20 de febrero de 1866. Querido Fred:

Puedes imaginarte cuán oportunas me llegaron las £10. Tenía en casa dos amenazas de ejecución, por las cochinas municipaltaxes de £6 9 s. y por las Queen’s Taxes de £1. 16 s. Y el plazo vencía el viernes.

En cuanto al asunto de los carbuncos, la cosa está así: Del de arriba ya te había dicho yo, con mi larga práctica, que en realidad debía ser cortado. Hoy (martes), después de recibir tu carta, cogí una navaja de afeitar afilada, reliquia del querido lupus, y abrí al perro yo mismo en persona. (No puedo soportar médicos entre las partes pudendas ni en sus inmediaciones. Por lo demás, Allen me expide el certificado de que yo soy one of the best subjects to be operated upon. Reconozco siempre lo necesario.) La sang brûlé, como dice la señora Lormier, brotó, más bien saltó a chorro hacia lo alto, y considero ya este carbunco como enterrado, aunque it still wants some nursing. En cuanto al perro de abajo, se está volviendo maligno; escapa a mi control; no me ha dejado dormir en toda la noche. Si esta porquería avanza, tendré que mandar venir a Allen, naturalmente, pues soy incapaz, a causa del locus del perro, de vigilarlo y tratarlo yo mismo to watch and treat cure. Por lo demás, está claro que yo sé on the whole más de la enfermedad de los carbuncos que la mayoría de los médicos. Lo que, por cierto, le indiqué a Gumpert en mi último stay en Manchester, sigue siendo mi opinión: a saber, que la picazón y el rascado entre el testículo y el ano, desde hace 2 años y medio, y la consiguiente descamación de la piel, me consumen el cuerpo más que ninguna otra cosa. El asunto comenzó medio año antes del primer carbunco monstruoso que tuve en la espalda, y continúa hasta hoy.

Querido boy, en medio de todas estas circunstancias se siente more than ever la dicha de una amistad como la que existe entre nosotros. Tú sabes, por tu parte, que ninguna relación tiene para mí un valor tan alto. Mañana te enviaré lo de Zaches y los Factory Reports. Comprenderás, my dear fellow, que en una obra como la mía no pueden faltar algunas deficiencias en el detalle. Pero la composición, el encadenamiento, es un triunfo de la ciencia alemana, que un alemán particular puede reconocer, ya que in no way es mérito suyo, sino que pertenece a la nación. ¡Tanto más gratificante cuanto que, por lo demás, es la silliest nation bajo la luz del sol!

El hecho que Liebig había «denunciado» y que dio a Schönbein el motivo para sus investigaciones era éste: las capas superiores del suelo contienen siempre más amoníaco que las profundas, en lugar de lo cual, si hubieran devenido más pobres en él a causa del cultivo, deberían contener menos. El hecho era reconocido por todos los químicos. Sólo la causa era desconocida. Hasta la fecha, la putrefacción era considerada la única fuente de amoníaco. Todos los químicos negaban (Liebig también) que el nitrógeno del aire pudiera servir de sustancia nutritiva para las plantas. Schönbein demostró (mediante experimentos) que toda llama que arde en el aire transforma una cierta cantidad del nitrógeno del aire en amoníaco del ácido nitroso; que todo proceso de descomposición es tanto una fuente de ácido nítrico como de amoníaco; que la más simple evaporación del agua es un medio para efectuar la formación de ambas sustancias nutritivas para las plantas. Finalmente, el «júbilo» de Liebig por este descubrimiento: «Por la combustión de una libra de hulla o de madera, el aire no sólo recibe de nuevo los elementos para reproducir esa libra de madera o, según las circunstancias, la hulla, sino que el proceso de combustión transforma en sí (obsérvese la categoría hegeliana) una cierta cantidad de nitrógeno del aire en una sustancia nutritiva indispensable para la producción de pan y carne.»

I feel proud of the Germans. It is our duty to emancipate this «deep» people.