Querido Kugelmann:

Desde mi última carta, ni Marx ni yo hemos tenido noticias suyas, y apenas puedo creer que esté usted tan sumido en alguna anteflexio uteri como para resultar del todo inaccesible. También tengo que enviar una carta a Liebknecht, y M. me aconseja remitírsela a usted, pues no tenemos su dirección exacta y no sabemos si se halla en Berlín o en Leipzig; se la adjunto, por tanto.

La prensa alemana sigue muda en lo tocante a «El Capital», y sin embargo es de la mayor importancia que se haga algo. Uno de los artículos que le remití lo he encontrado en la Zukunft; lamento no haber sabido que acaso estuviera destinado a este periódico; allí se habría podido proceder con más desparpajo. Pero eso no importa. Lo principal es que el libro sea reseñado una y otra vez. Y como M. no puede moverse con libertad en este asunto y se cohíbe como una doncella, nosotros, los demás, tenemos que hacerlo. Tenga, pues, la bondad de informarme del éxito que hasta ahora ha obtenido usted en esta empresa y de los periódicos que, a su juicio, aún puedan utilizarse. Aquí hemos de ser —hablando con nuestro viejo amigo Jesucristo— sencillos como las palomas y prudentes como las serpientes. Los buenos economistas vulgares siempre tienen el suficiente entendimiento para guardarse de este libro y no hablar de él a menos que se vean forzados. Y a ello debemos forzarlos. Si el libro se reseña simultáneamente en 15 o 20 periódicos —sea favorable o desfavorablemente, en artículos, corresponsalías o en la sección de «remitidos» bajo la línea—, simplemente como un fenómeno importante que merece atención, luego toda la banda se pondrá a aullar por sí sola, y los Faucher, Michaelis, Roscher y Max Wirth tendrán entonces que hacerlo a la fuerza. Nuestro maldito deber es colocar esos artículos, y de ser posible de manera simultánea, en los periódicos, sobre todo en los europeos y también en los reaccionarios. En estos últimos podría llamarse la atención sobre el hecho de que los señores economistas vulgares se llenan la boca en los parlamentos y en los congresos de economía política, mientras que aquí, donde se ponen de manifiesto las consecuencias de su propia ciencia, se callan muy finamente el pico. Y así sucesivamente. Si considera usted deseable mi ayuda, hágamelo saber y dígame para qué periódico desea algo —yo, como siempre al servicio del partido, estoy a mano. En la carta a L. se trata del mismo asunto, y usted me obligaría grandemente haciéndola llegar con seguridad.

La historia romana nos ha vuelto a prestar un servicio magnífico. El noble Bonaparte me parece estar ya con el estertor agónico, en las últimas boqueadas, y cuando este episodio toque a su fin en Francia, con Inglaterra en una situación cada día más revolucionaria, con Italia ante la necesidad de hacer una revolución, entonces también en Alemania se habrá acabado el reino de los «europeos». Aquí en Inglaterra avanza rápidamente la formación de un partido verdaderamente revolucionario, y junto con ella el desarrollo de relaciones revolucionarias. Con la Reform Bill, Disraeli ha disuelto a los tories y ha dado el golpe de gracia a los whigs, sin haber hecho más que imposibilitar la continuación de la vieja rutina. Esta Reform Bill, o no es nada (y eso hoy es imposible, el movimiento es demasiado fuerte) o tendrá que traer aparejadas de inmediato otras leyes muy distintas, que van mucho más lejos. La distribución de la representación con arreglo a la población y el voto secreto son las consecuencias inmediatas que habrán de sacarse sin demora, y con ello se acaba aquí el trasto viejo. Ése es el gran mérito de Disraeli: que, por odio a los country gentlemen (hidalgos rurales) de su propio partido y por odio a los whigs, ha puesto aquí el desarrollo en una corriente que ya no puede detenerse. Se asombrará usted, y aún más se asombrarán los filisteos alemanes que tienen a Inglaterra por muerta y enterrada, de lo que aquí ocurrirá tan pronto como la Reform Bill entre en vigor. Los irlandeses son también un fermento de lo más esencial en el asunto, y los proletarios londinenses se declaran cada día más abiertamente por los fenianos, es decir —cosa aquí inaudita y verdaderamente grandiosa— por un movimiento que, en primer lugar, es violento y, en segundo, antiinglés.

¿Ha seguido usted mi consejo médico y se ha montado a caballo? Desde mi regreso he vuelto a comprobar de manera muy fehaciente los bienhechores efectos de la equitación, y verá usted cuán rápidamente desaparecen todas sus molestias y todos sus escrúpulos frente a la bebida ante una hora diaria de montar. Lo debe usted, como ginecólogo, a la ciencia, pues la ginecología está íntimamente relacionada con el montar o el ser montada, y un ginecólogo ha de estar, por tanto, firme en la silla en todos los sentidos. Schorlemmer ha preguntado por usted en el Congreso de Naturalistas de Fráncfort, pero asegura que usted no estuvo allí. Así que, querido amigo, dé pronto noticias suyas. La fotografía de Lupus está encargada y estará lista en cuanto haga buen tiempo; por desgracia, aquí en invierno rara vez tenemos luz diurna. Salude de mi parte a su señora, aunque no tengo el gusto de conocerla, y reciba los mejores saludos de su F. E. Dirección: Ermen & Engels, Manchester, para F. E.

20 de noviembre. Desde que escribí lo arriba expuesto, Marx me ha comunicado la carta de usted dirigida a él, y por ella veo, lamentablemente, que en la región de usted difícilmente se podrá contar con más noticias de prensa. ¿No sería posible, mediante terceros, introducir ataques contra el libro, ya desde un punto de vista burgués, ya desde el reaccionario, en los periódicos? Esto me parece un recurso, y los artículos ya podrían procurarse. Además: ¿qué hay de las revistas científicas o semiliterarias? Respecto a la Rheinische Zeitung, escribo a Colonia por si todavía no se hubiera hecho nada. Büchner también debería poder colocar cosas en los periódicos; en caso de necesidad, puede usted remitirlo a mí para lo de los artículos. No le dé tregua. Las fotografías no las he recibido aún, pero llegarán sin falta en estos días. Una vez más, con la mayor amistad, suyo
F. E.