SOBRE LA CRISIS DEL ALGODON

[8 de febrero de 1862]

Hace unos se celebró el encuentro anual de la Cámara de
Comercio de Manchester. Ésta representa a Lancashire, el
mayor distrito industrial del Reino Unido y la sede principal de
la manufactura británica del algodón. El presidente del encuen-
tro, el señor E. Potter, y los oradores principales, los señores Baz-
ley y Turner, representan a Manchester y a una parte de Lancas-
hire en la Cámara de los Comunes. Por las conversaciones del
encuentro nos enteramos, pues, de manera oficial, de la posi-
ción que frente a la crisis americana mantendrá en el «Senado
de la nación» el gran centro de la industria inglesa del algodón.

En el encuentro de la Cámara de Comercio del pasado añoel
señor Ashworth, uno de los mayores barones del algodón de
Inglaterra, celebró con entusiasmo pindárico la inaudita expan-
sión de la industria del algodón en el curso de la última década.
Hizo especial hincapié en que incluso las crisis comerciales de
1847 y 1857 no produjeron una caída de las exportaciones de
hilados de algodón y tejidos ingleses. Explicó este fenómeno
por la fuerza milagrosa del sistema de libre comercio introduci-

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do en 1846. Ya entonces sonaba raro que el mismo sistema, aun-
que incapaz de ahorrar a Inglaterra las crisis de 1847 y 1857,
hubiera de ser capaz de ahuyentar de aquella crisis a una rama
particular de la industria inglesa, la industria del algodón. Pero
¿qué es lo que oímos hoy? Diversos oradores, entre ellos el señor
Ashworth, afirman que desde 1858 se ha venido observando un
retraimiento inaudito de los mercados asiáticos y que, a raíz de
una superproducción masiva y continua, debería producirse el
estancamiento actual incluso sin la Guerra Civil americana, la
tarifa Morrill y el bloqueo. Si sin estas circunstancias agravantes
la caída de las exportaciones del último año hubiera alcanzado
el nivel de los seis millones de libras esterlinas evidentemente
seguirá siendo una duda, pero no parece improbable cuando
escuchamos que los mercados principales de Asia y Australia tie-
nen provisiones de productos de algodón inglés para doce
meses.

Así pues, la crisis que se ha venido produciendo hasta el
momento en la industria inglesa del algodón es, según confe-
sión de la Cámara de Comercio de Manchester, reguladora en
esta cuestión, no resultado del bloqueo americano, sino de la
superproducción inglesa. Pero ¿cuáles serían las consecuencias
si continuara la Guerra Civil americana? A esta pregunta encon-
tramos otra vez una respuesta unánime: sufrimiento desmedido
de la clase trabajadora y ruina de los pequeños fabricantes.

En Londres —observó el señor Cheetham-, se dice que tendría-
mos aún algodón suficiente para continuar trabajando. Pero el
algodón solo no es la cuestión. Se trata, sobre todo, de su precio.
Con los precios actuales se comería el capital de los fabricantes.

La Cámara de Comercio, no obstante, se declara abiertamente

| en contra de cualquier intervención en Estados Unidos, aunque la
7 mayoria de sus miembros estan lo suficientemente influidos por
The Times para dar por inevitable la disolución de la Unión.

Lo último -dice el senor Potter- que recomendaríamos sería la
intervención. El último lugar del que saldría una propuesta tal es
Manchester. Nada nos determinará a recomendar algo moral-
mente malo.

El señor Bazley:

La contienda americana tiene que basarse en el estricto princi-
pio de la no intervención. El pueblo de ese gran país tiene que
poner en orden sus propios asuntos sin que nadie le moleste.

El señor Cheetham:

La opinión dominante en este distrito se opone de forma decidi-
da a cualquier intervención en la contienda americana. Es nece-
sario decir esto claramente, porque, en caso de duda, desde el
lado contrario podría ejercerse una presión extraordinaria sobre
el gobierno.

Así pues, ¿qué es lo que recomienda la Cámara de Comercio? El
gobierno inglés debe apartar todos los obstáculos que, desde el
gobierno, siguen frenando aún el cultivo del algodón en la
India. En especial deber aumentar el límite de importación del
10 por ciento, con el que están cargados en la India los hilados y
tejidos de algodón. Apenas se había acabado con el régimen de
la Compañía de las Indias Orientales, apenas el este de la India
había sido anexionado al Imperio británico, cuando Palmerston

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impuso por medio del señor Wilson esa barrera a las importa-
ciones de productos ingleses en la India, y por cierto al mismo
tiempo que vendía Saboya y Niza por el tratado comercial fran-
co-británico. Mientras que el mercado francés se abrió a la
industria inglesa hasta cierto volumen, el mercado del este de la
India se le cerró en un volumen mucho mayor.

El señor Bazley apuntó en referencia a esto que desde la
imposición de esa barrera se habían exportado a Bombay y a
Calcuta grandes cantidades de maquinaria inglesa y que allí
mismo se elaboraban productos de estilo inglés. Éstos se prepa-
raban para quitarles el mejor algodón de la India. Si al 10 por
ciento del límite de importaciones se le añade un 15 por ciento
de transporte, los rivales fabricados artificialmente gracias a la
iniciativa del gobierno inglés disfrutan de un arancel proteccio-
nista de un 25 por ciento.

En la reunión de los grandes dignatarios de la industria
inglesa se manifestó un amargo desacuerdo en esta tendencia
proteccionista, que va ganando cada vez más terreno en las colo-
nias, en especial en Australia. Los señores olvidan que las colo-
nias llevan medio siglo protestando en vano contra el «sistema
colonial» de la madre patria. Entonces las colonias exigían el
comercio libre. Inglaterra se aferró a su prohibición. Ahora
Inglaterra clama por el comercio libre y a las colonias les parece
más oportuno proteger sus intereses frente a Inglaterra.

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