[Londres,] 7 de agosto de 1866

Querido Fred,

Dedujiste acertadamente de mi última carta que mi estado de salud ha mejorado, aunque fluctúa de un día para otro. Mientras tanto, la sensación de estar otra vez en condiciones de trabajar significa mucho para un hombre. Por desgracia, me veo constantemente interrumpido por trivialidades sociales y pierdo mucho tiempo. Así, por ejemplo, el carnicero ha suspendido hoy el suministro de carne, y para el sábado hasta mis reservas de papel se habrán agotado.

Desde ayer Laura está medio prometida al señor Lafargue, mi criollo médico. Ella lo trata como a los demás, pero los arrebatos de sentimiento a que están sujetos estos criollos, un leve temor de que el jeune homme (tiene 25 años) pudiera quitarse la vida, etc., cierto cariño por él, tan poco demostrativo como siempre en Laura (es un muchacho de buena presencia, inteligente, enérgico y de complexión atlética), han conducido más o menos a un semi-compromiso. El muchacho se apegó primero a mí, pero pronto transfirió la atracción del viejo a su hija. Sus circunstancias económicas son medianas, pues es hijo único de una antigua familia de plantadores. Está rayé de l’université de Paris pour deux ans a causa del congrès à Liège, pero piensa presentarse a examen en Estrasburgo. En mi opinión, tiene un don extraordinario para la medicina, en la que es, sin embargo, infinitamente más escéptico que nuestro amigo Gumpert. El escepticismo en cuestiones médicas parece estar a la orden del día tanto entre los profesores como entre los estudiantes en París. Por ejemplo, Magendie, quien declara que toda la terapéutica, en su estado actual, es fraudulenta. Como siempre, este escepticismo no solo no excluye los crochets, sino que los abraza. Por ejemplo, Lafargue cree en el alcohol y la electricidad como los principales remedios. Afortunadamente, cuenta con un buen consejero en el profesor Carrére, un refugiado (hautes mathématiques, física y química), y podrá adquirir mucha experiencia práctica en los hospitales de Londres. He conseguido que lo admitieran allí por mediación de un tercero.

Una obra muy importante que te enviaré (pero con la condición de que me la devuelvas, pues no es de mi propiedad) en cuanto haya tomado las notas necesarias, es: P. Trémaux, Origine et Transformations de l’Homme et des autres Etres, París 1865. A pesar de todos los defectos que he señalado, representa un avance muy significativo respecto a Darwin. Las dos tesis principales son: los croisements no producen, como comúnmente se cree, variedad, sino, por el contrario, una unidad típica de las espèces. Los rasgos físicos de la tierra, en cambio, diferencian (constituyen la base principal, aunque no la única). El progreso, que Darwin considera puramente accidental, es aquí esencial sobre la base de las etapas del desarrollo terrestre; la dégénérescence, que Darwin no puede explicar, es aquí algo evidente; lo mismo ocurre con la rápida extinción de las formas meramente transicionales, en comparación con el lento desarrollo del tipo de la espèce, de modo que las lagunas de la paleontología, que a Darwin le resultan perturbadoras, son aquí necesarias. Igualmente, la fijeza de la espèce, una vez establecida, se explica como una ley necesaria (al margen de las variaciones individuales, etc.). Aquí la hibridación, que plantea problemas a Darwin, apoya por el contrario el sistema, pues se muestra que una espèce se establece de hecho por primera vez en cuanto el croisement con otras deja de producir descendencia o de ser posible, etc.

En sus aplicaciones históricas y políticas es mucho más significativo y fecundo que Darwin. Para ciertas cuestiones, como la nacionalidad, etc., solo aquí se ha encontrado una base en la naturaleza. Por ejemplo, corrige al polaco Duchinski, cuya versión de las diferencias geológicas entre Rusia y las tierras de los eslavos occidentales confirma de paso, al decir, no que los rusos sean tártaros más que eslavos, etc., como cree este último, sino que sobre la formación superficial predominante en Rusia el eslavo ha sido tartarizado y mongolizado; asimismo (pasó mucho tiempo en África) muestra que el tipo común del negro no es más que una degeneración de otro mucho más elevado.

«Hors des grandes lois de la nature, les projets des hommes ne sont que calamités, témoins les efforts des czars pour faire du peuple polonais des Moscovites. [...] Même nature, mêmes facultés, renaîtront sur un même sol. L’œuvre de destruction ne saurait toujours durer, l’œuvre de reconstitution est éternelle... Les races slaves et lithuaniennes ont avec les Moscovites, leur véritable limite dans la grande ligne géologique qui existe au nord des bassins du Niémen et du Dniéper... Au sud de cette grande ligne: les aptitudes et les types propres à cette région sont et demeureront toujours différents de ceux de la Russie.» [P. Trémaux, Origine et transformations de l’homme..., pp. 402, 420, 421.]

Salut.

Tuyo,
K. M.