Manuscrito de una reseña. («Rheinische Zeitung»)

[1] Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. I. Band:
der Produktionsprozeß des Kapitals. Hamburg, O. Meißner, 1867.

El sufragio universal ha añadido a nuestros partidos parlamentarios hasta ahora existentes uno nuevo, el socialdemócrata. En las últimas elecciones para el Reichstag de la Alemania del Norte ha presentado candidatos propios en la mayoría de las grandes ciudades, en todos los distritos fabriles, y ha conseguido que salieran elegidos seis u ocho diputados. Comparado con las elecciones anteriores, ha desplegado una fuerza considerablemente mayor, y por tanto cabe suponer que, por ahora al menos, se encuentra en crecimiento. Sería una necedad seguir tratando la existencia, la actividad y las doctrinas de un partido semejante con un altivo silencio, en un país donde el sufragio universal ha puesto la decisión última en manos de las clases más numerosas y más pobres. Por muy desunidos y desorganizados que estén entre sí los pocos parlamentarios socialdemócratas, cabe suponer con certeza que todas las fracciones de este partido saludarán el presente libro como su biblia teórica, como el arsenal del que extraerán sus argumentos más esenciales. Ya por esta razón merece una atención especial. Pero también por su contenido propio es idóneo para llamar la atención. Si la argumentación principal de Lassalle —y Lassalle no era en la economía política más que un discípulo de Marx— se limitaba a repetir una y otra vez la llamada ley ricardiana del salario, aquí tenemos ante nosotros una obra que trata, con una erudición innegablemente rara, la relación entera del capital y el trabajo en su conexión con la ciencia económica en su conjunto; que se fija como fin último «desvelar la ley económica del movimiento de la sociedad moderna», y que, según investigaciones evidentemente sinceras y emprendidas con innegable conocimiento de la materia, llega al resultado de que todo el «modo de producción capitalista» tiene que ser abolido. Pero quisiéramos además llamar especialmente la atención sobre el hecho de que, dejando aparte las conclusiones de la obra, el autor presenta en el curso de la misma toda una serie de puntos capitales de la economía bajo una luz completamente nueva y llega aquí, en cuestiones puramente científicas, a resultados que se apartan mucho de la economía hasta ahora en boga y que los economistas académicos tendrán que criticar y refutar científicamente de manera seria si no quieren ver fracasar su doctrina anterior. En interés de la ciencia es de desear que la polémica precisamente sobre estos puntos se entable muy pronto en las publicaciones especializadas.

Marx comienza con la exposición de la relación entre mercancía y dinero, cuyo contenido esencial ya había sido publicado hace algún tiempo en un escrito aparte. Luego pasa al capital, y aquí llegamos enseguida al punto crucial de toda la obra. ¿Qué es el capital? Dinero que se convierte en mercancía para reconvertirse de mercancía en más dinero del que importaba la suma inicial. Si compro algodón por 100 táleros y lo vendo por 110, acredito mis 100 táleros como capital, como valor que se valoriza a sí mismo. Surge entonces la pregunta: ¿de dónde provienen los 10 táleros que gano en este proceso? ¿Cómo es posible que, mediante dos simples actos de intercambio, 100 táleros se conviertan en 110? La economía presupone, en efecto, que en todos los intercambios se intercambia valor igual por valor igual. Marx pasa revista a todos los casos posibles (fluctuaciones de precio de las mercancías, etc.) para demostrar que, bajo los supuestos dados por la economía, la formación de 10 táleros de plusvalía a partir de 100 táleros originarios es imposible. Sin embargo, este proceso acontece a diario, y los economistas nos han dejado a deber la explicación del mismo. Marx da esta explicación del siguiente modo: el enigma sólo puede resolverse si encontramos en el mercado una mercancía de especie completamente peculiar, una mercancía cuyo valor de uso consista en producir valor de cambio. Esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo. El capitalista compra la fuerza de trabajo en el mercado y la hace trabajar para él para volver a vender el producto de la misma. Tenemos, pues, que investigar ante todo la fuerza de trabajo.

¿Cuál es el valor de la fuerza de trabajo? Según la ley conocida: el valor de los medios de vida necesarios para conservar y reproducir al obrero en la forma históricamente establecida en un país y en una época determinados. Supongamos que el obrero recibe su fuerza de trabajo pagada a su valor íntegro. Supongamos, además, que este valor se represente en un trabajo de seis horas diarias, o sea media jornada laboral. Pero el capitalista sostiene haber comprado la fuerza de trabajo por una jornada laboral entera, y hace trabajar al obrero doce horas o más. En el trabajo de doce horas, ha adquirido, pues, el producto de seis horas de trabajo sin haberlo pagado. De ahí concluye Marx: toda la plusvalía —cualquiera que sea la forma en que se distribuya, como ganancia del capitalista, renta del suelo, impuesto, etc.— es trabajo no pagado.

Del interés del fabricante por arrancar la mayor cantidad posible de trabajo no pagado cada día, y del interés opuesto del obrero, surge la lucha por la duración de la jornada laboral. En una ilustración sumamente digna de leerse, que ocupa aproximadamente cien páginas, Marx describe el curso de esta lucha en la gran industria inglesa, la cual, pese a la protesta de los fabricantes librecambistas, terminó en la primavera última con el hecho de que no sólo toda la industria fabril, sino también toda la pequeña explotación, e incluso toda la industria domiciliaria, han sido sometidas a los límites de la ley fabril, según la cual el tiempo de trabajo diario de las mujeres y de los niños menores de 18 años —y con ello, indirectamente, también el de los hombres en los ramos industriales más importantes— queda fijado en un máximo de diez horas. Explica al mismo tiempo por qué la industria inglesa no ha sufrido con ello, sino que, al contrario, ha ganado: porque el trabajo de cada individuo ganó en intensidad más de lo que se acortó en duración.

La plusvalía, sin embargo, también puede aumentarse de otra manera que mediante la prolongación del tiempo de trabajo más allá del tiempo necesario para la producción de los medios de subsistencia necesarios o de su valor. En una jornada de trabajo dada, pongamos de 12 horas, se encierran, según el supuesto anterior, 6 horas de trabajo necesario y 6 horas de trabajo destinado a la producción de plusvalía. Si se logra, por cualquier medio, rebajar el tiempo de trabajo necesario a 5 horas, quedan 7 horas durante las cuales se produce plusvalía. Esto puede alcanzarse acortando el tiempo de trabajo necesario para la producción de los medios de subsistencia indispensables, en otras palabras, abaratando los medios de subsistencia, lo cual, a su vez, sólo puede lograrse mediante perfeccionamientos en la producción. También en este punto Marx ofrece una ilustración detallada, al examinar o, respectivamente, describir las tres palancas principales mediante las cuales se llevan a cabo estos perfeccionamientos: 1) la cooperación, o la multiplicación de las fuerzas que surge del concurso simultáneo y planificado de muchos; 2) la división del trabajo, tal como se desarrolló en el período de la manufactura propiamente dicha (es decir, hasta aproximadamente 1770); y, finalmente, 3) la maquinaria con cuya ayuda se ha desarrollado desde aquella época la gran industria. También estas descripciones son de gran interés y muestran un asombroso conocimiento de la materia, hasta en el detalle tecnológico.

[4] No podemos entrar en más detalles de las investigaciones sobre la plusvalía y el salario; sólo observamos, para evitar malentendidos, que, como Marx demuestra con una multitud de citas, tampoco la economía académica desconoce el hecho de que el salario es inferior al producto íntegro del trabajo. Es de esperar que este libro brinde a los señores de la escuela la ocasión de darnos un esclarecimiento más preciso sobre este punto, ciertamente extraño. Es muy de elogiar que todas las pruebas de hecho que Marx aduce estén tomadas de las mejores fuentes, en su mayor parte informes parlamentarios oficiales. Aprovechamos esta oportunidad para apoyar la propuesta, hecha indirectamente por el autor en el prefacio, de que también en Alemania se haga investigar a fondo, por comisarios gubernamentales —que no deben ser burócratas prejuiciados—, las condiciones de los obreros en las diversas industrias, y se presenten los informes al Reichstag y al público.

El primer tomo concluye con el tratado de la acumulación del capital. Sobre este punto ya se ha escrito a menudo, aunque debemos confesar que también aquí se ofrece bastante de nuevo y lo viejo se ilumina desde nuevos ángulos. Lo más peculiar es el intento de demostrar que, al lado de la concentración y acumulación del capital y acompasada con ellas, avanza la acumulación de una población obrera sobrante, y que ambas, finalmente, hacen necesaria, por un lado, y posible, por el otro, una transformación social.

Cualquiera que sea la opinión que el lector tenga de las concepciones socialistas del autor, creemos haberle mostrado en lo que precede que se encuentra aquí ante un escrito que está muy por encima de la literatura socialdemócrata corriente de todos los días. Añadimos que, exceptuando los pasajes un tanto marcadamente dialécticos de las primeras 40 páginas, el libro, a pesar de todo su rigor científico, es sin embargo muy fácilmente comprensible y está redactado, por el estilo sarcástico del autor, que no guarda miramientos hacia ningún lado, de manera incluso interesante.