*Der Social-Demokrat.*
Núm. 18, 5 de febrero de 1865

Al alba temprano, cuando se hizo de día,
Herr Tidmann se vistió delante del lecho,
Y se puso su camisa, tan hermosa.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Se puso su camisa, tan hermosa,
Su casaca de seda era espléndida y verde,
Y se calzó las botas de piel de macho cabrío.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Se calzó las botas de piel de macho cabrío,
Se abrochó las espuelas doradas,
Y así se encaminó al thing de Süderharde.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Y así se encaminó al thing de Süderharde,
A cada noble exigió el tributo;
Siete fanegas de centeno por cada arado de hombre.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Siete fanegas de centeno por cada arado de hombre,
Y el cuarto cerdo del bosque de engorde...
Entonces se levantó el hombre viejo.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Entonces se levantó el hombre viejo:
«Ninguno de nosotros puede darlo;
Y antes que pagar el tributo...»
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

«Y antes que pagar el tributo,
Que todo hombre se quede aquí, en el thing;
¡Vosotros, campesinos de Süderharde, juntaos en corro!»
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

«Vosotros, campesinos de Süderharde, juntaos en corro,
¡Herr Tidmann no debe salir vivo del thing!»
El primer golpe lo asestó el hombre viejo.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

El primer golpe lo asestó el hombre viejo,
Derribó a Herr Tidmann por tierra.
Ahí yace Herr Tidmann, la sangre le mana.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Ahí yace Herr Tidmann, la sangre le mana,
Pero libre anda el arado en la negra tierra,
Libres andan los cerdos en el bosque de engorde.
Eso lo alaban todas las gentes del Sur.

Esta pieza de la guerra campesina medieval se desarrolla en el Süderharde (un *Harde* es un distrito judicial), al norte de Aarhus, en Jutlandia. En el *Thing*, la asamblea judicial del distrito, se despachaban, además de los asuntos judiciales, los de impuestos y administración; y la canción muestra tanto la manera en que, con el surgimiento de la nobleza, ésta se enfrentó a los *edelinge* —es decir, a los campesinos libres— como el modo en que los campesinos supieron poner coto a la arrogancia nobiliaria. En un país como Alemania, donde la clase poseedora contiene tantos elementos de la nobleza feudal como de la burguesía, y donde el proletariado está compuesto por tantos o más proletarios agrícolas que obreros industriales, esta vigorosa vieja canción campesina vendrá muy al caso.

Friedrich Engels.

Karl Marx
A la redacción del «Social-Demokrat».
Proyecto de una declaración presentada conjuntamente con Friedrich Engels

I A la redacción del «Social-Demokrat».
Declaración.

En el núm. 16 de su periódico, el señor M. Hess, desde París, calumnia a los miembros franceses —completamente desconocidos para él— del Comité Central londinense de la Asociación Internacional de los Trabajadores con estas palabras: «En realidad, no se ve qué importancia tendría que se encontrasen también en la sociedad londinense algunos amigos del Palais-Royal, puesto que es una sociedad pública, etc., etc.»

En un número anterior, al elogiar el periódico «L’Association», el mismo señor M. H. insinuaba algo parecido contra los amigos parisinos del Comité londinense. Declaramos que sus insinuaciones son una calumnia grotesca.

Por lo demás, nos complace que este incidente nos confirme la convicción de que el proletariado de París sigue enfrentándose irreconciliablemente al bonapartismo en sus dos figuras: la de las Tullerías y la del Palais-Royal, y que en ningún momento ha tenido el propósito de vender su honor histórico (¿o deberíamos decir, en vez de «su honor histórico», «su primogenitura histórica como portador de la revolución»?) por un plato de lentejas. Recomendamos este ejemplo a los obreros alemanes.

Londres y Manchester.

Friedrich Engels
La cuestión militar prusiana
y el partido obrero alemán

La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán - I

El debate sobre la cuestión militar se ha sostenido hasta ahora únicamente entre el gobierno y el partido feudal, por un lado, y la burguesía liberal y radical, por el otro. Ahora que la crisis se avecina, ha llegado el momento de que también el partido obrero se pronuncie.

Para la crítica de los hechos militares de que se trata, sólo podemos partir de las circunstancias fácticas existentes. No podemos exigir al gobierno prusiano que actúe de otra manera que desde el punto de vista prusiano, mientras subsistan las actuales condiciones en Alemania y Europa. Tampoco exigimos a la oposición burguesa que parta de otro punto que no sea el de sus propios intereses burgueses.

El partido de los obreros, que en todas las cuestiones entre la reacción y la burguesía se mantiene al margen del conflicto propiamente dicho, tiene la ventaja de poder tratar tales cuestiones con toda sangre fría e imparcialidad. Sólo él puede tratarlas científicamente, históricamente, como si ya hubieran pasado, anatómicamente, como si ya fueran cadáveres.

Sobre el estado del ejército prusiano según el sistema anterior, después de las pruebas de movilización de 1850 y 1859 no puede haber dos opiniones. La monarquía absoluta estaba vinculada desde 1815 por la promesa pública de no recaudar nuevos impuestos ni suscribir empréstitos sin la autorización previa de la futura representación nacional. Era imposible quebrantar esta promesa; ningún empréstito sin tal autorización ofrecía la menor garantía de éxito. Pero los impuestos estaban organizados, en conjunto, de tal manera que, al aumentar la riqueza del país, su rendimiento no crecía en absoluto en la misma proporción. El absolutismo era pobre, muy pobre, y los gastos extraordinarios a consecuencia de las tormentas de 1830 bastaron para obligarlo a la más extrema parsimonia. De ahí la introducción del servicio militar de dos años; de ahí un sistema de ahorro en todos los ramos de la administración del ejército, que redujo el material de equipo —que debía mantenerse dispuesto para una movilización—, tanto en cantidad como en calidad, al nivel más bajo posible. A pesar de ello, Prusia debía mantener su posición como gran potencia; para ello se necesitaba, al comienzo de una guerra, un primer ejército de campaña lo más fuerte posible, y por eso se destinó a tal fin la Landwehr de primera leva. De modo que se procuró que, ante la primera amenaza de guerra, se hiciese necesaria una movilización, y que con ésta se derrumbase todo el edificio. El caso se presentó en 1850 y terminó con el más completo fiasco de Prusia.

En 1850 sólo se llegó a conocer las deficiencias materiales del sistema; todo el asunto pasó antes de que pudieran aflorar las debilidades morales. Los fondos concedidos por las cámaras se utilizaron para remediar en lo posible los defectos materiales. En lo posible; pues, en cualquier circunstancia, será imposible tener almacenado el material de modo que en 14 días los reservistas llamados a filas y, otros 14 días después, toda la primera leva de la Landwehr puedan estar equipados y listos para el combate. No debe olvidarse que el ejército de línea contaba a lo sumo con 3 promociones anuales, mientras que la reserva y la primera leva sumaban juntas 9; es decir, que por cada 3 soldados de línea listos para el combate, en 4 semanas había que equipar, por lo menos, a 7 reclutas. Luego vino la guerra italiana de 1859, y con ella una nueva movilización general. También entonces surgieron abundantes deficiencias materiales, pero éstas quedaron muy por detrás de las debilidades morales del sistema, que sólo ahora, con la mayor duración del estado de movilización, se pusieron al descubierto. La Landwehr había sido descuidada, esto es innegable; los cuadros de sus batallones en gran parte no existían y tuvieron que crearse; entre los oficiales que había, muchos no eran aptos para el servicio de campaña. Pero aunque todo esto hubiera sido de otro modo, seguía existiendo el hecho de que los oficiales no podían ser para sus soldados sino completamente extraños, extraños sobre todo en lo tocante a su capacidad militar, y de que esta capacidad militar era en la mayoría demasiado escasa como para que pudieran enviarse batallones con tales oficiales con confianza frente a tropas probadas. Si los oficiales de la Landwehr se batieron muy bien en la guerra danesa, no debe olvidarse que hay una gran diferencia entre que un batallón tenga un tercio de oficiales de línea y dos tercios de oficiales de la Landwehr, o al revés. A esto se sumó un punto decisivo. De inmediato se puso de manifiesto lo que se hubiera podido saber de antemano: que con la Landwehr se puede combatir, en particular para la defensa del propio país, pero bajo ninguna circunstancia se puede maniobrar a la ofensiva. La Landwehr es una institución hasta tal punto defensiva, que con ella una ofensiva sólo es posible a raíz de una invasión rechazada, como en 1814 y 1815. Una leva compuesta en su mayoría por hombres casados de 26 a 32 años no puede permanecer meses enteros en las fronteras, ociosa, mientras a diario llegan cartas de casa diciendo que la mujer y los niños padecen hambre; pues también los subsidios para las familias de los llamados a filas resultaron ser insuficientes hasta un grado inimaginable. A ello se añadía que los hombres no sabían contra quién debían batirse, si contra franceses o austríacos —y ninguno de los dos había causado entonces ningún perjuicio a Prusia—. ¡Y con tropas así, desmoralizadas por una inactividad de meses, se pretendía atacar a ejércitos firmemente organizados y fogueados en la guerra!

Que era necesario un cambio, está claro. Prusia, dadas las condiciones existentes, debía tener una organización más sólida del primer ejército de campaña. ¿Cómo se ha llevado a cabo?

Se dejó subsistir provisionalmente los 36 regimientos de infantería de Landwehr llamados a filas y se los fue transformando paulatinamente en nuevos regimientos de línea. Poco a poco se fueron aumentando también la caballería y la artillería, hasta que correspondieron a este mayor contingente de infantería, y finalmente se separó la artillería de fortaleza de la de campaña, lo que constituía en todo caso una mejora, sobre todo para Prusia. En una palabra: la infantería se duplicó, la caballería y la artillería se aumentaron aproximadamente en la mitad. Para mantener este incremento de los efectivos del ejército, se propuso prolongar el servicio en la línea de 5 a 7 años —3 años bajo banderas (en la infantería), 4 en la reserva—, reducir en cambio la obligación del segundo llamamiento de la Landwehr en 4 años y, finalmente, elevar el reclutamiento anual de la cifra anterior de 40.000 a 63.000. La Landwehr, entre tanto, fue completamente descuidada.

El aumento de batallones, escuadrones y baterías que con ello quedó establecido correspondía casi exactamente al aumento de la población de Prusia, de 10 millones en 1815 a 18 millones en 1861; dado que la riqueza de Prusia había crecido en ese intervalo más rápidamente que su población, y que las demás grandes potencias europeas han reforzado sus ejércitos desde 1815 en medida mucho mayor, tal aumento de los cuadros no era excesivo. Con ello, la propuesta de todas las cargas del servicio obligatorio agravaba sólo la de las clases más jóvenes —la obligación en la reserva—, mientras que aligeraba, en doble proporción, la obligación de la Landwehr en las clases de más edad; y de hecho suprimía casi por completo la segunda leva, al pasar la primera leva a ocupar más o menos la posición que antes correspondía a la segunda.

En contra del proyecto cabía objetar:

El servicio militar obligatorio general —de paso, la única institución democrática que existe en Prusia, aunque sólo sea sobre el papel— representa un progreso tan enorme frente a todas las instituciones militares anteriores que, una vez que ha existido, aunque sólo sea en una realización imperfecta, no puede ser abolido de nuevo de forma duradera. Sólo existen dos bases claramente definidas para nuestros ejércitos actuales: o bien el reclutamiento voluntario —y éste es anticuado y sólo es posible en casos excepcionales como Inglaterra— o bien el servicio militar obligatorio general. Todas las conscripciones y sorteos no son más que formas muy imperfectas de este último. La idea fundamental de la ley prusiana de 1814: que todo ciudadano del Estado que sea corporalmente apto para ello está también obligado, durante los años en que pueda portar armas, a empuñarlas personalmente para la defensa del país —esta idea fundamental está muy por encima del principio de la compra de sustituto de todos los países de conscripción, y después de cincuenta años de vigencia, seguramente no va a ser sacrificada a los anhelos de la burguesía por la introducción del «comercio de carne humana», como dicen los franceses.

Pero una vez que la constitución militar prusiana se funda en el deber general de servir, sin sustitución, sólo puede ser desarrollada de manera benéfica y conforme a su propio espíritu llevando cada vez más a la práctica su principio fundamental. Veamos cómo andan las cosas.

En 1815, sobre 10 millones de habitantes, 40.000 reclutados; representa un 4 por mil. En 1861, sobre 18 millones, 63.000 reclutados; representa un 3½ por mil. Es decir, un retroceso, aunque sea un progreso comparado con el estado de cosas hasta 1859, en que sólo se reclutaba un 2 por mil. Sólo para volver al porcentaje de 1815, habría que reclutar 72.000 hombres. (Veremos que, ciertamente, todos los años entra aproximadamente esa cifra o más en el ejército.) Pero ¿es que la potencia guerrera del pueblo prusiano está agotada con un reclutamiento anual del 4 por mil de la población?

El Darmstädter Allgemeine Militärzeitung ha demostrado reiteradamente, a partir de las estadísticas de los Estados medios alemanes, que en Alemania, exactamente la mitad de los jóvenes que se presentan al reclutamiento son aptos para el servicio. Ahora bien, el número de los jóvenes que se presentaron para el reclutamiento en el año 1861 ascendía, según la Zeitschrift des Preuß. statistischen Bureaus (marzo de 1864), a 227.005. Esto daría anualmente 113.500 reclutas aptos para el servicio. Si de ellos descontamos 6.500 como indispensables o ineptos por razones morales, quedan todavía 107.000. ¿Por qué, de éstos, sólo sirven 63.000 o, a lo sumo, entre 72 y 75.000 hombres?

El ministro de la Guerra, von Roon, comunicó en la sesión de 1863 de la Comisión Militar de la Cámara de Diputados la siguiente relación sobre la leva de 1861:

Población total (censo de 1858) 17.758.823
Obligados al servicio militar de la clase de veinte años, clase de 1861 217.438
Obligados al servicio militar procedentes de años anteriores, respecto de los cuales aún no se ha decidido definitivamente 348.364 565.802
De ellos:
1) Han permanecido sin localizar 55.770
2) Se han trasladado a otros distritos o han quedado allí sujetos a la presentación 82.216
3) Han faltado sin excusa 10.960
4) Se han alistado como voluntarios por tres años 5.025
5) Con derecho al servicio voluntario de un año 14.811
6) Han sido aplazados o eximidos en calidad de teólogos 1.638
7) Obligados al servicio marítimo 299
8) Ineptos por razones morales, eliminados 596
9) Evidentemente ineptos, dados de baja por la comisión de distrito 2.489
10) Ineptos permanentes, dados de baja por la comisión de distrito 15.238
11) Han pasado a la reserva supletoria:
a. Por medir menos de 5 pies, después de tres comparecencias 8.998
b. Por medir menos de 5′ 1″ 3‴ 9.553
c. Temporalmente ineptos, ídem, ídem 46.761
d. Por circunstancias familiares, ídem, ídem 4.213
e. En disponibilidad después de cinco comparecencias 291 69.816
12) Destinados al tren de transporte, además de los reclutados para el tren 6.774
13) Aplazados por un año:
a. Temporalmente ineptos 219.136
b. Por circunstancias familiares 10.013
c. Por penas infamantes e investigación 1.087 230.236 495.868
Quedan para la leva 69.934
Realmente reclutados 59.459
Quedan en disponibilidad 10.475

Por incompleta que sea esta estadística, por poco clara que resulte porque en cada posición de la 1 a la 13 se mezclan conjuntamente los hombres de la clase de edad de 1861 con los procedentes de las dos clases de edad anteriores y que quedaron disponibles, contiene sin embargo algunas confesiones muy valiosas.

Fueron incorporados como reclutas 59.459 hombres. Como voluntarios por tres años se alistaron 5.025. Tenían derecho al servicio de un año 14.811; como es sabido que no se es nada riguroso con la aptitud de los voluntarios de un año, porque no cuestan nada, podemos suponer que por lo menos la mitad, es decir, 7.400, entraron realmente en servicio. Este cálculo es muy bajo; la clase de hombres que reúne los requisitos para el servicio de un año se compone en todo caso, en su mayoría, de gente apta; los que de entrada son ineptos ni siquiera se toman la molestia de reunir dichos requisitos. Aceptemos, sin embargo, la cifra de 7.400. Según esto, en 1861 entraron en el ejército, en total, 71.884 hombres.

Sigamos. Fueron aplazados o eximidos en calidad de teólogos 1.638 hombres. No se entiende por qué los señores teólogos no han de servir. Al contrario, un año de servicio militar, la vida al aire libre y el contacto con el mundo exterior no pueden sino beneficiarles. Metámoslos, pues, sin reparos en filas; una tercera parte del número total en el presente año, de los cuales tres cuartas partes son ineptos, dan siempre 139 hombres que han de tomarse en cuenta.

Fueron dados de baja 18.551 hombres por no tener la talla requerida. Nótese bien: no del servicio en general, sino «dados de baja para la reserva». Es decir, que en caso de guerra han de servir. Únicamente se les quiere eximir del servicio de parada en tiempo de paz, para el cual no son bastante vistosos. Se confiesa, por tanto, que esta gente menuda es perfectamente apta para el servicio, y se la quiere utilizar precisamente para el caso de necesidad. Que esta gente menuda puede ser muy buena soldado lo demuestra el ejército francés, en el que sirven hombres de hasta 4 pies 8 pulgadas. Nosotros la consideramos, pues, incondicionalmente como recurso militar del país. La cifra anterior sólo comprende aquellos que fueron rechazados definitivamente, después de tres comparecencias, por causa de su pequeña talla; es, por tanto, una cifra que se repite anualmente. Descartamos la mitad como ineptos por otros motivos, de modo que nos quedan 9.275 pequeños mozos, a los que un oficial diestro transformaría seguramente en magníficos soldados.

Además, encontramos 6.774 hombres destinados al tren de transporte, aparte de los reclutados para el tren. Pero el tren también pertenece al ejército y no se entiende por qué estos hombres no han de cumplir el breve período de servicio de seis meses en el tren, lo cual sería mejor tanto para ellos como para el tren mismo.

Tenemos, pues:
Hombres que realmente entraron en servicio 71.884
Teólogos 139
Hombres aptos que no tienen la talla 9.275
Hombres destinados al tren de transporte 6.774
Total 88.072
que, según la propia confesión de la estadística von Roon, podrían entrar cada año en el ejército si se tomara en serio el servicio militar obligatorio general.

Ocupémonos ahora de los ineptos.

Son aplazados por un año como
temporalmente ineptos 219.136 hombres.
Después de tres comparecencias, como ídem,
remitidos a la reserva 46.761 »
Eliminados como ineptos permanentes sólo 17.727 »
Total 283.624 hombres,

de modo que los hombres permanentemente ineptos a causa de verdaderas taras corporales no llegan al 7 % del conjunto del personal excluido del servicio por ineptitud, ni al 4 % del total de los hombres que se presentan anualmente ante las comisiones de reemplazo. Casi el 17 % de los temporalmente ineptos son remitidos anualmente a la reserva, después de tres comparecencias. Se trata, pues, de hombres de 23 años, de hombres en una edad en que la constitución corporal empieza ya a asentarse. Con seguridad no exageramos si suponemos que una tercera parte de éstos es completamente apta para el servicio al cumplir los 25 años, lo que supone 15.587 hombres. Lo menos que se puede esperar de estos hombres es que, durante dos años, presten cada año tres meses de servicio en la infantería, para seguir por lo menos la escuela de reclutas. Esto equivaldría a un aumento del ejército de paz en 3.897 hombres.

Ahora bien, todo el sistema de reconocimiento médico de los reclutas ha sido orientado en Prusia por una vía muy peculiar. Siempre se tenía más reclutas de los que se podían incorporar y, sin embargo, se quería mantener la apariencia del servicio militar obligatorio general. ¿Qué cosa más cómoda que escoger a los mejores hombres en la cantidad deseada y declarar al resto inepto bajo cualquier pretexto? En estas condiciones, que, nótese bien, han existido y existen en Prusia desde 1815, el concepto de ineptitud ha adquirido allí una extensión completamente anómala, como queda demostrado de la mejor manera mediante la comparación con los Estados medios alemanes. En éstos, donde existe la conscripción y el sorteo, no había motivo para declarar ineptos a más hombres de los que realmente lo eran. Las condiciones son las mismas que en Prusia; en algunos Estados, como Sajonia por ejemplo, son aún peores, porque el porcentaje de la población industrial es mayor. Ahora bien, como ya se ha dicho, en el Allgemeine Militär-Zeitung se ha demostrado una y otra vez que, en los Estados medios, una buena mitad de los hombres que se presentan a las juntas de reclutamiento es apta, y lo mismo tiene que ocurrir en Prusia. En cuanto estalle una guerra seria, la noción de aptitud para el servicio experimentará en Prusia una súbita revolución y entonces se verá, para mayor daño, demasiado tarde, cuántas fuerzas aptas se ha dejado escapar.

Pero ahora viene lo más asombroso. Entre los 565.802 obligados al servicio sobre los que hay que decidir, hay:
Que quedaron sin localizar 55.770 hombres.
Que se trasladaron a otros distritos o quedaron allí sujetos a la presentación 82.216 »
Que faltaron sin excusa 10.960 »
Total 148.946 hombres.

Así pues, a pesar del cacareado control prusiano —y quien haya estado obligado al servicio militar en Prusia sabe lo que eso significa— ¿desaparece todos los años un 27 % completo de los obligados al servicio? ¿Cómo es posible? ¿Y a dónde van a parar los 82.216 hombres que se borran de la lista porque «han pasado a otros distritos o han llegado a estar obligados a presentarse allí»? ¿Es que hoy en día basta con mudarse de Berlín a Potsdam para quedar libre del servicio militar? Queremos suponer que aquí —pues también Homero dormita a veces— los señores funcionarios han cometido una torpeza en su estadística, a saber: que esos 82.216 hombres figuran dos veces en la suma total de 565.802: primero en su distrito de origen y segundo en el distrito al que han emigrado. Sería muy de desear que se comprobase esto, para lo cual la comisión militar de la Cámara dispone de la mejor ocasión, pues una reducción de los obligados al servicio militar reales a 483.586 cambiaría sensiblemente todos los porcentajes. Supongamos, no obstante, que sea así; quedan todavía cada año 66.730 hombres que desaparecen y se volatilizan sin que el control prusiano y la policía puedan meterlos bajo el casco. Esto representa casi el 14 % de los obligados al servicio. De aquí se sigue que todas las trabas a la libertad de circulación, que imperan en Prusia bajo el pretexto del control de la obligación del servicio militar, son completamente superfluas. La emigración real de Prusia es, como es notorio, muy escasa y no guarda proporción alguna con el número de reclutas volatilizados. Esos casi 67.000 hombres ni siquiera emigran todos. La mayor parte se queda en el interior del país o sale al extranjero solo por poco tiempo. En general, todas las medidas preventivas contra la sustracción al servicio militar son inútiles y, a lo sumo, incitan a emigrar. La masa de los jóvenes, de todos modos, no puede emigrar. Déjese que quienes se han sustraído al alistamiento vuelvan a servir como es debido y sin gracia, y no se necesitará todo ese trasto de vejaciones y papeleo, obteniéndose más reclutas que antes.

Por lo demás, para ir sobre seguro, tomaremos como probado solo lo que se desprende de la estadística del propio señor von Roon: es decir que, sin contar a los voluntarios de un año, cada año pueden alistarse 85.000 jóvenes. Ahora bien, los efectivos actuales del ejército en tiempo de paz son aproximadamente 210.000 hombres. Con un tiempo de servicio de dos años, 85.000 hombres anuales dan, en conjunto, 170.000 hombres, a los que se suman oficiales, suboficiales y capitulados, entre 25.000 y 35.000 hombres, lo que hace de 195.000 a 205.000; con los voluntarios de un año, de 202.000 a 212.000 hombres. Con dos años de servicio en la infantería y en la artillería a pie (de la caballería hablaremos más adelante), todos los cuadros del ejército reorganizado pueden, pues, ser llevados al completo efectivo de paz, incluso según la propia estadística del gobierno. Si se llevase a la práctica realmente el servicio militar obligatorio universal, con dos años de servicio se tendría muy probablemente 30.000 hombres más; por lo tanto, para no rebasar la cifra de 200.000 a 210.000 hombres, se podría licenciar ya a una parte de la gente al cabo de un año o de año y medio. Una licencia tan temprana, como premio al celo en el servicio, sería más útil para el conjunto del ejército que seis meses más de tiempo de servicio.

El pie de guerra se presentaría como sigue:
Cuatro clases anuales del plan de reorganización dan, a razón de 63.000 hombres, 252.000 reservistas. Tres clases anuales a razón de 85.000 dan 255.000 reservistas. Así pues, con seguridad, una situación igualmente favorable que la del plan de reorganización. (Como aquí se trata solo de la relación, no importa que prescindamos aquí por completo de las bajas de las clases de edad de la reserva.)

Aquí está el punto débil del plan de reorganización. So capa de volver al servicio militar obligatorio universal originario —que, ciertamente, no puede subsistir sin una Landwehr como gran reserva del ejército—, da más bien un giro hacia el sistema de cuadros franco‑austriaco, introduciendo así en la constitución militar prusiana una inseguridad que ha de tener las peores consecuencias. No se pueden mezclar los dos sistemas; no se pueden tener al mismo tiempo las ventajas de ambos. Es innegable, y nunca se ha discutido, que un sistema de cuadros con un largo tiempo de servicio y de presencia en filas proporciona grandes ventajas al ejército al comienzo de una guerra. Los hombres se conocen mejor; incluso los licenciados, a quienes la licencia solo se concede por lo general por un corto período cada vez, se consideran soldados durante todo el tiempo de licencia y están siempre prestos a ser llamados a las banderas —cosa que, ciertamente, no son los reservistas prusianos—; de este modo, los batallones tienen incondicionalmente más cohesión cuando entran por primera vez en el fuego. Frente a esto, cabe objetar que, si se mira principalmente a este aspecto, también se podría adoptar el sistema inglés de diez años de servicio junto a las banderas; que a los franceses sus campañas de Argelia, las guerras de Crimea y de Italia les han sido con seguridad mucho más provechosas que el largo tiempo de servicio; y, finalmente, que con este sistema solo se puede instruir a una parte del material capaz de portar armas, con lo que no se ponen en actividad ni de lejos todas las fuerzas de la nación. Además, la experiencia enseña que el soldado alemán se habitúa muy fácilmente al fuego, y tres combates recios y librados con suerte al menos cambiante ponen a un batallón normalmente bueno tan a punto como todo un año de tiempo de servicio suplementario. Para un Estado como Prusia, el sistema de cuadros es una imposibilidad. Con el sistema de cuadros, Prusia conseguiría un ejército de 300.000 a 400.000 hombres a lo sumo, con un efectivo de paz de 200.000. Pero para sostenerse como gran potencia necesita ya para el primer ejército de campaña, solo para la movilización, otros tantos; es decir, necesita, con guarniciones de fortalezas, tropas de reemplazo, etc., para toda guerra seria, de 500.000 a 600.000 hombres. Si los 18 millones de prusianos en la guerra han de poner en pie un ejército aproximadamente tan numeroso como los 35 millones de franceses, los 34 millones de austriacos y los 60 millones de rusos, esto solo puede conseguirse mediante el servicio militar obligatorio universal, un tiempo de servicio corto pero intenso y una obligación en la Landwehr relativamente larga. Con este sistema habrá que sacrificar siempre algo de la preparación para el combate e incluso de la aptitud combativa de la tropa en los primeros momentos de la guerra; el Estado y la política adquirirán un carácter neutral, defensivo; pero también será lícito recordar que la ofensiva arrogante del sistema de cuadros condujo de Jena a Tilsit, y la modesta defensiva del sistema de la Landwehr con servicio militar obligatorio universal, de la Katzbach a París. Así pues: o conscripción y sustitución con 7 u 8 años de tiempo de servicio, la mitad aproximadamente junto a las banderas, y luego ninguna obligación ulterior en la Landwehr; o bien servicio militar obligatorio universal con 5, a lo sumo 6 años de tiempo de servicio, de los cuales 2 junto a las banderas, y luego obligación en la Landwehr al modo prusiano o suizo. Pero que la masa del pueblo soporte primero la carga del sistema de conscripción y después, además, la del sistema de la Landwehr, eso no puede hacerlo ninguna nación europea, ni siquiera los turcos, que, dentro de su barbarie guerrera, son los que más aguantan en el soportar. Muchos hombres instruidos con un tiempo de servicio corto y una obligación larga, o pocos con un tiempo de servicio largo y una obligación corta: esa es la cuestión; pero hay que elegir una cosa o la otra.

William Napier, que naturalmente considera al soldado inglés el primero del mundo, dice en su Historia de la Guerra Peninsular que el infante inglés, después de tres años de tiempo de servicio, está completamente instruido en todos los aspectos. Ahora bien, hay que saber que los elementos de que se componía el ejército inglés a principios de este siglo eran los más bajos de que jamás se haya formado un ejército. El actual ejército inglés está formado por elementos mucho mejores, y aun estos son todavía infinitamente peores, desde el punto de vista moral e intelectual, que los elementos del ejército prusiano. Y lo que los oficiales ingleses consiguieron con aquella canalla en tres años, ¿no habría de poderse conseguir en Prusia con la tan sumamente maleable, en parte ya tan instruida ya, y moralmente escarmentada de antemano materia prima de los reclutas, en dos años?

Ciertamente, el soldado tiene ahora que aprender más. Pero esto nunca ha sido objetado seriamente contra el tiempo de servicio de dos años. Se han apoyado siempre en la inculcación del verdadero espíritu militar, que, según dicen, no aparece hasta el tercer año de servicio. Esto es, si los señores hablan con franqueza y prescindimos de la mayor aptitud de los batallones antes concedida, mucho más un motivo político que militar. El verdadero espíritu militar ha de acreditarse más en el Düppel interior que en el exterior. Nunca hemos visto que el soldado prusiano, en el tercer año de servicio, haya aprendido otra cosa que aburrirse, sacar aguardiente a los reclutas y gastar bromas de mal gusto sobre sus superiores. Si la mayoría de nuestros oficiales hubieran servido solo un año como soldados rasos o suboficiales, no podrían haber pasado esto por alto. El «verdadero espíritu militar», en la medida en que es de naturaleza política, se va, según enseña la experiencia, y muy rápidamente, al diablo, y por cierto para no volver. El espíritu militar permanece, incluso después de dos años de servicio.

Dos años de tiempo de servicio bastan, pues, enteramente, en nuestros soldados, para instruirlos para el servicio de infantería. Desde que la artillería de campaña está separada de la de fortaleza, lo mismo vale para la artillería a pie; las dificultades particulares que aquí puedan presentarse se podrán superar, ya sea mediante una división del trabajo aún mayor, ya mediante la simplificación, de por sí deseable, del material de la artillería de campaña. Un mayor alistamiento de capitulados tampoco encontraría dificultades; pero esta clase de gente es precisamente la que menos se quiere en el ejército prusiano, salvo cuando no se avienen a ser suboficiales —¡qué testimonio en contra del largo tiempo de servicio! Solo en la artillería de fortaleza, con su material tan variado, y en los ingenieros, con sus múltiples ramas de trabajo que nunca pueden separarse del todo, los capitulados inteligentes serán valiosos, pero también escasearán. La artillería montada necesitará el tiempo de servicio de la caballería.

En lo que respecta a la caballería, una caballería nacida solo necesita un corto tiempo de servicio; una educada, en cambio, incondicionalmente uno largo. Tenemos poca caballería nacida y necesitamos, por tanto, con toda seguridad, los cuatro años de tiempo de servicio del plan de reorganización. La caballería tiene como única y verdadera forma de combate el ataque cerrado con el arma blanca, para cuya realización se requiere el más alto valor y la más plena confianza mutua de los hombres. Los hombres tienen, pues, que saber que pueden contar unos con otros y con sus jefes. Para ello se necesita un largo tiempo de servicio. Pero sin la confianza del jinete en su caballo, la caballería tampoco vale nada; el hombre tiene que saber cabalgar, y para poder adquirir esa seguridad en el dominio del caballo —es decir, de casi cualquier caballo que se le asigne— se necesita también un largo tiempo de servicio. En esta arma, los capitulados son incondicionalmente deseables; cuanto más auténticos lansquenetes, tanto mejor, mientras tengan gusto por el oficio. Se nos objetará desde el lado de la oposición que esto significa una caballería compuesta de puros mercenarios.

… que ofrecería su mano para cualquier golpe de Estado. Respondemos: 
puede ser. Pero la caballería, bajo las condiciones existentes, será siempre 
reaccionaria (compárese con los dragones de Baden de 1849), del mismo 
modo que la artillería será siempre liberal. Esto está en la naturaleza de la 
cosa. Uno que otro capitulante de más o de menos no cambia nada en ello. 
Y 

en el combate de barricadas en las grandes ciudades, en particular la actitud 
de la infantería y de la artillería en él, es lo que decide hoy en día la suerte 
de todos los golpes de Estado.

Ahora bien, además del aumento de los capitulantes, | existen aún otros 
medios para elevar la capacidad combativa y la cohesión interna de un 
ejército con un tiempo de servicio breve. A estos pertenecen, entre otros, 
los campamentos de instrucción, tal como el propio ministro de la Guerra 
von Roon los ha señalado como un medio de compensación del servicio 
más breve. Además, una conducción racional de la instrucción, y en este 
sentido queda mucho por hacer en Prusia. Toda la superstición de que, 
con un servicio breve, la exagerada precisión de la marcha de parada, el 
ejercicio «rígido» y el ridículo levantamiento exagerado de las piernas 
—«libremente desde la articulación de la cadera», forzando la naturaleza— 
serían necesarios para compensar el corto tiempo de servicio; toda esta 
superstición se basa en pura exageración. En el ejército prusiano se ha 
venido repitiendo esto durante tanto tiempo que, al final, se ha convertido 
en un axioma indiscutible. ¿Qué ventaja tiene que, en los ejercicios de 
manejo del fusil, los hombres golpeen el arma contra el hombro con tal 
vehemencia que casi se caigan, y que sin embargo recorra todo el frente un 
temblor de lo más antimilitar, como no se ve en ningún otro ejército? 
—Finalmente, como equivalente del tiempo de servicio acortado —y como 
lo más esencial— ha de considerarse una mejor educación física de la 
juventud. Solo que entonces también hay que procurar que realmente se 
haga algo. Cierto es que en todas las escuelas rurales se han instalado 
barras paralelas y barra fija, pero con esto nuestros pobres maestros aún 
pueden hacer poco. Póngase en cada distrito por lo menos un suboficial 
licenciado, que se haya cualificado como profesor de gimnasia, y désele la 
dirección de la enseñanza de la gimnasia; | preocúpese de que, con el tiempo, 
a la juventud escolar se le enseñe a marchar en filas y en formación, los 
movimientos de una sección y de una compañía, y la familiaridad con las 
voces de mando correspondientes. En 6 u 8 años se verá ampliamente 
recompensado y se tendrán —más reclutas y más fuertes. |

 En la crítica anterior del plan de reorganización nos hemos atenido, 
como se ha dicho, únicamente a las circunstancias políticas y militares 
realmente existentes. A estas pertenece el supuesto de que, en las actuales 
condiciones, la fijación legal del tiempo de servicio de dos años para la 
infantería y la artillería de a pie era la máxima reducción del tiempo de 
servicio alcanzable. Opinamos incluso que un Estado como Prusia cometería 
la mayor torpeza —gobierne el partido que gobierne— si redujese todavía 
más, en el momento actual, el tiempo normal de servicio. Mientras se tenga 
al ejército francés por un lado y al ruso por el otro, y exista la posibilidad 
de un ataque combinado de ambos a un mismo tiempo, se necesitan tropas 
que no tengan que aprender los primeros rudimentos de la escuela de 
guerra ante el enemigo. Por eso no tomamos en consideración alguna las 
fantasías de un ejército de milicias con, por así decirlo, ningún tiempo de 
servicio; tal como se imagina la cosa, es hoy imposible para un país de 
18 millones de habitantes y fronteras muy expuestas, e incluso para otras 
circunstancias no es posible de esa manera.

Después de todo lo precedente: ¿eran los rasgos fundamentales del plan 
de reorganización aceptables para una Cámara de Diputados que se situase 
en el punto de vista prusiano? Decimos que, por razones militares y 
políticas: el aumento de los cuadros en la forma llevada a cabo, el refuerzo 
del ejército en tiempo de paz hasta 180-200 000 hombres, el desplazamiento 
de la Landwehr de primer llamamiento a la gran reserva del ejército o 
segundo ejército de campaña, o bien a guarnición de fortalezas, era aceptable 
bajo la condición: *de que se aplicase rigurosamente la obligación general del servicio, 
de que se fijase legalmente el tiempo de servicio en dos años bajo bandera, tres en 
la reserva, y hasta los 36 años en la Landwehr, y, por último, de que se 
restablecieran | los cuadros de la Landwehr de primer llamamiento.* ¿Era posible 
alcanzar estas condiciones? Pocos, entre los que han seguido los debates, 
negarán que esto era posible bajo la «nueva era» y acaso incluso todavía 
más tarde.

Ahora bien, ¿cómo se comportó la oposición burguesa? |

Friedrich Engels | 123] II.

La burguesía prusiana, que, como la parte más desarrollada de toda la 
burguesía alemana, tiene aquí el derecho de representarla, arrastra su 
existencia política merced a una falta de valor que no tiene parangón en la 
historia, ni siquiera de esta clase tan poco animosa, y que solo los 
simultáneos acontecimientos exteriores disculpan en cierta medida. En 
marzo y abril de 1848 había tenido la sartén por el mango; pero, apenas 
comenzaron los primeros movimientos independientes de la clase obrera, 
la burguesía sintió inmediatamente miedo y se refugió bajo la protección 
de la misma burocracia y de la misma nobleza feudal a las que acababa de 
vencer con ayuda de los obreros. El período Manteuffel fue la consecuencia 
inevitable. Finalmente llegó —sin intervención de la oposición burguesa— 
la «nueva era». El inesperado golpe de suerte hizo perder la cabeza a los 
burgueses. Olvidaron por completo la posición que se habían creado a sí 
mismos mediante sus repetidas revisiones constitucionales, su sumisión a la 
burocracia y a los feudales (hasta la restauración de las dietas provinciales 
y distritales feudales), su continuo retroceder de posición en posición. 
Creían ahora tener de nuevo la sartén por el mango y olvidaban por 
completo que ellos mismos habían restablecido todos los poderes que les 
eran hostiles, los cuales, fortalecidos desde entonces, tenían en sus manos, 
exactamente igual que antes de 1848, el poder real | del Estado. En esto, la 
reorganización del ejército estalló entre ellos como una bomba incendiaria.

La burguesía solo tiene dos caminos para conquistar el poder político. 
Puesto que es un ejército de oficiales sin soldados, y solo puede procurarse 
estos soldados de entre los obreros, tiene que o bien asegurarse la alianza 
de los obreros, o bien tiene que ir comprando por partes el poder político a 
los poderes que se alzan frente a ella desde arriba, particularmente a la 
monarquía. La historia de la burguesía inglesa y francesa muestra que no 
existe otro camino.

Pues bien, la burguesía prusiana —y ciertamente sin razón alguna— 
había perdido todo deseo de concertar una alianza sincera con los obreros. 
En 1848, el partido obrero alemán, que entonces se hallaba todavía en los 
comienzos de su desarrollo y organización, estaba dispuesto, por condiciones 
muy módicas, a realizar el trabajo para la burguesía, pero esta temía el más 
mínimo movimiento independiente del proletariado más que a la nobleza 
feudal y a la burocracia. La tranquilidad comprada al precio de la servidumbre 
le parecía más deseable que siquiera la mera perspectiva de la lucha por la 
libertad. Desde entonces, este santo terror a los obreros se había hecho 
tradicional entre los burgueses, hasta que, por fin, el señor Schulze-Delitzsch 
comenzó su agitación de las huchas de ahorro. Esta debía demostrar a los 
obreros que no podían tener mayor dicha que la de ser explotados 
industrialmente por la burguesía de por vida, e incluso en sus descendientes; 
más aún, que ellos mismos tenían que contribuir a esta explotación 
procurándose, mediante todo tipo de asociaciones industriales, un ingreso 
accesorio y, con ello, la posibilidad de que los capitalistas redujeran el 
salario. Ahora bien, aunque la burguesía industrial es, sin duda, junto a los 
tenientes de caballería, la clase más inculta de la nación alemana, en un 
pueblo tan intelectualmente desarrollado como el alemán, semejante 
agitación carecía de toda perspectiva de éxito duradero desde el primer 
momento. Las cabezas más perspicaces de la burguesía misma tenían que 
comprender que no podía salir nada de aquello, y la alianza con los obreros 
fracasó una vez más.

Quedaba el regateo con el gobierno por el poder político, pagado en 
dinero contante y sonante —del bolsillo del pueblo, naturalmente—. El 
poder real de la burguesía en el Estado consistía únicamente en el derecho, 
por lo demás muy empañado de cláusulas, de aprobar impuestos. Aquí, 
pues, había que aplicar la palanca, y una clase que tan excelentemente 
entendía de regateos tenía que sacar aquí, sin duda, ventaja.

Pero no. La oposición burguesa prusiana —en completo contraste, 
singularmente, con la burguesía clásica de Inglaterra en los siglos XVII y 
XVIII— entendió la cosa en el sentido de que ella regateaba poder sin pagar 
dinero por él.

Desde el punto de vista puramente burgués, y tomando en plena 
consideración las circunstancias bajo las cuales fue presentado el plan de 
reorganización del ejército, ¿cuál era ahí la política correcta de la oposición 
burguesa? Ella tenía que saber, si conocía sus fuerzas, que ella, que acababa 
de ser elevada de la humillación manteuffeliana —y ciertamente sin 
intervención propia—, no tenía seguramente el poder de impedir la 
realización efectiva del plan, la cual, en efecto, se puso por obra. Tenía que 
saber que, con cada período de sesiones transcurrido infructuosamente, la 
nueva institución, fácticamente existente, sería más difícil de eliminar; que, 
por tanto, el gobierno ofrecería cada año menos para obtener el 
asentimiento de la Cámara. Tenía que saber que aún distaba mucho de 
estar en condiciones de nombrar y destituir ministros, que, por consiguiente, 
cuanto más durase el conflicto, con ministros tanto menos inclinados a los 
compromisos se vería enfrentada. Tenía que saber, por último, que era ante 
todo su propio | interés no llevar la cosa al extremo. Pues un conflicto serio 
con el gobierno, dado el estado de desarrollo de los obreros prusianos, 
tenía que hacer surgir necesariamente un movimiento obrero independiente, 
presentándole así, de nuevo, para el caso extremo, el siguiente dilema: o 
una alianza con los obreros, pero esta vez en condiciones mucho más 
desfavorables que en 1848; o bien: de rodillas ante el gobierno, y: ¡pater 
peccavi!

La burguesía liberal y progresista tenía, por tanto, que someter la 
reorganización del ejército, junto con el aumento del efectivo en tiempo de 
paz inseparable de ella, a un examen objetivo y material, con lo cual 
probablemente habría llegado aproximadamente a los mismos resultados 
que nosotros. No debía olvidar, en ello, que la implantación provisional de 
la innovación no podía, de todos modos, impedirla, y que su fijación 
definitiva solo podía retrasarla, mientras el plan contuviera tantos elementos 
correctos y aprovechables. Tenía, pues, ante todo, que guardarse de 
adoptar desde el principio una posición directamente hostil contra la 
reorganización; por el contrario, debía aprovechar esta reorganización y los 
fondos que hubieran de concederse para ella, a fin de comprar a cambio a la 
«nueva era» el mayor número posible de equivalentes, para convertir los 
9 ó 10 millones de nuevos impuestos en la mayor cantidad posible de poder 
político para sí misma.

¡Y cuánto no quedaba aún por hacer! Ahí estaba toda la legislación de Manteuffel sobre la prensa y el derecho de asociación; ahí estaba todo el poder policial y burocrático, heredado sin cambios de la monarquía absoluta; la supresión de los tribunales por conflictos de competencia; los estamentos provinciales y de distrito; sobre todo, la interpretación de la constitución imperante bajo Manteuffel, frente a la cual había que establecer una nueva práctica constitucional; la obstaculización del autogobierno urbano por la burocracia, y cien cosas más, que cualquier otra burguesía en situación análoga habría comprado gustosa aun a costa de un aumento de impuestos de medio tálero por cabeza, y que todas estaban al alcance de la mano si se procedía con cierta habilidad. Pero la oposición burguesa pensaba de otro modo. En lo tocante a la libertad de prensa, de asociación y de reunión, las leyes de Manteuffel habían fijado justamente aquella medida en que los burgueses se sentían cómodos. Podían manifestar sin trabas moderadamente contra el gobierno; todo aumento de la libertad les traía menos ventaja que a los obreros, y antes que conceder a los obreros libertad para un movimiento independiente, preferían sufrir algo más de coacción por parte del gobierno. Otro tanto sucedía con la limitación del poder policial y burocrático. La burguesía creía que, gracias al ministerio de la “nueva era”, ya había sometido a la burocracia, y veía con buenos ojos que ésta conservara las manos libres frente a los obreros. Olvidaba por completo que la burocracia era mucho más fuerte y vital que ningún ministerio favorable a los burgueses. Y luego se figuraba que con la caída de Manteuffel había comenzado el reino milenario de los burgueses, y que ya no se trataba sino de cosechar el fruto maduro de la dominación exclusiva de la burguesía, sin pagar un penique por ello.

¡Pero todos los recursos que había que aprobar, después de que los pocos años transcurridos desde 1848 habían costado tanto dinero, multiplicado la deuda pública y elevado los impuestos! —¡Señores míos, ustedes son los diputados del Estado constitucional más joven del mundo, y no saben que el constitucionalismo es la forma de gobierno más cara del mundo? casi más cara que el bonapartismo, el cual —après moi le déluge— cubre las viejas deudas con otras siempre nuevas y descuenta así, en diez años, los recursos de un siglo? La edad de oro del absolutismo encadenado, que aún tienen ustedes en la cabeza, no volverá jamás.

Pero las cláusulas constitucionales sobre la continuación de impuestos ya aprobados? —Todo el mundo sabe lo tímido que era el ministerio de la “nueva era” a la hora de pedir dinero. Al incluir los gastos de la reorganización en el presupuesto ordinario, a cambio de concesiones bien documentadas, no se había concedido todavía gran cosa. De lo que se trataba era de aprobar nuevos impuestos con los cuales cubrir esos gastos. Aquí se podía regatear, y para ello no se podía desear un ministerio mejor que el de la nueva era. Se conservaba, sin embargo, la sartén por el mango, en la medida en que antes se la tenía, y se habían conquistado nuevos medios de poder en otros terrenos.

Pero ¿no significaba el fortalecimiento de la reacción el duplicar su instrumento principal, el ejército? —Este es un terreno en el que los burgueses progresistas caen en los conflictos más insolubles consigo mismos. Exigen de Prusia que desempeñe el papel de Piamonte alemán. Para eso se necesita un ejército fuerte y operativo. Tienen un ministerio de la “nueva era” que, en secreto, abriga las mismas opiniones, el mejor ministerio que, en las circunstancias, pueden tener. Y niegan a ese ministerio el refuerzo del ejército. —Día tras día, de la mañana a la noche, llevan en los labios la gloria de Prusia, la grandeza de Prusia, el desarrollo del poder de Prusia; pero niegan a Prusia un refuerzo del ejército que sólo guarda la debida proporción con el que las demás grandes potencias han introducido desde 1814. —¿Por qué todo eso? Porque temen que ese refuerzo sólo beneficie a la reacción, levante a la venida a menos nobleza de oficiales y, en general, dé al partido feudal y burocrático-absolutista el poder de enterrar todo el constitucionalismo mediante un golpe de Estado.

Concedamos que los burgueses progresistas tenían razón en no fortalecer a la reacción y en que el ejército era la emboscada más segura de la reacción. Pero ¿hubo jamás mejor ocasión para poner el ejército bajo el control de la Cámara que, precisamente, esta reorganización propuesta por el ministerio más amigo de los burgueses que Prusia había conocido jamás en tiempos de paz? En el momento en que uno se declaraba dispuesto a conceder el refuerzo del ejército bajo ciertas condiciones, ¿no era precisamente posible ponerse de acuerdo sobre las escuelas de cadetes, los privilegios de la nobleza y todos los demás puntos de queja, y obtener garantías que dieran al cuerpo de oficiales un carácter más burgués? La “nueva era” sólo tenía clara una cosa: que el refuerzo del ejército había de ser impuesto. Los rodeos mediante los cuales introdujo de contrabando la reorganización demostraban de la mejor manera su mala conciencia y su temor ante los diputados. Aquí había que echar mano con ambas manos; una oportunidad semejante para la burguesía no había de volver a esperarse en cien años. ¡Cuánto no se podía detallar arrancar a este ministerio, si los burgueses progresistas no tomaban el asunto con mezquindad, sino como grandes especuladores!

¡Y qué decir de las consecuencias prácticas de la reorganización sobre el propio cuerpo de oficiales! Había que encontrar oficiales para el doble de batallones. Las escuelas de cadetes estaban lejos de ser suficientes. Se era más liberal que nunca antes en tiempos de paz; se ofrecían los puestos de teniente directamente como primas a estudiantes, pasantes y todos los jóvenes instruidos. Quien volvía a ver el ejército prusiano después de la reorganización, ya no reconocía el cuerpo de oficiales. No hablamos de oídas, sino por propia observación. El dialecto específico de los tenientes había sido relegado a un segundo plano; los oficiales más jóvenes hablaban su lengua materna natural, no pertenecían en modo alguno a una casta cerrada, sino que representaban, más que nunca desde 1815, a todas las clases instruidas y a todas las provincias del Estado. Aquí, pues, la posición estaba ya conquistada por la necesidad de los acontecimientos; sólo se trataba de mantenerla y explotarla. En vez de eso, los burgueses progresistas ignoraron todo eso y siguieron hablando como si todos esos oficiales fueran cadetes nobles. Y sin embargo, desde 1815 no había habido nunca en Prusia tantos oficiales burgueses como precisamente ahora.

Dicho sea de paso, atribuimos la airosa actuación de los oficiales prusianos ante el enemigo en la guerra de Schleswig-Holstein principalmente a esta infusión de sangre fresca. La antigua clase de oficiales subalternos por sí sola no se habría atrevido a actuar tan a menudo por propia responsabilidad. En este sentido, el gobierno tiene razón cuando atribuye a la reorganización una influencia esencial en la “elegancia” de los éxitos; en qué otro sentido la reorganización resultaba terrible para los daneses, no es de nuestro conocimiento.

Por último, el punto principal: ¿facilitar un golpe de Estado mediante el refuerzo del ejército de paz? —Es del todo cierto que los ejércitos son los instrumentos con los que se dan los golpes de Estado, y que, por tanto, todo refuerzo del ejército aumenta también la viabilidad de un golpe de Estado. Pero la fuerza militar necesaria para una gran potencia no se rige por las mayores o menores perspectivas de golpes de Estado, sino por el tamaño de los ejércitos de las demás grandes potencias. Quien dice A, tiene que decir también B. Si se acepta un mandato como diputado prusiano, si se inscribe en la bandera la grandeza y la posición de potencia europea de Prusia, también hay que consentir en que se pongan los medios sin los cuales no se puede hablar de la grandeza y de la posición de poder de Prusia. Si estos medios no pueden ponerse sin facilitar golpes de Estado, tanto peor para los señores hombres del progreso. Si no se hubieran comportado en 1848 de manera tan ridículamente cobarde y torpe, el período de los golpes de Estado probablemente habría pasado hace tiempo. Dadas las circunstancias, sin embargo, no les queda más remedio que reconocer, a fin de cuentas, el refuerzo del ejército en una u otra forma, y guardarse sus reparos sobre los golpes de Estado.

Ahora bien, el asunto tiene aún otras facetas. En primer lugar, siempre era más aconsejable negociar la concesión de este instrumento de golpe de Estado con un ministerio de la “nueva era” que con un ministerio Bismarck. En segundo lugar, es obvio que cada paso ulterior hacia la aplicación real del servicio militar obligatorio universal hace al ejército prusiano más torpe como instrumento para los golpes de Estado. Tan pronto como en la masa del pueblo se hubiera impuesto la exigencia del autogobierno y la necesidad de luchar contra todos los elementos que se le oponen, también los jóvenes de veinte y veintiún años tenían que ser arrastrados por el movimiento e incluso bajo oficiales feudales y absolutistas había de resultar cada vez más difícil ejecutar un golpe de Estado con ellos. Cuanto más avanza la educación política en el país, tanto peor se vuelve el ánimo de los reclutas incorporados. Hasta la actual lucha entre el gobierno y la burguesía debe de haber proporcionado ya pruebas de ello.

En tercer lugar, el servicio de dos años es un contrapeso suficiente contra el aumento del ejército. En la misma medida en que el refuerzo del ejército acrecienta para el gobierno los medios materiales para los actos de fuerza, en esa misma medida el servicio de dos años disminuye los medios morales para ello. En el tercer año de servicio puede que el machaqueo constante de doctrinas absolutistas y el hábito de la obediencia surtan algún efecto momentáneo y durante la duración del servicio en los soldados. En el tercer año de servicio, cuando el soldado individual no tiene ya casi nada militar que aprender, nuestro conscripto universal se asemeja ya en cierto modo al soldado alistado por largos años del sistema franco-austriaco. Adquiere algo de soldado profesional, y como tal es en todos los casos mucho más fácil de utilizar que el soldado más joven. La supresión de los hombres en el tercer año de servicio contrapesaría con creces la incorporación de sesenta a ochenta mil hombres más, si se parte del punto de vista del golpe de Estado.

Die preußische Militärfrage und die deutsche Arbeiterpartei + II

Friedrich Engels

La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán – II

Ahora bien, viene a añadirse otro punto, y el decisivo. No queremos negar que pudieran darse circunstancias –para eso conocemos demasiado bien a nuestra burguesía– en las que, incluso sin movilización, con el simple pie de paz del ejército, fuera posible un golpe de Estado. Pero eso no es probable. Para dar un gran golpe, casi siempre habrá que movilizar. Y aquí se produce el giro. El ejército prusiano en pie de paz puede, en determinadas condiciones, convertirse en un puro instrumento en manos del gobierno para su empleo en el interior; el ejército prusiano de guerra, seguro que nunca. Quien haya tenido oportunidad de ver un batallón primero en pie de paz y luego en pie de guerra, conoce la enorme diferencia en toda la actitud de los hombres, en el carácter de toda la masa. Los hombres que habían ingresado en el ejército siendo casi muchachos, vuelven ahora a él como hombres; traen consigo un caudal de dignidad propia, confianza en sí mismos, seguridad y carácter que beneficia a todo el batallón. La relación de los soldados con los oficiales, y de los oficiales con los soldados, se torna de inmediato otra. El batallón gana militarmente de modo muy considerable, pero políticamente se vuelve –para fines absolutistas– del todo inseguro. Esto pudo verse aún durante la entrada en Schleswig, donde, para gran asombro de los corresponsales de los periódicos ingleses, los soldados prusianos participaban abiertamente en todas partes en las manifestaciones políticas y manifestaban sin reparo sus convicciones nada ortodoxas. Y este resultado –la corrupción política del ejército movilizado para fines absolutistas– se lo debemos principalmente a la época de Manteuffel y a la era «más nueva». En 1848 fue aún completamente distinto.

Precisamente éste es uno de los mejores aspectos de la constitución militar prusiana, tanto antes como después de la reorganización: que con esta constitución militar Prusia no puede ni hacer una guerra impopular ni dar un golpe de Estado que prometa durar. Pues aunque el ejército de paz se dejara emplear para un pequeño golpe de Estado, la primera movilización y el primer peligro de guerra bastarían para poner nuevamente en tela de juicio todas las «conquistas». Sin la ratificación del ejército de guerra, las gestas del ejército de paz en el «Düppel interior» tendrían una significación sólo efímera; y esa ratificación será tanto más difícil de obtener cuanto más tiempo pase. Los periódicos reaccionarios han declarado, frente a las Cámaras, que el «ejército» es la verdadera representación popular. Con ello se referían, naturalmente, tan sólo a los oficiales. Si alguna vez llegara el caso de que los señores de la Kreuzzeitung dieran un golpe de Estado, para lo cual necesitan al ejército movilizado, se asombrarían sobremanera de esta representación popular, de eso pueden estar seguros.

Pero, a fin de cuentas, tampoco radica ahí la garantía principal contra el golpe de Estado. Ésta reside en que ningún gobierno puede, mediante un golpe de Estado, reunir una Cámara que le apruebe nuevos impuestos y empréstitos; y en que, aun cuando lograra fabricar una Cámara dispuesta a ello, ningún banquero de Europa le concedería crédito sobre la base de tales acuerdos parlamentarios. En la mayoría de los Estados europeos esto sería de otro modo. Pero Prusia, desde las promesas de 1815 y las muchas maniobras vanas hasta 1848 para obtener dinero, tiene la reputación de que no se le puede prestar ni un céntimo sin un acuerdo parlamentario legalmente válido e inatacable. Incluso el señor Raphael von Erlanger, que ha prestado a los confederados americanos, difícilmente confiaría dinero contante y sonante a un gobierno prusiano golpista. Esto se lo debe Prusia única y exclusivamente a la estrechez de miras del absolutismo.

En esto radica la fuerza de la burguesía: en que el gobierno, cuando se vea en apuros de dinero –y eso tendrá que ocurrirle tarde o temprano con toda seguridad–, se verá forzado a dirigirse precisamente a la burguesía en busca de dinero, y esta vez no a la representación política de la burguesía, que al fin y al cabo sabe que está ahí para pagar, sino a la alta finanza, que quiere hacer un buen negocio con el gobierno, que mide la capacidad crediticia de un gobierno con la misma vara que la de cualquier particular, y a la que le es totalmente indiferente que el Estado prusiano necesite muchos o pocos soldados. Estos señores sólo descuentan letras con tres firmas, y cuando, al lado de la del gobierno, sólo figura la de la Cámara de los Señores, pero no la de la Cámara de Diputados, o cuando hay una Cámara de Diputados de hombres de paja, consideran eso como un tráfico fraudulento de letras y rechazan el negocio.

Aquí termina la cuestión militar y empieza la cuestión constitucional. Sea cual fuere el error y las complicaciones que la hayan producido, la oposición burguesa se encuentra ahora en la tesitura de tener que librar la cuestión militar hasta el final, o perder el resto de poder político que aún posee. El gobierno ya ha puesto en tela de juicio todo su derecho de aprobación del presupuesto. Ahora bien, si el gobierno tarde o temprano acaba por tener que reconciliarse con la Cámara, ¿no es la mejor política perseverar sencillamente hasta que llegue ese momento?

Una vez llevado el conflicto hasta ese punto, –indudablemente, sí. Si es posible llegar a un acuerdo con este gobierno sobre bases aceptables, es más que dudoso. La burguesía, por haber sobrestimado sus propias fuerzas, se ha colocado en la situación de tener que poner a prueba en esta cuestión militar si ella es en el Estado el factor decisivo o no es nada. Si vence, conquistará a la vez el poder de derribar y nombrar ministros, como lo posee la Cámara de los Comunes inglesa. Si sucumbe, por vía constitucional no volverá a alcanzar jamás significación alguna.

Pero conoce mal a nuestros burgueses alemanes quien opine que cabe esperar tal perseverancia. El valor de la burguesía en asuntos políticos está siempre en exacta proporción con la importancia que ocupa en la sociedad burguesa del país de que se trate. En Alemania, el poder social de la burguesía es mucho menor que en Inglaterra e incluso que en Francia; no se ha aliado con la vieja aristocracia como en Inglaterra, ni la ha aniquilado con ayuda de los campesinos y obreros como en Francia. La aristocracia feudal sigue siendo en Alemania un poder, un poder hostil a la burguesía y, para colmo, aliado con los gobiernos. La industria fabril, base de todo el poder social de la burguesía moderna, está mucho menos desarrollada en Alemania que en Francia e Inglaterra, por enormes que hayan sido sus progresos desde 1848. Las colosales acumulaciones de capital en pocas manos, frecuentes en Inglaterra e incluso en Francia, son más raras en Alemania. De ahí procede el carácter pequeñoburgués de toda nuestra burguesía. Las condiciones en que vive, los horizontes que puede formarse, son de índole mezquina; ¡qué de extraño tiene que toda su manera de pensar sea igualmente mezquina! ¿De dónde va a sacar el valor para llevar una cosa hasta el extremo? La burguesía prusiana sabe muy bien qué dependencia tiene, para su propia actividad industrial, respecto del gobierno. Las concesiones y el control administrativo pesan sobre ella como una pesadilla. Ante cada nueva empresa, el gobierno puede ponerle dificultades en el camino. ¡Y más aún en el terreno político! Durante el conflicto sobre la cuestión militar, la Cámara burguesa sólo puede actuar de manera negativa, está puramente remitida a la defensiva; entretanto, el gobierno procede ofensivamente, interpreta la Constitución a su modo, toma represalias contra los funcionarios liberales, anula las elecciones municipales liberales, pone en movimiento todas las palancas del poder burocrático para hacer ver a los burgueses su condición de súbditos, toma de hecho una posición tras otra y conquista así un lugar como ni siquiera Manteuffel tuvo. Mientras tanto, el gasto de dinero sin presupuesto y la recaudación de impuestos prosiguen su marcha tranquila, y la reorganización del ejército gana nueva fuerza con cada año de su existencia. En suma, la perspectiva del triunfo final de la burguesía cobra de año en año un carácter más revolucionario, y las victorias parciales del gobierno, que se multiplican a diario en todos los ámbitos, adquieren cada vez más la forma de hechos consumados. A ello se suma un movimiento obrero completamente independiente tanto de la burguesía como del gobierno, que fuerza a la burguesía o bien a hacer a los obreros concesiones muy funestas, o bien a estar preparada para tener que actuar sin los obreros en el momento decisivo. ¿Debería la burguesía prusiana, en estas circunstancias, tener el valor de perseverar hasta el extremo? Habría tenido que transformarse prodigiosamente desde 1848 –en su propio sentido–, y el ansia de compromiso que el Partido del Progreso exhala día a día desde que se abrió este período de sesiones no habla en ese sentido. Tememos que también esta vez la burguesía no tenga reparo en traicionarse a sí misma.

III.

«¿Cuál es, pues, la posición del partido obrero frente a esta reorganización militar y al conflicto que de ella ha surgido entre el gobierno y la oposición burguesa?»

La clase trabajadora necesita, para el pleno despliegue de su actividad política, un campo mucho más amplio que el que ofrecen los Estados particulares de la Alemania actual, desmembrada. La multiplicidad de Estados será para el proletariado un obstáculo a su movimiento, pero nunca una existencia legítima, un objeto de seria reflexión. El proletariado alemán no se ocupará jamás de constituciones imperiales, supremacías prusianas, Trias y cosas semejantes, salvo para acabar con ellas; la cuestión de cuántos soldados necesita el Estado prusiano para seguir vegetando como gran potencia le es indiferente. Que la carga militar aumente algo o no a causa de la reorganización, poco le importará a la clase obrera como clase. En cambio, no le es en modo alguno indiferente que el servicio militar general se aplique de manera completa o no. Cuantos más obreros se adiestren en el manejo de las armas, tanto mejor. El servicio militar general es el complemento necesario y natural del sufragio universal; pone a los votantes en condiciones de imponer sus decisiones con las armas en la mano contra toda intentona golpista.

La aplicación cada vez más consecuente del servicio militar general es el único punto que interesa a la clase obrera de Alemania en la reorganización del ejército prusiano.

Más importante es la cuestión: ¿cómo ha de situarse el partido obrero ante el conflicto surgido de ella entre el gobierno y la Cámara?

El obrero moderno, el proletario, es un producto de la gran revolución industrial, que particularmente en los últimos cien años en

ha subvertido por completo todo el modo de producción en todos los países civilizados, primero de la industria y después también de la agricultura, y a consecuencia de la cual participan en la producción sólo dos clases: la de los capitalistas, que se hallan en posesión de los medios de trabajo, las materias primas y los medios de subsistencia, y la de los obreros, que no poseen ni medios de trabajo, ni materias primas, ni medios de subsistencia, sino que han de comprar estos últimos a los capitalistas con su trabajo. El proletario moderno, por tanto, tiene que habérselas directamente sólo con una clase social que se le enfrenta hostil, que lo explota; con la clase de los capitalistas, la burguesía. En los países donde esta revolución industrial se ha llevado a cabo plenamente, como en Inglaterra, el obrero tiene realmente que habérselas sólo con capitalistas, pues también en el campo el gran arrendatario no es más que un capitalista; el aristócrata, que sólo consume la renta del suelo de sus posesiones, no tiene absolutamente ningún punto de contacto social con el obrero.

Diferente es en los países donde esta revolución industrial apenas se está llevando a cabo, como en Alemania. Aquí han quedado adheridos, de los anteriores estados feudales y postfeudales, una multitud de elementos sociales que, para decirlo así, enturbian el medio social, quitándole al estado social de Alemania ese carácter simple, claro, clásico, que distingue el nivel de desarrollo de Inglaterra. Encontramos aquí, en una atmósfera que se moderniza cada día más y entre capitalistas y obreros plenamente modernos, vagar vivos los más asombrosos fósiles antediluvianos: señores feudales, tribunales patrimoniales, junkers rurales, castigos con palos, consejeros gubernativos, consejeros territoriales, gremios, conflictos de competencia, poder punitivo administrativo, etc. Y encontramos que, en la lucha por el poder político, todos estos fósiles vivientes se agrupan contra la burguesía, que, por su posesión la clase más poderosa de la nueva época, en nombre de la nueva época les exige el poder político.

Además de la burguesía y el proletariado, la gran industria moderna produce aún una especie de clase intermedia entre ambos, la pequeña burguesía. Esta se compone, en parte, de los restos de la anterior burguesía de las empalizadas semimedieval y, en parte, de obreros que han ascendido un poco. Encuentra su posición menos en la producción que en la distribución de las mercancías; el comercio al por menor es su ramo principal. Mientras que la antigua burguesía de las empalizadas es la clase más estable, la pequeña burguesía moderna es la clase más cambiante de la sociedad; la bancarrota se ha convertido en ella en una institución. Participa, por su pequeña posesión de capital, de la situación vital de la burguesía, y por la inseguridad de su existencia, de la del proletariado. Contradictoria como su existencia social es su posición política; en general, sin embargo, la «democracia pura» es su expresión más correcta. Su vocación política es la de empujar a la burguesía en su lucha contra los restos de la antigua sociedad y, sobre todo, contra su propia debilidad y cobardía, y ayudar a conquistar aquellas libertades —libertad de prensa, de asociación y de reunión, sufragio universal, autogobierno local— sin las cuales, pese a su naturaleza burguesa, una burguesía tímida puede acaso arreglárselas, pero sin las cuales los obreros jamás podrán conquistar su emancipación.

En el curso de la lucha entre los restos de la antigua sociedad antediluviana y la burguesía, llega en todas partes alguna vez el momento en que ambos combatientes se dirigen al proletariado y solicitan su apoyo. Este momento suele coincidir con aquel en que la propia clase obrera comienza a moverse. Los representantes feudales y burocráticos de la sociedad decadente gritan a los obreros que se lancen junto con ellos contra los explotadores, los capitalistas, los únicos enemigos del obrero; los burgueses señalan a los obreros que ambos juntos representan la nueva época social y que, por tanto, en todo caso, tienen el mismo interés frente a la vieja forma social que se derrumba. Por este tiempo, la clase obrera va cobrando gradualmente conciencia de que ella es una clase propia, con intereses propios y con un futuro propio e independiente; y con ello surge la pregunta que se ha impuesto sucesivamente en Inglaterra, en Francia y en Alemania: ¿cómo debe situarse el partido obrero frente a los combatientes?

Esto dependerá ante todo de los objetivos que el partido obrero, es decir, aquella parte de la clase trabajadora que ha llegado a la conciencia de los intereses comunes de la clase, persigue en interés de la clase.

Según se sabe, los trabajadores más avanzados de Alemania plantean la exigencia: emancipación de los trabajadores de los capitalistas mediante la transferencia de capital del Estado a los trabajadores asociados, para operar la producción por cuenta común y sin capitalistas, y como medio para imponer este fin: la conquista del poder político mediante el sufragio universal directo.

Está claro, pues: ni el partido feudal-burocrático, al que se suele llamar lisa y llanamente la reacción, ni el partido burgués liberal-radical estarán dispuestos a conceder voluntariamente estas exigencias. Ahora bien, el proletariado se convierte en una fuerza desde el momento en que se forma un partido obrero independiente, y con una fuerza hay que contar. Ambos partidos enemigos lo saben y, por tanto, en el momento dado estarán dispuestos a hacer a los obreros concesiones aparentes o reales. ¿De qué lado pueden los obreros conseguir las mayores concesiones?

Al partido reaccionario ya le es una espina en el ojo la existencia de burgueses y proletarios. Su poder se basa en que el desarrollo social moderno sea nuevamente muerto o, por lo menos, frenado. De lo contrario, todas las clases poseedoras se transforman gradualmente en capitalistas, todas las clases oprimidas en proletarios, y con ello desaparece por sí mismo el partido reaccionario. La reacción quiere, si es consecuente, ciertamente suprimir el proletariado, pero no progresando hacia la asociación, sino reconvirtiendo a los modernos proletarios en oficiales de gremio y en campesinos de dependencia, entera o a medias siervos. ¿Les sirve a nuestros proletarios semejante transformación? ¿Desearían volver a estar bajo la disciplina paternal del maestro de gremio y del «señor clemente», si tal cosa fuera posible? Ciertamente no. Precisamente la separación de la clase trabajadora de toda esa anterior posesión aparente y de los aparentes privilegios, la instauración del desnudo antagonismo entre capital y trabajo, es lo que ha hecho posible la existencia de una sola gran clase obrera con intereses comunes, de un movimiento obrero, de un partido obrero. Y, además, semejante retroceso de la historia es una pura imposibilidad. Las máquinas de vapor, los telares mecánicos de hilar y de tejer, los arados de vapor y las trilladoras, los ferrocarriles y los telégrafos eléctricos y las prensas de vapor de la actualidad no permiten tal absurdo retroceso; al contrario, destruyen gradual e inexorablemente todos los restos de las condiciones feudales y gremiales, y disuelven todos los pequeños antagonismos sociales heredados de antaño en el único antagonismo histórico-universal de capital y trabajo.

En cambio, la burguesía no tiene otra posición histórica que la de multiplicar en todos los sentidos las gigantescas fuerzas productivas y los medios de comunicación mencionados de la sociedad moderna y elevarlos al máximo, hacer caer en sus manos por medio de sus asociaciones de crédito también los medios de producción legados de épocas anteriores, en particular la propiedad territorial, explotar todas las ramas de producción con medios modernos, destruir todos los restos de las producciones feudales y de las relaciones feudales, y reducir así a toda la sociedad al simple antagonismo de una clase de capitalistas y una clase de trabajadores desposeídos. En la misma medida en que se produce esta simplificación de los antagonismos sociales de clase, crece el poder de la burguesía, pero en medida aún mayor crece también el poder, la conciencia de clase, la capacidad de triunfo del proletariado; sólo mediante este aumento de poder de la burguesía logra el proletariado gradualmente convertirse en la mayoría, en la mayoría abrumadora del Estado, como ya lo es en Inglaterra, pero de ningún modo todavía en Alemania, donde los campesinos de toda índole en el campo y los pequeños maestros, los tenderos, etc., en las ciudades todavía le hacen la contra.

Por tanto: Toda victoria de la reacción frena el desarrollo social, aleja infaliblemente el momento en que los obreros puedan vencer. Toda victoria de la burguesía sobre la reacción, en cambio, es en cierto sentido al mismo tiempo una victoria de los obreros, contribuye al derrumbe final del dominio capitalista, acerca el momento en que los obreros vencerán sobre la burguesía.

Tómese la posición del partido obrero alemán en 1848 y ahora. Hay en Alemania todavía suficientes veteranos que participaron en los primeros comienzos de la fundación de un partido obrero alemán antes de 1848, que tras la revolución ayudaron a su construcción mientras las condiciones del tiempo lo permitieron. Todos ellos saben cuánto costó, incluso en aquellos tiempos agitados, poner en pie un movimiento obrero, mantenerlo en marcha, eliminar los elementos reaccionarios y gremialistas, y cómo todo el asunto volvió a dormirse tras un par de años. Si ahora ha surgido un movimiento obrero, por así decirlo, por sí mismo, ¿de dónde proviene? De que, desde 1848, la gran industria burguesa en Alemania ha hecho progresos inauditos, de que ha destruido una masa de pequeños maestros y demás intermediarios entre el obrero y el capitalista, de que ha puesto a una masa de obreros en antagonismo directo con el capitalista, en suma, de que ha creado un proletariado considerable allí donde antes no existía o sólo existía en escasa medida. Un partido obrero y un movimiento obrero se han tornado una necesidad a causa de este desarrollo industrial.

Con esto no se dice que no puedan presentarse momentos en que a la reacción le parezca aconsejable hacer concesiones a los obreros. Pero estas concesiones son siempre de una índole muy particular. Nunca son de naturaleza política. La reacción feudal-burocrática ni ampliará el derecho de voto, ni liberará la prensa, el derecho de asociación y de reunión, ni limitará el poder de la burocracia. Las concesiones que hace están siempre dirigidas directamente contra la burguesía y son de tal especie que no aumentan en absoluto el poder político de los obreros. Así, en Inglaterra, se llevó a cabo la ley de las diez horas para los obreros fabriles contra la voluntad de los fabricantes. Así sería, por parte del gobierno de Prusia, la observancia exacta de las disposiciones sobre el trabajo...

tiempo en las fábricas —las cuales ahora sólo existen sobre el papel—, además, reclamar y, posiblemente, obtener el derecho de coalición de los obreros, etc. Pero en todas estas concesiones por parte de la reacción es seguro que se obtienen sin ninguna contraprestación por parte de los obreros, y con razón, pues al amargar la vida a los burgueses, la reacción ya ha alcanzado su objetivo, y los obreros no le deben ningún agradecimiento, ni se lo darán nunca.

Ahora bien, existe otra especie de reacción que en los últimos tiempos ha tenido gran éxito y se ha puesto muy de moda entre ciertas gentes; es la especie que hoy se llama bonapartismo. El bonapartismo es la forma de Estado necesaria en un país donde la clase obrera, tras haber alcanzado un elevado nivel de desarrollo en las ciudades, pero siendo superada en número por los pequeños campesinos del campo, ha sido derrotada en una gran lucha revolucionaria por la clase capitalista, la pequeña burguesía y el ejército.

Cuando en Francia, en la gigantesca lucha de junio de 1848, los obreros parisinos fueron derrotados, la burguesía, al mismo tiempo, se agotó por completo con esa victoria. Era consciente de no poder soportar una segunda victoria semejante. Seguía gobernando de nombre, pero era demasiado débil para gobernar. Al frente se puso el ejército, el verdadero vencedor, apoyado en la clase de la que se reclutaba preferentemente, los pequeños campesinos, que querían tranquilidad frente a los alborotadores de las ciudades. La forma de esta dominación era, como es natural, el despotismo militar; su jefe natural, el heredero consanguíneo del mismo, Luis Bonaparte.

Frente a los obreros, como frente a los capitalistas, el bonapartismo se distingue por impedir que se lancen el uno contra el otro. Es decir, protege a la burguesía de los ataques violentos de los obreros, favorece una pequeña escaramuza pacífica entre ambas clases y, por lo demás, priva tanto a unos como a otros de toda huella de poder político. Sin derecho de asociación, sin derecho de reunión, sin libertad de prensa; un sufragio universal bajo una presión burocrática tal que las elecciones de oposición resultan casi imposibles; un régimen policíaco como hasta ahora nunca se había visto, ni siquiera en la tan civilizada Francia.

Al lado de esto, se compra directamente a una parte de la burguesía y a una parte de los obreros; a aquélla, mediante colosales estafas crediticias, por las cuales el dinero de los pequeños capitalistas se desliza hacia los bolsillos de los grandes; a éstos, mediante colosales construcciones del Estado, que concentran en las grandes ciudades, junto al proletariado natural e independiente, un proletariado artificial, imperialista, dependiente del gobierno. Finalmente, se halaga el orgullo nacional con guerras aparentemente heroicas, pero que siempre se libran, con el alto permiso de las autoridades europeas, contra el respectivo chivo expiatorio de turno, y sólo bajo condiciones en las que la victoria está asegurada de antemano.

Lo máximo que bajo semejante gobierno pueden lograr tanto los obreros como la burguesía es descansar de la lucha, que la industria se desarrolle fuertemente —en circunstancias por lo demás favorables—, de modo que se formen los elementos de una nueva lucha, más violenta, y que esta lucha estalle en cuanto la necesidad de semejante pausa de reposo haya dejado de existir. Sería el colmo de la insensatez esperar más para los obreros de un gobierno que existe precisamente sólo para mantener a los obreros a raya frente a la burguesía. —

Vengamos ahora al caso que tenemos ante nosotros. ¿Qué puede ofrecer la reacción en Prusia al partido obrero?

¿Puede esta reacción ofrecer a la clase obrera una participación real en el poder político? —Rotundamente no. En primer lugar, nunca se ha dado en la historia moderna, ni en Inglaterra ni en Francia, el caso de que un gobierno reaccionario haya hecho tal cosa. En segundo lugar, en la lucha actual en Prusia se trata precisamente de si el gobierno debe concentrar en sí mismo todo el poder real o compartirlo con el parlamento. ¡Y el gobierno, ciertamente, no pondrá todos los medios para arrebatar el poder a la burguesía sólo para regalárselo después al proletariado!

La aristocracia feudal y la burocracia pueden conservar su poder real en Prusia aun sin representación parlamentaria. Su posición tradicional en la corte, en el ejército, en la burocracia les garantiza ese poder. Incluso no deben desear una representación especial, pues cámaras de la nobleza y de los funcionarios, como las que tuvo Manteuffel, hoy día resultan imposibles por mucho tiempo en Prusia. Por eso desean mandar al diablo todo ese tinglado parlamentario.

Por el contrario, la burguesía y los obreros sólo pueden ejercer un verdadero poder político regulado mediante la representación parlamentaria; y esta representación parlamentaria sólo vale algo cuando tiene voz y voto, en otras palabras, cuando puede llevar las riendas del presupuesto. Pero eso es precisamente lo que Bismarck, según él mismo confiesa, quiere impedir. Preguntamos: ¿es interés de los obreros que este parlamento sea privado de todo poder, este parlamento al que ellos mismos aspiran a entrar mediante la conquista del sufragio universal directo y en el que esperan algún día formar la mayoría? ¿Es interés suyo poner en movimiento todas las palancas de la agitación para llegar a una asamblea que, a fin de cuentas, no tiene nada que decir? Ciertamente no.

Pero ¿y si el gobierno derogara la ley electoral vigente y otorgara por decreto el sufragio universal directo? ¡Ya, si...! Si el gobierno hiciera semejante golpe bonapartista y los obreros aceptaran, con ello habrían reconocido de antemano al gobierno el derecho de, mediante un nuevo otorgamiento por decreto tan pronto como le plazca, volver a abolir el sufragio universal directo, y ¿qué valor tendría entonces todo el sufragio universal directo?

Si el gobierno otorgara por decreto el sufragio universal directo, desde un principio lo llenaría de cláusulas tales que ya no sería, precisamente, un sufragio universal directo.

Y en cuanto al sufragio universal directo mismo, basta con ir a Francia para convencerse de qué elecciones tan mansas se pueden llevar a cabo con él, en cuanto se tiene una numerosa población rural estúpida, una burocracia bien organizada, una prensa bien disciplinada, asociaciones suficientemente reprimidas por la policía y ninguna reunión política. ¿Cuántos representantes de los obreros lleva el voto universal directo a la cámara francesa? Y sin embargo, el proletariado francés aventaja al alemán en una concentración mucho mayor y en una más larga experiencia de lucha y de organización.

Esto nos conduce a otro punto. En Alemania, la población rural es el doble de fuerte que la urbana; es decir, 2/3 viven de la agricultura, 1/3 de la industria. Y como en Alemania la gran propiedad territorial es la regla y el pequeño campesino parcelario la excepción, esto significa, en otras palabras, que si 1/3 de los obreros está bajo el mando del capitalista, 2/3 están bajo el mando del señor feudal. Quienes no dejan de atacar a los capitalistas, pero no tienen ni una palabrita de ira contra los feudales, harían bien en meditar esto. En Alemania, los feudales explotan al doble de obreros que la burguesía; en Alemania son adversarios tan directos de los obreros como los capitalistas. Pero esto no es todavía todo. La economía patriarcal en las antiguas propiedades feudales genera, de por sí, una dependencia consuetudinaria del jornalero rural o del bracero respecto a su «gnädigen Herrn» [«señor bondadoso»], que dificulta enormemente al proletariado agrícola la entrada en el movimiento de los obreros urbanos. Los curas, el embrutecimiento sistemático en el campo, la mala enseñanza escolar, el aislamiento de las gentes respecto al mundo entero, hacen el resto. El proletariado agrícola es aquella parte de la clase obrera a la que más difícilmente y más tarde se le hacen claros sus propios intereses, su propia posición social; en otras palabras, la parte que más tiempo sigue siendo instrumento inconsciente en manos de la clase privilegiada que la explota. ¿Y cuál es esa clase? En Alemania, no la burguesía, sino la nobleza feudal.

Ahora bien, incluso en Francia, donde casi sólo existen campesinos propietarios libres, donde la nobleza feudal ha sido hace mucho despojada de todo poder político, el sufragio universal no ha llevado a los obreros a la cámara, sino que casi los ha excluido por completo de ella. ¿Cuál sería el resultado del sufragio universal en Alemania, donde la nobleza feudal es todavía un verdadero poder social y político, y donde hay dos jornaleros agrícolas por cada obrero industrial? La lucha contra la reacción feudal y burocrática —pues ambas son ahora inseparables entre nosotros— equivale en Alemania a la lucha por la emancipación intelectual y política del proletariado rural; y mientras el proletariado rural no sea arrastrado al movimiento, el proletariado urbano en Alemania no podrá ni logrará lo más mínimo; mientras tanto, el sufragio universal directo no es para el proletariado un arma, sino una trampa.

Tal vez esta explicación tan franca, pero necesaria, anime a los feudales a abogar por el sufragio universal directo. Tanto mejor.

¿O acaso el gobierno reprime la prensa, el derecho de asociación, el derecho de reunión frente a la oposición burguesa (si es que en las condiciones actuales queda mucho por reprimir) sólo para hacer un regalo a los obreros con una prensa libre, libre derecho de asociación y de reunión? En realidad, ¿no sigue el movimiento obrero tranquilamente y sin perturbaciones su curso?

Ahí está justamente el quid de la cuestión. El gobierno sabe, y la burguesía también sabe, que todo el actual movimiento obrero alemán es sólo tolerado, que sólo vive mientras al gobierno le plazca. Mientras al gobierno le sirva de algo el que este movimiento exista, que a la oposición burguesa le surjan nuevos adversarios independientes, tolerará este movimiento. Desde el momento en que este movimiento desarrolle a los obreros hasta convertirlos en un poder independiente, en que con ello se vuelva peligroso para el gobierno, el asunto cesará de inmediato. La manera en que se ha puesto coto a la agitación de los progresistas en la prensa, las asociaciones y las reuniones sirva de advertencia a los obreros. Las mismas leyes, decretos y medidas que allí se han aplicado pueden aplicarse cualquier día contra ellos y poner fin a su agitación; se hará, tan pronto como esa agitación se vuelva peligrosa. Es de la mayor importancia que los obreros vean claro en este punto, que no caigan en la misma ilusión que la burguesía bajo la nueva era, cuando ella también sólo era tolerada, pero ya creía estar firmemente en la silla. Y si alguien imagina

...sollte die jetzige Regierung die Presse, das Vereinsrecht und Versammlungsrecht von den jetzigen Fesseln befreien, so gehörte er eben zu den Leuten, mit denen nicht mehr zu sprechen ist. Und ohne Preßfreiheit, Vereins- und Versammlungsrecht ist keine Arbeiterbewegung möglich.

Die bestehende Regierung in Preußen ist nicht so einfältig, daß sie sich selbst den Hals abschneiden sollte. Und wenn es dahin käme, daß die Reaktion dem deutschen Proletariat einige politische Scheinkonzessionen hinwerfen sollte, um es damit zu ködern – dann wird hoffentlich das deutsche Proletariat antworten mit den stolzen Worten des alten Hildebrandsliedes:

Mit gêrû seal man geba infähan, ort widar orte.

„Mit dem Speere soll man Gabe empfangen, Spitze gegen Spitze."

Was die sozialen Konzessionen betrifft, die die Reaktion den Arbeitern machen könnte – Verkürzung der Arbeitszeit in den Fabriken, bessere Handhabung der Fabrikgesetze, Coalitionsrecht u.s.w. – so beweist die Erfahrung aller Länder, daß die Reaktion solche Anträge stellt, ohne daß die Arbeiter ihr das Geringste als Entgelt zu bieten haben. Die Reaktion hat die Arbeiter nöthig, die Arbeiter aber nicht die Reaktion. So lange die Arbeiter also in ihrer eignen selbstständigen Agitation auf diesen Punkten bestehen, so können sie darauf rechnen, daß der Moment eintreten wird, wo reaktionäre Elemente dieselben Forderungen aufstellen, bloß um die Bourgeoisie zu chicaniren; und damit gewinnen die Arbeiter Erfolge gegenüber der Bourgeoisie, ohne der Reaktion irgend welchen Dank schuldig zu sein. –1

 Wenn aber die Arbeiterpartei von der Reaktion Nichts zu erwarten hat, als kleine Konzessionen, die ihr ohnehin zufließen, ohne daß sie darum betteln zu gehen braucht – was hat sie dann von der bürgerlichen Opposition zu erwarten?

Wir haben gesehen, daß Bourgeoisie und Proletariat beides Kinder einer neuen Epoche sind, daß sie Beide in ihrer gesellschaftlichen Thätigkeit daraufhinarbeiten, die Reste des aus früherer Zeit überkommenen Gerumpels zu beseitigen. Sie haben zwar unter sich einen sehr ernsten Kampf auszumachen, aber dieser Kampf kann erst ausgefochten werden, wenn sie einander allein gegenüberstehen. Erst dadurch daß der alte Plunder über Bord fliegt, wird „klar Schiff zum Gefecht" gemacht – nur daß diesmal das Gefecht nicht zwischen zwei Schiffen, sondern am Bord des Einen Schiffs, zwischen Offizieren und Mannschaft geschlagen wird.

Die Bourgeoisie kann ihre politische Herrschaft nicht erkämpfen, diese politische Herrschaft nicht in einer Verfassung und in Gesetzen ausdrücken, ohne gleichzeitig dem Proletariat Waffen in die Hand zu geben. Gegenüber den alten, durch Geburt unterschiedenen Ständen muß sie die Menschenrechte, gegenüber dem Zunftwesen die Handels- und Gewerbefreiheit, gegenüber der bureaukratischen Bevormundung die Freiheit und die Selbstregierung aufihre Fahne schreiben. Consequenter Weise muß sie also das allgemeine direkte Wahlrecht, Preß-, Vereins- und Versammlungsfreiheit und Aufhebung aller Ausnahmsgesetze gegen einzelne Klassen der Bevölkerung verlangen. Dies ist aber auch Alles, was das Proletariat von ihr zu verlangen braucht. Es kann nicht fordern, daß die Bourgeoisie aufhöre Bourgeoisie zu sein, aber wohl daß sie ihre eigenen Prinzipien consequent durchführe. Damit bekommt das Proletariat aber auch alle die Waffen in die Hand, deren es zu seinem endlichen Siege bedarf. Mit der Preßfreiheit, dem Versammlungs- und Vereinsrechte | erobert es sich das allgemeine Stimmrecht, mit dem allgemeinen direkten Stimmrecht, in Vereinigung mit den obigen Agitationsmitteln, alles Uebrige.

Es ist also das Interesse der Arbeiter, die Bourgeoisie in ihrem Kampfe gegen alle reaktionären Elemente zu unterstützen, solange sie sich selbst treu bleibt. Jede Eroberung, die die Bourgeoisie der Reaktion abzwingt, kommt, unter dieser Bedingung, der Arbeiterklasse schließlich zu gut. Diesen richtigen Instinkt haben die deutschen Arbeiter auch gehabt. Sie haben, mit vollem Recht, in allen deutschen Staaten, überall für die radikalsten Kandidaten gestimmt, die Aussicht zum Durchkommen hatten.

Aber wenn nun die Bourgeoisie sich selbst untreu wird, ihre eigenen Klassen-Interessen und die daraus folgenden Prinzipien verräth?

Dann bleiben den Arbeitern zwei Wege übrig!

Entweder die Bourgeoisie gegen ihren Willen voranzutreiben, sie soweit möglich zu zwingen, das Wahlrecht auszudehnen, die Presse, die Vereine und Versammlungen zu befreien, und damit dem Proletariat ein Gebiet zu schaffen, auf dem es sich frei bewegen und sich organisiren kann. Dies haben die englischen Arbeiter seit der Reformbill von 1832, die französischen Arbeiter seit der Julirevolution 1830 gethan, und gerade durch und mit dieser Bewegung, deren nächste Ziele rein bürgerlicher Natur waren, ihre eigene Entwicklung und Organisation mehr als durch irgend ein anderes Mittel gefördert. Dieser Fall wird immer eintreten, denn die Bourgeoisie, bei ihrem Mangel an politischem Muth, wird sich von Zeit zu Zeit überall untreu.

Oder aber, die Arbeiter ziehen sich ganz von der bürgerlichen Bewegung zurück und überlassen die Bourgeoisie ihrem Schicksale. Dieser Fall trat in England, Frankreich und Deutschland nach dem Scheitern der europäischen Arbeiterbewegung | von 1848-50 ein. Er ist nur möglich nach gewaltsamen und momentanen fruchtlosen Anstrengungen, nach denen die Klasse Ruhe bedarf. Im gesunden Zustand der Arbeiterklasse ist er unmöglich; er kämeja einer vollständigen politischen Abdankung gleich, und deren ist eine ihrer Natur nach muthige Klasse, eine Klasse, die Nichts zu verlieren und Alles zu gewinnen hat, auf die Dauer unfähig.

Selbst in dem äußersten Fall, daß die Bourgeoisie, aus Furcht vor den Arbeitern, sich unter der Schürze der Reaktion verkriechen, und an die Macht der ihr feindlichen Elemente um Schutz gegen die Arbeiter appelliren sollte – selbst dann wird der Arbeiterpartei nichts übrig bleiben, als die von den Bürgern verrathene Agitation für bürgerliche Freiheit, Preßfreiheit, Versammlungs- und Vereinsrecht trotz der Bürger fortzuführen. Ohne diese Freiheiten kann sie selbst sich nicht frei bewegen; sie kämpft in diesem Kampf für ihr eigenes Lebenselement, für die Luft, die sie zum Athmen nöthig hat.

Es versteht sich von selbst, daß in allen diesen Fällen die Arbeiterpartei nicht als der bloße Schwanz der Bourgeoisie, sondern als eine durchaus von ihr unterschiedene, selbstständige Partei auftreten wird. Sie wird der Bourgeoisie bei jeder Gelegenheit ins Gedächtniß rufen, daß die Klasseninteressen der Arbeiter denen der Kapitalisten direkt entgegengesetzt, und daß die Arbeiter sich dessen bewußt sind. Sie wird ihre eigene Organisation gegenüber der Parteiorganisation der Bourgeoisie festhalten und fortbilden, und mit der letzteren nur unterhandeln wie eine Macht mit der andern. Auf diese Weise wird sie sich eine achtunggebietende Stellung sichern, die einzelnen Arbeiter über ihre Klasseninteressen aufklären, und bei dem nächsten revolutionären Sturm – und diese Stürme sind ja jetzt von so regelmäßiger Wiederkehr wie die Handelskrisen und Aequinoctialstürme – zum Handeln bereit sein. |

 Daraus folgt die Politik der Arbeiterpartei in dem preußischen Verfassungskonflikt von selbst.

Die Arbeiterpartei vor Allem organisirt erhalten, soweit es die jetzigen Zustände zulassen;

die Fortschrittspartei vorantreiben zum wirklichen Fortschreiten, soweit das möglich; sie nöthigen, ihr eigenes Programm radikaler zu machen und daran zu halten; jede ihrer Inconsequenzen und Schwächen unnachsichtlich züchtigen und lächerlich machen;

die eigentliche Militärfrage gehen lassen wie sie geht, in dem Bewußtsein, daß die Arbeiterpartei auch einmal ihre eigene, deutsche „Armee-Re-Organisation" machen wird;

der Reaktion aber auf ihre heuchlerischen Lockungen antworten: „Mit dem Speere soll man Gabe empfangen", „Spitze gegen Spitze".

108

Karl Marx/Friedrich Engels
Erklärung.

An die Redaktion des „Social-Demokraten'

Erklärung

An die Redaction
des „Social-Demokraten".

Die Unterzeichneten versprachen ihre Mitarbeit am „Social-Demokrat" und erlaubten die Veröffentlichung ihrer Namen als Mitarbeiter unter dem ausdrücklichen Vorbehalt, daß das Blatt im Geist des ihnen mitgetheilten kurzen Programms redigirt werde. Sie verkannten keinen Augenblick die schwierige Stellung des „Social-Demokrat" und machten daher keine für den Meridian von Berlin unpassenden Ansprüche. Sie forderten aber wiederholt, daß dem Ministerium und der feudal-absolutistischen Partei gegenüber eine wenigstens eben so kühne Sprache geführt werde als gegenüber den Fortschrittlern. Die von dem „Social-Demokrat" befolgte Taktik schließt ihre weitere Betheiligung an demselben aus. Die Ansicht der Unterzeichneten vom königlich preußischen Regierungssocialismus und der richtigen Stellung der Arbeiterpartei zu solchem Blendwerk findet sich bereits ausführlich entwickelt in No. 73 der „Deutschen Brüsseler Zeitung" vom 12. September 1847, in Antwort auf N. 206 des damals in Köln erscheinenden „Rheinischen Beobachter", worin die Allianz des „Proletariats" mit der

„Regierung" gegen die „liberale Bourgeoisie" vorgeschlagen war. Jedes

20 Wort unsrer damaligen Erklärung unterschreiben wir noch heute. |

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Friedrich Engels
Notiz über „Die preußische Militärfrage

und die deutsche Arbeiterpartei"

I In diesen Tagen erscheint bei O.Meißner in Hamburg eine Broschüre von Fr. Engels: „Die preußische Militärfrage und die deutsche Arbeiterpartei". Sie verdankt ihren Ursprung einer Aufforderung von Seiten eines sogenannt „sozial-demokratischen" Blattes an den Verfasser, sich über diesen Gegenstand in diesem Blatt auszusprechen. Eine eingehende Behandlung des Gegenstandes erforderte jedoch mehr Raum als einer Zeitung zu Gebote stand; und die bismarckophile Richtung, die die neueste „Sozial-Demokratie" genommen, machte es außerdem den Leuten von der „Neuen Rheinischen Zeitung" unmöglich, an den Organen dieser „Sozialdemokratie" mitzuarbeiten. Unter diesen Umständen erscheint die genannte Arbeit selbstständig in Broschürenform // und entwickelt den Standpunkt den die „Sozialdemokraten" von 1848 sowohl der Regierung wie der Fortschrittspartei gegenüber einnehmen. /

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Karl Marx

Notizen zum Konflikt in der Section de Paris

11865

21 Febr. (Tuesday) Beschluß des Central Council den Le Lubez herüberzuschicken, reist ab.

Wednesday. 22 Feb. (Abends.) Lubez reist ab.

Paris 23 Febr. Einladung zu meeting des Lefort bei Fribourg etc. (Sieh Letter of Fribourg). Antwort des Lefort in Schily's Brief, (p. 2)

24 Febr. Abend. Meeting on Fribourg etc.

24 Feb. Morgen: Lefort besucht Schily mit Lubez – Schily geht nun, Lefort zunächst in der Nähe lassend, zu Fribourg, where they found different friends, amongst others a friend of Lefort's. All were decidedly against his intrusion. Schily then went away to fetch him, and did not conceal from him that he considered his claim, such as formulated by him, untenable, (p.2.) Betrogen der Lefort bei der Gelegenheit. (l.e.) Schritte gethan entgegenkommend gegen Lefort. (2,3.)

24 Feb. Abend: Meeting. Le Lubez nicht da; ging zur Lefortschen Soirée. (3,4.)

Schilderung dieses meeting vom 24. Feb. (p. 4, 5, 6.)|

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Karl Marx
Resolutions of the Central Council
on the conflict in the Section de Paris

(Original draft)

I Ich schlage dem Subcommittee folgende Resolutions vor:

1) The present Paris branch Administration, consisting of citizens Tolain, Fribourg, and Limousin, is confirmed in its functions by the London Central Council, which also expresses its thanks for their zeal and activity;

2) The adjunction of citizen Pierre Vinçard to the Paris branch Administration is thought desirable;...de que, si el actual gobierno liberase a la prensa, al derecho de asociación y al derecho de reunión de sus actuales cadenas, él pertenecería precisamente a esa clase de gente con la que ya no cabe hablar. Y sin libertad de prensa, sin derecho de asociación y de reunión, no es posible movimiento obrero alguno.

El actual gobierno de Prusia no es tan simple como para cortarse él mismo el cuello. Y si las cosas llegaran al punto de que la reacción arrojase algunas concesiones políticas aparentes al proletariado alemán para atraerlo con ese cebo, entonces, así lo esperamos, el proletariado alemán responderá con las orgullosas palabras del antiguo cantar de Hildebrando:

Mit gêrû seal man geba infähan, ort widar orte.

«Con la lanza se ha de recibir el don, punta contra punta.»

En cuanto a las concesiones sociales que la reacción pudiera hacer a los obreros —reducción de la jornada de trabajo en las fábricas, mejor aplicación de la legislación fabril, derecho de coalición, etc.—, la experiencia de todos los países demuestra que la reacción presenta tales propuestas sin que los obreros tengan que ofrecerle a cambio lo más mínimo. La reacción necesita a los obreros, pero los obreros no necesitan a la reacción. Así pues, mientras los obreros perseveren en estos puntos en su propia agitación independiente, pueden contar con que llegará el momento en que elementos reaccionarios planteen las mismas reivindicaciones, sólo por chicanear a la burguesía; y con ello los obreros obtienen triunfos frente a la burguesía sin deberle a la reacción agradecimiento alguno. —1

 Pero si el partido obrero no tiene nada que esperar de la reacción, salvo pequeñas concesiones que de todos modos le llegan sin que tenga que ir a mendigarlas, ¿qué tiene que esperar entonces de la oposición burguesa?

Hemos visto que burguesía y proletariado son ambos hijos de una nueva época, que ambos trabajan en su actividad social por eliminar los restos de los trastos viejos heredados de tiempos anteriores. Ciertamente, han de librar entre sí una lucha muy seria, pero esta lucha sólo podrá dirimirse cuando se encuentren solos el uno frente al otro. Sólo cuando la vieja morralla vuele por la borda se «despejará el barco para el combate» —sólo que esta vez el combate no se librará entre dos barcos, sino a bordo del único barco, entre oficiales y tripulación.

La burguesía no puede conquistar su dominación política, no puede plasmar esta dominación política en una constitución y en leyes, sin poner al mismo tiempo armas en manos del proletariado. Frente a los viejos estamentos, distinguidos por el nacimiento, tiene que inscribir en su bandera los derechos humanos; frente al régimen gremial, la libertad de comercio e industria; frente a la tutela burocrática, la libertad y el autogobierno. En consecuencia, tiene que exigir el sufragio universal directo, la libertad de prensa, de asociación y de reunión, y la abolición de todas las leyes de excepción contra clases particulares de la población. Pero esto es también todo lo que el proletariado necesita exigir de ella. No puede pedir que la burguesía deje de ser burguesía, pero sí que lleve consecuentemente a la práctica sus propios principios. Y con ello el proletariado recibe también en sus manos todas las armas que necesita para su victoria final. Con la libertad de prensa, el derecho de reunión y de asociación | conquista el sufragio universal; con el sufragio universal directo, en unión con los medios de agitación arriba mencionados, todo lo demás.

Es, pues, interés de los obreros apoyar a la burguesía en su lucha contra todos los elementos reaccionarios, mientras se mantenga fiel a sí misma. Toda conquista que la burguesía arranque a la reacción redunda, bajo esta condición, en beneficio final de la clase obrera. Los obreros alemanes han tenido también este instinto acertado. Han votado, con pleno derecho, en todos los Estados alemanes, por los candidatos más radicales que tenían perspectivas de salir adelante.

Pero ¿y si la burguesía se vuelve infiel a sí misma, traiciona sus propios intereses de clase y los principios que de ellos se derivan?

Entonces les quedan a los obreros dos caminos.

O bien empujar a la burguesía contra su voluntad, obligarla en lo posible a extender el derecho electoral, a liberar la prensa, las asociaciones y las reuniones, creando así al proletariado un terreno en el que pueda moverse libremente y organizarse. Esto es lo que han hecho los obreros ingleses desde la Reform Bill de 1832, los obreros franceses desde la Revolución de Julio de 1830, y precisamente mediante y en el curso de este movimiento, cuyas metas inmediatas eran de naturaleza puramente burguesa, han impulsado su propio desarrollo y organización más que por ningún otro medio. Este caso se presentará siempre, pues la burguesía, dada su falta de valor político, se hará infiel a sí misma en todas partes de vez en cuando.

O bien los obreros se retiran por completo del movimiento burgués y abandonan a la burguesía a su suerte. Este caso se dio en Inglaterra, Francia y Alemania tras el fracaso del movimiento obrero europeo | de 1848-50. Sólo es posible tras esfuerzos violentos y momentáneamente estériles, tras los cuales la clase necesita reposo. En el estado sano de la clase obrera es imposible; equivaldría a una abdicación política completa, y una clase valerosa por naturaleza, una clase que no tiene nada que perder y todo que ganar, es incapaz de ella a la larga.

Incluso en el caso extremo de que la burguesía, por miedo a los obreros, se esconda bajo las faldas de la reacción e implore la protección de los elementos que le son hostiles contra los obreros, incluso entonces al partido obrero no le quedará más remedio que proseguir, a pesar de los burgueses, la agitación por la libertad burguesa, la libertad de prensa, el derecho de reunión y de asociación, traicionada por los ciudadanos. Sin estas libertades, él mismo no puede moverse libremente; lucha en esta lucha por su propio elemento vital, por el aire que necesita para respirar.

De suyo se entiende que, en todos estos casos, el partido obrero no actuará como mera cola de la burguesía, sino como un partido enteramente diferenciado de ella, independiente. Le recordará a la burguesía en cada ocasión que los intereses de clase de los obreros son directamente opuestos a los de los capitalistas, y que los obreros son conscientes de ello. Mantendrá y seguirá desarrollando su propia organización frente a la organización partidaria de la burguesía, y con esta última sólo negociará como potencia con potencia. De este modo se asegurará una posición respetable, ilustrará a los obreros individuales sobre sus intereses de clase y estará listo para actuar en la próxima tormenta revolucionaria —y estas tormentas se repiten ahora con una regularidad tan periódica como las crisis comerciales y las tormentas equinocciales. |

 De aquí se sigue por sí misma la política del partido obrero en el conflicto constitucional prusiano.

Ante todo, mantener organizado al partido obrero en la medida en que lo permitan las actuales circunstancias;

empujar al Partido del Progreso hacia un avance real, en lo posible; obligarlo a radicalizar su propio programa y a atenerse a él; castigar y ridiculizar sin contemplaciones cada una de sus inconsecuencias y debilidades;

dejar correr la cuestión militar propiamente dicha tal como va, con la conciencia de que el partido obrero, a su vez, hará su propia «reorganización del ejército» alemana;

pero responder a los hipócritas cantos de sirena de la reacción: «Con la lanza se ha de recibir el don», «punta contra punta».

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Karl Marx/Friedrich Engels
Declaración.

A la redacción del «Social-Demokrat»

Declaración

A la redacción
del «Social-Demokrat».

Los abajo firmantes prometieron su colaboración en el «Social-Demokrat» y autorizaron la publicación de sus nombres como colaboradores bajo la expresa reserva de que el periódico se redactase en el espíritu del breve programa que les fue comunicado. No desconocieron en ningún momento la difícil posición del «Social-Demokrat» y, por ello, no formularon exigencias inadecuadas para el meridiano de Berlín. Pero exigieron repetidamente que frente al ministerio y al partido feudal-absolutista se emplease un lenguaje tan enérgico como frente a los progresistas. La táctica seguida por el «Social-Demokrat» excluye su ulterior participación en el mismo. La opinión de los abajo firmantes acerca del socialismo gubernamental real prusiano y de la correcta posición del partido obrero frente a semejante engaño se encuentra ya expuesta detalladamente en el núm. 73 de la «Deutsche Brüsseler Zeitung» del 12 de septiembre de 1847, en respuesta al núm. 206 del «Rheinischer Beobachter», que aparecía entonces en Colonia, donde se proponía la alianza del «proletariado» con el

«gobierno» contra la «burguesía liberal». Todavía hoy suscribimos cada

20 palabra de nuestra declaración de entonces. |

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Friedrich Engels
Nota sobre «La cuestión militar prusiana

y el partido obrero alemán»

I En estos días aparece en la editorial de O. Meißner, en Hamburgo, un folleto de Fr. Engels: «La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán». Debe su origen a una invitación dirigida al autor por parte de un periódico autodenominado «socialdemócrata» para que se pronunciase en dicho periódico sobre este tema. Sin embargo, un tratamiento a fondo del asunto requería más espacio del que un periódico podía ofrecer; y la orientación bismarckófila adoptada por la novísima «socialdemocracia» imposibilitaba además a los hombres de la «Neue Rheinische Zeitung» colaborar en los órganos de esta «socialdemocracia». En tales circunstancias, el mencionado trabajo aparece de manera independiente en forma de folleto // y desarrolla el punto de vista que los «socialdemócratas» de 1848 adoptan tanto frente al gobierno como frente al Partido del Progreso. /

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Karl Marx

Notas sobre el conflicto en la Section de Paris

11865

21 de feb. (martes) Acuerdo del Consejo Central de enviar a Le Lubez, parte.

Miércoles. 22 de feb. (Por la noche.) Lubez parte.

París 23 de feb. Invitación a meeting de Lefort en casa de Fribourg etc. (Véase carta de Fribourg). Respuesta de Lefort en carta de Schily, (p. 2)

24 de feb. Por la noche. Meeting en casa de Fribourg etc.

24 de feb. Por la mañana: Lefort visita a Schily con Lubez – Schily va entonces, dejando de momento a Lefort en las cercanías, a casa de Fribourg, donde encontraron a varios amigos, entre otros a un amigo de Lefort. Todos estaban decididamente en contra de su intrusión. Schily fue entonces a buscarlo, y no le ocultó que consideraba su pretensión, tal como la había formulado, insostenible, (p. 2.) Engañado Lefort en la ocasión. (l.c.) Pasos dados en sentido conciliador hacia Lefort. (2, 3.)

24 de feb. Por la noche: Meeting. Le Lubez no estaba; fue a la velada de Lefort. (3, 4.)

Descripción de este meeting del 24 de feb. (p. 4, 5, 6.)|

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Karl Marx
Resoluciones del Consejo Central
sobre el conflicto en la Section de Paris

(Borrador original)

I Propongo al Subcomité las siguientes resoluciones:

1) La actual administración de la sección de París, compuesta por los ciudadanos Tolain, Fribourg y Limousin, es confirmada en sus funciones por el Consejo Central de Londres, que también les expresa su agradecimiento por su celo y actividad;

2) Se considera deseable la adjunción del ciudadano Pierre Vinçard a la administración de la sección de París;

3) Al agradecer al ciudadano Lefort la parte que ha tomado en la fundación de la Sociedad Internacional, y desear vivamente su colaboración, en calidad de *homme de conseil*, con la Administración de la sección de París, el Consejo Central de Londres considera, al mismo tiempo, que no está facultado para imponer al ciudadano Lefort cargo oficial alguno en la Administración de la sección de París;

4) El ciudadano Victor Schily es nombrado delegado en París del Consejo Central de Londres. || En tal carácter, debe actuar únicamente con la Administración de la sección de París. Ejercerá ese *droit de surveillance* que la propia sección de París ha tenido a bien reconocer como atributo necesario del Consejo Central en la presente coyuntura política. |

Karl Marx
Resoluciones del Consejo Central
sobre el conflicto en la Sección de París

I) Resolución. Considerando que el ciudadano Tolain ha presentado varias veces su dimisión, y que el Consejo Central otras tantas ha rehusado aceptarla, dicho Consejo deja ahora al ciudadano Tolain y a la Administración de París el reconsiderar si, en las circunstancias actuales, esta dimisión es o no oportuna. El Consejo Central confirma por anticipado cualquier resolución que la Administración pueda adoptar sobre este particular.

II) Resolución. Atendiendo a los deseos de una reunión de 32 miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, celebrada en París el 24 de febrero, y en obediencia a los principios de la soberanía popular y del autogobierno, el Consejo Central anula su resolución relativa al nombramiento de un vindicador oficial para la prensa francesa. Al mismo tiempo, el Consejo aprovecha esta ocasión para expresar su alta estima hacia el ciudadano Lefort, en particular como uno de los iniciadores de la Sociedad Internacional de los Trabajadores y, en general, por su reconocido carácter público, y protesta además que no sanciona el principio de que solo un *ouvrier* sea admisible como cargo oficial en nuestra sociedad.

III) Resolución: El Consejo acuerda que la presente Administración, con la adición del ciudadano Vinçard, quede confirmada.

IV) Resolución: El Consejo Central ruega encarecidamente a la Administración de París que llegue a un entendimiento con los ciudadanos Lefort y Beluze, de modo que se les admita, a ellos y al grupo de *ouvriers* que representan, a estar representados en la administración por tres miembros; pero el Consejo, al emitir tal deseo, no tiene ni poder ni intención de dictar.

La Administración de París, habiendo expresado su disposición a reconocer una delegación directa del Consejo Central, el Consejo nombra por consiguiente al ciudadano Schily como su delegado ante dicha Administración.

Karl Marx
/ Instrucción privada a Schily.

«En caso de que no se llegue a un compromiso, el Consejo declara que el grupo Lefort, después de haber retirado sus tarjetas de afiliación, tendrá el poder, con arreglo a nuestros Estatutos (véase § 7), de formar una sociedad local de sección.»

Esto debe ser esgrimido *in terrorem*, pero confidencialmente, a Fribourg et Co., a fin de inducirlos a hacer las concesiones necesarias, suponiendo que Lefort y Beluze (el director de la Banque du Peuple) se toman en serio el inducir a su grupo a hacerse miembros. |