9 de oct. de 1867. Querido Fred, Borkheim sólo espera carta tuya diciendo que quieres ser cogarante. El pobre Lafargue sufre hoy el último tormento, la francesización (¡en la medida en que eso es posible!) del prefacio del libro de éste; éste ha bautizado su opus: «Ma Perle devant le Congrès de Genève». ¡Curioso cómo la manía de escribir y el ansia de gloria pueden convertir en un tonto a un garçon por lo demás bastante sensato! Ayer, pues, Eccarius debía ser decapitado por Fox. Éste habló en su acusación más de 1 hora. Había compilado con mucha malignidad los peores pasajes y aplicó todas las artes de un abogado del Old Bailey, atacándome también a mí constantemente. Le paré tan bien en la réplica que, en su contestación final, perdió toda compostura y control sobre sí mismo. Todos participaron en la discusión. Resultado: mi moción (mejor dicho enmienda) de «pasar al orden del día» fue aprobada por una mayoría abrumadora. No obstante, a Eccarius le lavaron bien la cabeza durante el debate. Lee en el Courrier que sale al mismo tiempo lo que he subrayado: «Le Troisième Larron» (hermoso que los franceses designen ya, sans gêne, a su Bonaparte como uno de los larrons). En cuanto me devuelvan los números de Lormier, enviaré las interesantes comunicaciones sobre el asunto mexicano. Salut. D. K. M. A propósito. Strohn estuvo aquí ayer un día. Se figura que tú, en su última visita a Manchester, quisiste snobarlo, a saber, con la frase: «Sí, en Bradford el commis voyageur desempeña todavía un papel». He tratado de quitarle esa tontería de la cabeza. – Dice que Dronke mismo consiguió el socio inglés de la sociedad cuprífera. Probablemente haya exigido por ello una indemnización y, de seguro, haya hecho valer pretensiones dudosas, pero jurídicamente discutibles, en la apropiación o apoderamiento de una parte del cobre que pasaba por sus manos. No cree que D., sin reserva, haya rozado directamente el código penal. Tanto mejor.