pación de los esclavos, seguramente Lincoln hubiera perdido las elecciones, ya que la mayoría no quería tal cosa.

Es totalmente distinto cn las elecciones que acaban de terminar. Los republicanos hicieron causa común con los abolicionistas. Con énfasis se declararon por la emancipación inmediata o bien como fin en sí, o bien como medio de poner término a la rebelión, Si se tiene cn cuenta este dato, la mayoría gubernamental en Michigan, Illinois, Massachusetts, lowa y Delaware, y la minoría muy fuerte en los Estados de Nueva York, Ohío y Pensilvania, parecen tan sorprendentes una como la otra. Tal resultado era inconcebible antes de la guerra, aun en Massachusetts. Bastó que el Gobierno y el Congreso (convocado para el mes próximo) dieran prueba de alguna encrgía para que los abolicionistas, que cu adelante se identifican con los republicanos, tomaran cu todos lados la delantera moral y numérica. Las veleidades de intervención de Luis Bonaparte les dan un apoyo “exterior”. El único peligro consiste en el mantenimiento de generales como McClellan, que son partidarios declarados de la esclavitud.

CarLos Marx LA DESTITUCIÓN DE McCLELLAN Die Presse, 29/11/1862 Londres, 24 de noviembre de 1862, “McClellan destituido” tal fue la respuesta de Lincoln a la victoria clectoral demócrata. Los diarios demócratas habían proclamado con la mayor seguridad que la elección de Seymour para el puesto de gobernador del Estado de Nueva York traería la revocación inmediata de la proclama de Lincoln sobre la abolición de la esclavitud en Secessia a partir del 19 de enero de 1863 *1, Los diarios que publicaban esta profecía apenas habían salido de las prensas, cuando su general favorito —favorito, porque temía tanto una gran derrota como una victoria decisiva— era privado de su comandancia. Todos recordamos que como respuesta a la proclama de Lincoln, McClellan había lanzado una contra proclama, una orden del día a su ejército. En esta prohibía toda manifestación contra la medida presidencial, pero deslizaba palabras tan funestas como. estas: “Es deber de los ciudadanos rectificar los errores políticos, si los hay, por las urnas,” McClellan, al frente del principal ejército de los Estados Unidos, apelaba al presidente ante las elecciones cercanas. Arrojaba en la balanza el peso de su autoridad. Salvo un pronunciamiento a la mancra española no podía expresar con mayor claridad su hostilidad a la política del presidente. Después de la victoria electoral de los demócratas, Lincoln no le quedaba otra elección: debía rebajarse hasta ser el instrumento del partido del compromiso proesclavista, o privar a ese partido del apoyo con el que lo beneficiaba en el ejército de la persona de McClellan. Por eso, la destitución de McClellan en ese momento preciso es una demostración política. Pero, de todas maneras, se ha vuelto ineluctable. En un informe al ministro de Guerra, el comandante cn jefe, Halleck, acusó a McClellan de insubordinación pura y simple. Poco después de la derrota de los Confederados en Maryland, el 6 de octubre, Halleck había dado la orden de atravesar el Potomac, aprovechando que el poco nivel de agua del río y sus afluentes favorecía las operaciones militares. Desafiando esa orden McClellan no se movió una pulgada, con el pretexto que su ejército era incapaz de caminar por falta de aprovisionamiento. En su informe, Halleck demuestra que esto fue un simple subterfugio, que el cjército del Este gozaba de grandes privilegios, en relación con el ejército del Oeste, en lo que concernía a intendencia. De cualquier manera el aprovisionamiento necesario podía ser recibido tanto en el sur como en el norte del Potomac. Un segundo informe completa cl de Halleck. El comité encargado de investigar sobre la caída de Harper's Ferry '* en manos de los Confederados, acusa a McClellan de haber concentrado tropas de la Unión, estacionadas cerca de cse arsenal, con una lentitud incomprensible —y solo las hizo avanzar seis millas inglesas (alrededor de una y media alemana) por día— para alinearlas. Estos informes de Halleck y del Comité estaban en maos del presidente antes de la victoria electoral de los demócratas.

A menudo hemos descripto en estas columnas el arte con que McClellan ejerció su alto mando, como para que baste recordar que trataba de sustituir la acción estratégica con la decisión táctica, que siempre buscaba argumentos típicos de esa inteligencia de estado mayor que prohíbe explotar las victorias o prevenir las derrotas. La breve campaña de Maryland le había dado una falsa aureola, En efecto, conviene señalar que recibió todas sus principales órdenes de marcha del general Halleck, que además concibió el plan de la priniera campaña de Kentucky, y que la victoria en el campo de batalla se debió exclusivamente a la bravura de los subordinados, en particular del general Reno caído en el campo de batalla, y de Hooker, que todavia hoy no está totalmente restablecido de sus heridas.

Napoleón le escribió una vez a su hermano José que el peligro era el mismo en todos los puntos del campo de batalla y que buscando escaparles caía en él, con seguridad. McClellan parece haber comprendido este axioma, pero sin la receta que Napoleón sugería a su hermano. En toda su carrera militar McClellan jamás puso los pies cn un campo de batalla, ni recibió el bautismo de fuego. El general Kearney subraya mucho esta originalidad, en una carta publicada por su hermano, después de muerto Kearney en una de las batallas libradas por Popc frente a Washington. McClellan creía ocultar su mediocridad con la máscara de una condescendencia altanera, con un laconismo discreto y una reserva plena de dignidad. Sus defectos le aseguraban la confianza inquebrantable del Partido demócrata del Norte y el “reconocimiento leal” de los secesionistas. Entre los oficiales superiores de su ejército supo reclutar partidarios, creando un estado mayor de amplitud desconocida hasta entonces en los anales de la historia militar. Cierto número de viejos oficiales, que habían pertenecido al antiguo cjército. de la Unión y habían sido formados en la Academia de West Point, encontraron en él un punto de apoyo para sus rivalidades con los “generales civiles” de reciente formación, y para sus simpatías secretas por los “colegas” del campo enemigo. El soldado solo conocía sus cualidades militares de oidas; además le atribuía todos los méritos de una intendencia notable y sacaba todo tipo de anécdotas gloriosas de su laconismo condescendiente. El único don propio de un comandante supremo que tuvo MeClellan fue el de saber asegurar su popularidad en el ejército. El sucesor de McClellan, Burnside, es muy poco conocido como para que podamos juzgarlo. Pestenece al Partido republicano. Hooker, por el contrario, que asume el comando del cuerpo de ejército que servía directamente bajo McClellan es, sin duda, cl más barullero de los oficiales de la Unión: este “Fighting Joe”, como lo llaman sus tropas es cl que más contribuyó al éxito de Maryland. Es abolicionista, Los diarios americanos que nos dan la noticia de la des