Hanóver, 7 de mayo de 1867.

Querido Fred,

Ante todo, mi mejor agradecimiento por tu intervención en los más urgentes casus delicti, y luego también por la extensa carta. Primero, los negocios. El condenado Wigand no empezó a imprimir hasta el 29 de abril, de modo que anteayer, el día de mi cumpleaños, recibí el primer pliego para corrección. ¡Post tot pericula! Las erratas eran relativamente insignificantes. Aguardar aquí toda la impresión, imposible. En primera instancia, temo que el libro resulte mucho más grueso de lo que había calculado. En segundo lugar, no recibo de vuelta los manuscritos, por lo que para ciertas citas, especialmente cuando entran en juego números y griego, he de tener a mano el manuscrito original, y tampoco puedo abusar por demasiado tiempo del alojamiento del Dr. Kugelmann. Por último, Meißner exige el segundo tomo para fines del otoño a más tardar. La faena debe, pues, comenzar cuanto antes, ya que, en especial para los capítulos sobre el crédito y la propiedad territorial, se ha suministrado mucho material nuevo desde la redacción del manuscrito. En el invierno debe quedar listo el tercer tomo, de manera que para comienzos // de la primavera próxima me haya sacudido todo el opus. Naturalmente, se escribe de modo muy distinto en cuanto van llegando, a fur et mesure, los pliegos de imprenta de lo ya sacudido, y bajo la presión del librero. Entretanto, no ha transcurrido aquí el tiempo sin provecho. Se escribieron cartas a todos los rincones y han aparecido notas previas en la mayoría de los periódicos alemanes. Espero y creo firmemente que, dentro de un año, seré un hombre hecho y derecho, de tal modo que pueda reformar de raíz mis condiciones económicas y, por fin, sostenerme otra vez sobre mis propios pies. Sin ti, jamás habría podido llevar a término la obra, y te aseguro que siempre me ha pesado como una pesadilla sobre la conciencia el que dejaras desperdiciarse y oxidarse, sobre todo por mí, tu fuerza extraordinaria en lo comercial y, into the bargain, tuvieras que compartir aún todas mis petites misères. Por otra parte, no puedo ocultarme que aún tengo por delante un año of trial. He dado un paso del que depende mucho, a saber: de si, por el único lado del cual es posible, se me ponen a disposición algunos cientos de libras. Hay una perspectiva tolerable de resultado positivo, pero quedaré en vilo unas six semanas. Antes no recibiré respuesta definitiva. Lo que más temo —prescindiendo de la incertidumbre— es el regreso a Londres, que empero se hará necesario dentro de 6 a 8 días. Las deudas allí son considerables y los maniqueos aguardan «con urgencia» mi retorno. Luego, de nuevo el lamento familiar, las colisiones internas, el acoso, en lugar de ponerme a trabajar fresco y sin embarazo. El Dr. K. y su esposa me tratan del modo más amabilísimo y hacen todo cuanto me leen en los ojos. Son personas excelentes. En verdad, no me dejan tiempo para escudriñar «los sombríos caminos del propio yo». A propósito. La cuestión Bismarck debes guardarla en el más absoluto secreto. Prometí no hablar de ello a nadie, tampoco a K. Esto último lo cumplí. Sin embargo, hice naturalmente la reservatio mentalis de no exceptuarte a ti. Te sorprende que, con el odio a los prusianos que aquí reina, los nacional-liberales (o, como los llama Kugelmann, los europeos) hayan salido tan bien parados en las elecciones. La cosa es muy sencilla. En todas las ciudades grandes fracasaron; vencieron en las localidades menores gracias a su organización, que existe desde la época de Gotha. Estos tipos muestran, en general, cuán importante es la organización del partido. Lo dicho hasta aquí vale para Hanóver. En Kurhessen, la intimidación prusiana, apoyada por la gritería de los nacional-unionistas, ha ejercido una influencia ilimitada. Entretanto, los prusianos administran aquí de manera completamente persa. Es cierto que no pueden trasplantar a la población a sus provincias orientales, pero lo hacen con los funcionarios, hasta con los conductores de ferrocarril, y con los oficiales. Incluso los pobres diablos de carteros han de marchar a Pomerania. Entre tanto, puedes observar cada día trenes de hessianos, hanoverianos, etc., en el ferrocarril hacia Bremen, para emigrar a los Estados Unidos. Desde que existe la proba Alemania, jamás había enviado desde todas sus partes semejante barullo humano a través del Atlántico. Uno quiere escapar a los impuestos, otro al servicio militar, un tercero a las condiciones políticas, todos al régimen del sable y a la amenazante tormenta bélica. Tengo una gran diversión aquí con los burgueses (de simpatías prusianas). Quieren la guerra, pero immédiatement. El negocio, dicen, no puede soportar por más tiempo la incertidumbre, y ¿de dónde diablos van a venir los impuestos si continúa la paralización de los negocios? Por lo demás, difícilmente te haces una idea de la presión que la última guerra y los impuestos han ejercido sobre la población rural prusiana. Reina aquí en la vecina Westfalia prusiana, por ejemplo, un verdadero estado irlandés. By the by, hace un par de días el director de la fundición por acciones de aquí (principalmente para fabricación de tuberías de agua y de gas) me condujo por la fábrica. Está, en conjunto, muy bien organizada y emplea muchos aparatos muy modernos. Sin embargo, por otra parte, en muchos detalles se tornea aún a mano allí donde los ingleses y escoceses utilizan maquinaria automática. Con el mismo director visité el taller de la Columna de Hermann. El trasto se termina con la misma lentitud que Alemania. La cabeza de Hermann, tan colosal que a su lado pareces un niño, tiene un aspecto muy estúpido, de una estúpida honradez, y el señor Arminio fue ante todo un diplomático. La probidad westfaliana le sirvió solo de máscara a una cabeza muy refinada. Por casualidad, poco antes de mi partida de Londres, en la edición de Grimm de las fuentes históricas, que conoces, había vuelto a conocer al señor Arminio. ¿Recuerdas a aquel J. Mayer que (en Bielefeld) no imprimió nuestro manuscrito sobre Stirner, etc., y nos envió al mozo Kriege? Pues hace unos meses, en Varsovia, donde se hallaba por negocios, se arrojó por la ventana y amablemente se rompió el cuello. Nuestro amigo Miquel, que se declaró dispuesto a sacrificar tan gustosamente la libertad a la unidad, especula, según dicen, con grandes cargos. Le brave homme se equivoca, en mi opinión. Si no se hubiera arrojado tan incondicional y fanáticamente a los brazos de Bismarck, habría podido obtener una buena propina. Pero, ¿ahora? ¿Para qué? Es tan odiado por su actuación en el Parlamento de la Alemania del Norte que está encadenado a los prusianos, como un presidiario a otro. Y los prusianos, como es sabido, no aman los gastos «inútiles» y superfluos. Recientemente, el periódico de Bismarck, la Norddeutsche Allgemeine del canalla de Braß, publicó un artículo muy ingenioso sobre estos nacional-unionistas, en el que dice que ni siquiera puede observar el de mortuis nil nisi bene. Despidió a los siervos nacional-unionistas de la Confederación del Norte de Alemania a puntapiés, aplicados artísticamente con amore.

En lo que concierne a la guerra, soy enteramente de tu opinión. Ahora solo puede tener un efecto perjudicial. Un aplazamiento de la misma, aunque solo fuera por un año, valdría oro para nosotros. Por un lado, en ello se desacreditarían necesariamente Bonaparte y Guillermo el Conquistador. La oposición en Prusia despierta de nuevo (su único órgano ahora: «Die Zukunft» en Berlín, fundado por Jacoby) y en Francia pueden sobrevenir acontecimientos. Los negocios se hacen cada vez más flojos y la miseria en el continente no podrá entonces ser acallada con frases teutónicas ni galas. En mi opinión, debemos el aplazamiento de la guerra exclusivamente al ministerio Derby. Es antirruso, y Rusia no se atreve a dar la señal sin antes estar segura de Inglaterra. Gladstone, the phrasemonger (bajo la influencia completa de Lady Palmerston, de Shaftesbury, de Lord Cowper) y Bright, sin olvidar a Russell, le ofrecerían las garantías del necesario estado de ánimo inglés. También en 1859 hubo que apartar a Derby para poner en escena el espectáculo en Italia. Bismarck, en el Parlamento de la Alemania del Norte, se vio obligado a arrojar a los polacos el guante de desafío del modo más brutal y a entregarse con ello en cuerpo y alma al zar. En el ejército prusiano reina entre los mejores oficiales una gran desconfianza contra los rusos, según he sabido personalmente aquí por el capitán von Bölzig (regimiento de la guardia, educado en el cuerpo de cadetes, prusiano realista, pero buen muchacho). «No comprendo el comportamiento de Bismarck en Schleswig del Norte. Solo los rusos —dijo esto espontáneamente— tienen interés en mantenernos en tensión con Dinamarca por más tiempo.» También llamó a Federico Guillermo IV un «hombre de honor dudoso», que ha convertido a Alemania por medio siglo en el sirviente de Rusia. Los oficiales rusos serían unos «cabrones de mierda», el ejército, excepto los regimientos de la guardia, no valdría nada, Austria sería la única capaz de medirse con el ejército ruso, etc. Le metí todavía muchas pullas sobre los moscovitas al oído.

Y ahora adiós. Los más cordiales saludos a la señora Lizzy.

Tout à vous  
Tu Moro.