Karl Marx

Síntomas de desgaste en la Confederación del Sur

Levingood, detenido por deserción, apeló al tribunal supremo del condado de Elbert (Georgia), el cual ordenó la inmediata puesta en libertad del detenido. En la muy extensa motivación de la sentencia se dice, entre otras cosas:

«En el parágrafo que introduce la Constitución de la Confederación se destaca cuidadosa y expresamente que los distintos Estados son soberanos e independientes. ¿En qué sentido puede decirse eso de Georgia, si cualquier miliciano puede ser sustraído por la fuerza al control de su comandante en jefe? Si el Congreso de Richmond puede dictar una ley de conscripción con excepciones, ¿qué le impide dictar una ley de conscripción sin excepción y enrolar así al gobernador, a la legislatura y al personal judicial, poniendo con ello fin a todo el gobierno del Estado? ... Por éstas y otras razones, se decreta y sentencia por la presente que la ley de conscripción del Congreso es nula y sin valor y carece de validez legal ...»

De este modo, el Estado de Georgia ha prohibido la conscripción dentro de sus fronteras, y el gobierno de la Confederación no se ha atrevido a prohibir esa prohibición.

En Virginia, fricción similar entre el «Estado particular» y la «Liga de Estados particulares». El motivo de la querella es la resistencia del gobierno estatal a conceder a los agentes del señor Jefferson Davis el derecho de reclutar a los milicianos de Virginia y a incorporarlos al ejército de la Confederación. Con esta ocasión hubo un agudo intercambio epistolar entre el secretario de Guerra y el general J. B. Floyd, el famoso sujeto que, siendo secretario de Guerra de la Unión bajo la presidencia de Buchanan, preparó la secesión y, además, hizo «secesionar» considerables porciones del tesoro público hacia sus maletas privadas. Este jefe secesionista, infamado en el Norte como «Floyd, the thief» (Floyd, el ladrón), se presenta ahora como paladín de los derechos de Virginia frente a la Confederación. El *Richmond Examiner* comenta, entre otras cosas, sobre la correspondencia entre Floyd y el secretario de Guerra:

«Toda la correspondencia es una buena ilustración de la resistencia y de la hostilidad que nuestro Estado (Virginia) y su ejército tienen que sufrir de parte de quienes abusan del poder de la Confederación en Richmond. Virginia está agobiado por exacciones sin fin. Pero todo tiene un límite, y la paciencia del Estado no tolerará por más tiempo la repetición de agravios ... Virginia ha suministrado casi todas las armas, municiones y pertrechos de guerra que ganaron las batallas de Bethel y Manassas. Entregó al servicio confederado, de sus propias armerías y arsenales, 73.000 rifles y mosquetes, 233 piezas de artillería y una magnífica fábrica de armas. Su población apta para las armas ha sido agotada hasta las heces al servicio de la Confederación; se vio obligado a expulsar por su cuenta al enemigo de su frontera occidental, ¿y no es por tanto indignante que las criaturas del gobierno de la Confederación se atrevan ahora a jugar con él?»

En Texas, el repetido traslado de su población masculina adulta al Este ha despertado asimismo la oposición contra la Confederación. El 30 de septiembre, el señor Oldham, representante de Texas, protestó en el Congreso de Richmond:

«En la expedición descabellada de Sibley, 3.500 de las tropas de élite de Texas fueron enviadas a perecer en las áridas llanuras de Nuevo México. El resultado fue atraer al enemigo a nuestras fronteras, que cruzará en invierno. Habéis transportado las mejores tropas de Texas al este del Mississippi, las habéis arrastrado a Virginia, las habéis empleado en los puntos más peligrosos, donde fueron diezmadas. Tres cuartas partes de cada regimiento texano duermen en la tumba o tuvieron que ser licenciados por enfermedad. Si este gobierno continúa recurriendo de igual manera a la población apta para el combate de Texas para mantener esos regimientos en su fuerza normal, Texas quedará arruinada, irremisiblemente arruinada. Esto es injusto e impolítico. Mis electores tienen que defender a sus familias, su propiedad y su hogar. En su nombre protesto contra el transporte de los hombres al oeste del Mississippi hacia el Este, dejando así su propio país expuesto a las incursiones de enemigos del norte, del este, del oeste y del sur.»

De las citas comunicadas, tomadas de los propios periódicos sureños, se desprenden dos cosas. Los esfuerzos violentos del gobierno confederado para llenar las filas del ejército han tensado demasiado el arco. Los recursos militares se están agotando. Pero en segundo lugar, y esto es lo decisivo, la doctrina de los «state rights» (de la soberanía de los Estados particulares), con la que los usurpadores de Richmond dieron un barniz constitucional a la secesión, empieza ya a volver su punta contra ellos mismos. Tan poco ha logrado el señor Jefferson Davis, como se jactaba su admirador inglés Gladstone, «hacer del Sur una nación».