Las notas que siguen se proponen comentar imparcialmente, y desde un punto de vista estrictamente militar, los acontecimientos actuales de la guerra y, en la medida de lo posible, señalar su probable influencia sobre las operaciones inminentes.

La localidad donde deben asestarse los primeros golpes decisivos es la frontera entre Sajonia y Bohemia. La guerra en Italia difícilmente podrá conducir a resultados decisivos mientras el Cuadrilátero permanezca sin ser tomado, y tomarlo será una operación más bien prolongada. Puede que haya una buena dosis de acción bélica en la Alemania occidental, pero, por la magnitud de las fuerzas empeñadas, sus resultados estarán por completo subordinados a los acontecimientos en la frontera bohemia. A esta zona, por consiguiente, dirigiremos por ahora nuestra atención de manera exclusiva.

Para juzgar la fuerza de los ejércitos contendientes bastará, a todos los efectos prácticos, con que tomemos en consideración únicamente la infantería, teniendo presente, no obstante, que la fuerza de la caballería austriaca será respecto de la prusiana como tres es a dos. La artillería guardará, en ambos ejércitos, aproximadamente la misma proporción que la infantería, digamos tres piezas por cada 1.000 hombres.

La infantería prusiana consta de 253 batallones de línea, 83 batallones de depósito y 116 batallones de la Landwehr (primera leva, que comprende a los hombres de 27 a 32 años de edad).* De ellos, los batallones de depósito y la Landwehr forman las guarniciones de las fortalezas y están destinados, además, a actuar contra los Estados alemanes menores, mientras que la línea se halla concentrada en Sajonia y sus alrededores para oponerse al ejército austriaco del norte. Si se deducen unos 15 batallones que ocupan Schleswig-Holstein y otros 15 —las antiguas guarniciones de Rastatt, Maguncia y Fráncfort, ahora

concentradas en Wetzlar—, quedan alrededor de 220 batallones para el ejército principal. Con caballería y artillería, y con la Landwehr que pueda extraerse de las fortalezas vecinas, este ejército contará con unos 300.000 hombres, distribuidos en nueve cuerpos de ejército.

El ejército austriaco del norte cuenta con siete cuerpos de ejército, cada uno de los cuales es considerablemente más fuerte que uno prusiano. Por ahora sabemos muy poco sobre su composición y organización, pero hay sobradas razones para creer que forman un ejército de entre 320.000 y 350.000 hombres. La superioridad numérica parece, pues, asegurada a los austriacos.

El ejército prusiano estará bajo el mando supremo del Rey* —esto es, de un soldado de parada de capacidades, en el mejor de los casos, muy mediocres y de carácter débil, pero a menudo obstinado—. Estará rodeado, en primer lugar, por el estado mayor del ejército, a las órdenes del general Moltke, oficial excelente; en segundo lugar, por su “gabinete militar privado”, compuesto de favoritos personales; y, en tercer lugar, por aquellos otros oficiales generales sin destino fijo a los que llame a su séquito. Es imposible inventar un sistema más eficaz para asegurar la derrota en el mismísimo cuartel general de un ejército. Aquí se da, de entrada, la natural rivalidad entre el estado mayor del ejército y el gabinete del Rey, secciones ambas que pugnarán por la influencia suprema y urdirán y preconizarán su propio plan de operaciones predilecto. Esto por sí solo haría casi imposible toda unidad de propósito, toda acción coherente. Pero luego vienen los interminables consejos de guerra, inevitables en semejantes circunstancias y que, en nueve de cada diez casos, terminan adoptando alguna medida a medias: el peor camino en la guerra. Las órdenes de hoy, en tales casos, contradicen por lo general las de ayer, y cuando las cosas se complican o amenazan con torcerse, no se da ya orden alguna y los acontecimientos siguen su propio curso. «Ordre, contre-ordre, désordre», como decía Napoleón. Nadie es responsable, porque el Rey irresponsable asume sobre sí toda la responsabilidad y, por tanto, nadie hace nada hasta que se le ordena expresamente. La campaña de 1806 fue comandada de manera semejante por el padre del actual Rey’; la derrota de Jena y Auerstadt, y la destrucción de todo el ejército prusiano en tres semanas, fueron la consecuencia. No hay motivo para suponer que el actual Rey supere en temple a su padre; y si ha encontrado en el conde Bismarck un hombre cuya dirección política puede seguir de manera implícita, no hay en el ejército hombre de

suficiente autoridad para hacerse cargo exclusivo, de modo análogo, de los asuntos militares.

El ejército austriaco está bajo el mando incondicional del general Benedek, oficial experimentado que, al menos, sabe lo que quiere. La superioridad del mando supremo está decididamente del lado de los austriacos.

Las tropas prusianas se subdividen en dos “ejércitos”: el primero, al mando del príncipe Federico Carlos, compuesto por los cuerpos 1.°, 2.°, 3.°, 4.°, 7.° y 8.°; el segundo, al mando del Príncipe de la Corona*, con los cuerpos 5.° y 6.°. La Guardia, que forma la reserva general, se unirá probablemente al primer ejército. Ahora bien, esta subdivisión no solo rompe la unidad de mando, sino que induce además, muy a menudo, a que los dos ejércitos se muevan por dos líneas de operaciones distintas, realicen movimientos combinados, sitúen su punto de reunión mutuo al alcance del enemigo; en otras palabras, tiende a mantenerlos separados cuando debieran, en lo posible, permanecer juntos. Los prusianos en 1806 y los austriacos en 1859, en circunstancias muy similares, siguieron el mismo camino y fueron batidos. En cuanto a los dos comandantes, el Príncipe de la Corona es, como soldado, una magnitud desconocida; y el príncipe Federico Carlos ciertamente no demostró ser un gran comandante en la guerra de Dinamarca.

El ejército austriaco no tiene tal subdivisión; los comandantes de los cuerpos de ejército están directamente subordinados al general Benedek. También en esto son, pues, superiores a sus adversarios en lo que atañe a la organización del ejército.

Los soldados prusianos, en especial los hombres de la reserva y aquellos de la Landwehr que ha habido que emplear para cubrir vacantes en la línea (y son muchos), van a la guerra contra su voluntad; los austriacos, por el contrario, llevan mucho tiempo deseando una guerra con Prusia y aguardan con impaciencia la orden de marcha. Llevan, por tanto, también la ventaja en la moral de la tropa.

Prusia no ha tenido guerra de envergadura desde hace cincuenta años; su ejército es, en conjunto, un ejército de paz, con la pedantería y el martinetismo inherentes a todos los ejércitos de paz. Sin duda se ha hecho mucho últimamente, sobre todo desde 1859, para acabar con ello; pero los hábitos de cuarenta años no se erradican tan fácilmente, y todavía ha de hallarse un gran número de hombres incapaces y pedantes, sobre todo en los puestos más importantes: los de los oficiales de campo. Ahora bien, los austriacos han quedado radicalmente curados de esta dolencia por la guerra de 1859 y han hecho el mejor uso posible de su experiencia, tan cara-

mente adquirida. Sin duda, en organización de detalle, en preparación para la guerra y en experiencia bélica, los austriacos vuelven a ser superiores a los prusianos.

Con excepción de los rusos, los prusianos son las únicas tropas cuya formación normal de combate es la profunda columna cerrada. Imagínense las ocho compañías de un batallón inglés en columna a cuarto de distancia, pero formando el frente dos compañías en lugar de una, de modo que la columna la constituyan cuatro filas de a dos compañías, y se tendrá la “columna de ataque prusiana”. No cabría imaginar un blanco mejor para las armas de fuego rayadas que este, y, dado que un cañón rayado puede enviar una granada a esta formación a 2.000 yardas de distancia, semejante formación ha de hacer casi imposible alcanzar siquiera al enemigo. Que un solo proyectil estalle en medio de esta masa, y véase si ese batallón sirve para algo después, en toda la jornada.

Los austriacos han adoptado la columna abierta y flexible de los franceses, que apenas cabe llamar columna; se asemeja más a dos o tres líneas que se siguen a 20 o 30 yardas de distancia y que apenas está, si acaso, más expuesta a las bajas por la artillería que una línea desplegada. La ventaja de la formación táctica está, una vez más, del lado de los austriacos.

Frente a todas estas ventajas, los prusianos solo tienen dos puntos que alegar en su favor. Su intendencia es decididamente mejor, por lo que las tropas estarán mejor alimentadas. La intendencia austriaca, como toda la administración austriaca, es una cueva de soborno y peculado apenas mejor que la de Rusia. Ya ahora oímos que las tropas están mal e irregularmente alimentadas; en campaña y en las fortalezas será aún peor, y puede que la administración austriaca resulte ser un enemigo más peligroso para las fortalezas del Cuadrilátero que la artillería italiana.

El segundo punto a favor de los prusianos es su armamento superior. Aunque su artillería rayada es decididamente mejor que la de los austriacos, esto supondrá muy poca diferencia en campo abierto. El alcance, la trayectoria y la precisión de los fusiles prusianos y austriacos serán más o menos parejos; pero los prusianos tienen fusiles de retrocarga y pueden hacer, desde las filas, un fuego constante y bien dirigido de al menos cuatro disparos por minuto. La inmensa superioridad de esta arma quedó probada en la guerra de Dinamarca, y no cabe duda de que los austriacos la experimentarán en grado mucho mayor. Si, como se dice que les ha instruido Benedek, no pierden mucho tiempo en disparar y se lanzan de inmediato sobre el enemigo a la bayoneta, sufrirán pérdidas enormes. En la guerra danesa, la pérdida de los prusianos nunca fue más de un cuarto, a veces solo un déci-

mo, de la de los daneses; y, como hace poco señaló con mucho acierto un corresponsal militar de The Times, los daneses fueron batidos en casi todas partes por una minoría de las tropas realmente empeñadas.

Aun así, pese al fusil de aguja, las probabilidades están contra los prusianos; y si no se dejan batir en la primera gran batalla por la superior dirección, organización, formación táctica y moral de los austriacos, y, por último pero no menos importante, por sus propios comandantes, entonces sin duda habrán de estar hechos de un temple distinto al que cabe esperar de un ejército de paz de cincuenta años de antigüedad.

N.° II

La gente empieza a impacientarse ante la aparente inactividad de los dos grandes ejércitos en la frontera bohemia. Pero hay abundantes razones para esta demora. Tanto los austriacos como los prusianos son perfectamente conscientes de la importancia del inminente choque, que puede decidir el resultado de toda la campaña. Ambos están destacando apresuradamente al frente cuantos hombres pueden conseguir: los austriacos, de sus nuevas formaciones (los cuartos y quintos batallones de los regimientos de infantería); los prusianos, de la Landwehr, que al principio solo estaba destinada al servicio de guarnición.

Al mismo tiempo, parece haber, por ambas partes, un intento de superar en maniobras al ejército contrario y de iniciar la campaña en las condiciones estratégicas más favorables. Para comprenderlo, tendremos que mirar el mapa y examinar el terreno en que estos ejércitos se hallan situados.

a “Austrian and Prussian Armaments”, The Times, No. 25507, May 25, 1866,  

Dando por sentado que Berlín y Viena son los puntos normales de retirada de los dos ejércitos, y que, por lo tanto, los austriacos se propondrán la conquista de Berlín y los prusianos la de Viena, hay tres rutas por las que podrían operar. Un gran ejército necesita cierta extensión de país de cuyos recursos ha de vivir en la marcha, y se ve obligado, para moverse con rapidez, a marchar en varias columnas por otros tantos caminos paralelos; su frente se extenderá, por consiguiente, sobre una línea que puede variar entre, digamos, sesenta y dieciséis millas, según la proximidad del enemigo y la distancia de los caminos entre sí. Esto habrá de tenerse presente.

La primera ruta sería por la margen izquierda del Elba y del Moldava, por Leipzig y Praga. Es evidente que en esta ruta cada uno de los beligerantes tendría que cruzar el río dos veces, la segunda vez frente al enemigo. Suponiendo que cualquiera de los dos ejércitos intentase desbordar, por esta ruta, el flanco de su adversario, éste, como su camino es más corto por ser más recto, podría anticiparse aún a la fuerza envolvente en la línea del río, y si logra rechazarla, marchar directamente sobre la capital enemiga. Por tanto, esta ruta, igualmente desventajosa para ambas partes, puede descartarse.

La segunda ruta es por la margen derecha del Elba, entre éste y la cadena montañosa de los Sudetes que separa Silesia de Bohemia y Moravia. Esta ruta se halla casi en la línea recta de Berlín a Viena; el tramo que ahora se encuentra entre los dos ejércitos está marcado por el ferrocarril de Löbau a Pardubitz. Este ferrocarril pasa por aquella parte de Bohemia que está limitada por el Elba al sur y al oeste, y por las montañas al nordeste. Dispone de muchos buenos caminos, y si los dos ejércitos marcharan directamente el uno contra el otro, éste sería el punto de choque.

La tercera ruta es por Breslau y de allí a través de la cadena de los Sudetes. Esta cadena, de escasa elevación en la frontera de Moravia, donde la cruzan varios buenos caminos, se alza a mayor altura y abruptez en el Riesengebirge, que forma el límite de Bohemia. Aquí hay pocos caminos que la atraviesen; de hecho, entre Trautenau y Reichenberg, una distancia de cuarenta millas, toda la parte nororiental de la cordillera no está atravesada por un solo camino militar. El único camino existente allí, el de Hirschberg al valle del Iser, termina bruscamente en la frontera austriaca. De ello se sigue, pues, que toda esta barrera de cuarenta millas de largo es infranqueable, al menos para un gran ejército, con sus innumerables impedimenta, y que un avance sobre Breslau o por él ha de pasar las montañas al sudoeste del Riesengebirge.

Ahora bien, ¿cuáles son las posiciones relativas de los dos ejércitos con respecto a sus comunicaciones, si empeñan la acción en esta ruta?

Los prusianos, al avanzar directamente hacia el sur desde Breslau, dejan al descubierto sus comunicaciones con Berlín. Los austriacos podrían, si fuesen lo bastante fuertes como para contar con la certeza casi absoluta de la victoria, dejarlos avanzar hasta el campo atrincherado de Olmütz, que los detendría, mientras ellos mismos podrían marchar sobre Berlín, confiando en restablecer las comunicaciones temporalmente interrumpidas mediante una victoria decisiva; o bien podrían enfrentar a las columnas prusianas una a una al salir éstas de las montañas y, si tenían éxito,

rechazarlas sobre Glogau y Posen, con lo que Berlín y la mayor parte de los estados prusianos quedarían a su merced.

Así pues, un avance por Breslau sólo sería aconsejable para los prusianos en caso de una gran superioridad numérica.

Los austriacos se hallan en una posición muy distinta. Tienen la ventaja de que el grueso de la monarquía se encuentra al sudeste de Breslau; es decir, en la prolongación directa de una línea trazada de Berlín a Breslau. Habiendo fortificado la orilla septentrional del Danubio cerca de Viena, para resguardar la capital de una sorpresa, pueden, temporal e incluso por largo tiempo, sacrificar su comunicación directa con Viena y obtener sus refuerzos de hombres y pertrechos de Hungría. Por consiguiente, pueden operar con igual seguridad por la vía de Löbau y por la de Breslau, al norte o al sur de las colinas; tienen mucha mayor libertad de maniobra que sus adversarios.

Los prusianos, además, tienen otras razones para ser cautos. Desde la frontera septentrional de Bohemia, la distancia a Berlín no es mucho más de la mitad de la que hay a Viena; Berlín está mucho más expuesto. Viena está resguardada por el Danubio, tras el cual un ejército derrotado puede hallar protección; por las fortificaciones levantadas al norte de ese río; y por el campo atrincherado de Olmütz, que los prusianos no podrían dejar de lado impunemente si el grueso del ejército austriaco, tras una derrota, tomara allí posición. Berlín no tiene protección de ningún género, salvo el ejército en campaña. En estas circunstancias, y en las detalladas en nuestro primer número, la parte destinada a los prusianos parece estar claramente marcada como defensiva.

La misma serie de circunstancias, y además una fuerte necesidad política, casi obliga a Austria a actuar ofensivamente. Una sola victoria puede asegurarle grandes resultados, mientras que su derrota no quebrantaría su poder de resistencia.

El plan estratégico de la campaña en sus rasgos fundamentales es necesariamente muy sencillo. Cualquiera de los dos que ataque primero, no tiene más que esta alternativa: o bien un ataque falso al noroeste del Riesengebirge y el verdadero al sudeste del mismo, o viceversa. La barrera de cuarenta millas es el rasgo decisivo del teatro de guerra, y en torno a ella han de gravitar los ejércitos. Oiremos hablar de combates en sus dos extremos, y muy pocos días después se aclarará la dirección del ataque verdadero, y probablemente la suerte de la primera campaña. Sin embargo, con dos ejércitos tan pesados enfrentados entre sí, nos inclinamos a pensar que la ruta más directa es la más segura, y que la dificultad y el peligro de mover masas tan grandes de tropas en columnas separadas por distintos caminos a través de un difícil país montañoso, llevarán casi naturalmente a ambos ejércitos contendientes a la ruta Löbau-Pardubitz.

Los movimientos efectivos que han tenido lugar son los siguientes: — Los prusianos, en la primera semana de junio, concentraron su ejército de Sajonia a lo largo de la frontera sajona, de Zeitz a Görlitz, y su ejército de Silesia de Hirschberg a Neisse. Hacia el 10 de junio se aproximaron entre sí, quedando su ala derecha sobre el Elba, cerca de Torgau, y su extrema izquierda cerca de Waldenburg. Del 12 al 16, el ejército de Silesia, compuesto ahora por los cuerpos I, V y VI y la Guardia, volvió a extenderse hacia el este, esta vez hasta Ratibor, es decir, hasta el extremo sudoriental de Silesia. Esto parece una finta, especialmente la ostentación de la Guardia, de la que se supone que siempre está con el grueso del ejército. Si es más que una finta, o si no se han tomado medidas para trasladar estos cuatro cuerpos de vuelta hacia Görlitz en el plazo más breve y en el menor tiempo posible, entonces esta concentración de más de 120.000 hombres en un rincón remoto es un error palmar; pueden verse privados de toda posibilidad de retirada y ciertamente de toda conexión con el resto del ejército.

De los austriacos sabemos poco más que estaban concentrados en torno a Olmütz. El corresponsal de The Times en su campamento dice que su VI cuerpo, de 40.000 hombres, llegó el día 19 de Weisskirchen a Olmütz, indicando un movimiento hacia el oeste. Añade que el día 21 el cuartel general se trasladaría a Trübau, en la frontera entre Moravia y Bohemia.[a] Este movimiento apuntaría en la misma dirección, si no pareciera sobremanera un bulo enviado a Londres con la intención de que de allí se telegrafiara al cuartel general prusiano para despistarlo. Un general que actúa con tanto sigilo como Benedek, y que tiene tales objeciones a los corresponsales de prensa, no es probable que les informe el día 19 de dónde estará su cuartel general el 21, a no ser que tenga sus razones para ello.

Antes de concluir, se nos permitirá echar un vistazo a las operaciones en el noroeste de Alemania. Los prusianos tenían aquí más tropas de lo que se supo al principio. Disponían de 15 batallones en Holstein, 12 en Minden y 18 en Wetzlar. Mediante rápidos movimientos concéntricos, durante los cuales las tropas mostraron una capacidad completamente inesperada para soportar marchas forzadas, tomaron posesión en dos días de todo el país al norte de una línea desde Coblenza a Eisenach, y de todas las líneas de comunicación entre las provincias orientales y occidentales del reino. Las tropas hessianas, de unos 7.000 hombres, lograron escapar, pero a los hannoverianos, 10.000 o 12.000, se les cortó la línea directa de retirada hacia Frankfurt, y ya el día 17 el resto del VII cuerpo de ejército prusiano, 12 batallones, junto con los dos batallones de Coburgo, llegaron a Eisenach procedentes del Elba. Así, los hannoverianos parecen cercados por todos lados, y sólo podrían escapar por un milagro de estupidez por parte de los prusianos.

En cuanto se decida su suerte, se dispondrá de una fuerza de 50 batallones prusianos contra el ejército federal que el príncipe Alejandro de Darmstadt está formando en Frankfurt, y que constará de unos 23.000 wurtembergueses, 10.000 darmstadtianos, 6.000 nassauenses, 13.000 badenses (en movilización ahora), 7.000 hessianos y 12.000 austriacos, ahora en camino desde Salzburgo; en total unos 65.000 hombres, que podrían ser reforzados por entre 10.000 y 20.000 bávaros. Según los informes, unos 60.000 de éstos se hallan ya concentrados en Frankfurt, y el príncipe Alejandro se ha aventurado a un movimiento hacia adelante reocupando Giessen el día 22. Esto, sin embargo, no tiene importancia. Los prusianos no avanzarán contra él hasta estar bien concentrados, y entonces, con 70.000 hombres de todas las armas y su armamento superior, deberán despachar rápidamente a este abigarrado ejército.

No. II

[The Manchester Guardian, No. 6197, June 28, 1866]

La primera gran batalla se ha librado, no en Bohemia, sino en Italia, y el Cuadrilátero ha vuelto a dar a los italianos una lección de estrategia. La fuerza de esta famosa posición, como en verdad la de todas las posiciones fortificadas de algún valor, consiste no tanto en las altas capacidades defensivas de sus cuatro fortalezas, sino en estar agrupadas de tal modo en un país con rasgos militares muy marcados, que la fuerza atacante se ve casi siempre inducida, y a menudo obligada, a dividirse y atacar en dos puntos diferentes, mientras que la fuerza defensora puede enviar toda su fuerza combinada contra uno de esos ataques, aplastarlo por superioridad numérica y luego volverse contra el otro. El ejército italiano ha sido inducido a cometer este error. El rey tenía once divisiones en el Mincio, en tanto que Cialdini con cinco divisiones se enfrentaba al Bajo Po, cerca de Ponte…

Lagoscuro y Polesella. Una división italiana cuenta con 17 batallones de 700 hombres cada uno; en consecuencia, Víctor Manuel dispondría, con caballería y artillería, de al menos 120.000 o 125.000 hombres, y Cialdini aproximadamente la mitad de esa cifra. Mientras el Rey cruzaba el Mincio el 23, Cialdini debía cruzar el Bajo Po y operar sobre la retaguardia de los austríacos; pero hasta el momento en que escribimos, no ha llegado noticia cierta alguna de que este último movimiento se haya efectuado. En cualquier caso, los 60.000 hombres cuya presencia podría, y probablemente habría, inclinado la balanza el domingo pasado en Custozza,'"* no pueden, hasta ahora, haber obtenido ventaja alguna que guarde proporción con la pérdida de una gran batalla.

El lago de Garda se halla encajonado entre dos estribaciones de los Alpes, que forman, al sur del mismo, dos grupos de colinas entre las cuales el Mincio se abre paso hacia las lagunas de Mantua. Ambos grupos constituyen sólidas posiciones militares; sus laderas hacia el sur dominan la llanura lombarda y la baten dentro del alcance de la artillería. Son bien conocidas en la historia militar. El grupo occidental, entre Peschiera y Lonato, fue escenario de las batallas de Castiglione y Lonato en 1796, y de Solferino en 1859 '”°; el grupo oriental, entre Peschiera y Verona, fue disputado durante tres días en 1848,'°° y de nuevo en la batalla del domingo pasado.

Este grupo oriental de colinas desciende, por un lado, hacia el Mincio, donde termina en la llanura en Valeggio; por el otro lado, en un largo arco orientado al sudeste, hacia el Adigio, al que alcanza en Bussolengo. Está dividido, de norte a sur, en dos porciones aproximadamente iguales por una profunda barranca por la cual discurre el arroyo Tione; de modo que una fuerza que avance desde el Mincio tendrá que forzar primero el paso del río e inmediatamente después se verá de nuevo detenida por esta barranca. Al borde de la pendiente que mira a la llanura, y al este de la barranca, se encuentran los siguientes pueblos: Custozza, en el extremo meridional; más al norte, sucesivamente, Somma Campagna, Sona y Santa Giustina. El ferrocarril de Peschiera a Verona cruza las colinas en Somma Campagna, y la carretera en Sona.

En 1848, después de que los piamonteses tomaran Peschiera, bloquearon Mantua y extendieron su ejército desde más allá de dicha plaza hasta Rivoli, en el lago de Garda, ocupando su centro las colinas en cuestión. El 23 de julio, Radetzky avanzó con siete brigadas desde Verona, rompió el centro de esta línea sobreextendida y ocupó él mismo las colinas. Los días 24 y 25, los piamonteses intentaron recuperar la posición, pero fueron derrotados decisivamente el 25 y se retiraron de inmediato a través de Milán

más allá del Tesino. Esta primera batalla de Custozza decidió la campaña de 1848.

Los telegramas del cuartel general italiano sobre la batalla del domingo pasado son bastante contradictorios; pero, con ayuda de los del otro bando, obtenemos una idea bastante clara de las circunstancias en que se libró. Víctor Manuel se proponía que su 1.er cuerpo (general Durando, cuatro divisiones o 68 batallones) tomara posición entre Peschiera y Verona, de modo que pudiera cubrir el asedio de la primera plaza. Esta posición tiene que ser, por fuerza, Sona y Somma Campagna. El 2.º cuerpo (general Cucchiari, tres divisiones o 51 batallones) y el 3.er cuerpo (general Della Rocca, con los mismos efectivos que el segundo) debían cruzar el Mincio al mismo tiempo para cubrir las operaciones del 1.º. El 1.er cuerpo debió de cruzar cerca o al sur de Saliongo y tomar de inmediato el camino de las colinas; el 2.º parece haber cruzado por Valeggio, y el 3.º por Goito, avanzando por la llanura. Esto ocurrió el sábado 23. La brigada austríaca Pulz, que mantenía los puestos avanzados en el Mincio, se replegó lentamente hacia Verona; y el domingo,' el aniversario de Solferino, la totalidad del ejército austríaco salió de Verona al encuentro del enemigo. Al parecer, llegaron a tiempo para ocupar las alturas de Sona y Somma Campagna, y el borde oriental de la barranca del Tione, antes que los italianos. La lucha se libraría entonces principalmente por el paso de la barranca. En el extremo meridional, los dos cuerpos situados en la llanura pudieron cooperar con el 1.er cuerpo italiano en las colinas, y de ese modo Custozza cayó en sus manos. Gradualmente, los italianos en la llanura fueron avanzando más y más en dirección a Verona, a fin de operar sobre el flanco y la retaguardia austríacos, y los austríacos enviaron tropas a su encuentro. Así, las líneas de frente de los dos ejércitos, que originariamente miraban al este y al oeste respectivamente, giraron un cuarto de círculo, quedando los austríacos frente al sur y los italianos frente al norte. Pero, al retirarse las colinas desde Custozza hacia el nordeste, este movimiento de flanqueo de los cuerpos 2.º y 3.º italianos no podía afectar de inmediato la posición de su 1.er cuerpo en las colinas, porque no podía extenderse lo suficiente sin peligro para las tropas flanqueantes mismas. Así, los austríacos parecen haberse limitado a entretener a los cuerpos 2.º y 3.º con tropas suficientes para quebrar su primer ímpetu, mientras lanzaban todos los hombres disponibles sobre el 1.er cuerpo y lo aplastaban con superioridad numérica. Tuvieron pleno éxito; el primer cuerpo fue rechazado, tras una valerosa lucha,

y al fin Custozza fue tomada al asalto por los austríacos. Con ello, el ala derecha italiana, que había avanzado al este y nordeste más allá de Custozza, parece haberse visto seriamente comprometida; en consecuencia, se entabló una nueva lucha por la aldea, durante la cual debió de restablecerse la conexión perdida y se contuvo el avance austríaco desde Custozza, pero la plaza permaneció en sus manos y los italianos tuvieron que volver a cruzar el Mincio esa misma noche.

Ofrecemos este esbozo de la batalla, no como un relato histórico —para el cual aún faltan todos los detalles—, sino meramente como un intento, mapa en mano, de conciliar los diversos telegramas relativos a la misma entre sí y con el sentido común militar; y si los telegramas fueran en algo correctos y completos, nos sentimos seguros de que el esquema general de la batalla no resultaría muy distinto de lo que hemos expuesto.

Los austríacos perdieron unos 600 prisioneros, los italianos 2.000 y unos pocos cañones. Esto demuestra que la batalla fue una derrota, pero no un desastre. Las fuerzas debieron de estar bastante equilibradas, aunque es muy probable que los austríacos tuvieran menos tropas bajo el fuego que sus adversarios. Los italianos tienen sobrados motivos para congratularse de no haber sido rechazados hasta el Mincio; la posición del 1.er cuerpo entre dicho río y la barranca, en una franja de terreno de dos a cuatro millas de ancho, con un enemigo superior al frente, debió de ser de considerable peligro. Fue indudablemente un error enviar el grueso de las tropas a la llanura mientras se descuidaban las alturas dominantes, los puntos decisivos; pero el mayor error fue, como señalamos antes, dividir el ejército, dejar a Cialdini con 60.000 hombres en el Bajo Po y atacar sólo con el resto. Cialdini habría podido contribuir a una victoria frente a Verona y luego, marchando de vuelta al Bajo Po, haber efectuado su paso mucho más fácilmente, si es que esta maniobra combinada había de realizarse a toda costa. Tal como están las cosas, no parece haber avanzado más que el primer día, y puede que ahora tenga que habérselas con fuerzas más numerosas que hasta ahora. Los italianos deberían saber ya que tienen que vérselas con un adversario muy duro. En Solferino, Benedek, con 26.000 austríacos, mantuvo a raya durante toda la jornada a la totalidad del ejército piamontés, que lo doblaba con creces en número, hasta que se le ordenó retirarse a consecuencia de la derrota de los demás cuerpos a manos de los franceses. Aquel ejército piamontés era muy superior al actual ejército italiano; estaba mejor instruido, era más homogéneo y contaba con mejor oficialidad. El ejército actual es de formación muy reciente y tiene que sufrir todas las desventajas inherentes a tal condición; mientras que el ejército austríaco de hoy es muy superior al de 1859.

El entusiasmo nacional es un elemento capital sobre el cual operar, pero mientras no esté disciplinado y organizado, nadie puede ganar batallas con él. Incluso los “mil” de Garibaldi'”' no eran un montón de meros entusiastas, sino hombres instruidos que habían aprendido a obedecer órdenes y a enfrentarse a la pólvora y al plomo en 1859. Cabe esperar que el estado mayor del ejército italiano, por su propio bien, se abstenga de tomarse libertades con un ejército que, si bien inferior en número, es intrínsecamente superior al suyo y que, además, ocupa una de las posiciones más fuertes de Europa.

IV

Supóngase que a un joven alférez o portaestandarte prusiano, examinándose para teniente, se le preguntara cuál sería el plan más seguro para que un ejército prusiano invadiera Bohemia. Supóngase que nuestro joven oficial respondiera: “Lo mejor será dividir las tropas en dos cuerpos aproximadamente iguales, enviar uno por el este de los Riesengebirge, el otro por el oeste, y efectuar su unión en Gitschin”. ¿Qué diría el oficial examinador a esto? Informaría al joven caballero que este plan pecaba contra las dos primerísimas leyes de la estrategia: en primer lugar, nunca dividir las tropas de modo que no puedan apoyarse mutuamente, sino mantenerlas bien reunidas; y, en segundo lugar, en caso de avance por caminos diferentes, efectuar la unión de las distintas columnas en un punto que no esté al alcance del enemigo; que, por consiguiente, el plan propuesto era el peor de todos; que sólo podría ser tomado en consideración en el caso de que Bohemia estuviese completamente desocupada de tropas hostiles; y que, en consecuencia, un oficial que propusiera semejante plan de campaña no era apto para ostentar ni siquiera el grado de teniente.

Y, sin embargo, éste es exactamente el plan que ha adoptado el sabio y erudito estado mayor del ejército prusiano. Resulta casi increíble; pero así es. El error que los italianos hubieron de pagar en Custozza ha sido cometido de nuevo por los prusianos, y en circunstancias que lo hicieron diez veces peor. Los italianos sabían al menos que, con diez divisiones, serían numéricamente superiores al enemigo. Los prusianos debían saber que, manteniendo juntos sus nueve cuerpos, apenas estarían en paridad numérica, en el mejor de los casos, con los ocho cuerpos de Benedek; y que al dividir sus tropas expondrían a los dos ejércitos a la suerte casi segura de ser aplastados sucesivamente por fuerzas superiores. Sería completamente

inexplicable cómo un plan semejante pudo siquiera ser discutido, y mucho menos adoptado, por un cuerpo de oficiales de tan incuestionable capacidad como los que componen el estado mayor prusiano, de no ser por el hecho de que el rey Guillermo ostentaba el mando en jefe. Pero nadie podía esperar razonablemente que las fatales consecuencias de que reyes y príncipes asumieran el alto mando se manifestaran tan pronto y con tanta fuerza. Los prusianos están librando ahora, en Bohemia, una lucha a vida o muerte. Si se impide la unión de los dos ejércitos en Gitschin o en sus cercanías, si cada uno de ellos, derrotado, tiene que retirarse de Bohemia y, al retirarse, alejarse aún más del otro, entonces la campaña puede darse virtualmente por terminada. Entonces Benedek podrá dejar sin atención al ejército del Príncipe Heredero* mientras éste se retira hacia Breslau, y perseguir con todas sus fuerzas al ejército del Príncipe Federico Carlos, el cual difícilmente podrá escapar de la destrucción total.

La cuestión es si se habrá impedido esta unión. Hasta el momento en que escribimos, no tenemos noticias de acontecimientos posteriores a la tarde del viernes 29. Los prusianos, expulsados de Gitschin (el nombre del lugar, en bohemio, se escribe Jicin) el día 28 por el general Edelsheim, pretenden haber tomado nuevamente la ciudad por asalto el 29, y ésta es la última información que poseemos. La unión no se había efectuado entonces; al menos cuatro cuerpos de ejército austriacos, y partes del cuerpo sajón, se habían batido hasta ese momento contra unos cinco o seis cuerpos prusianos.

Las diversas columnas del ejército del Príncipe Heredero, al descender al valle en la vertiente bohemia de las montañas, fueron recibidas por los austriacos en puntos favorables donde el valle, al ensancharse, les permitía ofrecer un frente más amplio a las columnas prusianas e intentar impedirles que se desplegaran; mientras que los prusianos, allí donde era factible, enviaban tropas por los valles laterales para atacar a sus adversarios por el flanco y la retaguardia. Esto es siempre así en la guerra de montaña, y explica el gran número de prisioneros que se hacen invariablemente en tales circunstancias. Por el otro lado, los ejércitos del príncipe Federico Carlos y de Herwarth von Bittenfeld parecen haber atravesado los desfiladeros casi sin oposición; los primeros combates tuvieron lugar en la línea del río Iser, es decir, casi a mitad de camino entre los puntos de partida de los dos ejércitos. Sería ocioso tratar de desenredar y poner en concordancia los telegramas terriblemente contradictorios, y a menudo totalmente inautentificados, que han llegado a nuestras manos en estos últimos tres o cuatro días.

Los combates han tenido, necesariamente, resultados muy diversos: a medida que acudían nuevas fuerzas, la victoria favorecía primero a un bando y luego al otro. Sin embargo, hasta el viernes el resultado general parece haber sido, hasta ahora, favorable a los prusianos. Si se mantuvieron en Gitschin, no cabe duda de que la unión se efectuó el sábado o el domingo, con lo cual habría pasado su mayor peligro. La batalla final por la unión se libraría probablemente con masas concentradas por ambas partes, y decidiría la campaña al menos por algún tiempo. Si los prusianos salían victoriosos, saldrían de inmediato de todas las dificultades que ellos mismos se habían creado, aunque podrían haber obtenido las mismas ventajas, e incluso mayores, sin exponerse a peligros tan innecesarios.

Los combates parecen haber sido muy reñidos. La primera brigada austriaca que entró en batalla contra los prusianos fue la brigada «negra y amarilla», la misma que en Schleswig tomó por asalto el Königsberg, cerca de Oberselk, el día anterior a la evacuación del Dannevirke. Se la llama negra y amarilla por los colores de los vivos de los dos regimientos que la componen, y siempre fue considerada una de las mejores brigadas del servicio. Sin embargo, fueron batidas por el fusil de aguja, y más de 500 hombres de uno de sus regimientos (Martini) fueron hechos prisioneros después de haber cargado cinco veces en vano contra las líneas prusianas. En un combate posterior, se capturó la bandera del 3.[er] batallón del regimiento Deutschmeister. Este regimiento, reclutado exclusivamente en Viena, está considerado el mejor de todo el ejército. Así, pues, las mejores tropas han entrado ya en acción. Los prusianos deben de haberse comportado espléndidamente para ser un viejo ejército de paz. Cuando realmente se declaró la guerra, un espíritu completamente distinto se apoderó del ejército, provocado principalmente por la expulsión de los pequeños potentados del noroeste. Ello infundió a las tropas —con razón o sin ella, nos limitamos a registrar el hecho— la idea de que esta vez se les pedía luchar por la unificación de Alemania, y los hasta entonces taciturnos y malhumorados hombres de la reserva y de la Landwehr cruzaron entonces la frontera de Austria con vivas aclamaciones. A ello se debe principalmente que lucharan tan bien; pero al mismo tiempo hemos de atribuir la mayor parte del éxito que han tenido, sea cual fuere, a sus armas de retrocarga; y si alguna vez logran salir de las dificultades en que sus generales los colocaron tan temerariamente, tendrán que agradecérselo al fusil de aguja. Los informes sobre su inmensa superioridad sobre las armas de avancarga vuelven a ser unánimes. Un sargento del regimiento Martini, hecho prisionero, dijo al corresponsal del Kölnische Zeitung:

«Ciertamente hemos hecho todo lo que cabe esperar de soldados valientes, pero nadie puede resistir ese fuego tan rápido.»[a]

Si los austriacos son derrotados, no será tanto al general Benedek ni al general Ramming, sino al general Baqueta, a quien habrá que culpar del resultado.

En el noroeste, los hannoverianos, llevados a darse cuenta de su situación por un agudo ataque de la vanguardia del general Manteuffel al mando del general Flies, se han rendido, y con ello 59 batallones prusianos quedarán en libertad de actuar contra las tropas federales. Ya era hora, además, de que así se hiciera antes de que Baviera hubiese completado todos sus armamentos, pues de lo contrario se requerirían fuerzas mucho mayores para someter el suroeste de Alemania. Baviera es notoriamente lenta y siempre va a la zaga en sus preparativos militares; pero cuando los completa, puede poner en campaña de 60.000 a 80.000 buenas tropas. Es probable que dentro de poco oigamos hablar de una rápida concentración de prusianos sobre el Meno y de operaciones activas contra el príncipe Alejandro de Hesse-Darmstadt y su ejército.

Núm. V

La campaña que los prusianos abrieron con un señalado desatino estratégico ha sido conducida desde entonces por ellos con una energía táctica tan terrible que se ha visto coronada victoriosamente en exactamente ocho días.

Decíamos en nuestra última nota que el único caso en que el plan prusiano de invadir Bohemia con dos ejércitos separados por el Riesengebirge podía justificarse era aquel en que Bohemia no estuviese ocupada por tropas enemigas. El misterioso plan del general Benedek parece haber consistido principalmente en crear una situación de ese tipo. Al parecer, no había más que dos cuerpos de ejército austriacos —el primero (Clam-Gallas) y el sexto (Ramming)— en el ángulo noroccidental de Bohemia, donde, desde el principio, esperábamos que se librarían las acciones decisivas. Si con ello se pretendía atraer a los prusianos a una trampa, Benedek lo ha logrado tan bien que él mismo ha caído en ella. En todo caso, el avance prusiano en dos líneas, con cuarenta o cincuenta millas de terreno intransitable entre ellas, hacia un punto de unión situado a dos marchas completas de los puntos de partida y dentro de las líneas enemigas, sigue siendo una maniobra sumamente peligrosa en todas las circunstancias, y una que habría terminado en una derrota señalada de no haber sido por la extraña lentitud de Benedek, por la inesperada fogosidad de las tropas prusianas y por sus fusiles de retrocarga.

El avance del príncipe Federico Carlos se efectuó con tres cuerpos (el 3.º, el 4.º y el 2.º, este último en reserva) por Reichenberg, al norte de una difícil cadena de colinas, por cuya vertiente meridional avanzó el general Herwarth con un cuerpo y medio (el 8.º y una división del 7.º). Al mismo tiempo, el Príncipe Heredero se hallaba, con los cuerpos 1.º, 5.º y 6.º, y la Guardia, en las montañas cerca de Glatz. De este modo, el ejército quedó dividido en tres columnas —una a la derecha, de 45.000 hombres; otra en el centro, de 90.000, y otra a la izquierda, de 120.000—, sin que ninguna de ellas pudiera apoyar a las otras al menos durante varios días. Aquí, si alguna vez, se presentaba la ocasión para un general que mandase un número de hombres por lo menos igual, de aplastar a sus adversarios por separado. Pero no parece que se hiciera nada. El día 26, el príncipe Federico Carlos libró el primer combate serio, en Turnau, contra una brigada del primer cuerpo, mediante el cual estableció su comunicación con Herwarth; el 27, este último tomó Münchengrätz, mientras que, del ejército del Príncipe Heredero, una primera columna, el 5.º cuerpo, avanzó más allá de Nachod y batió severamente al 6.º cuerpo austriaco (Ramming); el 28, único día ligeramente desfavorable para los prusianos, la vanguardia del príncipe Federico Carlos tomó Gitschin, pero fue desalojada de nuevo por la caballería del general Edelsheim, al tiempo que el 1.[er] cuerpo del ejército del Príncipe Heredero era contenido con algunas pérdidas en Trautenau por el 10.º cuerpo austriaco de Gablenz, y sólo se vio liberado por el avance de la Guardia hacia Eipel, por un camino intermedio entre el 1.º y el 5.º cuerpo prusianos. El 29, el príncipe Federico Carlos tomó por asalto Gitschin, y el ejército del Príncipe Heredero derrotó por completo a los cuerpos austriacos 6.º, 8.º y 10.º. El 30, un nuevo intento de Benedek de retomar Gitschin con el 1.[er] cuerpo y el ejército sajón fue señaladamente frustrado, y los dos ejércitos prusianos efectuaron su unión. Las pérdidas austriacas representan en hombres al menos un cuerpo y medio, mientras que las prusianas son menos de la cuarta parte de esa cifra.

Así, encontramos que el día 27 sólo había dos cuerpos de ejército austriacos, de unos 33.000 hombres cada uno, a mano; el 28, tres; el 29, cuatro, y si un telegrama prusiano es correcto, parte de un quinto (el 4.º cuerpo); mientras que el 30 sólo el cuerpo de ejército sajón había logrado acudir como refuerzo. Hubo, pues, dos, si no tres, cuerpos ausentes del terreno disputado durante todo ese tiempo, en tanto que los prusianos hicieron bajar a Bohemia hasta el último hombre. De hecho, hasta la tarde del 29, el conjunto de las tropas austriacas en el lugar apenas era superior en número a cualquiera de los dos ejércitos prusianos, y al ser llevadas a la línea sucesivamente, llegando los refuerzos sólo después de la derrota de las tropas empeñadas primeramente, el resultado fue desastroso.

Se informa que el 3.[er] cuerpo de ejército (archiduque Ernesto), que combatió en Custozza, fue enviado al norte por ferrocarril inmediatamente después de aquella batalla, y en algunos relatos se lo cuenta entre las fuerzas disponibles de Benedek. Este cuerpo, que habría elevado el total, incluidos los sajones, a nueve cuerpos, no pudo haber llegado a tiempo para las batallas de los últimos días de junio.

Los prusianos, cualesquiera que hayan sido los defectos de su plan de operaciones, los compensaron con su rapidez y energía de acción. No hay nada que objetar a las operaciones de ninguno de sus dos ejércitos. Todos sus golpes fueron breves, agudos y decisivos, y completamente exitosos. Ni siquiera los abandonó esta energía después de la unión de los dos ejércitos; continuaron su marcha y ya el día 3 se encontraron con las fuerzas combinadas de Benedek con la totalidad de las suyas, y les asestaron un último golpe demoledor.

Es difícil suponer que Benedek aceptara esta batalla por su propia voluntad. No cabe duda de que la rápida persecución de los prusianos le obligó a tomar una posición fuerte con todo su ejército, a fin de rehacer sus tropas y dar una jornada de ventaja a su tren de ejército en retirada, con la esperanza de no ser atacado en fuerza durante el día y de poder escabullirse durante la noche. Un hombre en su posición, con cuatro de sus cuerpos completamente destrozados y después de pérdidas tan tremendas, no puede haber deseado, en aquel lugar y momento, librar una batalla decisiva, si podía retirarse a salvo. Pero los prusianos parecen haberle obligado a combatir, y el resultado fue la derrota completa de los austriacos, quienes, si no se concede el armisticio, intentarán ahora dirigirse hacia Olmütz o Viena en las circunstancias más desventajosas, pues el más leve movimiento envolvente de los prusianos por su derecha bastará para cortar a numerosos destacamentos del camino directo y arrojarlos a las montañas de Glatz, donde serán hechos prisioneros. El «ejército del norte», una hueste tan espléndida como las había en Europa hace diez días, ha dejado de existir.

Sin duda, el fusil de aguja, con su fuego rápido, ha tenido gran parte en ello. Cabe dudar de si, sin él, se habría podido efectuar la unión de los dos ejércitos prusianos; y es del todo seguro que este éxito inmenso y rápido no se habría podido obtener sin un fuego tan superior, porque el ejército austriaco es habitualmente menos propenso al pánico que la mayoría de los ejércitos europeos. Pero hubo otras circunstancias concurrentes. Ya hemos mencionado las excelentes disposiciones y la acción resuelta de los dos ejércitos prusianos desde el momento en que entraron en Bohemia. Podemos añadir que, en esta campaña, se apartaron también del sistema de columnas y llevaron sus masas al frente principalmente en líneas desplegadas, a fin de poner en actividad todos los fusiles y proteger a sus hombres del fuego de la artillería. Hemos de reconocer que los movimientos, tanto en la marcha como ante el enemigo, se ejecutaron con un orden y una puntualidad que nadie habría podido esperar de un ejército y una administración cubiertos por la herrumbre de cincuenta años de paz. Y, por último, el mundo entero debe de haberse sorprendido del ímpetu desplegado por estas tropas bisoñas en todos y cada uno de los encuentros, sin excepción. Muy bien está decir que lo hicieron los fusiles de retrocarga, pero estos no actúan por sí solos; necesitan corazones valientes y brazos fuertes para portarlos. Los prusianos combatieron muy a menudo contra fuerzas superiores en número y fueron casi en todas partes la parte atacante; los austriacos, por tanto, podían elegir el terreno. Y en el ataque a posiciones fuertes y ciudades atrincheradas, las ventajas del fusil de retrocarga casi desaparecen; la bayoneta tiene que hacer el trabajo, y lo hubo en abundancia. La caballería, además, actuó con el mismo ímpetu, y en ella el acero frío y la velocidad del caballo son las únicas armas en una carga. Los bulos franceses de que las líneas de caballería prusianas rociaban primero a sus adversarios con fuego de carabina (de retrocarga o no) para luego lanzarse sobre ellos sable en mano, solo pudieron originarse en un pueblo cuya caballería ha sido muy a menudo culpable de esa artimaña, y siempre castigada por ello al ser arrollada por el ímpetu superior del enemigo que carga. No hay lugar a engaño: el ejército prusiano ha conquistado, en una sola semana, una posición tan alta como jamás la tuviera, y bien puede sentirse ahora seguro de poder enfrentarse a cualquier adversario. No hay campaña registrada en la que se haya obtenido un éxito igual de señalado, en un tiempo igual de corto y sin ningún revés digno de mención, excepto aquella campaña de Jena que aniquiló a los prusianos de aquel entonces y, si exceptuamos la derrota de Ligny,** la campaña de Waterloo.