Karl Marx

Escrito el 4 de agosto de 1862.

[“Die Presse”, núm. 218, del 9 de agosto de 1862]

La crisis que domina actualmente las condiciones de los Estados Unidos se debe a causas dobles: militares y políticas.

De haberse conducido la última campaña con arreglo a un plan estratégico, el ejército principal del Oeste —como ya se expuso anteriormente en estas mismas páginas |véase: “La guerra civil norteamericana” y “Humanidad inglesa y América”|— habría debido aprovechar sus éxitos en Kentucky y Tennessee para penetrar, a través del norte de Alabama, en Georgia y apoderarse allí de los centros ferroviarios de Decatur, Milledgeville, etc. De ese modo se habría suprimido la conexión entre el ejército oriental y el occidental de los secesionistas, imposibilitando su apoyo recíproco. En lugar de ello, el ejército de Kentucky marchó Misisipí abajo, hacia el sur, en dirección a Nueva Orleans, y su victoria no lejos de Memphis no tuvo otro resultado que enviar a Richmond la mayor parte de las tropas de Beauregard; de suerte que los confederados se encontraron aquí de repente frente a McClellan —quien no había explotado la derrota de las tropas enemigas en Yorktown y Williamsburg y que, por otra parte, había dispersado desde un principio sus propias fuerzas—, con un ejército superior en una posición superior. El generalato de McClellan, ya descrito antes |véase: “Asuntos americanos” y “La situación en el teatro de guerra norteamericano”|, bastaba por sí solo para asegurar la perdición del más grande y mejor disciplinado de los ejércitos. Finalmente, el secretario de Guerra Stanton cometió un error imperdonable. Para impresionar al extranjero, suspendió los reclutamientos después de la conquista de Tennessee, condenando así al ejército a un debilitamiento continuo, precisamente cuando más necesitaba refuerzos para la ofensiva rápida y decisiva. Pese a los desaciertos estratégicos y pese al generalato de McClellan, la guerra, con afluencia constante de reclutas, sin estar decidida, se acercaba, empero, rápidamente a una decisión victoriosa. La medida de Stanton fue tanto más funesta cuanto que el Sur, por entonces, alistaba precisamente a todos los hombres de 18 a 35 años, poniéndolo así todo a una sola carta. Son estos hombres, entretanto adiestrados, los que dan a los confederados la superioridad en casi todas partes y les aseguran la iniciativa. Detuvieron a Halleck, expulsaron a Curtis de Arkansas, derrotaron a McClellan y dieron bajo Stonewall Jackson la señal de las incursiones guerrilleras que ahora ya llegan hasta el Ohio.

Las causas militares de la crisis dependen, en parte, de las políticas. Fue la influencia del Partido Demócrata la que elevó a una incapacidad como McClellan, por haber sido anteriormente partidario de Breckinridge, a comandante en jefe de todas las fuerzas armadas del Norte. Fue la angustiosa consideración hacia los deseos, ventajas e intereses de los portavoces de los estados esclavistas fronterizos (border slave states) la que hasta ahora le ha quitado a la guerra civil su punta de principio y la ha descarnado, por así decirlo. Los «leales» esclavistas de estos estados fronterizos impusieron que se mantuvieran las fugitive slave laws (leyes sobre los esclavos fugitivos) dictadas por el Sur y que se reprimieran violentamente las simpatías de los negros hacia el Norte, que ningún general osara poner en campaña una compañía de negros y que, finalmente, la esclavitud, de talón de Aquiles del Sur, se convirtiese en su invulnerable callosidad. ¡Gracias a los esclavos, que realizan todos los trabajos productivos, se puede llevar al campo de batalla a todos los hombres del Sur aptos para el combate!

En este momento, en que suben las acciones de la secesión, los portavoces de los estados fronterizos elevan sus pretensiones. Sin embargo, el llamamiento de Lincoln a ellos, en el que amenaza con el desbordamiento del partido abolicionista, muestra que las cosas toman un giro revolucionario. Lincoln sabe lo que Europa no sabe: que no es en modo alguno apatía ni ceder ante la presión de la derrota lo que hace que su exigencia de 300.000 reclutas encuentre un eco tan frío. Nueva Inglaterra y el Noroeste, que han suministrado el principal contingente del ejército, están decididos a imponer al gobierno una dirección revolucionaria de la guerra y a escribir sobre la bandera estrellada la «abolición de la esclavitud» como consigna de batalla. Lincoln sólo cede, vacilante y temeroso, a esta pressure from without |diesem Druck von außen|, pero sabe que le es imposible resistirle mucho tiempo. De ahí su llamamiento suplicante a los estados fronterizos para que renuncien voluntariamente y en condiciones contractuales ventajosas a la institución de la esclavitud. Sabe que sólo la pervivencia de la esclavitud en los estados fronterizos ha mantenido hasta ahora intocada la esclavitud en el Sur y ha prohibido al Norte aplicar su gran remedio radical. Sólo se equivoca si cree que los «leales» esclavistas son susceptibles de ser movidos por discursos benévolos y razones. Sólo cederán ante la violencia.

Hasta ahora sólo hemos presenciado el primer acto de la guerra civil: la dirección constitucional de la guerra. El segundo acto, la dirección revolucionaria de la guerra, está por venir.

Entretanto, el Congreso, ahora en receso, ha decretado durante su primera sesión una serie de medidas importantes que queremos resumir aquí sumariamente.

Prescindiendo de su legislación financiera, ha aprobado la Homestead-Bill, largamente anhelada en vano por las masas populares del Norte, en virtud de la cual una parte de las tierras del Estado se entrega gratuitamente a los colonos, nativos o inmigrantes, para su cultivo. Ha abolido la esclavitud en Columbia y en la capital nacional, con indemnización monetaria a los antiguos esclavistas. En todos los Territorios de los Estados Unidos se ha declarado la esclavitud «imposible para siempre». El acta por la cual se admite el nuevo estado de Virginia Occidental en la Unión prescribe la abolición gradual de la esclavitud y declara nacidos libres a todos los niños negros nacidos después del 4 de julio de 1863. Las condiciones de la emancipación gradual están tomadas, en su conjunto, de la ley promulgada hace 70 años en Pensilvania con el mismo propósito. Por una cuarta acta se dispone la emancipación de todos los esclavos de los rebeldes en cuanto caigan en manos del ejército republicano. Otra ley, que ahora se aplica por primera vez, establece que estos negros emancipados pueden ser organizados militarmente y enviados al campo contra el Sur. Se ha reconocido la independencia de las repúblicas negras de Liberia y Haití; finalmente, se ha concertado un tratado con Inglaterra para la abolición del tráfico de esclavos.

Así pues, caigan como caigan los dados de la fortuna de la guerra, ya se puede decir con seguridad que la esclavitud negra no sobrevivirá por mucho tiempo a la guerra civil.