11 de octubre de 1867

Querido Kugelmann,

Ante todo, muchísimas gracias por sus dos cartas. Me da usted un gran placer cuando escribe con tanta frecuencia como su tiempo le permita. Pero no debe usted contar con una estricta contrapartida, pues mi tiempo apenas me alcanza ya para la múltiple correspondencia que he de atender en las más diversas direcciones.

En primer lugar, antes de hablar de mi libro, algo preliminar, o un preliminar algo.

Temo que Borkheim, malgré lui, esté a punto de jugarme una muy mala pasada. Ha mandado imprimir su «Discurso de Ginebra» en 4 idiomas: francés, alemán, inglés y ruso. Además, lo ha provisto de un prólogo barroco y atiborrado de citas sin gusto alguno.

Entre nosotros —y en interés del partido— he de hablarle a usted con toda franqueza. Borkheim es un hombre eficiente e incluso homme d’esprit. Pero, ¡ay, cuando coge la pluma! Le falta todo tacto y todo gusto. Y, además, toda la formación previa necesaria. Se parece a esos salvajes que creen embellecerse el rostro tatuándoselo con los más chillones colores. La banalidad y la bufonada le saltan siempre entre las piernas. Casi cada frase se encasqueta instintivamente el gorro de bufón.

Si no fuera tan profundamente vanidoso, habría podido impedir la publicación y hacerle comprender qué suerte fue para él que en Ginebra no se le entendiera, sino sólo algunos buenos puntos de su discurso. Por otra parte, le debo agradecimiento por su actuación en el asunto Vogt, y es amigo personal mío. Hay en su discurso, etc., algunas frases en las que me atribuye de manera confusa y grotesca ideas que yo sostengo. Ahora, para mis enemigos (Vogt ya ha insinuado en la Neue Zürcher Zeitung que yo soy el autor secreto del discurso), será un juego muy bonito, en lugar de atacar mi libro, hacerme responsable del señor Borkheim, de sus necedades y personalidades. Si algo semejante llegara a ocurrir, debe usted, por medio de Warnebold, etc., hacer insertar en los periódicos de que usted disponga unos breves articulillos en los que ponga al descubierto esa táctica y, sin ofender en modo alguno a Borkheim, declare sin rodeos que sólo la mala intención o la más extrema falta de criterio pueden identificar dos cosas tan dispares. La manera barroca y confusa en que nuestras ideas se reflejan en la cabeza de Borkheim (tan pronto como no habla, sino que escribe) ofrece naturalmente a la canalla de la prensa el pretexto más bienvenido para la ofensiva, e incluso puede convertirse para ella en un medio de perjudicar indirectamente mi libro. Pero si, cosa que apenas me atrevo a esperar, dado que Borkheim envía su criatura bien empaquetada a todos los periódicos, la prensa guardara silencio sobre ello, no interrumpa usted en modo alguno ese solemne silencio. Si B. no fuera amigo personal, lo desautorizaría públicamente. Comprenderá usted mi falsa posición y, al mismo tiempo, mi enfado. ¡Cuando uno presenta al público una obra penosamente elaborada (y quizás nunca se ha escrito una obra semejante en circunstancias más difíciles), para elevar al partido lo más alto posible y desarmar, por la índole misma de la exposición, a la bajeza, y en ese mismo momento un miembro del partido, con la chaqueta de colores y el gorro de bufón, se apretuja a nuestro lado en la plaza pública y provoca manzanas y huevos podridos, que pueden ir a parar a la cabeza de uno mismo y del partido!

Sus maniobras contra Vogt en Ginebra me han satisfecho mucho. Me alegra que mi libro le guste. En cuanto a su pregunta: Ernest Jones, al hablar en Irlanda como hombre de partido ante irlandeses, tenía que pronunciarse, puesto que allí la gran propiedad territorial es idéntica a la propiedad de Inglaterra sobre Irlanda, contra la gran propiedad territorial. En los discursos de hustings de los políticos ingleses no hay que buscar nunca nada de principios, sino sólo lo útil para el fin inmediato. El peonaje es el anticipo de dinero sobre trabajo futuro. Con estos anticipos ocurre lo mismo que con la usura ordinaria. El trabajador no sólo sigue siendo deudor toda su vida, es decir, trabajador forzado del acreedor, sino que esta relación se hereda a la familia y a las generaciones posteriores, que de hecho pertenecen al acreedor.

La terminación de mi segundo tomo depende en gran parte del éxito del primero. Lo necesito para encontrar un librero en Inglaterra, y sin este último mis circunstancias materiales siguen siendo tan difíciles y perturbadoras que no puedo encontrar ni tiempo ni tranquilidad para terminarlo con rapidez. Estas son, naturalmente, cosas que no deseo que sepa el señor Meißner. Ahora depende, pues, de la destreza y la actividad de mis amigos de partido en Alemania que el tomo II necesite mucho o poco tiempo para aparecer. Una crítica sólida —sea de amigo o de enemigo— sólo cabe esperarla poco a poco, pues una obra tan voluminosa y en parte difícil exige tiempo para ser leída y digerida. Pero el éxito inmediato no depende de una crítica sólida, sino, para decirlo llanamente, de armar ruido, de batir el tambor, lo que obliga a los enemigos a hablar también. Al principio, no es tan importante lo que se dice como el hecho de que se diga algo. ¡Ante todo, no perder tiempo! Su última carta la he enviado a Engels, para que le haga llegar a usted las indicaciones necesarias. Él sabe escribir sobre mi libro mejor que yo mismo. A su querida esposa mis más cordiales saludos. Le enviaré uno de estos días una receta para leer el libro.

Suyo, K. M.

Manténgame al corriente de todo lo que ocurra en Alemania en relación con el tomo I. Puesto que Paul Stumpf (Maguncia) me ha escrito una carta en la que llama «mi» discurso al discurso de Borkheim, y como en este momento no tengo tiempo para escribir a St., le ruego que tenga la bondad de escribirle, ponerle en claro y recomendarle silencio cuando aparezca el folleto de B. El mismo Stumpf se vuelve fatal cuando coge la pluma —¡entre nous!