Karl Marx

Confusión mexicana

["New-York Daily Tribune", nº 6530, del 10 de marzo de 1862]

Londres, 15 de febrero de 1862

El recién publicado Libro Azul sobre la intervención en México contiene una revelación harto censurable de la diplomacia inglesa moderna, con toda su santurrona hipocresía, su furia salvaje contra el débil, su rastrería ante el fuerte y su completo desprecio del derecho de gentes. He de reservarme para otro artículo el presentar, mediante un análisis minucioso de los despachos intercambiados entre Downing Street y los representantes británicos en México, la prueba irrefutable de que la presente confusión es de origen inglés, de que Inglaterra tomó la iniciativa en la realización de la intervención y de que lo hizo bajo pretextos demasiado débiles y contradictorios como para ocultar los motivos reales, pero inconfesados, de su proceder. Esta vileza con que se emplearon los medios abominables para iniciar la intervención mexicana solo es superada por la debilidad mental senil con que el gobierno británico finge estar sorprendido y se escabulle ante la ejecución de la empresa oprobiosa por él mismo planeada. De este último aspecto de la cuestión me ocuparé en primer lugar.

El 13 de diciembre de 1861, el señor Isturiz, embajador español en Londres, presentó a John Russell una nota que contenía las instrucciones que el capitán general de Cuba había transmitido a los comandantes españoles al frente de la expedición mexicana. John Russell dejó la nota desatendida y se envolvió en el silencio. El 23 de diciembre, el señor Isturiz le dirige otra nota explicando las razones que habían motivado la partida de la expedición española de Cuba

antes de la llegada de las tropas inglesas y francesas. John Russell vuelve a dejar la nota desatendida y permanece silencioso. El señor Isturiz, empeñado en cerciorarse de si esta reserva silenciosa, inusualmente prolongada, en el hijo, por lo demás tan locuaz, de la casa de Bedford, podía significar algún infortunio, insiste en una entrevista personal, que se le concede y tiene lugar el 7 de enero. John Russell estaba ya informado desde hacía más de un mes de la apertura unilateral de las operaciones de España contra México. Casi un mes había transcurrido desde que el hecho le había sido comunicado oficialmente por el señor Isturiz. A pesar de todo ello, John Russell, en su entrevista personal con el embajador español, no pronuncia una sola palabra que hubiera sugerido el más leve disgusto o sorpresa por «las precipitadas medidas que ha tomado el general Serrano», y sus declaraciones no producen en el señor Isturiz la menor impresión de que todo fuera un entuerto y de que el gobierno británico desaprobara el proceder español. El orgullo castellano del señor Isturiz no admite, naturalmente, la idea de que los poderosos aliados de España estuvieran jugando con él y convirtiéndolo en un mero instrumento. Pero la época de la reunión del Parlamento se aproximaba, y John Russell tuvo que redactar entonces una serie de despachos destinados no a los intereses internacionales, sino específicamente al uso parlamentario. Así, escribe el 16 de enero un despacho en el que, en tonos bastante airados, se informa de la iniciativa unilateral tomada por España. Dudas y escrúpulos que durante más de un mes habían dormitado en su interior y que ni siquiera habían mostrado síntoma alguno de su existencia durante la entrevista personal con el señor Isturiz el 7 de enero, turban de repente el plácido sueño de este estadista confiado, sincero y cándido. El señor Isturiz se siente como fulminado por un rayo y recuerda, en su respuesta fechada el 18 de enero, con cierta ironía a Su Excelencia las ocasiones que ha desaprovechado para dar rienda suelta a su tardío enojo. En efecto, le paga a Su Excelencia en su propia moneda cuando, en su justificación de la iniciativa tomada por España, adopta la misma expresión de *naïveté* que Lord John Russell había exhibido al pedirle explicaciones. «El capitán general de Cuba —dice el señor Isturiz— llegó demasiado pronto porque temía llegar demasiado tarde a Veracruz.» «Además —y aquí le asesta un golpe de refilón a Lord John—, la expedición estaba preparada en todos los sentidos desde hacía mucho tiempo», aunque el capitán general no conocía hasta mediados de diciembre «los detalles

del tratado ni el punto fijado para la reunión de las escuadras». El tratado no se había firmado hasta el 20 de noviembre. Si, por tanto, el capitán general tenía su expedición «preparada en todos los sentidos desde mucho antes de mediados de diciembre», las órdenes que originalmente había recibido de Europa para el inicio de la expedición no habían esperado al tratado. En otras palabras, el acuerdo original entre las tres potencias y las medidas tomadas para su ejecución no esperaron al tratado y diferían en sus «detalles» de las disposiciones del tratado, el cual, desde el principio, no estaba concebido como una instrucción para actuar, sino tan solo como una fórmula decorosa necesaria para reconciliar a la opinión pública con el plan oprobioso. El 23 de enero, John Russell contesta al señor Isturiz con una nota bastante brusca, en la que le da a entender que «el gobierno británico
no queda
enteramente satisfecho
con la explicación dada», pero que, al mismo tiempo, no atribuiría a España la insolente estupidez de ser tan temeraria como para actuar contra Inglaterra y Francia. Lord John Russell, que durante todo un mes ha estado tan somnoliento, tan inactivo, se vuelve completamente vivo y totalmente despierto cuando la sesión parlamentaria se acerca rápidamente. No hay tiempo que perder. El 17 de enero tiene una entrevista personal con el conde Flahault, el embajador francés en Londres. Flahault le trae la funesta noticia de que su señor considera necesario «enviar una fuerza adicional a México»; que España, con su precipitada iniciativa, ha echado a perder el asunto; que

«los aliados tendrían que avanzar ahora hacia el interior de México, y que no solo las fuerzas acordadas resultarían insuficientes para la operación, sino que la operación misma cobraría un carácter tal que Luis Bonaparte no podría permitir que las tropas francesas se encontraran en una situación peor que la de los españoles, o corrieran el peligro de verse comprometidas.»

La argumentación de Flahault era, sin embargo, cualquier cosa menos convincente. Si España había violado el tratado, una sola nota desde las oficinas de St. James y las Tullerías habría bastado para advertirla de sus ridículas pretensiones y remitirla al modesto papel que la convención le imponía. Pero no: porque España ha roto la convención —una ruptura puramente formal y sin consecuencias, ya que su prematura llegada a Veracruz no cambia en nada el fin y el propósito declarados de la expedición—, porque España se había atrevido a echar anclas ante Veracruz en ausencia de las tropas inglesas y francesas,

a Francia no le quedó otra salida que seguir los pasos de España, romper también la convención y no solo aumentar sus tropas expedicionarias, sino cambiar todo el carácter de la operación. A las potencias aliadas no les hacía falta, naturalmente, ningún pretexto para sacar a relucir el gato de la bolsa y, ya al comienzo de la expedición, echar por la borda los pretextos y los fines en aras de los cuales supuestamente se la había emprendido. Por eso John Russell, aunque «lamenta la medida» tomada por Francia, la aprueba, al comunicar al conde Flahault que «en nombre del gobierno de Su Majestad, no tiene nada que objetar contra la
validez
del
argumento
francés». En un despacho del 20 de enero, transmitió a Lord Cowley, el embajador inglés en París, la descripción de esta entrevista suya con el conde Flahault. El día anterior, 19 de enero, había redactado un despacho para sir F. Crampton, el embajador inglés en Madrid; se trata de una extraña mezcla de hipócrita santurronería, dirigida al Parlamento británico, y de alusiones veladas para la corte de Madrid sobre el verdadero valor del lenguaje liberal que se permitía de un modo tan abierto. «El proceder del mariscal Serrano —dice— probablemente provocará cierto malestar», no solo por la partida prematura de la expedición española de La Habana, sino también «por el tono de la proclama emitida por el gobierno español». Pero, al mismo tiempo, el *bon homme* [el buen hombre] sugería a la corte de Madrid una excusa creíble para la aparente ruptura de la convención. Está plenamente convencido de que la corte de Madrid no tiene mala intención; pero los comandantes, lejos de Europa, son a veces «imprudentes» y tienen que ser «vigilados muy cuidadosamente». De este modo, el bueno de Russell ofrece voluntariamente sus servicios para desviar la responsabilidad de la corte de Madrid a las espaldas de comandantes españoles incautos «lejanos» e incluso fuera del alcance de los sermones del bueno de Russell. No menos curiosa es la segunda parte de su despacho. Las fuerzas aliadas no deben impedir a los mexicanos su derecho a «elegir su propio gobierno», con lo cual da a entender que en México «no existe gobierno alguno» y que, por el contrario, no solo han de ser elegidos nuevos miembros de gobierno, sino incluso «una nueva forma de gobierno» bajo la dirección de los invasores aliados. La «constitución de un nuevo gobierno» «deleitaría» al gobierno británico; pero, naturalmente, las

fuerzas militares de los invasores no debían quebrantar al sufragio universal que se proponían recomendar a los mexicanos para la instauración de un nuevo gobierno. Queda, desde luego, a juicio de los comandantes de la invasión armada determinar qué forma del nuevo gobierno es «incompatible con los sentimientos de México» y cuál no. En todo caso, el bueno de Russell se lava las manos en señal de inocencia. Envía soldados extranjeros a México para obligar allí al pueblo a «elegir» un nuevo gobierno; pero espera que los soldados cumplan su cometido con suavidad y examinen con mucho cuidado los sentimientos políticos del país en el que han irrumpido. ¿Es necesario detenerse un solo instante en esta transparente farsa? Léanse, al margen de los despachos del bueno de Russell, el *Times* y el *Morning Post* de octubre, seis semanas antes de la conclusión de la convención fingida del 30 de noviembre, y se encontrarán en los periódicos gubernamentales ingleses exactamente los mismos acontecimientos detestables, que Russell finge descubrir solo a fines de enero y que atribuye a la «imprudencia» de unos enviados españoles lejos de Europa.

La segunda parte de la farsa que Russell tenía que representar fue sacar a colación al archiduque Maximiliano de Austria, a quien Inglaterra y Francia tenían en mente, como rey mexicano.

El 24 de enero, unos diez días antes de la apertura del Parlamento, Lord Cowley escribe a Lord Russell que no solo los chismes de París se ocupan por extenso del archiduque, sino que incluso los oficiales que partieron hacia México con las tropas de refuerzo afirmaban que la expedición perseguía el propósito de convertir al archiduque Maximiliano en rey de México. Cowley considera necesario interpelar a Thouvenel sobre este tema espinoso. Thouvenel le responde que no era el gobierno francés, sino unos enviados mexicanos, "que habían venido a Viena precisamente por eso", quienes habían entablado esas negociaciones con el gobierno austríaco.

Esperan ahora, finalmente, que el inocente John Russell —quien apenas cinco días antes, en un despacho a Madrid, había estado insistiendo sobre los términos de la Convención, y quien incluso más tarde, en el Discurso del Trono del 6 de febrero, había anunciado la "reparación" de la injusticia que, según pretendían los súbditos europeos, era el motivo y el fin exclusivos de la intervención—, esperan, digo, al fin, que monte en cólera y eche veneno y hiel ante la mera idea de que se haya jugado una pasada tan inauditamente mala a su bonachona confianza. ¡Nada de eso! El bueno de Russell acoge el parloteo de Cowley el 26 de enero

y al día siguiente se apresura a redactar un despacho en el que ofrece voluntariamente su protección a la candidatura del archiduque Maximiliano al trono mexicano.

Informa a Sir C. Wyke, su representante en México, de que las tropas francesas y españolas marcharán "de inmediato" hacia la capital de México, de que el archiduque Maximiliano es "supuestamente el ídolo del pueblo mexicano" y de que, si tal fuera el caso, "no hay nada en la Convención que pudiera impedir su ascenso al trono en México".

Dos cosas son notables en estas revelaciones diplomáticas: en primer lugar, cómo se toma el pelo a España y, en segundo lugar, cómo a Russell ni siquiera se le ocurre que no puede librar una guerra contra México sin una previa declaración de guerra, y que no puede formar para esta guerra una coalición con potencias extranjeras si no es sobre la base de un tratado vinculante para todas las partes. ¡Éstos son precisamente los que, durante dos meses, nos han fatigado con su santurrona hipocresía acerca de la santidad de las estrictas reglas del derecho internacional y de su veneración por ellas!