Karl Marx

Sobre los acontecimientos en Norteamérica

Escrito el 7 de octubre de 1862.

[“Die Presse” núm. 281 del 12 de octubre de 1862]

La breve campaña de Maryland ha decidido la suerte de la guerra civil norteamericana, por mucho que la fortuna de las armas pueda oscilar aún entre los partidos contendientes durante un tiempo más o menos largo. Ya se ha expuesto antes en estas páginas que la lucha por la posesión de los estados esclavistas fronterizos es la lucha por el dominio sobre la Unión, y en esa lucha, que emprendió bajo las circunstancias más favorables y jamás repetibles, la Confederación ha sido derrotada.

Maryland era considerado con razón la cabeza, y Kentucky el brazo, del partido esclavista en los estados fronterizos. La capital de Maryland, Baltimore, sólo se mantenía “leal” hasta ahora mediante la ley marcial. Era un dogma, no sólo del Sur, sino también del Norte, que la aparición de los confederados en Maryland sería la señal para un levantamiento popular en masa contra “los satélites de Lincoln”. No se trataba aquí únicamente de un éxito militar, sino de una demostración moral que electrizaría a los elementos sudistas en todos los estados fronterizos y los arrastraría con violencia a su torbellino.

Con la caída de Maryland caía Washington, Filadelfia quedaba amenazada y Nueva York ya no estaba segura. La invasión simultánea de Kentucky —el más importante de los estados fronterizos por su población, situación y recursos económicos— era, considerada aisladamente, una mera diversión. Apoyada en éxitos decisivos en Maryland, habría aplastado al partido unionista en Tennessee, flanqueado Misuri, asegurado Arkansas y Texas, amenazado Nueva Orleans y, sobre todo, trasladado la guerra a Ohio, el estado central del Norte, cuya posesión somete al Norte enteramente lo mismo que la posesión de Georgia somete al Sur. Un ejército confederado en Ohio habría cortado el Oeste de los estados del Norte respecto del Este y combatido al adversario desde el centro de éste. Tras el fiasco del ejército principal rebelde en Maryland, la invasión de Kentucky, impulsada con poca energía y sin encontrar en ninguna parte simpatía popular, se reduce a una insignificante incursión de guerrillas. Incluso la toma de Louisville no haría ahora sino unir a “los gigantes del Oeste”, las legiones de Iowa, Illinois, Indiana y Ohio, en un “alud” semejante al que se desplomó sobre la cabeza del Sur durante la primera y gloriosa campaña de Kentucky.

Así pues, la campaña de Maryland ha demostrado que a las oleadas de la secesión les falta la fuerza elástica para rebasar el Potomac y batir contra el Ohio. El Sur queda limitado a la defensiva; pero sólo en la ofensiva residía la posibilidad de su éxito. Despojado de los estados fronterizos, encajado entre el Misisipi al oeste y el océano Atlántico al este, no ha conquistado nada, salvo... un sepulcro.

No debe olvidarse ni un solo instante que los sudistas poseían, dominándolos políticamente, los estados fronterizos en el momento en que plantaron la bandera de la rebelión. Lo que exigían eran los territorios. Con los territorios han perdido también los estados fronterizos.

Y aun así, la invasión de Maryland se aventuró bajo las coyunturas más favorables posibles. Una serie ignominiosa de derrotas inauditas por parte del Norte; el ejército federalista desmoralizado; “Stonewall” Jackson convertido en el héroe del día; Lincoln y su gobierno hechos objeto de irrisión para los niños; el partido Demócrata en el Norte fortalecido de nuevo y descontando ya una presidencia de “Jefferson Davis”; ¡Francia e Inglaterra a punto de proclamar en voz alta la legitimidad, ya reconocida internamente, de los esclavistas! “E pur si muove.” |“Y sin embargo, se mueve.”| La razón vence, a pesar de todo, en la historia universal.

Más importante aún que la campaña de Maryland es la proclama de Lincoln. La figura de Lincoln es “sui generis” |“de su propia especie”| en los anales de la historia. Ninguna iniciativa, ningún ímpetu idealista, ningún coturno, ningún ropaje histórico. Siempre ejecuta lo más importante bajo la forma más insignificante posible. Otros, a quienes les importan unos cuantos pies cuadrados de tierra, proclaman “la lucha por una idea”. Lincoln, en cambio, incluso cuando actúa por la idea, proclama sus “pies cuadrados”. Vacilante, reluctante, de mala gana, canta el aria bravucón de su papel como si pidiera perdón porque las circunstancias le obligan a “ser león”. Los decretos más terribles y dignos de eterna memoria histórica que lanza al rostro del enemigo tienen todos el aspecto, y se esfuerzan por parecerlo, de citaciones cotidianas que un abogado remite al abogado de la parte contraria, meras triquiñuelas jurídicas, actiones juris |derechos de acción| mezquinamente clausuladas. Ese mismo carácter tiene su más reciente proclama, el documento más importante de la historia norteamericana desde la fundación de la Unión, la ruptura de la vieja Constitución americana, su manifiesto en pro de la abolición de la esclavitud.

Nada más fácil que señalar lo estéticamente repulsivo, lo lógicamente insuficiente, lo formalmente burlesco y lo políticamente contradictorio de las grandes acciones de Estado de Lincoln, como hacen los Píndaros ingleses de la esclavitud, “The Times”, “The Saturday Review” y tutti quanti |y todos los demás|. ¡Y sin embargo, Lincoln ocupará inmediatamente un lugar en la historia de los Estados Unidos y de la humanidad junto a Washington! ¿Acaso no tiene hoy, cuando lo insignificante se pavonea melodramáticamente a este lado del Atlántico, ninguna importancia el hecho de que en el nuevo mundo lo significativo ande de punta en blanco con el traje de diario?

Lincoln no es el fruto de una revolución popular. El juego ordinario del sufragio universal, inconsciente de los grandes destinos sobre los que había de decidir, lo lanzó a la cabeza: un plebeyo que, de partir piedras, ascendió trabajosamente hasta senador por Illinois, sin brillo intelectual, sin especial grandeza de carácter, sin importancia excepcional: una naturaleza media de buena voluntad. Jamás ha alcanzado el nuevo mundo una victoria mayor que con la prueba de que, con su organización política y social, bastan naturalezas medias de buena voluntad para hacer aquello para lo que en el viejo mundo serían necesarios los héroes.

Hegel ya observó que, de hecho, la comedia está por encima de la tragedia, el humor de la razón por encima de su patetismo. Si Lincoln no posee el patetismo de la acción histórica, posee, como figura popular y media, su humor. ¿En qué momento expide la proclama por la que, a partir del 1 de enero de 1863, queda abolida la esclavitud en la Confederación? En el mismo instante en que la Confederación, como Estado independiente, decide una “negociación de paz” en el Congreso de Richmond. En el mismo instante en que los esclavistas de los estados fronterizos creían tan garantizada “the peculiar institution” (“la peculiar institución”) por la invasión de los sudistas en Kentucky como su dominio sobre su paisano, el presidente Abraham Lincoln en Washington.