FRIEDRICH ENGELS ¿QUÉ TIENE QUE VER LA CLASE OBRERA CON POLONIA?1 [The Commonwealth, núm. 159 del 24 de marzo de 1866] Al jefe de redacción del "Commonwealth "

Señor: dondequiera que la clase obrera actúe autónomamente dentro de movimientos políticos, su política exterior se puede expresar desde el vamos con estas pocas palabras: restauración de Polonia. Eso rigió para el movimiento cartista mientras existió; eso rigió para los obreros franceses mucho antes de 1848, como así también en el memorable año 1848, cuando el 15 de mayo marcharon hacia la Asamblea nacional gritando: "¡Vive la Pologne! ", ¡Viva Polonia!2 Eso rigió para Alemania, cuando en 1848 y 1849 los órganos de la clase obrera exigían la guerra contra Rusia para res1 Esta serie de artículos, que quedó incompleta, fue escrita por Engela a pedido de Marx en conexión con la lucha emprendida dentro del Consejo central en torno a la resolución de la Conferencia de Londres de 1 865, según la cual la cuestión de la independencia de Polonia tendría que ser tra· tada en el próximo Congreso de Ginebra. Para fundamentar el punto de vista de la Internacional en cuanto a la cuestión nacional, fue menester salir al encuentro del nihilismo de los proudhonistas en la cuestión nacio· nal, así como también desenmascarar el carácter reaccionario del llamado "principio de la nacionalidad", levantado demagógicamente por los c írcu· los bonapartistas.

The Commonwealth, semanario inglés y órgano del Consejo central o general de la internacional, apareció en Londres desde febrero de 1 866 basta julio de 1 867. Marx perteneció al Comité de redacción basta junio de 1 86 6, y Eccarius fue jefe de redacción de febrero a abril de 1 866. El periódico publicaba infonnes de las sesiones del Consejo general y docu· mentos de la internacional. Por obra de la política conciliadora de los diri· gentes tradeunionistas que se hicieron cargo de la conducción del perió· dico, éste cambió su orientación durante la lucha por la reforma electoral y en los hechos se convirtió en órgano de la burguesía radical. 2 El 1 5 de mayo de 1 848 se produjo en París una manifestación de masas de la que tomaron parte 1 50 000 personas. Los manifestantes marcharon hacia la Asamblea nacional constituyente, donde ese día se debatía la cuestión polaca, y penetraron en la sala de sesiones exigiendo ayuda mi· litar para Polonia en lucha por su independencia. Como las exigencias de los manifestantes fueron rechazadas, éstos intentaron disolver la Asamblea nacional y constituir un nuevo gobierno provisorio. Pero la manifestación fue dispersada violentamente por tropas del ejército y secciones de la Guar· dia nacional.

[241 1 taurar a Polonia.3 Eso rige también para hoy; salvo una excepción -sobre la que hablaremos más adelante- los obreros de Europa proclamaron al unísono la restauración de Polonia como un ingrediente esencial de su programa político, como la expresión más abarcativa de su política exterior. Incluso la burguesía tuvo y sigue teniendo "simpatías" por Polonia; pero estas simpatías no les impidieron dejar en la estacada a los polacos en 1831, 1846 y 1863, no; ni siquiera les impidieron dejar mano libre al acérrimo enemigo de Polonia, a gentes como lord Palmerston, que de hecho respaldaban a Rusia, mientras aquellas intercedían de palabra en favor de Polonia. Con la clase obrera es otra cosa. Esta quiere intervención, y no no-intervención; quiere guerra con Rusia mientras Rusia no deje tranquila a Polonia, y ha dado pruebas de elio cuantas veces los polacos se alzaron contra sus opresores. Hace poco la Asociación internacional de trabajadores, en tanto actúa como su representante, otorgó a este sentimiento instintivo y omniabarcativo de la clase una expresión aún más fuerte al escri· bir sobre su bandera: " ¡Resistencia contra la intrusión rusa en Europa! ¡Restauración de Polonia!'94 Este programa de política exterior de los obreros de Europa occidental y central encontró la unánime adhesión de la clase a la que estaba dirigido, salvo una excepción, que ya dijimos. Entre los obreros de Francia hay una pequeña minoría de adeptos a la escuela del bienaventurado P. J . Proudhon. Esa escuela se diferencia in toto de la mayoría de los obreros progresistas e inteligentes, declara a éstos tontos ignorantes y en la mayor parte de las cuestiones defiende opiniones completamente contrapuestas a las de ellos. Esto también se efectiviza en su política exterior. Los proudhonistas, que administran justicia sobre la oprimida Polonia, dictan1 el mismo fallo que el jury de Stalybridge sobre este país: "Bien hecho". Admiran a Rusia como el gran país del futuro, como la nación más progresista de la Tierra, junto a la cual un país tan pobre como los Estados Unidos no vale la pena de ser nombrado. Han acuiado al Consejo de la asoAlusión a la prensa democrática y obrera de Alemania, especialmen· te la Neue Rheinische Zeitung. Este órgano de lucha del ala proletaria de la democracia intercedió decididamente por la independencia de Polonia, cuya liberac!ton ponía aquella ( la democracia) en relación con el derroca· miento del reaccionario régimen zarista ruso. Este régimen constituía en aquel tiempo el principal apoyo de la reacción feudal-absolutista de Eu· ropa.

4 Tal el tema del punto 9 del orden del día de la Conferencia de Lon· dres celebrada por la Internacional en 1 86 5 . La Conferencia de Londres tuvo lugar del 25 al 29 de setiembre de 1 86 5. De ella tomaron parte los miembros del Consejo central y los presidentes de cada sección. La Conferencia hizo suyo el informe del Consejo central, aprobó su informe financiero y el orden del día para el próximo congreso. Pero a pesar de la resistencia de los proudhonistas, Marx consiguió que en ese orden del día se incluyese la exigencia de restaurar la independencia de Polonia. La Conferencia de Londres, cuya preparación y realización dirigió Marx, tuvo gran significación para el afianzamiento organizativo y político de la Internacional.

ciación internacional de trabajadores de aplicar el principio bonapartista de la nacionalidad y declarar que el magnánimo pueblo ruso está fuera de las fronteras de la Europa civilizada, lo cual sería un grave pecado contra los principios de la democracia universal y la fraternidad de todas las naciones. Así son sus acusaciones.5 Si uno prescinde de su fraseología de· mocrática, es evidencia de inmediato que en palabras y estilo repiten lo que los tories extremos de todos los países tienen que decir sobre Polonia y Rusia. Acusaciones tales no merecían ninguna refutación, pero como proceden de un sector de la clase obrera, por más que sea pequeño, consi· deramos oportuno investigar otra vez la cuestión ruso-polaca y fundar lo que aquí en adelante se puede designar como la política exterior de los obreros unidos de Europa.

Pero ¿por qué nombramos siempre y solamente a Rusia cuando habla· mos de Polonia? ¿Acaso dos potencias alemanas -Austria y Prusia- no tomaron parte en la rapiña? ¿Acaso no mantienen igualmente sojuzgadas a partes de Polonia y acaso no aspiran a reprimir todo movimiento nacional polaco en alianza con Rusia? Poco a poco se va conociendo hasta qué punto culebreó Austria para mantenerse fuera del negocio polaco y cuánto tiempo se opuso a los planes de partición de Rusia y de Prusia. Polonia era un aliado natural de Austria contra Rusia. Luego, como Rusia se convertía en una potencia temible, nada podía estar más en el interés de Austria que conservar con vida a Polonia entre ella y el afanoso imperio. Recién cuando Austria vio que el destino de Polonia estaba sellado y que las otras dos potencias, con o sin Austria, se hallaban resueltas a aniquilarla, recién entonces Austria se les asoció por razones de autoconservación, para no salir con las manos vacías en el reparto del territorio. Pero ya en 1815 intercedió en favor de la restauración de una Polonia independiente, y en 1831 y 1863 estaba preparada para ir a la guerra por esa meta y renunciar a su participación en Polonia, presuponiendo que Inglaterra y Francia se prestarían a respaldar a Austria. Durante la guerra de Crlmea no fue distinto. [Pero) todo esto no tiene que justificar la política general del gobierno austríaco. Austria probó con bastante frecuencia que la opresión de una nación más débil se cuenta entre los hábitos de sus soberanos. Pero en el caso de Polonia, el instinto de autoconservación resultó más fuerte que la avidez de nuevos territorios a los hábitos del gobierno. Por eso, y por de pronto, Austria queda fuera de nuestras consideraciones.

En lo tocante a Prusia, su participación en Polonia es demasiado fútil para ser de peso, Rusia, su amiga y aliada, se las arregló para aligerar a 5 Engels se refiere a expresiones del proudhoniata Héctor Denis una serie de artículos sobre la cuestión polaca que aparecieron en La Tribune du Peuple de marzo a julio de 1 864, así como a acusaciones levantadas en diciembre de 1 86 5 contra el Consejo central en L 'Echo de Verviers. La Tribune du Peuple, periódico democrático y órgano de la asocia· ción obrera "Pueblo ", apareció en Bruselas de 1 861 a 186 8 ; a partir de enero de 1 866 fue el órgano de las secciones belgas de la Internacional; De Paepe perteneció a la redacción del periódico.

Prusia de los nueve décimos de lo que ésta obtuviera en las tres particiones. Pero lo poco que le ha quedado pesa como un mal sueño sobre ella. [Ese poco) unció a Prusia al carro triunfal de Rusia; puso a su gobierno en estado de practicar en la Polonia prusiana, y poco después también en todo el resto del país, violaciones incontrovertidas de la ley, incluso en 1863 y 1864, e infracciones contra la libertad personal, el derecho a reunión y la libertad de prensa y deformó todo el movimiento liberal de la burguesía, que por temor a arriesgar un par de millas cuadradas de tiena en la frontera oriental permitió que el gobierno pusiese fuera de la ley a Polonia. Antes que todos los demás obreros, los obreros no sólo de Prusia sino de Alemania entera tienen un especial interés por la restauración de Polonia, y en cada movimiento revolucionario probaron ser conscientes de ello. Para ellos la restauración de Polonia quiere decir liberación de su propio país del sojuzgamiento ruso. Y por eso, opinamos, Prusia también queda fuera de nuestras consideraciones. Si la clase obrera de Rusia (presuponiendo que en este país se dé algo semejante en el sentido con que se lo entiende en Europa occidental) levantare un programa político y este programa contuviere la liberación de Polonia, entonces, pero sólo entonces, Rusia también quedará fuera de nuestras consideraciones en cuanto nación, y únicamente el gobierno zarista seguirá estando incriminado. II [The Commonwealth, núm. 160 del 31 de marzo de 1866) Al jefe de redacción del "Commonwealth "

Señor: Se sostiene que fomentar la independencia de Polonia significaría reconocer el "principio de la nacionalidad", y que el principio de la nacionalidad sería una invención bonapartista fraguada para apoyar al despotismo napoleónico en Francia. Ahora bien, ¿qué es ese "principio de nacionalidad"? Mediante los tratados de 1815, las fronteras de los diferentes estados europeos fueron trazadas solamente según el albedrío de la diplomacia y, de modo principal, según el albedrío de la potencia continental más fuer· te de entonces: Rusia. No se tomó en cuenta ni los deseos e intereses ni las diferencias nacionales de la población. De esta manera se partió Polo·· nía, se partió Alemania y se partió Italia, para no hablar de las diversas nacionalidades menores que habitan Europa meridional, y de las que sólo algunos pocos sabían algo en aquel tiempo. Por consiguiente, el primero de todos los pasos de cada movimiento político en Polonia, Alemania e Italia fue el conato de restaurar la unidad nacional, sin la cual la vida nacional sólo resultaba una sombra. Y como después del sofocamiento de los intentos revolucionarios en Italia y España entre 1821 y 1823, y, nuevamente, después de la revolución de julio de 1830 en Francia, los políticos radicales de la mayor parte de la Europa civilizada entablaron relaciones entre sí LA CLASE OBRERA Y POLONIA 24& intentando elaborar una especie de programa común, la liberación y uni· ficación de las naciones oprimidas y desgarradas se convirtió en su consigna común.6 Así fue también en 1848, cuando el número de naciones opri· midas se acrecentó con una nación más, a saber: Hungría. Realmente, no podía haber dos opiniones sobre el derecho de cada una de las grandes for· maciones nacionales de Europa a autodetenninarse en todos los asuntos internos, independientemente de sus vecinas, en tanto ello no menoscabase la libertad de las demás. En efecto, este derecho era una de las condi· ciones fundamentales de la libertad interior para todas. ¿Cómo podría Alemania aspirar a la libertad y unidad, por ejemplo, si al mismo tiempo secundara a Austria en mantener sojuzgada a Italia de modo directo o bien a través de sus vasallos? ¡Si hacer completamente trizas la monarquía austríaca es la primera condición de la u nificación de Alemania!

Este derecho de las grandes formaciones nacionales de Europa a la in· dependencia política, reconocido por la democracia europea, debía hallar naturalmente el mismo reconocimiento de parte de la clase obrera en es· pecial. En efecto, ello no significaba otra cosa que el reconocimiento del igual derecho a la propia existencia nacional para otras grandes naciones, indudablemente viables, que reivindicaban para sí los obreros de cada país por separado. Pero este reconocimiento y la simpatía hacia los empeños nacionales se restringían a las grandes naciones históricas de Europa, exac· tamente definidas, que eran Italia, Polonia, Alemania y Hungría. Francia, España, Inglaterra y Escandinavia, que ni habían sido divididas ni estaban bajo control extranjero, sólo tenían un interés indirecto en la cosa, y en lo que a Rusia concierne, uno sólo puede hacer mención de ella como la po· seedora de una enorme cantidad de propiedad robada, que debe devolver el día que se ajusten las cuentas.

Tras el coup d 'état de 1851, Luis-Napoleón, emperador "por la gracia de Dios y la voluntad del pueblo", debió encontrar un nombre democra· tizado y que sonara a popular para su política exterior. ¿Qué podía ser mejor que escribir sobre su pendón el "principio de la nacionalidad"? Toda nacionalidad es árbitro de su propio destino; toda parte separada de una nacionalidad tiene derecho a anexarse a su gran madre patria: ¿qué hubiera podido ser más liberal? Repárese solamente en que ahora ya no se hablaba de naciones, sino de nacionalidades.

No existe país de Europa donde no haya diferentes nacionalidades bajo el mismo gobierno. Sin duda, los gaélicos de los highlands y los galeses son de nacionalidades distintas a la de los ingleses, aunque nadie dará a esos residuos de pueblos hace rato desaparecidos el título de naciones, como tampoco a los habitantes celtas de Bretaña en Francia. Fuera de ello, ninguna frontera estatal coincide con la frontera natural de la nacionali· 6 En 1834, a iniciativa de Mazzini, se fundó en Suiza la organización secreta Jouen Europa, liga internacional de organización opositoras peque· ñoburguesas de emigrantes, que existió hasta 1 836. A Joven Europa pertenecían, entre otras, las siguientes organizaciones pol íticas nacionales: Joven Italia, Joven Polonia y Joven Alemania. La liga se fijó la meta de erigir en los estados europeos un orden republicano. dad, con la frontera lingüística. Hay muchos hombres fuera de Francia cuyo idioma materno es el francés, así como fuera de Alemania hay 1nuchos hombres de lengua alemana y, según toda probabilidad, esto siempre seguirá siendo así. Un resultado natural del confuso y paulatino desarrollo histórico de Europa durante los últimos mil años es que casi toda nación mayor debió separarse de algunas partes marginales de su cuerpo, que se desprendieron de la vida nacional y la mayoría de las veces se anexaron a la vida nacional de otro pueblo, y ello tan radicalmente que no tienen necesidad de reanexarse a su tronco principal. Los alemanes de Suiza y Alsa· cia no anhelan reunifircarse con Alemania, y los franceses de Bélgica y Suiza tampoco desean agregarse políticamente a Francia. Y , finalmente, no es de poca ventaja que las diferentes naciones, tal como se han constituido políticamente, asimilando las más de las veces algunos elementos de países extraños, formen los eslabones de enlace con sus vecinas y apor· ten una diversificación a la de otro modo demasiado monótona homogeneidad del carácter nacional. Aquí, pues, percibimos la diferencia entre el "principio de las naciona· lidades" y el viejo postulado de la democracia y de la clase obrera relativa al derecho de las grandes naciones europeas a la existencia separada e independiente. El "principio de las nacionalidades" deja totalmente intacta la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los pueblos históricos de Europa, y si la toca, es solamente para perturbarla. El principio de las nacionalidades plantea dos tipos de cuestiones: primero que todo, cuestiones de fronteras entre esos grandes pueblos históricos, y segundo, cuestiones relativas al derecho a la existencia nacional independiente de esos numerosos y pequeños restos de pueblos que, tras haber figurado por un período más o menos largo en la escena de la historia, fueron finalmente absorbidos como porciones integrales en una u otra de esas naciones más poderosas, cuya mayor viabilidad las capacitaba para superar mayores obstáculos. La importancia europea, la viabilidad de un pueblo, son nada a ojos del principio de las nacionalidades; ante él, los rumanos de Valaquia, que jamás tuvieron historia ni la energía necesaria para tener una, poseen la misma importancia que los italianos, que tienen una historia de 2 000 años, y una viabilidad nacional incomparable; los galeses y los naci· dos en [la isla de] · Man, si lo desearan, tendrían igual derecho a la existencia política independiente, por absurbo que sea, como los ingleses. Todo es una absurdidad, arropada en vestido popular para dorarle la píldora a la gente sencilla, que uno puede usar como palabrería cómodo o hacer a un lado si las circunstancias lo requieren.

Por simple que sea esta invención, se necesitaba una cabeza más inteligente que la de Luis-Napoleón para forjarla. El principio de la nacionalidad no es en modo alguno una invención bonapartista para el renacimiento de Polonia, sino nada más que una inuención rusa fraguadapara aniquilar a Polonia. Rusia se tragó la mayor parte de la antigua Polonia con el pretexto del principio de la nacionalidad, como veremos más adelante. Ya hace más de cien años que existe esa idea, de la que ahora se sirve permanentemente Rusia. ¿Qué es el paneslavismo, si no la aplicación por Rusia y en los intereses rusos, del principio de las nacionalidades a los serbios, croatas, rutenos, eslovacos, checos y otros residuos de pueblos eslavos des· aparecidos de Turquía, Hungría y Alemania? Incluso en el momento pre· sente el gobierno ruso manda a sus agentes a recorrer de arriba abajo las comarcas laponas de Noruega septentrional y de Suecia para que propaguen entre los salvajes nomadizados la idea de una "gran nacionalidad finesa" que tiene que ser restaurada en el extremo norte de Europa, se sobreentiende que bajo protectorado ruso . El ''grito desesperado'' de los lapones oprimidos retumba muy alto en los diarios rusos, pero no lo profieren esos nómadas oprimidos, sino los agentes rusos. ¡De veras que es una opresión terrible obligar a esos pobres lapones a aprender las civili· zadas lenguas noruega o sueca, en vez de restringirlas a su propio y bárbaro dialecto semiesquimal! De hecho, el principio de la nacionalidad sólo po· día inventarse en Europa oriental, sobre la que por espacio de mil años se volcó una y otra vez la marejada de la invasión asiática, que en la orilla dejó aquel montoncito de surtidos escombros de naciones que incluso hoy apenas puede desenredar el etnólogo, y donde el turco, el fino-búgrico, el rumano, el judío y aproximadamente una docena de tribus eslavas se mez· clan en ilimitado entrevero. Tal fue el terreno sobre el que pudo desarrollarse el principio de la nacionalidad, y pronto veremos en el ejemplo de Polonia cómo lo desarrolló Rusia.

[The Commonwealth, núm. 165 del 5 de mayo de 1866 ]

La aplicación de la doctrina de la nacionalidad a Polonia Polonia, como casi todos los países europeos, está habitada por hombres de diferentes nacionalidades. Sin duda que la masa de la población, su núcleo, lo constituyen los polacos propiamente dichos que hablan polaco. Pero ya desde 1390 la Polonia propiamente dicha estaba unificada con el gran ducado de Lituania,7 que hasta la última partición de 1794 formó parte integrante de la república polaca. Ese gran ducado de Lituania fue habitado por las más diferentes tribus. Las provincias bálticas septentrionales, junto al Báltico, estaban en posesión de los lituanos propiamente dichos, pueblo que hablaba un idioma distinto al de sus vecinos eslavos. En gran parte, estos lituanos habían sido sometidos por inmigrantes alemanes, que apenas se defendían a su vez de los grandes duques lituanos. Luego, al sur y al este del actual reino de Polonia, se asentaron los bielorrusos, que hablan una lengua que es una cosa intermedia entre el polaco y el ruso, pero está más cerca del último y, por fin, las provincias meridionales fueron habitadas por los llamados pequeños rusos, de cuya lengua la mayor 7 La piedra angular de la unificación de Polonia y Lituania fue coloca· da en 1 385 por la unión de Lituania y Polonia, que preveía la agregación del gran principado de Lituania al reino polaco.

parte de las autoridades de hoy dicen que se diferencia completamente del gran ruso (lengua que habitualmente denominamos ruso) . Si la gente dice que reclamar la restauración de Polonia es apelar al principio de las nacionalidades, prueba meramente que no sabe de qué está hablando, pues el restablecimiento de Polonia significa el restablecimiento de un estado compuesto de por lo menos cuatro diferentes nacionalidades. Pero ¿qué fue de Rusia cuando por obra de la unión con Lituania se constituyó el antiguo estado polaco? Se retorció bajo el yugo del conquistador mongol, al que 150 años antes polacos y alemanes unidos habían rechazado hacia el este, del otro lado del Dniéper. Fue necesaria una larga lucha hasta que los grandes príncipes de Moscú se sacudieron finalmente el yugo mongólico y se pusieron a unificar en un estado los muchos y diferentes principados de la Gran Rusia. Pero este éxito sólo parece haber aguijoneado su ambición. Apenas había caído en poder de los turcos Constantinopla, cuando el gran príncipe de Moscú plantó en su escudo de armas el águila bicéfala del emperador bizantino y con ello hizo valer sus reivindicaciones como sucesor y futuro vengador suyo. Desde entonces, como es sabido, los rusos persiguieron la meta de conquistar Zargrad, la ciudad de los zares, como ellos denominan en su lengua a Constantinopla. Las ricas llanuras de la Pequeña Rusia estimularon después su apetito ane· x.ionista, pero los polacos ya eran desde siempre un pueblo valiente, y también fuerte por entonces, que no sólo sabía sostenerse sino también desquitarse: a comienzos del ,lo diecisiete mantuvieron ocupado incluso a Moscú durante algunos años.

La paulatina demoralización de la aristocracia dominante, la carencia de fuerza para desarrollar una burguesía y las guerras permanentes que asolaban el país, quebraron finalmente el poder de Polonia. Un país que se aferraba insistentemente al orden social feudal, mientras todos sus vecinos iban para adelante, formaban una burguesía, desarrollaban industria y comercio y creaban grandes ciudades: un país como ése, estaba condenado al ocaso. En verdad, fue la aristocracia la que llevo a Polonia al ocaso, al com· pleto ocaso, y después que los aristócratas hubieron hecho esto, se echaron a reprochárselo unos a otros y a venderse ellos y su país a los extranjeros. La historia polaca de 1700 a 1772 es nada más que una crónica de la usur· pación rusa del dominio de Polonia, posibilitada por la venalidad de la nobleza. Los soldados rusos mantuvieron casi permanentemente ocupado el país, y los reyes polacos, aunque no quisieron ser traidores, cayeron más y más bajo el poder del embajador ruso.

Este juego transcurrió tan exitosa· mente y se prolongó tanto que en Europa no se oyó ni una protesta cuando Polonia fue finalmente aniquilada, y todos se maravillaron solamente de 8 En 1605 Moscú fue ocupado por los incursores polacos. Éstos fue· ron expulsados en mayo de 1 606 por una insurrección popular. En setiembre de 1 6 1 0 los polacos volvieron a penetrar en Moscú y se apoderaron del trono moscovita. Todo el pueblo ruso se alzó en una lucha de liberación contra los incursores. La nación en armas, bajo el mando de Minin y Posharski, liberó Moscú en octubre de 161 2. cómo Rusia pudo ser tan longánima para ceder a Austria y a Prusia una parte tan grande del territorio.

Resultan especialmente interesantes el modo y la manera como se emprendió esa partición. En aquella época ya había una "opinión pública" ilustrada en Europa. Aunque el Times aún no había empezado a fabricar este artículo, se daba sin embargo aquel tipo de opinión pública que se formara por la pujante influencia de Diderot, Voltaire, Rousseau y los demás escritores franceses del siglo dieciocho. Rusia supo invariablemente lo importante que es tener de su lado, en lo posible, la opinión pública, y no dejó de servirse de ella. La corte de Catalina 11 se convirtió en cuartel general de los hombres ilustrados de aquellos días, especialmente de los franceses; la zarina y su corte profesaban los más elevados principios de la Ilustración, y lograron engañar tan acertadamente a la opinión pública que Voltaire y muchos otros cantaron loas a la "Semíramis del norte" y ensalzaron a Rusia como el país más progresista del mundo, como la patria de los principios liberales y el campeón de la tolerancia religiosa. Tolerancia religiosa. . . : aquí estaba la palabra que faltaba, y con la cual se podía rematar a Polonia. Polonia ha sido siempre extremadamente liberal en cosas de religión; lo atestigua el hecho que allí encontraron asilo los judíos cuando eran perseguidos en. todas las demás partes de Europa. La mayor parte de la población de las provincias orientales pertenecía al credo greco-ortodoxo,mientras que los polacos propiamente dichos eran católicos romanos. Una parte cuantiosa de esos griegos ortodoxos había sido obligada en el siglo dieciséis a reconocer la supremacía del papa: se los denominaba griegos unidos; muchos de ellos, no obstante, se aferraban en todo aspect.o a su antiguo credo greco-ortodoxo. En general lo eran los siervos, mientras que sus nobles señores eran casi todos católicos romanos; por nacionalidad, los siervos eran pequeños rusos. Ahora bien, este gobierno ruso que en su casa no toleraba otra religión que la griega ortodoxa y castigaba como un crimen la apostasía; que conquistaba naciones extranje· ras y anexionaba provincias extranjeras a diestra y siniestra; que en aquel tiempo estaba en tensar más firmemente aún las cadenas del siervo ruso...: este mismo gobierno ruso pronto cayó sobre Polonia en nombre de la tolerancia religiosa, porque Polonia oprimía presuntamente a los griegos ortodoxos; en nombre del principio de la nacionalidad, porque los habitantes de esas provincias orientales eran pequeños rusos y por lo tanto debían sel' incorporados a la Gran Rusia, y en nombre del derecho a la revolución, puesto que él armaba a los siervos contra sus señores. Rusia no supo de escrúpulos en la elección de sus medios. Se dice que la guerra de clase contra clase sería algo extremadamente revolucionario ; Rusia ya hacía unos 100 años que había promovido en Polonia una guerra semejante, y fue una linda muestra de guerra de clases cuando soldados rusos y siervos pequeños rusos se pusieron a incendiar mancomundamente los castillos de los nobles polacos sólo para preparar la anexión rusa; ni bien ésta se completó, los mismos soldados rusos volvieron a poner a los siervos bajo el yugo de sus señores.

Todo esto sucedió en nombre de la tolerancia religiosa, porque en Europa occidental aún no estaba de moda por ese entonces el principio de la nacionalidad. Pero ya por ese entonces éste hizo que los campesinos pequeños rusos vieran claro y a partir de ahí desempeñó un papel significativo en los asuntos polacos. El primer y preeminente empeño de Rusia es la unificación de todas las tribus rusas bajo el zar, que se denomina a sí mismo soberano de todas las Rusias (Samodergetz useckh Rossyiskikh), con lo cual también incluye la Bielorrusia y la Pequeña Rusia. Para demostrar que sus empeños no van más allá, cuidó muy minuciosamente de anexar sólo provincias bielorrusas y pequeñorrusas durante las tres particiones, y abandonó a sus cómplices el territorio habitado por los polacos, y en rigor hasta una parte de la Pequeña Rusia (Galitzia oriental). Pero actualmente, ¿cómo están las cosas? Actualmente la mayor parte de las provincias anexadas en 1793 y 1794 por Austria y Prusia se halla bajo dominio ruso y lleva la designación de reino de Polonia, y de tiempo en tiempo despiertan entre los polacos esperanzas de que ellos sólo tendrían que someterse a la suprema alteza rusa y desistir de todas las reivindicaciones sobre las antiguas provincias lituanas para poder aguardar la reunificación de todas las demás provincias polacas y la restauración de Polonia con el emperador ruso como rey. Y si Prusia y Austria viniesen a las manos en las críticas circunstancias actuales, es más que probable que, en última instancia, esa guerra no se jugará en tomo a la anexión de Slesvig-Holstein por Prusia o de Venecia por Italia, sino más bien en tomo a la anexión de una parte de la Polonia austríaca y, al menos, de una parte de la Polonia prusiana por Rusia.

Esto, en cuanto al principio de la nacionalidad en los asuntos polacos. FRIEDRICH ENGELS