Karl Marx

El "Presidente de la Humanidad"

[„Berliner Reform“ núm. 88, del 13 de abril de 1865]

A mi regreso de Holanda a Londres me presenta el "Social-Demokrat", en su núm. 39, un pastel de asafétida cocinado por el propio señor Bernh. Becker, compuesto en su mayor parte de migajas de calumnias al estilo Vogt. La refutación, documentada judicialmente, de las fábulas mentirosas de Vogt se encuentra en mi escrito "Herr Vogt", Londres 1860. Muy en contra de su costumbre, sin embargo, el señor Bernhard Becker, el "Presidente de la Humanidad", no se contenta esta vez con el simple plagio. Por primera vez en su vida intenta dar también algo propio.

"Sí, Marx —dice el 'Presidente de la Humanidad'— empeñó a través de Dronke por 1.000 táleros un manuscrito que el comisario de policía prusiano Stieber, que andaba espiando entre los refugiados en Londres, rescató."

Y tres veces en el transcurso de su disertación presidencial de viva voz vuelve nuestro Bernhard Becker, con regocijo siempre creciente, a este "hecho". En la página 124 de mi "Herr Vogt" digo en una nota:

"Yo mismo había conocido a Bangya, en 1850 en Londres, por mediación de su entonces amigo, el actual general Türr. La sospecha que me inspiraron sus trapicheos con toda clase de partidos —orleanistas, bonapartistas, etc.— y su trato con policías de cualquier 'nacionalidad', la disipó él sencillamente mostrándome un nombramiento expedido de puño y letra por Kossuth, en el cual se le designaba, a él, que ya antes había sido comisario de policía provisional en Komorn bajo Klapka, comisario de policía *in partibus*. Jefe secreto de policía al servicio de la revolución, naturalmente tenía que mantener 'abiertos' los accesos a la policía al servicio de los gobiernos. En el transcurso del verano de 1852 descubrí que un manuscrito que le había confiado para que lo hiciera llegar a un librero en Berlín, lo había sustraído y entregado en manos de un gobierno alemán. Después de haber escrito sobre este incidente y sobre otras particularidades del hombre que desde hacía tiempo me llamaban la atención a un húngaro" (Szemere) "en París, y de que, gracias a la intervención de una tercera persona perfectamente informada, quedó totalmente despejado el misterio Bangya, envié a principios de 1853 a la 'New-Yorker Criminal-Zeitung' una denuncia pública, firmada con mi nombre."

El "Presidente de la Humanidad" no ha leído, evidentemente, la detallada denuncia de Bangya —quien entonces todavía residía en Londres— que yo publiqué hace 13 años en la "New-Yorker Criminal-Zeitung". De otro modo, sin duda habría ceñido un poco más su invención poética a los hechos. Así, se abandona por completo al juego de su amable fantasía, y ¿qué asociación de ideas más grata que la de Londres y el empeño? Pero respondo de que Bernhard Becker jamás ha empeñado sus manuscritos.

El "Presidente de la Humanidad" se dignó añadir, además,

"que, cuando surgió el 'Botschafter' de Viena, el órgano oficioso del gobierno austríaco, Marx quiso ganarme a mí" (a ese mismo Bernhard Becker) "como corresponsal del mismo, ocultándome el carácter oficioso del periódico que aparecía y que, según decía, le había sido enviado, y, por el contrario, subrayó que yo podía entregar artículos completamente rojos [en el „Berliner Reform“ figura erróneamente: rohe/ crudos]".

El señor Bernhard Becker, que a la sazón aún no era "Presidente de la Humanidad" y que tenía la costumbre inveterada de garabatear "artículos completamente pálidos" en el "Hermann" de Londres, me sorprendió (yo solo lo había visto antes una o dos veces por casualidad), poco antes de que, por razones seguras, se escabullera sigilosamente de Londres, una hermosa tarde con una visita en persona a mi casa. Él me lamentó lastimeramente su infortunio y me preguntó si yo podría procurarle corresponsalías para sacarlo de una amarga necesidad. Respondí que, unos días antes, el señor Kolatschek había comunicado al señor S. Borkheim, refugiado político y comerciante en la City, la fundación de un nuevo periódico vienés, supuestamente "muy liberal", le había enviado números de muestra y le había pedido que reclutara un corresponsal en Londres. Ante el vehemente deseo de Bernhard Becker, prometí dirigirme en ese asunto al señor Borkheim, quien siempre presta gustoso ayuda a los refugiados. Bernhard Becker escribió también, según recuerdo, uno o varios artículos de prueba a Viena. ¡Y su tentativa fracasada de convertirse en corresponsal del "Botschafter" demuestra mi alianza con la cancillería austríaca! ¡El señor Bernhard Becker cree, evidentemente, que, puesto que la condesa de Hatzfeldt le ha dado un cargo, también el Señor le ha dado el entendimiento necesario para ello!

"Sistemáticamente —continúa narrando Bernhard Becker— Liebknecht trabaja ahora a la condesa de Hatzfeldt, a la que Marx también envía telegramas y cartas para azuzarla contra la asociación."

¡El señor Bernhard Becker se figura que yo tomo la importancia que le ha llegado por testamento tan "sistemáticamente" en serio como él mismo! Mis cartas a la condesa de Hatzfeldt tras la muerte de Lassalle consistieron en una misiva de pésame, en respuestas a varias preguntas que se me formularon con motivo del opúsculo sobre Lassalle que se proyectaba, y en discusiones acerca de una defensa contra un calumniador de Lassalle que se me exigió y que, en efecto, llevé a cabo. Sin embargo, para evitar malentendidos, consideré oportuno recordar a la condesa, en una carta del 22 de diciembre de 1864, que yo no coincidía con la política de Lassalle. Con ello concluyó nuestra correspondencia, en la que no figura ni una sílaba sobre la asociación. La condesa me había rogado, entre otras cosas, que le escribiera inmediatamente si me parecía oportuno añadir ciertos retratos al proyectado folleto. Respondí por telégrafo: ¡No! Este único telegrama lo pone el señor Bernhard Becker, que es tan gran gramático como poeta y pensador, en plural.

Cuenta luego que yo también participé posteriormente en una agitación puesta en marcha contra él. El único paso que di por mi parte en este asunto de la mayor importancia fue el siguiente: Desde Berlín me habían escrito que Bernhard Becker era perseguido por ciertos sectores porque no quería permitir que se abusara del "Social-Demokrat" y de la asociación para hacer agitación en favor de la incorporación de Schleswig-Holstein a Prusia. Al mismo tiempo se me había pedido que comunicara esta "intriga" a manera de advertencia al señor Klings, de Solingen, sobre quien —por una relación anterior— se me atribuía cierta influencia, y al señor Philipp Becker, de Ginebra. Hice ambas cosas: lo primero por medio de un amigo barmanés |Karl Siebel|, y lo segundo por mediación de mi amigo Schily, de París, quien, tan ofuscado como yo, vivía en la ilusión de que al "Presidente de la Humanidad" le hubiera pasado algo humano y de que, por una vez, se hubiera portado realmente con decencia. Ahora, naturalmente, como buen dialéctico, tergiversa los hechos convirtiéndolos en todo lo contrario.

Pero el "Presidente de la Humanidad" no es grande solo como poeta, pensador, gramático y dialéctico. Es, además, un patólogo de pura cepa. Mi enfermedad de los ántrax, que duró año y medio y que casualmente persistió aún seis meses después de la muerte de Lassalle, esta enfermedad de color rojo sangre, la explica él por "pálida envidia de la grandeza de Lassalle".

"Pero —añade enfático— no se atrevió a enfrentarse con Lassalle, pues sabía muy bien que este lo habría matado a golpes con su garrote gigante, igual que a Bastiat-Schulze."

Precisamente en este último escrito suyo sobre "Bastiat-Schulze", Lassalle elogia desmesuradamente mi "Crítica de la economía política", Berlín 1859, la llama "hacedora de época", una "obra maestra", y la sitúa en la misma línea que las obras de A. Smith y Ricardo. De aquí infiere el señor Bernhard Becker, con la capacidad de raciocinio que le es propia, que Lassalle habría podido matarme igual que a Schulze-Bastiat. Por lo demás, Lassalle tenía una idea muy distinta de lo que yo "me atrevo". Cuando en cierta ocasión —que no es del caso exponer aquí— le escribí que Engels y yo nos veríamos obligados, por razones que enumeré, a lanzarle un ataque público, me contestó detalladamente en una carta que en este momento tengo ante mí, en la que primero expone sus contrarrazones y luego termina con el giro: "¡Reflexionad sobre todo esto antes de hablar en voz alta y públicamente. Incluso la división y el cisma entre nosotros sería un acontecimiento lamentable para nuestro partido específico, ya de por sí no grande!"

El señor Bernhard Becker halla una contradicción palmaria en que yo no quisiera saber nada de una asociación internacional de rincón, en la que él, Bernhard Becker, supuestamente figuró, mientras que al mismo tiempo participé con gran celo en la Asociación Internacional fundada en septiembre pasado por los jefes de las Trade Unions londinenses.

La capacidad de discernimiento del señor Bernhard Becker está, por lo visto, a la altura de su capacidad de deducción. Su asociación, se jacta, llegó a la fabulosa cifra de "400 hombres" en pleno florecimiento, mientras que la nuestra es tan inmodesta que ya cuenta solamente en Inglaterra con diez mil miembros. Es realmente inadmisible que algo así tenga lugar, por así decirlo, a espaldas del "Presidente de la Humanidad".

En resumidas cuentas, y considerando en particular el enjambre de talentos del señor Bernhard Becker que yo he esbozado muy sucintamente, su queja apenas parece justificada: la de que se haya querido cargar a un hombre como él con demasiadas cosas a la vez, imponiéndole no solo el ejercicio de la autocracia como su principal tarea, sino también, "de paso", el oficio menor de "comprar huevos y mantequilla para la casa". No obstante, parece admisible un mejor orden doméstico entre sus funciones heterogéneas. En el futuro, que se convierta en su ocupación principal "comprar huevos y mantequilla para la casa", y, en cambio, que solo "de paso" se le permita presidentear a la humanidad.

Londres, 8 de abril de 1865

Karl Marx