Hamburgo, 13 de abril de 1867. Querido Fred: Ayer a las 12 del mediodía llegué aquí. El barco zarpó de Londres el miércoles a las 8 de la mañana. Ahí tienes toda la historia de la travesía. Tiempo endiabladamente malo y tormenta. Después del largo encierro, me sentía tan caníbalmente a gusto como 500 cerdas. Pero la cosa se habría vuelto aburrida a la larga con toda esa chusma enferma y vomitona a derecha e izquierda, de no haberse mantenido firme un cierto nucleus. Éste era un núcleo muy “mezclado”, a saber: un capitán de barco alemán, muy parecido a ti de cara, pero más pequeño, que también tenía mucho de tu humor y el mismo guiño bonachón y frívolo del ojo; un tratante de ganado londinense, auténtico John Bull, bovine in every respect; un relojero alemán de Londres, mozo simpático; un alemán de Texas; y la persona principal, un alemán que lleva 15 años vagando por las nuevas regiones orientales del Perú, una comarca registrada geográficamente hace poco, donde, entre otras cosas, aún se consume con fruición carne humana. Un mozo loco, enérgico y divertido. Llevaba consigo una valiosísima colección de hachas de piedra, etc., que bien merecerían haber sido halladas en las “cavernas”. Como apéndice, una persona del sexo femenino (las demás damas, todas seasick y vomitando en el camarote de señoras), viejo jamelgo de boca desdentada, hablando en fino hannoveriano, hija de un antiguo ministro de Hannover, o algo así, metida ahora desde hace tiempo en domadora de hombres, pietista, empeñada en elevar la condición obrera, conocida de Jules Simon, llena de hermosuras del alma con las cuales aburría de muerte a nuestro bovine friend. ¡Well! El jueves por la noche, cuando la tormenta arreciaba más, de modo que todas las mesas y sillas bailaban, empinamos el codo en petit comité, mientras “el” viejo jamelgo femenino estaba tumbado en un canapé en la misma, de donde el movimiento del barco la hacía rodar de vez en cuando al centro del camarote —para distraerla un poco— y dar con ella en el suelo. ¿Qué mantenía hechizada a esta beldad en tan agravantes circunstancias? ¿Por qué no se retiraba a la cámara de señoras? Nuestro salvaje alemán narraba con verdadero gusto todas las marranadas sexuales de los salvajes. Voilà le charme para la delicada, la pura, la refinada. Un ejemplo: Está de huésped en una choza de indios, donde precisamente el mismo día la mujer da a luz. Las secundinas se asan y —suprema expresión de la hospitalidad— ¡le toca disfrutar de un pedazo del sweetbread! Nada más llegar voy a ver a Meißner. El dependiente me dice que no regresará antes de las 3 de la tarde. Dejé allí mi tarjeta e invité al señor M. a cenar conmigo. Vino, pero traía consigo a otra persona y quería que yo fuese con él, pues su mujer lo esperaba. Lo rehusé, pero convinimos en que me visitaría a las 7 de la tarde. Me dijo de pasada que probablemente Strohn seguía en Hamburgo. Fui, pues, a casa del hermano de Strohn. Nuestro hombre había viajado a París aquella misma mañana. Así que por la noche vino Meißner. Mozo simpático, aunque tira un poco a sajón, como su nombre insinúa. Tras un breve pourparler, all right. El manuscrito, llevado de inmediato a su casa editorial, puesto allí a buen recaudo. La impresión comenzará dentro de unos días y procederá con rapidez. Luego empinamos el codo y él declaró su gran “embeleso” por haber hecho mi valiosa relación. Ahora quiere que el libro aparezca en 3 tomos. Se opone, en efecto, a que yo condense el último libro (la parte histórico-literaria), como me había propuesto. Dice que, desde el punto de vista de la librería, y para la masa “plana” de lectores, cuenta sobre todo con esa parte. Le dije que en este aspecto quedaba a su disposición. At all events, en Meißner tenemos a un hombre enteramente a nuestra disposición; y siente un gran desprecio por toda la canalla de literatos harapientos. Tu little bill me pareció prudente no presentarla aún. Las sorpresas más agradables, siempre para el final. Y ahora adiós, old boy. Tuyo, K. Marx. Best compliments to Mrs. Burns!