Querido Fred:

Me hallo en un gran aprieto, pues el empeño ha llegado a su límite y, además, sufro el más fuerte acoso. En cuanto al estado corporal, felizmente no ha reaparecido nada de naturaleza carbunclosa. En cambio me he visto obligado a ir a Allen por un padecimiento del hígado, ya que Gumpert no está aquí y este asunto no puede tratarse a distancia. Arsénico aún me queda casi un frasco entero, pero desde hace varias semanas no lo tomo, porque mi actual régimen de vida no se aviene con él.

¿Habéis sufrido vosotros también por el Consolidated Bank? El Dr. Rode estuvo aquí anteayer y contó, con mucho regodeo, que Dronke ha sufrido pérdidas considerables a consecuencia del crash de Barnett.

Así pues, la guerra es un hecho, a menos que ocurra un milagro. Los prusianos pagarán cara esta bravata y, en todo caso, el idilio en Prusia ha terminado.

La camarilla proudhoniana entre los estudiantes de París ( “Courrier Français” ) predica la paz, declara que la guerra está anticuada, que las nacionalidades son un disparate, ataca a Bismarck y a Garibaldi, etc. Como polémica contra el chovinismo, su actividad es útil y explicable. Pero como creyentes de Proudhon [[mis muy buenos amigos de aquí, Lafargue y Longuet, también pertenecen a ese grupo]], que opinan que toda Europa debe y va a permanecer tranquilamente sentada de brazos cruzados hasta que los señores en Francia hayan abolido “la misère et l'ignorance” —bajo esta última ellos mismos laboran, en proporción inversa a su griterío, con la “science sociale”— resultan grotescos. En sus artículos sobre la actual crisis agrícola en Francia, su “saber” es asombroso.

Los rusos, que practican constantemente el viejo juego de azuzar a los burros europeos unos contra otros y de ser ora socios de A, ora de B, han empujado sin duda últimamente a los austríacos: 1) porque los prusianos aún no han hecho la debida concesión respecto a Oldemburgo, 2) para atar de manos a los austríacos en Galitzia y 3) seguramente también porque el señor Alejandro II, al igual que Alejandro I (en los últimos tiempos de éste), se halla en un estado de ánimo tan conservador y malhumorado a causa del atentado, que sus señores diplomáticos necesitan por lo menos pretextos “conservadores”, y la alianza con Austria es conservadora. Llegado el momento oportuno, mostrarán el reverso de la medalla.

El tono oficial de los prusianos, los de la “sangre y el hierro”, revela una gran pusilanimidad. ¡Ahora incluso elogian la Revolución francesa de 1789! ¡Se quejan de la irritabilidad austríaca! Lo mejor del miserable debate parlamentario aquí fue el registro de pecados que D’Israeli le echó en cara al desdichado Clarendon.

Salud. Tuyo K. M.

El entusiasmo italiano recibirá sin duda una ducha de agua fría. Incluso lo melodramático, que por lo demás corresponde al carácter del pueblo, sería tolerable si, del todo en el trasfondo, no estuviera la esperanza puesta en Badinguet. No puedo olvidar a mi Itzig. ¡Si aún viviera, qué escándalo armaría!