y completa, obtenemos informes más detallados, naturalmente muy teñidos de inglés, sobre la situación real de la vida del pueblo irlandés. Más tarde encontraremos que en el curso de los 400 años transcurridos desde la primera invasión, el estado del pueblo había cambiado muy poco, y no para bien. Pero precisamente por eso estos escritos más recientes —Hanmer, Campion, Spencer, Davies, Camden, Moryson y otros, que aún tendremos que consultar a menudo— son una de nuestras fuentes principales para un período quinientos años más antiguo, y un complemento indispensable y muy deseable de las exiguas fuentes originales.

La prehistoria mítica de Irlanda narra una serie de invasiones que tuvieron lugar sucesivamente y que terminaron casi todas con el sometimiento de la isla a los nuevos invasores. Las tres últimas son: la de los Firbolgs, la de los Tuatha-de-Dananns y la de los milesios o escotos, que se dice que llegaron de España. La historiografía irlandesa corriente convierte sin más a los Firbolgs (*fir* = irlandés *fear*, el latín *vir*, gótico *vair*, hombre) en belgas, y a los Tuatha-de-Dananns (*tuatha*, irlandés pueblo, comarca, gótico *thiuda*), según las necesidades, en dánaos griegos o daneses germánicos. O’Donovan opina que al menos las invasiones mencionadas tienen algún fundamento histórico. En los Anales se menciona, en el año 10 d. C., una insurrección de los *Aitheach Tuatha* (traducido en el siglo XVII por Lynch, un buen conocedor de la lengua antigua, como *plebeiorum hominum gens*), es decir, una revolución plebeya en la que toda la nobleza (*Saorchlann*) fue pasada a cuchillo. Esto apunta al dominio de conquistadores escotos sobre habitantes más antiguos. De los cuentos populares sobre los Tuatha-de-Dananns deduce O’Donovan que estos, a quienes la creencia popular posterior transformó en elfos de los montes boscosos, se conservaron en algunas regiones montañosas hasta bien entrado el siglo II o III de nuestra era.

Que los irlandeses eran un pueblo mestizo ya antes de que los ingleses se asentaran en masa entre ellos es indudable. Como aún ahora, ya en el siglo XII el tipo predominante era el de cabello claro. Giraldus (*Top. Hib.* III, 26) dice de dos extranjeros que tenían largos cabellos amarillos como los irlandeses. Sin embargo, todavía hoy se encuentran, sobre todo en el oeste, dos tipos completamente distintos de personas de cabello negro: uno alto, bien formado, de bellos rasgos faciales y cabello crespo, gente que uno cree haber encontrado ya antes en los Alpes italianos o en Lombardía; este tipo aparece sobre todo en el suroeste. El otro, rechoncho y de baja estatura, de tosco cabello lacio y negro, de rostro aplastado, casi negroide, se encuentra con más frecuencia en Connaught. Huxley atribuye este elemento de cabello oscuro en la originaria población celta de cabello claro a una mezcla ibérica (es decir, vasca), lo que será correcto al menos en parte. En la época, no obstante, en que los irlandeses aparecen con certeza en la historia, se han convertido ya en un pueblo homogéneo de lengua celta, y no encontramos por ninguna parte más elementos extraños, a excepción de los esclavos capturados en la guerra y comprados, en gran parte anglosajones.

Las noticias de los clásicos antiguos sobre este pueblo no suenan muy edificantes. Diodoro cuenta que aquellos britanos que habitan la isla llamada Iris (¿o Irin? está el acusativo Ἶριν) comen hombres. Más detallado es Estrabón: «sobre tal país (Jerne) nada seguro tenemos que decir, excepto que sus habitantes son más salvajes que los britanos, pues son antropófagos y polífagos (πολυφάγοι, según otra lectura ποιηφάγοι, comedores de hierba), y consideran honroso comerse a sus padres difuntos y tener trato carnal públicamente con las mujeres de otros, con sus madres y hermanas.» La patriótica historiografía irlandesa no se ha indignado poco por estas supuestas calumnias. A la investigación moderna le estaba reservado demostrar la antropofagia, y especialmente el consumo de los padres, como una etapa de transición probable para todos los pueblos. Quizá sirva de consuelo a los irlandeses saber que los antepasados de los actuales berlineses rendían homenaje a la misma concepción práctica aún mil años enteros más tarde: «Pero los Weletabi, que moran en Germania y que llamamos Wilze, no se avergüenzan de confesar que deben comerse a sus padres con más derecho que los gusanos.» (Notker, citado en *Antigüedades del derecho alemán* de Jacob Grimm, p. 488.) Y bajo el dominio inglés veremos repetirse más de una vez aún el consumo de carne humana en Irlanda. En cuanto a la fanerogamia reprochada a los irlandeses, por utilizar una expresión de Fourier, tales cosas ocurrieron en todos los pueblos salvajes, ¡cuánto más en los particularmente galantes celtas! Es interesante ver que la isla llevaba ya entonces el nombre nativo de hoy; Iris, Irin y Jerne son idénticos a Eire, Erinn, como también Ptolomeo conocía ya el nombre actual de la capital, Dublín, Eblana (con el acento correcto Ἔβλανα). Esto es tanto más notable cuanto que los celtas irlandeses designaron esta ciudad desde siempre con otro nombre, Athcliath, y Duibhlinn —el charco negro— era entre ellos el nombre de un lugar del río Liffey.

Además, encontramos aún en la Historia natural de Plinio, IV, 16, el siguiente pasaje: «Allí (a Hibernia) se dirigen los britanos en barcas hechas de ramas de sauce, sobre las cuales cosen pieles de animales». Y más tarde dice Solino acerca de los propios irlandeses: «Surcan el mar entre Hibernia y Britania en barcas de ramas de sauce, que cubren con un forro de pieles de buey» (C. Jul. Solini Cosmographia, c. 25). En 1810, Wakefield constató que en toda la costa occidental de Irlanda «no se veían otras barcas que las que consistían en un armazón de madera, cubierto con una piel de caballo o de buey». Estas barcas eran de forma variada, según la comarca, pero todas se distinguían por su extraordinaria ligereza, de modo que rara vez ocurría un accidente con ellas. Para alta mar no servían, naturalmente, por lo que la pesca sólo podía practicarse en las bahías y entre las islas. En Malbay, condado de Clare, Wakefield vio tales barcas, de 15 pies de largo, 5 de ancho y 2 de profundidad; para una de ellas se empleaban dos pieles de vaca, con el pelo hacia dentro, y el exterior alquitranado; estaba dispuesta para dos remeros. Una barca de éstas costaba unos 30 chelines. (Wakefield II, p. 97). – En lugar del entramado de sauce, un armazón de madera. ¡Qué progreso en 1800 años, y después de casi setecientos años de labor civilizadora por parte del primer pueblo navegante del mundo!

Por lo demás, pronto aparecen también algunos síntomas de progreso. Bajo el rey Cormac Ulfadha, que se sitúa en la segunda mitad del siglo III, se dice que su yerno Finn Mac Cumhal reorganizó la milicia irlandesa —los Fianna Eirionn™—, probablemente siguiendo el modelo de la legión romana, con distinción entre tropas ligeras y de línea; todos los ejércitos irlandeses posteriores, de los que tenemos detalles, distinguen entre kernes, infantería ligera, y galloglas, infantería pesada o de línea. Las hazañas de este Finn se cantaron en muchas viejas canciones, de las cuales algunas aún existen; ellas, y tal vez unas pocas tradiciones escoto-gaélicas, constituyen la base del Ossian de Macpherson (irlandés Oisin, hijo de Finn), en el que Finn aparece como Fingal y la escena se traslada a Escocia. En la tradición popular irlandesa, Finn perdura como Finn MacCumhaill (Mac Caul), un gigante al que se atribuye, en casi cada localidad de la isla, alguna proeza milagrosa.

I~] Feine, Fenier, es en todo el Senchus Mor el nombre de la nación irlandesa. Feinechus, Fenchus, ley de los fenier, se encuentra con frecuencia, ya sea en lugar de Senchus o de otro código legal perdido. A la vez, feine, grad feine, designa a la plebs, la clase libre más baja.

El cristianismo debió de haber encontrado entrada temprana en Irlanda, por lo menos en la costa oriental. De otro modo no se explica que, ya mucho antes de Patricio, tantos irlandeses desempeñasen un papel relevante en la historia eclesiástica. Pelagio, el heresiarca, pasa generalmente por un monje galés de Bangor; pero existía también un antiquísimo monasterio irlandés de Bangor, o más bien Banchor, cerca de Carrickfergus, y que perteneció a éste lo prueba Jerónimo, que lo llama «estúpido y torpe a causa de las gachas escóticas (scotorum pultibus praegravatus)». Es la primera mención de las gachas de harina de avena irlandesas (en irlandés lite, en angloirlandés stirabout), que ya entonces era, como más tarde hasta la introducción de la patata y luego junto a ella, el alimento principal del pueblo irlandés. Los principales discípulos de Pelagio, Celestio y Albino, eran igualmente scotos, es decir, irlandeses. Celestio escribió, según cuenta Genadio, desde su monasterio tres cartas detalladas a sus padres, de lo que se desprende que, en el siglo IV, la escritura alfabética era conocida en Irlanda.

En todos los escritos de la alta Edad Media, los irlandeses se llaman scotos, y el país Scotia; encontramos esta designación en Claudiano, Isidoro, Beda, el Geógrafo de Rávena, Eginardo y todavía en Alfredo el Grande: Hibernia, que nosotros llamamos Escocia (Hibernia the ve Scotland hatadh). La actual Escocia se llamaba con nombre extranjero Caledonia, y con nombre indígena Alba, Albania; la transferencia del nombre Scotia, Escocia, a la punta septentrional de la isla oriental no tuvo lugar hasta el siglo XI. La primera gran inmigración de scotos irlandeses a Alba se dice que ocurrió a mediados del siglo III; Amiano Marcelino los conoce allí ya en el año 360. La inmigración se realizó por la vía marítima más corta, desde Antrim a la península de Kintyre; todavía Nenio menciona expresamente que los britanos, que entonces ocupaban todo el territorio bajo escocés hasta el Clyde y el Forth, eran atacados por los scotos por el oeste y por los pictos por el norte. También la séptima de las antiguas tríadas históricas galesas narra que los Gwyddyl Ffichti (véase infra) llegaron desde Irlanda a través del mar de los hombres del norte (Môr Llychlin) a Alba y se establecieron en la costa de ese mar. Que el mar entre Escocia y las Hébridas se llame mar de los hombres del norte prueba, de paso, que esta tríada es más reciente que la conquista normanda de las Hébridas. Hacia el año 500 vinieron de nuevo mayores bandas de scotos, que formaron gradualmente un reino propio, independiente tanto de Irlanda como de los pictos, y finalmente, bajo Kenneth Mac Alpine, en el siglo IX, sometieron a los pictos y erigieron el reino al que, unos 150 años más tarde, probablemente por obra de los hombres del norte, se transfirió el nombre de Escocia, Scotia.

En los siglos V y VI, las fuentes galesas antiguas (Nenio, las tríadas) mencionan invasiones de los Gwyddyl Ffichti, o pictos gaélicos, en Gales, que generalmente se interpretan como incursiones de scotos irlandeses. Gwyddyl es la forma galesa de Gaidheal, nombre con que los irlandeses se designan a sí mismos. De dónde procede la designación de pictos, que lo investiguen otros.

En el segundo cuarto del siglo V, gracias a Patricio (en irlandés Patrick, Patraic, pues los celtas pronuncian la c, a la antigua usanza romana, siempre como K), el cristianismo fue llevado a la supremacía sin violentas conmociones. El tráfico con Britania, que ya existía desde mucho antes, se hizo también más animado por esta época; llegaron maestros de obras y obreros de la construcción que enseñaron a los irlandeses, que hasta entonces sólo habían conocido la construcción en piedra seca, la mampostería con argamasa; el hecho de que ésta, desde el siglo VII hasta el XII, sólo aparezca en edificios eclesiásticos ||| prueba suficientemente que su introducción guarda relación con la del cristianismo, y además que, a partir de entonces, el clero, portavoz de la cultura extranjera, se separó por completo del pueblo en su desarrollo intelectual. Mientras que el pueblo no realizaba progresos sociales o los hacía con extrema lentitud, en el seno del clero se desarrolló pronto una cultura literaria extraordinaria para aquella época, que, a la manera de entonces, se manifestó principalmente en el afán por la conversión de paganos y la fundación de monasterios. Columba convirtió a los scotos británicos y a los pictos, Gallus (el fundador de St. Gallen) y Fridolino a los alemanes, Kilian a los francos del Main, Virgilio a los salzburgueses; los cinco eran irlandeses; los anglosajones fueron igualmente llevados al cristianismo sobre todo por misioneros irlandeses. Pero, al mismo tiempo, Irlanda pasaba en toda Europa por un semillero de erudición, tanto que Carlomagno llamó a Pavía como maestro a un monje irlandés, Albino, al que luego sucedió otro irlandés, Dungal. El hombre más importante entre el gran número de sabios irlandeses, importantes para su tiempo pero hoy casi olvidados, fue el padre o, como lo llama Erdmann, el Carolus Magnus de la filosofía medieval: Johannes Scotus Erigena. «Él fue el primero con quien comienza ahora una verdadera filosofía», dice Hegel de él. Él solo, entre todos los europeos occidentales del siglo IX, entendía el griego y, mediante su traducción de los escritos atribuidos a Dionisio Areopagita, volvió a enlazar con el último retoño de la filosofía antigua, la escuela alejandrino-neoplatónica. Su doctrina era de gran audacia para su época; niega la eternidad de la condenación, incluso para el diablo, y roza fuertemente el panteísmo; sus contemporáneos ortodoxos no dejaron, por tanto, de calumniarlo. Pasaron dos siglos enteros hasta que la ciencia fundada por Erigena encontró un continuador en Anselmo de Canterbury.

u» Más detalles sobre la doctrina y obras de Erigena en Erdmann, Grundriß der Gesch. der Phil. 2.ª ed. Berlín 1869, t. I, p. 241-1. – Erigena, que por lo demás no era clérigo, muestra ya un agudo humor irlandés. Estando a la mesa, Carlos el Calvo, rey de Francia, sentado frente a él, le preguntó cuál era la distancia entre un Scot y un tonto (sot), y Erigena respondió: El ancho de una mesa.

Pero antes de que este desarrollo de una cultura superior pudiera repercutir sobre el pueblo, fue interrumpido por las incursiones de los hombres del norte. Estas incursiones, que constituyen el principal artículo de exportación del patriotismo escandinavo, y especialmente danés, llegaron demasiado tarde y partieron de pueblos demasiado pequeños para haber podido desembocar en conquistas, colonizaciones y formaciones estatales a gran escala, como fue el caso en las anteriores invasiones de los germanos. La ventaja que dejaron para el desarrollo histórico es ínfima en comparación con las perturbaciones enormes, y aun para la propia Escandinavia estériles, que causaron.

Irlanda, hacia finales del siglo VIII, distaba mucho de estar habitada por una nación unida. Una monarquía suprema sobre toda la isla sólo existía en apariencia, y aun ésa ni mucho menos de modo permanente. Los reyes provinciales, cuyo número y posesiones territoriales cambiaban continuamente, guerreaban entre sí, y los pequeños príncipes territoriales tenían igualmente sus querellas privadas. Pero, en conjunto, parece que en estas luchas internas imperaba una cierta regla que limitaba las devastaciones, de modo que el país no sufría demasiado. Pero las cosas iban a cambiar. En 795, algunos años después de la primera calamidad de Inglaterra por el mismo pueblo de bandidos, los hombres del norte desembarcaron en la isla de Rathlin, frente a la costa de Antrim, y lo incendiaron todo; en 798 desembarcaron cerca de Dublín, y desde entonces aparecen casi anualmente en los anales, como paganos, extranjeros, piratas marítimos, nunca sin la apostilla losccadh (incendio) de uno o varios lugares. Sus asentamientos en las Orcadas, Shetlands y las Hébridas (las islas meridionales, Sudhreyjar de las sagas nórdicas antiguas) les sirvieron de base de operaciones contra Irlanda, como luego contra Escocia e Inglaterra.

Entwurf der Kapitel „Naturbedingungen“ und „Altirland“

A mediados del siglo IX estaban en posesión de Dublín, al que, según Giraldus, convirtieron por primera vez en una ciudad propiamente dicha, como también les atribuye la construcción de Waterford y Limerick. El nombre de Waterford mismo no es más que la anglicización, aquí sin sentido, del antiguo nórdico Vedhrafiördhr, que significa o bien bahía de la tormenta (fiordo del tiempo) o bahía del carnero. La primera necesidad de los nórdicos, tan pronto como se asentaron en el país, fue naturalmente la posesión de ciudades portuarias fortificadas; la población de estas ciudades siguió siendo escandinava durante mucho tiempo, pero ya en el siglo XII se había asimilado a los irlandeses en lengua y costumbres. Las discordias de los príncipes irlandeses entre sí facilitaron a los nórdicos el saqueo y el asentamiento, e incluso la conquista temporal de toda la isla en gran medida. Cuán considerado era Irlanda por los escandinavos como uno de sus países de botín habituales lo muestra el presunto canto fúnebre de Ragnar Lodbrók en la torre de las serpientes del rey Ella de Northumberland, el Krákumál, compuesto alrededor del año 1000. En este canto, el salvajismo pagano antiguo se concentra como por última vez, y bajo el pretexto de cantar las hazañas heroicas del rey Ragnar, se describen más bien las expediciones de saqueo de todo el pueblo nórdico, tanto en su propio país como en las costas desde Dünamünde hasta Flandes, Escocia (que aquí ya se llama Skotland, quizás por primera vez) e Irlanda, de manera sucinta. De Irlanda se dice: |

 Hendimos con espadas, cada cual yacía sobre el otro;
 alegre se tornó el hermano del lobo por la comida en la lucha furiosa;
 no dejó que el águila ni el lobo,
 (el encuentro del metal y el escudo) el rey Marstein firme;
 se dio en Vedhrafiördhr alimento de cadáveres al cuervo.
 Hendimos con espadas, comenzamos un juego por la mañana,
 alegre combate ante Lindiseyri, con tres príncipes de la tierra;
 pocos tuvieron que alegrarse de haber huido sanos de allí;
 el halcón lucha por la carne con el lobo, las fauces del lobo devoraron a muchos,
 a raudales fluyó en la batalla en la playa sangre de irlandeses.'="

‘1 La indicación de Snorri en la Haraldsaga, de que Thorgils y Frodi, hijos de Harald Härfagr, habrían sido los primeros de todos los nórdicos en poseer Dublín –por lo tanto, al menos 50 años más tarde de lo indicado–, está en contradicción con todas las noticias irlandesas indudables para esa época. Snorri confunde evidentemente a Thorgils, el hijo de Harald Härfagr, con el Thorgils = Turgesius mencionado más abajo.
»»i Hiuggu ver medh hiörvi, hverr là thverr of annann;
 gladhr vardh gera brödhir getu vidh soknar laeti,
 lêt ei örn né ylgi, sä er Irlandi styrdhi,
 (mot vardh mälms ok ritar) Marsteinn konungr fasta;
 vardh i Vedhra firdhi valtafn gefit hrafni.
 Hiuggu ver medh hiörvi, hädhum sudhr at morni
 leik fyrit Lindiseyri vidh lofdhünga threnna;
 färr atti thvi fagna (fell margr î gyn ülfi,
 haukr sleit hold medh vargi), at hann heill thadhan kaemi;
 Ira blödh î oegi aerit fell um skaeru.
 Vedhrafiördhr es, como se ha dicho, Waterford: no sé si Lindiseyri se ha encontrado en algún lugar. En ningún caso significa Leinster, como traduce Johnstone; el eyri (lengua de tierra arenosa, danés öre) apunta a una localidad muy determinada. Valtafn puede significar también alimento de halcón, y aquí se traduce generalmente así, pero como el cuervo es el ave sagrada de Odín, la palabra juega evidentemente con ambos significados.

Borrador de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»

Ya en la primera mitad del siglo IX, un vikingo nórdico, Thorgils, llamado Turgesius por los irlandeses, logró someter toda Irlanda, pero a su muerte en 844 su reino se desintegró y los nórdicos fueron expulsados. Las invasiones y luchas continúan, con éxito variable, hasta que finalmente a principios del siglo XI el héroe nacional de Irlanda, Brian Borumha, originalmente solo rey de una parte de Munster, se eleva a señor de toda Irlanda y libra la batalla decisiva contra los nórdicos que invadían Irlanda con poder concentrado, el 23 de abril (Viernes Santo) de 1014 en Clontarf (cerca de Dublín), con lo que el poder de los invasores es quebrantado para siempre.

Los nórdicos que se habían asentado en Irlanda, y de los cuales dependía Leinster (el rey de Leinster, Maelmordha, había subido al trono en 999 con su ayuda y desde entonces había sido mantenido por ellos), enviaron, previendo la inminente lucha decisiva, mensajeros a las Islas del Sur y las Orcadas, a Dinamarca y Noruega, para procurar refuerzos, que llegaron abundantes. La Nialssaga cuenta cómo el jarl Sigurd Laudrisson se preparó en las Orcadas para la partida, cómo Thorstein Siduhallsson, Hrafn el Rojo y Erlinger de Straumey partieron con él, cómo llegó el Domingo de Ramos con todo su ejército a Dublín (Durflin): «Allí había llegado también Brödhir con todo su ejército. Brödhir probó mediante hechicería cómo iría la lucha; y la respuesta fue así: Si se combatía el viernes, que el rey Brian caería pero tendría la victoria; y si se combatía antes, entonces caerían todos los que estuvieran contra él; entonces dijo Brödhir que no se debía combatir antes del viernes.»

Acerca de la batalla misma disponemos de dos versiones: la de los anales irlandeses y la escandinava de la Nialssaga. Según esta última, «el rey Brian vino con todo su ejército contra la fortaleza (Dublín); el viernes el ejército (de los nórdicos) salió de la fortaleza y ambos ejércitos se ordenaron. Brödhir estaba en un ala del ejército y el rey Sigtrygg (según los Anales de Inisfallen, el rey de los nórdicos de Dublín) estaba en la otra. Ahora hay que decir del rey Brian que no quería combatir el viernes, y se levantó en torno a él un castillo de escudos y su ejército estaba apostado delante. Ulf Hraeda estaba en el ala frente a Brödhir; y en la otra ala estaban Ospak y sus hijos, frente a Sigtrygg; y en el centro estaba Kerthialfadh y delante de él se llevaba la bandera.» Cuando comenzó la lucha, Brödhir fue perseguido por Ulf Hraeda hasta un bosque, donde encontró protección; el jarl Sigurd tenía dura resistencia contra Kerthialfadh, que avanzó hasta la bandera y mató al abanderado, así como al siguiente que tomó la bandera; entonces todos se negaron a llevar la bandera, y el jarl Sigurd tomó la bandera del asta y la escondió entre sus ropas. Poco después fue atravesado por una lanza, y con ello parece que su hueste fue derrotada. Mientras tanto, Ospak había caído sobre la retaguardia de los nórdicos y desbarató el ala de Sigtrygg tras duro combate. «Entonces se inició la huida en todas las tropas. Thorstein Siduhallsson se detuvo cuando los otros huían, y se ató la correa del zapato; entonces le preguntó Kerthialfadh por qué no corría como los otros. A lo que dijo Thorstein: oh, de todos modos no llego a casa esta noche, estoy en casa fuera, en Islandia. Y Kerthialfadh le dio paz.» – Brödhir vio entonces desde su escondite que el ejército de Brian perseguía a los fugitivos, y que pocos hombres habían quedado junto al castillo de escudos. Entonces salió corriendo del bosque, irrumpió a través del castillo de escudos y mató al rey (Brian, de 88 años, obviamente ya no estaba en condiciones de participar en la lucha y se había quedado en el campamento). «Entonces gritó Brödhir en voz alta: Ahora puede hombre a hombre contar que Brödhir ha derribado a Brian.» Pero los perseguidores regresaron, rodearon a Brödhir y lo apresaron vivo. «Ulf Hraeda le abrió el vientre y lo condujo alrededor de un roble y así le extrajo los intestinos del cuerpo alrededor del tronco, y no murió hasta que todos le fueron sacados poco a poco, y todos los hombres de Brödhir fueron muertos.»

Según los Anales de Inisfallen, el ejército nórdico estaba dividido en tres cuerpos; el primero consistía en los nórdicos de Dublín, junto con 1000 refuerzos noruegos, todos ellos armados con largas cotas de malla; el segundo, en las tropas auxiliares irlandesas de Leinster, bajo el rey Maelmordha; el tercero, en los refuerzos de las islas y Escandinavia, bajo Bruadhair, el jefe de la flota que los había transportado, y Lodar, el jarl de las Orcadas. Frente a ellos, Brian formó su ejército igualmente en tres cuerpos; los nombres de los jefes no coinciden, sin embargo, con los de la Nialssaga. El informe de la batalla mismo es insignificante; más breve y claro es el de los Cuatro Maestros, que sigue a continuación:

Borrador de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»

«A.D. 1013 (está en lugar de 1014 por un error constante). Los extranjeros de toda Europa occidental se reunieron contra Brian y Maelseachlainn (comúnmente llamado Malachy, rey de Meath bajo la soberanía de Brian) y llevaron consigo mil hombres con cotas de malla. Una batalla violenta, furiosa, poderosa y maligna se libró entre ellos, cuyo igual no se encontró en aquel tiempo, en Cluaintarbh (Prado del Buey, ahora Clontarf), precisamente el viernes antes de Pascua. En esta batalla fueron muertos Brian, de 88 años, Murchadh su hijo, de 63 años, Conaing su sobrino, Toirdhealbhach su nieto, ... (siguen una cantidad de nombres). Las tropas (enemigas) fueron finalmente rechazadas desde la Tulcainn hasta Athcliath (Dublín), por Maelseachlainn, mediante lucha violenta, valentía y embate contra los extranjeros y los hombres de Leinster; y allí cayó Maelmordha, hijo de Murchad, del hijo de Finn, rey de Leinster... y hubo además innumerables muertos entre los de Leinster. También fueron muertos Dubhgall, hijo de Amhlaeibh (comúnmente llamado Anlaf u Olaf) y Gillaciarain, hijo de Gluniairn, dos subjefes (tanaisi) de los extranjeros, Sichfrith hijo de Lodar, jarl de las Orcadas (iarla insi h-Orc), Brodar, jefe de los de Dinamarca, que fue el hombre que mató a Brian. Los mil hombres con cotas de malla fueron despedazados y al menos 3000 de los extranjeros fueron muertos allí.»

La Nialssaga fue escrita en Islandia alrededor de cien años después de la batalla; los anales irlandeses se basan, al menos en parte, en informes contemporáneos. Ambas fuentes son completamente independientes entre sí; no solo coinciden en los hechos principales, sino que también se complementan mutuamente. Quiénes eran Brödhir y Sigtrygg lo sabemos solo por los anales irlandeses. Sigurd Laudrisson se llama allí Sichfrith hijo de Lodar; Sigfrith es, en efecto, la forma anglosajona correcta del nombre nórdico antiguo Sigurd, y los nombres escandinavos aparecen en Irlanda –tanto en monedas como en los anales– la mayoría de las veces no en forma nórdica antigua, sino anglosajona. Los nombres de los subjefes de Brian están adaptados en la Nialssaga al órgano escandinavo; uno de ellos, Ulf Hraeda, es incluso completamente nórdico antiguo, pero sería arriesgado concluir de ello, como hacen algunos, que también Brian tenía nórdicos en su ejército. Ospak y también Kerthialfadh parecen nombres celtas; ¿este último quizá deformado del Toirdhealbhach mencionado en los Cuatro Maestros? La fecha –el viernes después del Domingo de Ramos en unos, el viernes antes de Pascua en otros– coincide exactamente, así como el lugar de la batalla; aunque en la Nialssaga se llama Kantaraburg (de otro modo = Canterbury), se sitúa explícitamente justo delante de las puertas de Dublín. El desarrollo de la batalla lo describen los Cuatro Maestros con mayor precisión: los nórdicos son arrojados desde la llanura de Clontarf, donde atacaron al ejército de Brian, a través del Tolka, un pequeño río que pasa justo delante del lado norte de Dublín, hacia dentro de la ciudad. Que Brödhir mató al rey Brian lo saben ambos; los detalles más precisos se encuentran solo en la fuente nórdica.

Se ve, nuestras noticias sobre esta batalla son, considerando la barbarie de aquella época, bastante detalladas y auténticas; no será fácil hallar muchas batallas del siglo XI sobre las que tengamos informes tan precisos y concordantes de ambas partes. Ello no impide que el señor profesor Goldwin Smith la describa como un «conflicto espectral (shadowy)» (I.e. p. 48). En la cabeza del señor profesor, ciertamente, los hechos más robustos cobran con harta frecuencia una figura «espectral».

Tras la derrota de Clontarf, las incursiones de rapiña de los nórdicos se hacen más raras y menos peligrosas; pronto los nórdicos de Dublín caen bajo la jurisdicción de los príncipes irlandeses vecinos y se funden, en una o dos generaciones, con los indígenas. Como única compensación por sus devastaciones, los escandinavos dejan a los irlandeses tres o cuatro ciudades y los inicios de una burguesía comerciante.

Cuanto más retrocedemos en la historia, tanto más desaparecen los rasgos distintivos por los que los pueblos de un mismo tronco se diferencian entre sí. Esto se debe, por una parte, a la naturaleza de las fuentes, que se tornan más pobres en proporción a su mayor antigüedad y se limitan a lo más esencial, y, por otra parte, también al desarrollo de los pueblos mismos. Las distintas ramas del tronco estaban tanto más próximas entre sí, tanto más se asemejaban, cuanto menos se habían alejado del tronco originario. Con plena razón, Jacob Grimm trató siempre todas las noticias, desde los historiadores romanos que describieron la expedición de los cimbros hasta Adán de Bremen y Saxo Grammaticus, todos los monumentos literarios desde Beowulf y el Cantar de Hildebrando hasta las Eddas y Sagas, todos los cuerpos legales desde las leges barbarorum hasta las antiguas leyes danesas y suecas y los Weistümer alemanes, como fuentes de igual valor para el carácter nacional alemán, las costumbres y las relaciones jurídicas alemanas. El rasgo específico puede tener solo significado local, pero el carácter que en él se refleja es común a todo el tronco; y cuanto más antiguas son las fuentes, tanto más se desvanecen las diferencias locales.

Esbozo de los capítulos «Condiciones naturales» y «Antigua Irlanda»

Así como los escandinavos y los germanos en los siglos VII y VIII se diferenciaban menos que hoy, también los celtas irlandeses y los celtas galos debieron de ser originariamente más semejantes entre sí de lo que lo son hoy los irlandeses y los franceses. No debemos, pues, extrañarnos si encontramos en la descripción que César hace de los galos una multitud de rasgos que Giraldus, doce siglos más tarde, vuelve a atribuir a los irlandeses y que aún hoy, pese a toda mezcla de sangre germánica, reencontramos en el carácter nacional irlandés.

..Comunicación confidencial
al Comité de Brunswick
del Partido Obrero Socialdemócrata

Comunicación confidencial.

El ruso Bakunin (aunque le conozco desde 1843, omito aquí todo lo que no sea absolutamente necesario para la comprensión de lo que sigue) tuvo una entrevista con Marx en Londres poco después de la fundación de la «Internacional». Este último le admitió allí en la sociedad, por la cual Bakunin prometió trabajar con todas sus fuerzas. B. viajó a Italia, recibió allí de Marx, por envío, los estatutos provisionales y la «Alocución a las clases trabajadoras», contestó «muy entusiasmado», no hizo nada. Después de años en los que no se sabe nada de él, vuelve a aparecer en Suiza. Allí no se adhiere a la «Internacional», sino a la «Ligue de la Paix et de la Liberté». Después del congreso de esta Liga de la Paz (Ginebra 1867), B. se mete en su comité ejecutivo, pero encuentra allí adversarios que no solo no le permiten ninguna influencia «dictatorial», sino que le vigilan como «sospechoso de rusismo». Poco después del Congreso de Bruselas (septiembre de 1868) de la Internacional, la Liga de la Paz celebra su congreso en Berna. Esta vez B. hace de tea incendiaria y —dicho sea de paso— lanza su denuncia de la burguesía occidental en el tono con que los optimistas moscovitas suelen atacar la civilización occidental para disculpar su propia barbarie. Propone una serie de resoluciones que, descabelladas de por sí, están calculadas para meter miedo a los cretinos burgueses y permitir al señor Bakunin salir con éclat de la Liga de la Paz y entrar en la «Internacional». Basta decir que el programa propuesto por él al Congreso de Berna contiene absurdos tales como la «igualdad» de las «clases», la «abolición del derecho de herencia como comienzo de la revolución social», etc. –charlatanerías irreflexivas, un rosario de ocurrencias huecas que pretenden ser espantosas, en suma, una insípida improvisación, calculada solo para un cierto efecto de momento. Los amigos de B. en París (donde un ruso es coeditor de la Revue Positiviste) y en Londres anuncian al mundo la salida de B. de la Liga de la Paz como un événement y proclaman su grotesco programa –esta olla podrida de lugares comunes manidos– como algo maravillosamente horrendo y original.

B. entró entretanto en la «Rama Romanda» de la Internacional (en Ginebra). Le había costado años decidirse a dar este paso. Pero no transcurrieron ni días antes de que el señor Bakunin decidiera echar por tierra la Internacional y convertirla en su instrumento. A espaldas del Consejo General de Londres –que no fue informado hasta que todo estuvo aparentemente hecho– formó la llamada «Alliance des Démocrates Socialistes». El programa de esta sociedad no era otro que el presentado por B. al Congreso de la Paz de Berna. La sociedad se anunciaba así, desde luego, como sociedad de propaganda de la sabiduría secreta específicamente bakuninista, y el propio B., uno de los hombres más ignorantes en el campo de la teoría social, aparece aquí de repente como fundador de secta. El programa teórico de esta «Alianza» era, sin embargo, pura farsa. El lado serio residía en su organización práctica. Esta sociedad debía ser internacional, con su comité central en Ginebra, es decir, bajo la dirección personal de B. Pero al mismo tiempo debía ser parte «integrante» de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Sus ramas debían, por una parte, hacerse representar en el «próximo congreso» de la Internacional (en Basilea) y, al mismo tiempo, celebrar su propio congreso al lado del otro, en sesiones separadas, etc., etc.

El material humano de que B. disponía de momento era la mayoría de entonces del Comité Federal Romando de la «Internacional» en Ginebra. J. Ph. Becker, cuyo celo propagandístico se le desborda a veces de la cabeza, fue puesto por delante. En Italia y España tenía B. algunos aliados.

El Consejo General de Londres estaba plenamente informado. Sin embargo, dejó que Bakunin siguiera adelante hasta el momento en que este último se vio obligado, por medio de J. Ph. Becker, a remitir los estatutos (junto con el programa) de la «Alliance des Dém. Soc.» al Consejo General para su aprobación. Entonces se le envió una respuesta extensamente motivada –redactada de modo totalmente «judicial» y «objetivo», pero en sus «considerandos» llena de ironía– que concluía:

«1) El Consejo General no admite a la “Alianza” como rama de la Internacional.
2) Todos los artículos de los estatutos de la “Alianza” referentes a sus relaciones con la “Internacional” se declaran nulos y sin valor.»

En los considerandos se demostraba de manera clara y contundente que la «Alianza» no era más que una máquina para la desorganización de la «Internacional».

Este golpe cayó por sorpresa. B. ya había convertido en su órgano a la «Égalité», órgano central de los miembros de habla francesa de la Internacional en Suiza, y además se había creado en Le Locle un pequeño moniteur privado: el Progrès. El Progrès sigue desempeñando hasta hoy ese papel bajo la redacción de un fanático partidario de B., un tal «Guillaume».

Después de varias semanas de reflexión, el comité central de la «Alianza» –bajo la firma de Perron, un ginebrino– envía por fin respuesta al Consejo General. La «Alianza», por celo a la buena causa, está dispuesta a sacrificar su organización autónoma, pero solo con una condición: que el Consejo General declare que reconoce sus principios «radicales».

El Consejo General respondió: no era su función erigirse en tribunal teórico sobre los programas de las diferentes secciones. Solo debía cuidar de que en ellos nada contuviera algo directamente contrario a los estatutos y a su espíritu. Por ello debía insistir en que del programa de la «Alianza» se suprimiera la ridícula frase sobre la «égalité des classes» y se pusiera en su lugar «abolition des classes» (lo cual se hizo). Por lo demás, podían ingresar, previa disolución de su organización internacional autónoma y tras haber entregado al Consejo General una lista de todas sus ramas (cosa que, notabene, jamás sucedió).

Con esto quedó zanjado este incidente. La Alianza se disolvió nominalmente y siguió existiendo de hecho, bajo la dirección de B., quien al mismo tiempo dominaba el Comité Federal Romando de Ginebra de la Internacional.

A sus órganos hasta ese momento se añadió la «Confederación» de Barcelona (y después del Congreso de Basilea, la Eguaglianza de Nápoles).

B. buscó ahora alcanzar su fin –convertir la Internacional en su herramienta privada– por otro camino. Hizo que nuestro comité romándico de Ginebra propusiera al Consejo General poner la «cuestión de la herencia» en el programa del Congreso de Basilea. El Consejo General accedió, para poder dar a B. un golpe directamente sobre la cabeza. El plan de B. era el siguiente: al adoptar el Congreso de Basilea los principios (!) expuestos por B. en Berna, quedaría probado ante el mundo que B. no se había pasado a la «Internacional», sino la «Internacional» a B. Simple consecuencia: el Consejo General de Londres (cuya oposición a recalentar la vieillerie saint-simonista era bien conocida por B.) debe dimitir, y el Congreso de Basilea trasladará el Consejo General a Ginebra, es decir, la Internacional caerá bajo la dictadura de B.

B. puso en marcha toda una conspiración para asegurarse la mayoría en el Congreso de Basilea. No faltaron incluso mandatos falsos, como el del señor Guillaume por Le Locle, etc. El propio B. mendigó mandatos de Nápoles y de Lyon. Calumnias de todo género contra el Consejo General fueron difundidas. A unos se les decía que en él predominaba el elemento burgués, a otros que era la sede del comunismo autoritario, etc.

El resultado del Congreso de Basilea es conocido. Las propuestas de B. no prosperaron y el Consejo General permaneció en Londres.

El disgusto por este fracaso – a cuyo éxito había vinculado B., acaso, toda suerte de especulaciones privadas en «el espíritu y el sentimiento de su corazón» – se desahogó en declaraciones irritadas de L'Égalité y de Le Progrès. Entre tanto, estos periódicos adoptaban cada vez más la forma de oráculos oficiales. Pronto se fulminó con el anatema a esta o aquella sección suiza de la Internacional, por haberse implicado en el movimiento político contra la expresa prescripción de B., etc. Finalmente, la rabia largo tiempo contenida contra el Consejo General estalló abiertamente. Progrès y Égalité se burlaron, atacaron, declararon que el Consejo General no cumplía sus deberes, por ejemplo, en lo tocante al boletín trimestral; que el Consejo General debía desprenderse del control directo sobre Inglaterra y permitir que se fundara a su lado un Comité Central inglés que se ocupara únicamente de asuntos ingleses; que las resoluciones del Consejo General acerca de los fenianos presos constituían una extralimitación de sus funciones, por no tener que ocuparse de cuestiones de política local. Además, Progrès y Égalité tomaron partido por Schweitzer y exhortaron categóricamente al Consejo General a que se pronunciara oficial y públicamente sobre la cuestión Liebknecht-Schweitzer. El periódico Le Travail (de París), en el cual los amigos parisinos de Schweitzer habían introducido subrepticiamente artículos favorables a él, fue elogiado por ello por Progrès y Égalité, y en este último se le exhortó a hacer causa común contra el Consejo General.

Había llegado, pues, el momento de intervenir. He aquí copia textual de la misiva del Consejo General al Comité Central romando de Ginebra. Documento demasiado extenso para traducirlo al alemán. / Circulaire du Conseil Général de l'Association Internationale des Travailleurs au Conseil Federal de la Suisse Romande du 1 janvier 1870 (S. 159–165). /

Los comités franceses (aunque Bakunin intrigó intensamente en Lyon y Marsella y ganó para sí a algunos jóvenes exaltados), al igual que el Consejo General belga (Bruselas), se declararon plenamente de acuerdo con este rescripto del Consejo General.

La copia para Ginebra (debido a que el secretario para Suiza, Jung, estaba muy ocupado) se demoró un tanto. Por ello, se cruzó en el camino con una carta oficial de Perret, secretario del Comité Central romando de Ginebra, dirigida al Consejo General.

La crisis había estallado, en efecto, en Ginebra antes de la llegada de nuestra carta. Algunos redactores de L'Égalité se habían opuesto a la orientación dictada por Bák. Bakunin y sus partidarios (entre ellos, seis redactores de L'Égalité) querían obligar al Comité Central de Ginebra a despedir a los recalcitrantes. El comité ginebrino, en cambio, estaba harto desde hacía tiempo del despotismo de B. y se veía con desagrado arrastrado por él a oponerse a los demás comités de la Suiza alemana, al Consejo General, etc. Así, por el contrario, confirmó a los redactores de L'Égalité que disgustaban a B. Acto seguido, sus seis hombres presentaron su dimisión de la redacción, creyendo con ello paralizar el periódico.

En respuesta a nuestra misiva, el Comité Central de Ginebra declara que los ataques de L'Égalité tuvieron lugar contra su voluntad, que nunca aprobó la política predicada en ella y que ahora el periódico se redacta bajo estricta vigilancia del comité, etc.

Bakunin se retiró entonces de Ginebra al Tesino. En lo que concierne a Suiza, ya sólo tiene su mano en Progrès (Le Locle).

Poco después murió Herzen. Bakunin, que desde el momento en que quiso erigirse en conductor del movimiento obrero europeo había renegado de su viejo amigo y protector Herzen, se deshizo inmediatamente tras su muerte en trompeterías de alabanza. ¿Por qué? Herzen, a pesar de su riqueza personal, se hacía pagar anualmente 25.000 francos para propaganda por el partido pseudosocialista y paneslavista de Rusia, amigo suyo. Con su griterío de alabanza, Bakunin ha desviado hacia sí estos fondos, entrando así – malgré sa haine de l'héritage – en «la herencia de Herzen», pecuniaria y moralmente, sine beneficio inventarii.

Al mismo tiempo se ha establecido en Ginebra una joven colonia de refugiados rusos, estudiantes desterrados que realmente lo hacen con honestidad y demuestran su honestidad adoptando la lucha contra el paneslavismo como punto central de su programa.

Publican en Ginebra un periódico: La voix du peuple.

Hace unas dos semanas se dirigieron a Londres, enviaron sus estatutos y programa, y solicitaron la autorización para formar una sección rusa. Les ha sido concedida.

En una carta particular a Marx le han rogado que los represente provisionalmente en el Consejo Central. Lo cual ha sido asimismo aceptado. Han comunicado a la vez – y parecían querer disculparse por ello ante Marx – que próximamente tendrían que arrancarle públicamente la máscara a Bakunin,

Comunicación confidencial

pues este hombre lleva dos lenguajes completamente distintos, uno en Rusia y otro en Europa.

Así, el juego de este intrigante sumamente peligroso – al menos en el terreno de la Internacional – pronto habrá terminado.