El encarecimiento de los cereales –  
Sobre la situación en Italia  

["Die Presse" nº 233, del 24 de agosto de 1862]  

Londres, 20 de agosto de 1862  

Lord John Russell es conocido entre los ingleses como “letter writer” (escritor de cartas). En su última epístola al señor Stuart se queja de los insultos de los periódicos norteamericanos contra la “Vieja Inglaterra”. ¡Et tu, Brute! |¡Tú también, Bruto!| ¡Es imposible hablar a solas con un inglés respetable que, ante esta tour de force |alarde de fuerza|, no se lleve las manos a la cabeza! El periodismo inglés, como es sabido, realizó lo insuperable entre 1789 y 1815 en sus iracundos arranques de odio contra la nación francesa. Y, sin embargo, durante el último año ha superado esa tradición con su “malignant brutality” (brutalidad maligna) contra los Estados Unidos. Basten un par de ejemplos recientes.  

“Debemos”, dice el “Times”, “todo nuestro peso moral a nuestros parientes de sangre” (los esclavistas del sur), “que tan valiente y perseverantemente luchan por su libertad, contra una raza mixta de ladrones y opresores”.  

El “Evening Post” de Nueva York (órgano abolicionista) observa al respecto:  

“¿Acaso estos libelistas ingleses, estos descendientes de britanos, daneses, sajones, celtas, normandos y holandeses son de sangre tan pura que todas las demás poblaciones aparezcan ante ellos como razas mixtas?”  

Poco después de publicarse el pasaje anterior, el “Times” llamó, en gruesos caracteres, al presidente Lincoln “un respetable bufón”, a sus ministros “una banda de bribones y harapientos”, y al ejército de los Estados Unidos “un ejército cuyos oficiales son estafadores yanquis y cuyos soldados rasos son ladrones alemanes”. Y lord John Russell, no satisfecho con los laureles de sus epístolas al obispo de Durham y a sir James Hudson en Turín, se atreve a hablar en su carta a Stuart de “los insultos de la prensa norteamericana” contra Inglaterra.  

Sin embargo, se ha cuidado de que los árboles no crezcan hasta el cielo. Pero, a despecho de la maligna impertinencia y del odioso rencor, la Inglaterra oficial mantendrá la paz con los “estafadores yanquis” y limitará sus profundas simpatías por los magnánimos vendedores de carne humana del sur a frases de papel secante y a esporádicas empresas de contrabando; porque con un encarecimiento de los cereales no se bromea, y todo conflicto con los yanquis añadiría ahora el hambre a la penuria algodonera.  

Desde hace tiempo, Inglaterra ha dejado de vivir de su propia producción de grano. En los años 1857, 1858 y 1859 importó 66 millones de libras esterlinas en grano y harina, y en los años 1860, 1861 y 1862, 118 millones de libras esterlinas. En cuanto a la masa de cereales y harina importados, en 1859 ascendió a 10.278.774 quarters, en 1860 a 14.484.976 quarters y en 1861 a 16.094.914 quarters. Tan sólo en los últimos cinco años, por tanto, la importación de grano se incrementó en un 50 por ciento.  

De hecho, Inglaterra importa ya del extranjero la mitad del cereal que necesita. Y hay todas las probabilidades de que el año próximo añadirá a esta importación por lo menos un 30 por ciento, queremos decir, un 30 por ciento en el precio de coste, ya que la muy abundante cosecha en los Estados Unidos impedirá un alza demasiado elevada de los precios del grano. Pero que la merma de la cosecha de cereales de este año será de 1/4 a 1/5 por debajo de la cosecha media está casi demostrado por los detallados informes que el “Mark Lane Express” y “The Gardeners’ Chronicle and Agricultural Gazette” acaban de publicar de todos los distritos agrícolas. Si lord Brougham dijo tras la paz de 1815 que Inglaterra, con la deuda del Estado de mil millones, daba a Europa una prenda por su “good behaviour” (buena conducta), la pérdida de la cosecha de grano de este año da a los Estados Unidos la mejor garantía de que Inglaterra “will not break the Queen’s peace” (no quebrantará la paz de la reina).  

Me ha sido comunicada una carta de uno de los mejores amigos de Garibaldi en Génova, de la que doy aquí algunos extractos.  

Entre otras cosas, se dice en ella:  

“Las últimas cartas de Garibaldi y de diversos oficiales de su campamento llegaron ayer (16 de agosto) aquí. Llevan fecha del 12 de agosto. Todas respiran la inquebrantable resolución del general de mantenerse firme en su programa: ‘¡Roma o la muerte!’, y contienen órdenes perentorias en este sentido a sus amigos. Por otra parte, ayer partieron de Turín órdenes positivas al general Cugia para proceder a las últimas violencias, es decir, a arremeter con armas de fuego y de filo contra los voluntarios y a capturar a Garibaldi y a sus amigos, en caso de que se negara a deponer las armas en veinticuatro horas. Si las tropas obedecen, se avecina una grave catástrofe. La decisión de medidas extremas fue tomada a consecuencia de un telegrama llegado de París, que decía: ‘El Emperador no se rebajará a negociar con el gobierno italiano mientras Garibaldi no esté desarmado’. Si Rattazzi hubiese amado a su patria más que a su cargo, habría dimitido y permitido que Ricasoli u otro ministro menos impopular ocupara su lugar. Habría considerado que tomar partido con Luis Bonaparte contra Italia, en vez de con Italia contra Bonaparte, equivale a poner en peligro la monarquía a la que pretende servir. Si en Sicilia corre sangre italiana por manos italianas, no es culpa de Garibaldi, pues su grito de guerra es: ‘¡Viva el ejército italiano!’, y la manera entusiasta con que este ejército es recibido en todas partes prueba la obediencia que encuentra Garibaldi. Pero si el ejército llegara a derramar la sangre de los voluntarios, ¿quién se atreve a contar con la resignación sosegada del pueblo?”