Friedrich Engels

El ejército inglés

Escrito a principios de 1864.

La *Allg[emeine] Mil[itär] Z[ei]t[un]g* ha descrito hace poco, en una detallada reseña de la obrita de Petrie y James, la organización del ejército inglés, y después, en otro artículo, la posición de este ejército en el Estado inglés. Resta ahora considerar a este ejército mismo en su evolución histórica a lo largo de los últimos setenta años, en su manifestación actual, su material, su régimen interno de servicio, su instrucción táctica y sus peculiares formas de combate. Tal es el objeto de las presentes líneas.

El ejército inglés ofrece al observador militar un interés muy especial. Es el único del mundo que se aferra rígida e inflexiblemente a la vieja táctica lineal, al menos en la medida en que jamás ha conocido las columnas dentro del alcance de fuego de la infantería (excepto en el combate en desfiladeros). No solo hace fuego en línea, sino que también ataca a la bayoneta solo en línea. A pesar de ello —o quizá precisamente por ello—, es indiscutiblemente el ejército que ha sufrido menos derrotas. En todo caso, vale la pena examinar más de cerca la manera de combatir de un ejército tal, sobre todo ahora, cuando, para asombro del mundo entero, lo que se creía imposible se vuelve posible: que Inglaterra nos amenace con la guerra a los alemanes.

I

Empezamos naturalmente por la
infantería.
El *robur peditum* |la infantería de élite| es la fuerza principal y el principal orgullo del ejército inglés. Desde William Napier se ha convertido en artículo de fe en toda Inglaterra que el fuego de masas de una línea inglesa es superior al de cualquier otra tropa, y que la bayoneta británica es irresistible; y es cierto que los ingleses, como por lo demás también otros, deben sus victorias ante todo a la infantería.

La infantería inglesa cuenta con 3 regimientos de guardias con 7 batallones, 109 regimientos de línea, de los cuales los números 1 a 25 tienen dos batallones, el nº 60 (cazadores) 4 batallones y los restantes solo un batallón cada uno. A ello se suma la brigada de cazadores con 4 batallones, en total 141 batallones. El número de batallones en el regimiento de línea, ya sea uno o dos, se rige exclusivamente por la necesidad; tan pronto como las circunstancias lo permitan, los segundos batallones de los 25 primeros regimientos serán sin duda disueltos de nuevo. El ascenso de los oficiales se efectúa también dentro del regimiento, de lo cual resultan a menudo perturbaciones fatales, cuando, por ejemplo, como ocurre ahora con el 13.º Regimiento, el primer batallón está en Jamaica y el otro en Nueva Zelanda.

Como tropas de reserva y de élite valen ante todo las guardias y los ocho regimientos de las Highlanders escoceses, que siempre han hecho honor a su fama. Como infantería ligera se consideran 9 regimientos llamados «ligeros» y 5 de «fusileros», aunque solo se distinguen de la línea por unas pocas insignias, y únicamente los 8 batallones de cazadores son verdadera infantería ligera. Los regimientos números 101 a 109, antiguos regimientos europeos de la Compañía de las Indias Orientales, sirven solamente en la India.

Aparte de estos 141 batallones de infantería británica, hay en el país mismo varios cuerpos, sobre los que volveremos más tarde, y en las colonias:

En Norteamérica: 1 batallón y 2 compañías de tropas británicas

1.350 hombres

en las Indias Occidentales: 4 batallones de negros y mulatos

3.700 hombres

En Santa Elena: 1 batallón británico

560 hombres

En Malta: artillería de fortaleza indígena

560 hombres

En el Cabo de Buena Esperanza: cazadores montados,
5
/
6
hotentotes,
1
/
6
europeos, en su mayoría alemanes y suizos

900 hombres

En Ceilán: 3 batallones de cazadores indígenas

1.460 hombres

8.610 hombres

Finalmente, en la India, el ejército indígena: 151 batallones con un total de unos 110.000 hombres. Estas tropas, con pocas excepciones, están mandadas por oficiales británicos y, en toda su organización, son muy parecidas a la línea inglesa. Solo el ejército indio conserva aún varias particularidades de la época de la Compañía de las Indias Orientales; por ejemplo, no conoce la compra de empleos, al menos no oficialmente, aunque de manera indirecta se dan allí cosas semejantes.

De la infantería inglesa se hallaban, el 5 de febrero del presente año, en la India 58 batallones, en China 3, en Mauricio (Isle-de-France) 2, en el Cabo 4, en Canadá y las demás posesiones norteamericanas 12, en Bermudas 1, en las Indias Occidentales 2, en Nueva Zelanda (a causa de la guerra con los indígenas) 10, en Gibraltar 5, en las Islas Jónicas 4, en Malta 5, en Inglaterra y de camino de regreso 42. De estos últimos, 6 en Londres, 9 en el campamento de Aldershot, 10 en Portsmouth, Plymouth y Dover, 1 en Jersey, 2 en el interior de Inglaterra, 2 en Escocia, 10 en Irlanda, 2 de regreso. Aquí se ve el poderoso auxilio que la flota presta al ejército; sin su protección y los rápidos medios de transporte que ella proporciona, estas reducidas guarniciones estarían muy lejos de ser suficientes. Pero donde la flota solo puede ofrecer poca protección, como en la India y en Canadá, encontramos fuertes dotaciones, y lo mismo en las posiciones estratégicas del Mediterráneo, donde hay que estar preparado para combates con tropas europeas.

Antes era regla no enviar a las guardias fuera del país salvo en caso de guerra; sin embargo, ahora se hallan dos batallones en Canadá.

La fuerza total de la infantería activa asciende actualmente a 133.500 hombres; es decir, un promedio de 884 hombres por batallón, divididos en 10 compañías, cada una con un capitán, un teniente y un alférez (*ensign*, lo mismo que nuestro subteniente). Además, cada batallón, a excepción de las guardias, tiene aún dos compañías de depósito para la instrucción de los reclutas; de 6 a 8 de estos depósitos se reúnen en un batallón de depósito, de los cuales hay 23, con una fuerza total de unos 18.000 hombres. Estos depósitos se hallan todos en el país, la mayoría en la costa o cerca de ella. La fuerza total de la infantería inglesa es, pues, de algo más de 150.000 hombres.

II

Los oficiales se reclutan entre todas las clases cultivadas de la nación. No se exige gran formación teórica escolar a los aspirantes; los exámenes prescritos plantean exigencias de las que se sonreiría un portaestandarte prusiano. Se procura, sin embargo, cada vez más, incorporar al ejército a jóvenes de la escuela militar de Sandhurst, en particular asignando los puestos de alférez *sin compra* a aquellos que aprueban con las mejores calificaciones. Se exigen pocos conocimientos de idiomas, y al aspirante se le deja una gran libertad de elección entre varias lenguas europeas e indias; las exigencias matemáticas son sumamente bajas; en cambio, se presta mucha más atención que entre nosotros a la expresión correcta, clara y sencilla en composiciones inglesas de carácter práctico, donde casi cada ejército alemán escribe su propio alemán particular, y no siempre el alemán del sano sentido común. El que no se inquiera por las opiniones políticas se comprende de suyo en un país donde los dos partidos principales están casi igualmente representados en la aristocracia; la mayor familia de soldados de Inglaterra, los Napier, estaba y está compuesta casi enteramente por radicales. En general, se atiende más al carácter viril que a los conocimientos, y dado que el oficial inglés puede contar con toda seguridad con ser enviado a todos los confines del mundo y conducido pronto al fuego, cabe bien imaginar que el ejército inglés no se convierte, en la medida de algunos otros, en un establecimiento de beneficencia para personas a las que faltan casi todas las cualidades corporales y morales propias del soldado. Ahora bien, esto último es también la principal garantía de un buen cuerpo de oficiales; pues, a pesar de todas las bellas reglas arriba expuestas, en ninguna parte existe más nepotismo y favoritismo de familia que en el ejército inglés. Sin relaciones influyentes nadie entra en el cuerpo de oficiales, y sin dinero nadie asciende, a no ser que tenga la suerte de que su superior inmediato sea abatido en combate. Ciertamente, también aquí hay excepciones honrosas; un tal hijo de zapatero de Glasgow murió el año pasado como mariscal de campo Lord Clyde, después de haber reconquistado la India perdida; pero el pobre Colin Campbell, a cambio de ello, había tenido que participar ya en la campaña contra Buenos Aires en 1807 como oficial, y en 1854, cuando partió para Crimea, no era aún más que coronel. Y sin un pariente lejano que mandaba un regimiento, jamás habría llegado a oficial.

Los oficiales ingleses forman, particularmente en la metrópoli, un cuerpo muy exclusivo. Tienen incluso, como en Prusia, un dialecto propio, o más bien un acento, y apenas tratan con los ciudadanos de sus ciudades de guarnición. Contribuye a este aislamiento el hecho de que los oficiales solteros viven en el cuartel (es decir, en un edificio anexo separado dentro del patio del cuartel) y han de participar en la mesa común de oficiales. En un país donde el ejército, en todos los asuntos penales que no son de naturaleza estrictamente militar, está sometido a la jurisdicción civil, esta convivencia en el cuartel es una necesidad. Los oficiales jóvenes son severamente castigados por toda clase de locuras que cometan fuera, en la ciudad, y que pudieran llevarlos a choques con las autoridades civiles; en cambio, en el interior del cuartel reina una libertad bastante grande. Visitas femeninas de toda clase entran y salen, se bebe y se juega de firme, y los jóvenes señores se gastan entre sí las bromas más pesadas. Si algún gazmoño se extravía entre ellos, tanto peor para él. Hace algunos años, estas *practical jokes* |bromas pesadas| llevadas en algunos regimientos hasta el exceso dieron lugar a escandalosos procesos de guerra, y desde entonces se han dictado severas disposiciones contra ellas; pero en la realidad, tales bromas son por lo general muy bien vistas; solo que hay que evitar el escándalo público. Para la mesa de oficiales, el gobierno contribuye con 25 libras esterlinas por compañía y año; se pretende que se mantenga decente, pero frugal, y que nunca ponga a los oficiales sin recursos en el caso de efectuar gastos superiores a sus posibilidades. No obstante, hay sobrada ocasión para gastar dinero, y los usureros judíos, con letras de cambio y pagarés, empujan aquí a la desgracia a tantos jóvenes oficiales como en cualquier otro lugar.

Este modo de vida imprime su sello al porte exterior del oficial inglés. Frente al civil —aunque fuera de servicio viste casi siempre de paisano— es por lo general distinguidamente reservado; un carácter arrogante y provocador frente a los civiles se da como excepción en ciudades de guarnición como Portsmouth o en las escuelas de tiro, donde hay muchos oficiales reunidos y ellos marcan la pauta. En general, el oficial ha de demostrar que es «un oficial y un caballero»; puede en cualquier momento ser sometido a un consejo de guerra, ser licenciado e incluso degradado «por una conducta impropia de un oficial y caballero», y esto ocurre sin piedad alguna en cuanto un oficial, con su comportamiento público, ha provocado un escándalo, a menos que dimita voluntariamente antes. Ocultar historias públicas de escándalo, como las que, a nuestro conocimiento, han ocurrido en Alemania, no es posible en Inglaterra, y el espíritu del ejército solo puede ganar con ello.

El derecho de los oficiales a vestir de paisano fuera de servicio, por extraño que nos resulte a los alemanes, tiene sus lados muy buenos, y que de ningún modo influye desfavorablemente sobre el espíritu militar de los oficiales lo demuestra ampliamente Inglaterra. Por lo demás, hay que señalar que en las principales plazas de guarnición, como Chatham, Portsmouth, etc., donde hay mucho servicio, los oficiales aparecen también más raramente de paisano. El duelo ha desaparecido por completo del ejército inglés. El último duelo entre dos oficiales tuvo lugar hace veinte años entre dos cuñados, un comandante y un teniente; el comandante cayó,

...el teniente fue absuelto por los jurados debido a la provocación inaudita que la había precedido. Las concepciones del honor que se han impuesto en el cuerpo de oficiales inglés —y nadie con más celo que el propio Wellington— se basan en la idea fundamental de que quien ofende a otro sin motivo se deshonra a sí mismo, no al ofendido; y que sólo puede restablecer su honor reparando su agravio en la medida de sus posibilidades. Quien, pues, insulta primero a un camarada incurre en la acusación de un comportamiento indigno de un caballero (gentleman), si no repara su agravio o si el insulto es de tal naturaleza que no puede ser reparado; un consejo de guerra pone pronto las cosas en orden. Esta manera de ver las cosas podrá parecer bastante chocante en ciertos círculos, particularmente en el ejército prusiano, pero tiene ciertamente más de su lado al sano entendimiento común que el duelo de honor |Ehrenduell| fantásticamente exagerado de ciertas gentes. Que el sentimiento militar del honor puede subsistir muy bien con ello lo demuestran los propios oficiales ingleses, que no tienen por qué temer comparación alguna a este respecto.

El ascenso (avancement) se efectúa en el regimiento por rigurosa antigüedad, combinada con la compra de patentes, y ello del modo siguiente: En cuanto se produce una vacante, el oficial más antiguo del grado siguiente tiene la opción de comprarla o no; si la rechaza, lo que sólo ocurre por falta de medios económicos, le llega el turno al segundo más antiguo, etc. Esta compra de patentes es sin duda una de las peores instituciones del ejército inglés, un punto con el que los soldados extranjeros jamás se reconciliarán. La cosa sigue siendo absurda y reprobable, aun cuando se acepten todos los atenuantes que los ingleses aducen en su defensa: que gracias a ello los oficiales más jóvenes ascienden más rápido a puestos superiores, que es una institución tradicional difícil de abolir, etc. Es y seguirá siendo una vergüenza para el ejército inglés el no haber podido superar este sistema, y perjudica en sumo grado de manera incondicional al espíritu del cuerpo de oficiales el que oficiales capaces hayan de estancarse en los grados inferiores sólo porque únicamente cuentan con su paga, pero no con capital.

El precio de una patente de alférez (es decir, de subteniente) es en la infantería de línea de 450 libras esterlinas (3.000 táleros); si el alférez quiere ascender a teniente, ha de pagar otras 250 libras (1.700 táleros); por la patente de capitán, otras 1.100 libras (7.030 táleros); por la patente de mayor, otras 1.400 libras (9.030 táleros); por la patente de teniente coronel, aún 1.300 libras (8.700 táleros). Esta patente vale, pues, summa summarum, 4.540 libras esterlinas o más de 30.000 táleros, que el poseedor recupera de su sucesor tan pronto como asciende a coronel. En la Guardia y en la caballería los precios son todavía mucho más altos; en la artillería y en los ingenieros no tiene lugar la compra de patentes. Si el oficial muere, todo el capital invertido se pierde, y el siguiente en antigüedad asciende al puesto sin compra. A partir de coronel ya no hay compra; todo teniente coronel que haya estado 3 años en servicio activo como tal se convierte de derecho en coronel. Está prohibido, bajo pena de casación, pagar por un puesto de oficial más del precio establecido, pero esto se hace por doquier.

Dado que, por lo demás, los requisitos para el examen de alférez no incluyen conocimiento militar alguno, antes del ascenso a teniente y a capitán tiene lugar aún un examen especial que se limita al servicio práctico, los reglamentos del servicio, la legislación militar y el ejercicio. No se exigen conocimientos teóricos de táctica.

Los oficiales de la Guardia tienen rango superior; el alférez, el de teniente; el teniente, el de capitán; el capitán, el de teniente coronel. Esto causa mucho enojo en la línea.

El ascenso de suboficiales a oficiales sólo ocurre en casos excepcionales. En cada batallón el principal trabajo de rutina recae sobre tres oficiales: el ayudante, el cuartelero y el pagador. Para estos puestos se toma, por tanto, con frecuencia a viejos suboficiales de confianza, que luego jamás ascienden más allá del rango de teniente que se les otorga gratuitamente. Por lo demás, el ascenso a oficial sólo tiene lugar en raros casos por distinción especial ante el enemigo. El carácter del ejército inglés de recluta, que conlleva una muy fuerte mezcla de elementos bajos y toscos, el tono que de ello resulta entre la tropa y el tipo de disciplina que en consecuencia se hace necesario, exigen que los oficiales pertenezcan de antemano a una clase social más elevada que los soldados. La distancia entre oficial y soldado es por ello mayor en Inglaterra que en cualquier otra parte. De ahí que el ascenso desde abajo sea aquí muy difícil, y mientras duren por un lado la compra de patentes y por otro el sistema de recluta, seguirá siendo siempre una rara excepción. El que jóvenes instruidos ingresen en el ejército como voluntarios para servir con miras al ascenso, como tan frecuentemente ocurre en Prusia y en Francia, no puede darse en Inglaterra; el carácter de la tropa es precisamente de tal naturaleza que universalmente se creería que el joven ha empuñado el oficio de soldado por motivos muy distintos, que prefiere callar. Es, pues, del todo comprensible que el cuerpo de oficiales inglés se componga casi exclusivamente de personas educadas como caballeros (gentlemen), y que la masa de los soldados tenga más respeto por oficiales que ya de antemano son sus "superiores naturales", como se dice en Inglaterra.

En consonancia con ello, también el tono que impera entre oficiales y soldados es frío y profesional. Las dos clases están vinculadas entre sí únicamente por la relación de mando y obediencia. No se dan familiaridades ni bromas, como tampoco arrebatos de pasión. Elogios y reprimendas rara vez son dirigidos directamente por los oficiales a los soldados, y entonces siempre con la misma voz tranquila y profesional. Esto se refiere, naturalmente, sólo a la relación de servicio durante el ejercicio, etc.; en privado los oficiales ingleses sí saben maldecir [...], de lo que sus asistentes podrían contar bastante.

Una institución del todo peculiar del ejército inglés es aquella según la cual un oficial puede tener dos rangos: uno inferior en su regimiento y otro superior en el ejército. Este segundo rango, cuando se confiere de modo permanente e incondicional, se llama rango de Brevet. Así, un capitán puede ser Brevet-Mayor o Brevet-Teniente Coronel en el ejército; incluso ha ocurrido (especialmente con comandantes de tropas irregulares indias) que en su regimiento sólo eran tenientes, pero en el ejército eran mayores. Un tal capitán y Brevet-Mayor hace servicio de capitán en su regimiento, pero cuenta como oficial de estado mayor para el servicio en la guarnición o en el campamento. Este rango superior también puede otorgarse sólo por cierto tiempo o para cierta colonia o teatro de guerra. Así, en los últimos 10 años, muchos coroneles fueron nombrados por la duración de la guerra de Crimea, o también por la duración de su estancia en el Levante, "Brigadieres-Generales" o también "Mayores-Generales", y lo mismo en la India. Este sistema es un medio para, a pesar de la antigüedad, poner a determinadas personas favorecidas o particularmente capaces en puestos superiores; pero tiene, como salta a la vista, muchas desventajas y confusión por consecuencia. Los ingleses en Crimea nunca pudieron hacer comprensible a los franceses que un hombre pudiera ser al mismo tiempo capitán y mayor. En el ascenso rige la regla de que nadie puede llegar a ser capitán que no haya cumplido su servicio completo por al menos dos años como alférez y teniente; nadie, mayor, que no haya sido oficial por seis años.

La formación militar de los oficiales que no provienen de la escuela de Sandhurst se efectúa en la escuela de pelotón y de compañía, exactamente como la de los soldados; sólo después de un examen ante el comandante del batallón son eximidos del ejercicio y admitidos al servicio como oficiales. Todos los oficiales subalternos de un batallón son reunidos una vez al año, antes de que empiece el curso de ejercicios de primavera del batallón, bajo el mando de un oficial de estado mayor en una sección, y deben en esta formación, con el fusil en la mano, ejecutar por completo la escuela de soldado, de pelotón y de compañía. Pero es de suponer que esto se haga en la mayoría de los casos de manera muy superficial.

III

Los suboficiales y soldados son completados, como es sabido, mediante recluta, y ello exclusivamente en Gran Bretaña e Irlanda. Sólo el 100.º regimiento recluta en el Canadá. El servicio de recluta está bajo el mando del Ayudante General del ejército y se opera de dos maneras: Primero, los diferentes regimientos y batallones depósito pueden reclutar en sus propias guarniciones. Segundo, independientemente de ello, existe un servicio de recluta organizado por todo el país, para cuyo fin está dividido en nueve distritos de recluta (4 en Inglaterra, 2 en Escocia, 3 en Irlanda). Cada distrito está bajo un oficial de estado mayor inspector (generalmente Brevet-Coronel) y, en caso necesario, se divide en círculos menores bajo tenientes o capitanes. — En total se emplean para este servicio: 8 oficiales de estado mayor, 9 ayudantes, 9 pagadores, 9 médicos, 11 oficiales subalternos reclutadores (a media paga), 8 sargentos primeros, 48 sargentos y un número apropiado de soldados. Además, la Guardia recluta todavía exclusivamente para su propia compleción. Cada recluta tiene el derecho de elegir el cuerpo en el que quiere ingresar. Como piadoso deseo se expresa que cada cuerpo se complete en lo posible en el condado cuyo nombre lleva. Los extranjeros sólo deben ser aceptados con permiso especial, razón por la cual frecuentemente se los hace pasar por "escoceses".

En tiempos de guerra, la milicia ha de servir principalmente como plantel para la línea; por un número de hombres, que se ha de fijar cada vez, de los que pasan de la milicia a la línea, un oficial del respectivo regimiento de milicia recibe una patente en la línea. Durante la rebelión india de 1857 se llegó incluso al extremo de dar la patente de teniente coronel a todo oficial de estado mayor, ya fuera del momento o anterior, que reuniese 1.000 reclutas.

Cada recluta o reenganchado recibe gratis su completo equipo y una prima de enganche que varía según la necesidad de reclutas, pero que jamás es inferior a 1 libra y muy rara vez superior a 10 libras esterlinas (67 táleros). También varía con frecuencia para los diferentes cuerpos de tropa; por las tropas de ingenieros es donde más se paga, pues aquí sólo son utilizables las mejores gentes. La prima de enganche se paga en parte en el momento de la certificación, pero en su mayor parte sólo al ingresar en el regimiento y tras la aceptación del recluta por su jefe. Esta certificación consiste en que el recluta es conducido ante el juez de policía no antes de 24 horas después del enganche, y allí declara bajo juramento que ha ingresado voluntariamente y que a su ingreso en el ejército no se opone ningún impedimento legal.

Para la caballería, los conductores de artillería, las tropas de ingenieros, el tren y para la infantería destacada en la India, China, Australia y Santa Elena se aceptan reclutas de 18 a 25 años; para el resto de la artillería e infantería, de 17 a 25 años. La estatura queda determinada como sigue:

Caballería;

Coraceros de la Guardia: de 5'10'' a 6'.

Regimientos de dragones pesados: de 5'8'' a 5'11''.

Dragones medios y ulanos: de 5'7'' a 5'9''.

Húsares: de 5'6'' a 5'8''.

Artillería;

Artilleros: mínimo 5'7'', si es menor de 18 años, 5'6''.

Conductores: de 5'4'' a 5'6''.

Artesanos: mínimo 5'6''.

Infantería;

Mínimo Guardia: 5'8 ¹/₂'', línea 5'6''.

' = pies, '' = pulgadas.

No obstante, este mínimo es muy variable; cualquier peligro grave de guerra obliga inmediatamente al gobierno a reducirlo, e incluso la circunstancia de que, al acortarse el tiempo de servicio de 12 a 10 años, en el próximo período queden libres muchísimos soldados, fue suficiente para que el gobierno, hace pocas semanas, redujera el mínimo para la infantería a 5' 3". En general, también aquí, como en otras partes, se va rebajando cada vez más la talla, aunque, como es comprensible, en un ejército de reclutamiento voluntario siempre es posible procurarse soldados de estatura media superior que en el caso del servicio militar obligatorio o de la conscripción. Que ello ocurre también en Inglaterra se ve por las cifras anteriores, las cuales se reducen fácilmente a la medida renana, restando a las de 5' a 5' 6" 2 1/4 pulgadas, y a las de 5' 7" a 6' 2 1/2 pulgadas, lo cual es suficientemente exacto.

Además de la talla, se determina también el mínimo del perímetro torácico, que es de 33 pulgadas para las tallas de 5' 6" a 5' 8"; de 34 pulgadas para las de 5' 8" a 5' 10"; y de 35 pulgadas para las superiores a 5' 10". Los artilleros conductores, soldados del tren y tiradores deben tener, en cualquier caso, 34 pulgadas de perímetro torácico. No obstante, los artilleros conductores son aceptados aun cuando no cumplan plenamente estas condiciones, si están acostumbrados a tratar con caballos.

Para tambores y cornetas se reclutan muchachos de por lo menos 14 años, con el consentimiento de sus padres. No reciben prima de enganche.

El tiempo de servicio es de 10 años para la infantería, de 12 para caballería, artillería, ingenieros y tren; transcurrido aquél, el que sale, si es considerado aún apto, puede capitular por otros 11 años en la infantería y por 9 en las demás armas. Al término de esta segunda capitulación, puede continuar sirviendo con preaviso de tres meses. Si al expirar el tiempo de servicio el cuerpo se halla en el extranjero, el oficial que manda la estación tiene el derecho de prolongarlo hasta dos años.

Todo soldado de buena conducta obtiene por regla general el permiso para comprar su licencia. La suma de rescate se determina según el tiempo de servicio ya cumplido y el que aún falta por cumplir, según la conducta, etc., y asciende, como máximo, en la caballería, a 30 libras esterlinas, en la infantería a 20 libras, y para los soldados de color de los cuerpos coloniales, a 12 libras.

Tras 21 años de servicio, todo soldado tiene derecho a pensión. El importe de la pensión se regula según el tiempo de servicio, la conducta y los padecimientos corporales adquiridos durante el servicio; para soldados y suboficiales, asciende como mínimo a 8 peniques (6 Sgr. 8 Pf.) y como máximo a 3 chelines 6 peniques (1 Tlr. 5 Sgr.) diarios. En ciertas circunstancias se concede también pensión por un tiempo de servicio más corto.

Los sargentos reclutadores, con los soldados a ellos asignados, se detienen por lo común en los barrios peores de las grandes ciudades y frecuentan sobre todo las tabernas. A menudo desfilan también, con cintas en la gorra, acompañados de algunos tambores y pífanos, en procesión por las calles, congregando así a una multitud entre la cual intentan pescar. Si entre ella se encuentra la presa buscada, se la atrae lo antes posible a la taberna, donde se despliegan todas las artes para hacerle aceptar el chelín simbólico que sella el contrato. Una vez que el nuevo candidato a la gloria ha aceptado este chelín, puede librarse de nuevo, mediante el pago de un «smart-money» (dinero del dolor) de una libra esterlina, ante el juez de policía. La ley prescribe, ciertamente, que el héroe en ciernes debe declarar ante este juez, transcurridas por lo menos 24 horas después del enganche, que se alista voluntariamente y que persiste en su decisión. La ley supone aquí, con toda razón, que el reclutado no suele estar sobrio cuando acepta el chelín, y trata así de darle la oportunidad de volver a estarlo primero. Pero mal sargento reclutador sería el que dejara escapar tan fácilmente su presa. Él y su gente no pierden de vista al recluta, y antes de que comparezca ante el juez, el aguardiente y la cerveza ya han vuelto a producir su efecto suficientemente. Lo mejor del caso es que una gran parte de la cuenta la paga, por lo común, el propio recluta, a quien el sargento le adelanta generosamente a cuenta de la prima de enganche. En estas circunstancias, resulta ingenuo, pero acertado, que se prescriba expresamente: Para el servicio de reclutamiento se emplearán únicamente soldados solteros y tambores, y sólo en caso de extrema necesidad, sargentos casados, pero en todo caso únicamente gente sana y robusta. Quien no sabe beber bien, no sirve para este servicio.

Uno se siente literalmente transportado al siglo XVIII al ver este reclutamiento. Pese a las formalidades protectoras con que la ley ha limitado esta práctica, es un hecho que, con mucho, la mayor parte del «ejército inglés compuesto enteramente de voluntarios» cae en este instituto muy involuntariamente; si, por término medio, ello redunda en su propio beneficio final, es otra cuestión.

Qué elementos de la nación entran de este modo en el ejército es bastante evidente. El ejército sigue siendo en gran medida, como nuestros antiguos ejércitos de enganche, un refugium peccatorum [refugio de pecadores], donde se congrega la mayor y mejor parte de todos los elementos aventureros del pueblo para ser domeñados aquí mediante un agudo curso de instrucción y una disciplina muy severa. Por eso el ejército inglés, en lo que respecta a su carácter moral e intelectual, se halla muy por debajo de todos aquellos que se forman mediante la conscripción (incluso con sustitución) o incluso mediante el servicio militar obligatorio sin sustitución. Sólo la Legión Extranjera francesa y los demás cuerpos franceses formados principalmente por sustitutos, como los zuavos, pueden ponerse en línea similar con él; si bien no se puede negar que el ejército francés en su conjunto, por el creciente favor dispensado a los soldados de profesión en filas y en los rangos, se aproxima cada vez más al carácter del inglés. Pero incluso el remplaçant francés, por su formación social y exterior, está muy por encima de los rudos y salvajes mozos sacados de la escoria de las grandes ciudades, que dan el tono en los cuarteles ingleses. En el ejército francés, un joven instruido puede ingresar como voluntario para servir con miras al ascenso, sin que el período de prueba como soldado raso le parezca demasiado insoportable; en Inglaterra, tendría que estar loco quien diera ese paso. Tan orgulloso como el inglés está de su ejército en su conjunto, tan despreciado sigue siendo el soldado raso individual; incluso en las capas inferiores del pueblo, sigue considerándose todavía en cierto modo deshonroso dejarse reclutar o tener a un soldado como pariente. Por lo demás, el carácter de los reclutados ha mejorado innegablemente mucho en los últimos diez años. Se procura obtener la mayor información posible sobre los antecedentes de los reclutas y mantener alejados a los sujetos decididamente malos. Los fuertes reclutamientos que hicieron necesarios la Guerra de Crimea y la rebelión de la India agotaron pronto la clase degradada de la que, por lo general, se había nutrido el ejército durante el largo período de paz. No sólo hubo que rebajar la talla (una vez hasta 5' 3" para la infantería), sino también hacer más atractiva la vida del soldado y tratar de elevar el tono en los cuarteles, a fin de poder atraer al ámbito del reclutamiento a la clase obrera más sólida. A ello se añadió la falta de sujetos aptos para los muchos nuevos puestos de suboficial (en la Guerra de Crimea, los batallones fueron puestos casi al doble de efectivos). Se comprendió también que una conducción de la guerra como la de Wellington en España, con el saqueo obligado de todas las fortalezas tomadas por asalto, ya no era oportuna en la Europa de entonces. La prensa tomó partido por los soldados, y pronto se puso de moda entre los oficiales superiores extender la filantropía a las tropas. Se esforzaron por hacer más agradable la vida del soldado, procurarles para las horas de ocio los medios de distracción y de ocupación autónoma en el cuartel o en el campamento, y mantenerlos alejados de las tabernas. Así surgieron, sobre todo en los últimos siete años, en su mayor parte por suscripción privada, bibliotecas, salas de lectura, salas de reunión con toda clase de juegos, clubs de soldados, etc. En los campamentos se asignó a los soldados, siempre que fue posible, según el modelo francés, un pequeño terreno de huerto, se hicieron ensayos con representaciones teatrales y lecturas, y de vez en cuando se organizaron exposiciones de variados pequeños productos artísticos fabricados por ellos, etc. Todas estas cosas están aún en su infancia, pero se van generalizando cada vez más. Son, además, absolutamente necesarias. Los reclutas alistados durante las campañas de Crimea y de la India se hallaban, sin duda, en un nivel muy superior al de los anteriores, pues ambas guerras gozaron de gran popularidad entre las masas. Han mejorado mucho el tono en el ejército. El contacto con los soldados franceses en Crimea también hizo lo suyo. De lo que se trata ahora es de conservar este espíritu, a fin de que también durante un período de paz más largo se obtengan reclutas semejantes y mejores y no se vuelva a depender exclusivamente de los elementos vagabundos de la población, que en tiempo de paz son siempre los primeros en ofrecerse.

No obstante, estos últimos siguen constituyendo la mayor parte de la tropa, y todas las instituciones están dispuestas en consecuencia. Un cuartel inglés, con sus edificios anexos y su patio, está rodeado por todos lados de altos muros que, por lo general, sólo tienen una puerta. Un edificio separado contiene las viviendas de los oficiales; uno o varios más, las de los soldados. Cuando el alojamiento de la tropa tiene ventanas a la calle, en las construcciones más recientes esta parte del edificio suele cerrarse con un foso profundo y una fuerte verja de hierro en el borde exterior del foso. En las grandes ciudades, sobre todo en los cuarteles de la milicia que contienen un arsenal (la milicia sólo se reúne 4 semanas al año), se ve toda la fachada del edificio que da a la calle con aspilleras en lugar de ventanas, y los ángulos de los flancos provistos de pequeñas torres dispuestas para el flanqueo por fusilería — prueba de que no se consideran tan imposibles las insurrecciones obreras. En esta gran prisión-cuartel pasa el soldado su vida, salvo sus horas de franquía. El acceso de los paisanos se vigila rigurosamente, y todo el edificio está desfilado en lo posible contra la vista desde el exterior, de modo que el soldado se mantenga bajo el mayor control posible y quede separado de los civiles. El trato cordial entre ciudadanos y soldados, tan general en Alemania, la facilidad de acceso al cuartel para cualquiera, faltan aquí por completo; y, para que no puedan anudarse vínculos permanentes, las guarniciones cambian, por regla general, anualmente.

Las faltas disciplinarias más comunes se dejan adivinar fácilmente por el carácter del ejército. Son la embriaguez, la ausencia sin permiso después del toque de silencio, el robo a los compañeros, las riñas, la insubordinación y las vías de hecho contra los superiores. Las faltas más leves las castiga sumariamente el comandante del batallón. Éste posee la potestad disciplinaria exclusiva; no obstante, puede delegar en los jefes de compañía una potestad sancionadora de hasta tres días de arresto de cuartel. Su propia potestad disciplinaria comprende: 1. prisión hasta de 7 días, con o sin celda de aislamiento, con o sin trabajos forzados. Los soldados a esto condenados tienen el derecho de apelar del jefe de batallón ante un consejo de guerra. 2. reclusión en celda oscura (black-hole) hasta de 48 horas. 3. arresto de cuartel hasta

un mes, durante el cual el arrestado debe prestar todo el servicio y, además, todos los trabajos extraordinarios que le asigne el comandante. Además, todo arresto de cuartel acarrea ejercicios de castigo con equipo completo por hasta 14 días. El ejercicio de castigo no deberá durar más de una hora cada vez, pero puede repetirse hasta cuatro veces al día. En los casos señalados con los números 2 y 3,
puede
el comandante autorizar la apelación ante un consejo de guerra. Los encierros solitarios u oscuros han de reservarse, en lo posible, para casos de embriaguez, riña e insolencia contra los superiores, y pueden combinarse con el arresto de cuartel, en los casos graves, de manera que el período total de arresto no exceda de un mes.

Como se ve, un jefe de batallón inglés dispone de medios suficientes para mantener el orden entre sus muchachos salvajes. Si estos medios no bastan, un consejo de guerra procura remedio, y entonces, en última instancia, al sujeto rebelde le aguarda el gato de nueve colas. Este es uno de los más bárbaros instrumentos de castigo que existen: un látigo de mango corto con nueve cuerdas largas, duras y anudadas. El reo, desnudo hasta las caderas, es atado a un armazón triangular y los golpes se aplican con la máxima fuerza. Ya el primer golpe desgarra la piel y hace brotar la sangre. Tras unos pocos golpes se cambia de látigo y de ejecutor, para que al delincuente no se le ahorre nada. El médico, naturalmente, está siempre presente. Cincuenta de esos golpes hacen siempre necesaria una cura prolongada en el hospital. Y, sin embargo, se encuentran con frecuencia hombres que soportan esos cincuenta sin un solo quejido, pues se considera mayor deshonra mostrar el dolor que recibir los golpes.

Hasta hace doce años, el gato de nueve colas se aplicaba con gran frecuencia y se permitían hasta 150 azotes. Si no me equivoco, por aquel mismo tiempo el jefe del regimiento podía también hacer aplicar sumariamente un cierto número de azotes. Luego, la cantidad se limitó a 50 azotes y la facultad de dictarlos se transfirió exclusivamente a los consejos de guerra. Por último, después de la guerra de Crimea, a instancias sobre todo del príncipe Alberto, se introdujo la división prusiana de los soldados en dos clases y se dispuso que solo los soldados que, por faltas anteriores, hubieran sido transferidos a la segunda clase y no hubiesen logrado reincorporarse a la primera mediante un año de servicio intachable, pudieran ser castigados corporalmente por una nueva falta. Esta distinción cesa, sin embargo, ante el enemigo; aquí, todo soldado raso vuelve a quedar sujeto al látigo. En 1862 fueron castigados corporalmente en el ejército 126 hombres, de los cuales 114 recibieron el máximo legal de 50 azotes.

En general se observa que tanto la necesidad como las ganas de aplicar el látigo han disminuido mucho y, como las mismas causas siguen actuando en el ejército, cabe suponer que seguirá siendo así y que el gato de nueve colas será considerado cada vez más como un medio excepcional y extremo de intimidación, que se mantiene en reserva para casos graves frente al enemigo. Se ha visto precisamente que la apelación al sentimiento del honor de los soldados ayuda más que las penas degradantes, y en todo el ejército inglés reina una sola voz: un soldado azotado no vuelve a valer nada. A pesar de ello, en Inglaterra no se llegará tan pronto a la abolición completa del gato de nueve colas. Todos sabemos cuán fuertes han sido, y en parte aún siguen siendo, los prejuicios en favor de las penas corporales, incluso en ejércitos compuestos por elementos sociales mucho mejores que el inglés; y en un ejército de reclutamiento mercenario, semejante instrumento de terror extremo encuentra todavía su mejor excusa. En esto los ingleses tienen ciertamente razón: si ha de haber castigo corporal, que se aplique solo como medio extremo, pero entonces también con toda seriedad. La eterna tunda a golpes de vara administrada con suavidad, como aún se practica en algunos ejércitos, y por desgracia también en los alemanes, y que solo puede servir para debilitar el temor a esta pena... [Aquí se interrumpe el manuscrito.]