Querido Mohr:

¡Hurra! Esta exclamación fue irreprimible cuando por fin leí negro sobre blanco que el tomo I está terminado y que te dispones a ir con él a Hamburgo sin más demora. Para que no falte el Nervus Rerum, adjunto te envío siete mitades de billetes de cinco libras, que suman 35 £, y remitiré las segundas mitades en cuanto reciba el telegrama de costumbre.

El papelucho de Bucher —sin duda es suyo— no debe apenarte; no te apenes. Charlatanería policial prusiana y chismografía literaria del mismo jaez que la reciente historia del viaje a Polonia. Te incluyo una nota para Meißner, a fin de que puedas cobrar también mis honorarios.

De la alianza entre Bismarck y los rusos no cabe ya la más remota duda. Pero los rusos jamás han tenido que comprar tan cara su alianza prusiana; han tenido que sacrificar toda su política tradicional en Alemania, y si esta vez, como acostumbran, se figuran que se trata de algo puramente «momentáneo», podrían llevarse un chasco infernal. La unidad alemana, a despecho de los lloriqueos por el Reich, etc., parece ya a punto de crecer por encima de las cabezas de Bismarck y de toda Prusia. Tanto más rápidamente tienen que avanzar en Oriente —los rusos, se entiende—; la actual coyuntura favorable no durará mucho, ciertamente. Pero ¡cuán grande debe de ser la penuria financiera y cuán lento el progreso industrial —si es que lo hay— en Rusia, para que esos tipos, todavía hoy, once años después de la guerra de Crimea, no tengan un ferrocarril hacia Odesa y Besarabia que ahora les valdría dos ejércitos!

Por eso creo también que las cosas llegarán a un estallido este mismo año, si a los rusos todo les sale bien. El asunto de Luxemburgo parece tomar el mismo curso que el de Saarlouis y Landau. Bismarck lo ofreció en venta en 1866, sin duda alguna, pero Louis no parece haber entrado en el trato entonces, con la esperanza de recibir más tarde todavía mucho más de regalo. Como sé de fuente fidedigna, el ministro prusiano Bernstorff dijo hace un par de días a su colega hanseático (Geffcken), en Londres, que había recibido un despacho según el cual Prusia no cedería bajo ninguna circunstancia en la cuestión de Luxemburgo. Es el mismo despacho del que habla el Owl, según el cual éste habría instado a Inglaterra a hacer representaciones en La Haya, y que, según se dice, ha tenido el efecto de que Holanda se haya retirado del negocio. El caso es que, en la situación actual, Bismarck no puede permitir ni remotamente que los franceses anexionen territorio alemán sin dejar en ridículo todas sus conquistas. Además, el viejo burro pronunció en cierta ocasión aquello de «ni una sola aldea alemana» y está personalmente comprometido.

Entre tanto, no es en modo alguno seguro que el trato no acabe por realizarse; la Kölnische Zeitung grita con auténticas convulsiones que no se puede empezar una guerra por Luxemburgo y que no se tiene ningún derecho sobre él, que Luxemburgo ya no debe contarse como parte de Alemania, etc., con una bajeza jamás vista. Bismarck no es ningún Fausto, pero tiene a su Wagener. La manera como este pobre diablo traduce a su señor y maestro al lenguaje wagneriano es para morirse de risa. Hace poco, Bismarck había vuelto a emplear una metáfora ecuestre, y, para emularle | también en esto, Wagner grita al final de un discurso: «¡Señores míos, dejemos de montar nuestros caballitos de batalla y montemos la noble yegua de pura sangre Germania! ¡Montez, Mademoiselle!, decían los parisinos en la época del Terror».

Espero que tus carbuncos estén ya bastante curados y que el viaje contribuya a hacerlos desaparecer del todo. Este verano tienes que acabar de una vez con esa historia.

Muchos recuerdos a las ladies y a Lafargue.

Tuyo,  
F. E.