The Bee-Hive Newspaper.  
Núm. 188, 20 de mayo de 1865

A Andrew Johnson,  
Presidente de los Estados Unidos.

Señor: —El demonio de la «institución peculiar», por cuya supremacía el Sur se alzó en armas, no podía permitir a sus adoradores sucumbir honrosamente en campo abierto. Lo que había comenzado con traición, por fuerza tenía que terminar en infamia. Así como la guerra de Felipe II por la Inquisición engendró un Gerardo, la guerra en pro de la esclavitud de Jefferson Davis engendró un Booth.

No nos corresponde recoger palabras de pesar y de horror, cuando el corazón de dos mundos palpita de emoción. Incluso los sicofantes que, año tras año y día tras día, persistieron en su trabajo de Sísifo de asesinar moralmente a Abraham Lincoln y a la gran República que él encabezaba, se quedan ahora atónitos ante este estallido universal del sentimiento popular, y rivalizan entre sí en esparcir flores retóricas sobre su tumba abierta. Han descubierto al fin que era un hombre a quien la adversidad no amilanaba ni el éxito embriagaba, que avanzaba inflexiblemente hacia su gran objetivo, sin comprometerlo jamás por apremios ciegos, madurando lentamente sus pasos, sin desandarlos nunca, sin dejarse arrastrar por ninguna oleada de favor popular, sin desalentarse por ningún descenso del pulso popular, templando los actos severos con los destellos de un corazón bondadoso, iluminando las escenas sombrías de pasión con la sonrisa del humor, haciendo su obra titánica con la modestia y la sencillez con que los gobernantes nacidos en el cielo hacen las cosas pequeñas con la grandilocuencia de la pompa y del Estado; en una palabra, uno de esos raros hombres que logran hacerse grandes sin dejar de ser buenos. Tal era, en efecto, la modestia de este hombre grande y bueno, que el mundo no descubrió al héroe hasta que hubo caído como mártir.

Ser señalado, al lado de semejante jefe, como la segunda víctima de los dioses infernales de la esclavitud, era un honor debido al señor Seward. ¿Acaso no tuvo, en un momento de vacilación general, la sagacidad para prever y la hombría para anunciar «el conflicto irreprimible»? ¿Acaso no, en las horas más sombrías de ese conflicto, se mantuvo fiel al deber romano de no desesperar jamás de la República y de sus estrellas? Esperamos fervientemente que él y su hijo se restablezcan en su salud, en la actividad pública y en los honores bien merecidos mucho antes de los «90 días».

Tras una tremenda guerra civil, que, sin embargo, si consideramos sus vastas dimensiones y su amplio alcance y la comparamos con las guerras de cien años, de treinta años y de veintitrés años del Viejo Mundo, difícilmente se puede decir que haya durado 90 días, usted, señor, ha recibido la tarea de extirpar por la ley lo que ha sido derribado por la espada, de presidir la ardua obra de la reconstrucción política y la regeneración social. Un profundo sentido de su gran misión le salvará de todo compromiso con los deberes severos. Jamás olvidará usted que, para iniciar la nueva era de la emancipación del trabajo, el pueblo americano depositó las responsabilidades de la dirección en dos hombres del trabajo: uno, Abraham Lincoln; el otro, Andrew Johnson.

Firmado, en nombre de la Asociación Internacional de los Trabajadores, Londres, 13 de mayo de 1865, por el Consejo Central — Charles Kaub, Edwin Coulson, F. Lessner, Carl Pfaender, N. P. Hansen, Karl Schapper, William Dell, George Lochner, George Eccarius, John Osborne, P. Petersen, A. Janks, H. Klimosch, John Weston, H. Bolleter, B. Lucraft, J. Buckley, Peter Fox, N. Salvatella, George Howell, Bordage, A. Valltier, Robert Shaw, J. H. Longmaid, W. Morgan, G. W. Wheeler, J. D. Nieass, W. C. Worley, D. Stainsby, F. de Lassassie, J. Carter, Emile Holtorp, Secretario para Polonia; Carl Marx, Secretario para Alemania; H. Jung, Secretario para Suiza; E. Dupont, Secretario para Francia; J. Whitlock, Secretario de Finanzas; G. Odger, Presidente; W. R. Cremer, Hon. Secretario General.