Karl Marx

El sentimiento antiintervencionista

[«Die Presse», núm. 34, 4 de febrero de 1862]

Londres, 31 de enero de 1862

La grandeza comercial de Liverpool deriva su origen del comercio de esclavos. Las únicas contribuciones con que Liverpool ha enriquecido la literatura poética de Inglaterra son odas al comercio de esclavos. Hace cincuenta años era peligroso para Wilberforce pisar el suelo de Liverpool. Así como en el siglo pasado el comercio de esclavos, en el presente siglo el comercio con el producto de la esclavitud —el algodón— constituyó la base material de la grandeza de Liverpool. No es de extrañar, por tanto, que Liverpool sea el centro de los amigos ingleses de la secesión. Es, en realidad, la única ciudad dentro del Reino Unido donde fue posible, durante la última crisis, organizar un mitin casi público en favor de una guerra con los Estados Unidos. ¿Y qué dice Liverpool ahora? Escuchemos a uno de sus grandes órganos diarios, el «Daily Post».

En un artículo de fondo titulado «The cute Yankee» (el yanqui astuto), se dice, entre otras cosas:

«Los yanquis, con su habilidad habitual, han transformado una pérdida aparente en una ganancia real y han hecho que Inglaterra sirva a sus intereses... Gran Bretaña ha desplegado, en verdad, su poder, pero ¿con qué fin? Desde la fundación de los Estados Unidos, los yanquis reclamaron siempre para una bandera neutral el privilegio de que los pasajeros que navegan bajo ella estén protegidos contra toda injerencia y ataque de los beligerantes. Nosotros impugnamos este privilegio hasta el extremo durante la guerra antijacobina, la guerra anglo-americana de 1812 a 1814, y recientemente aún en 1842 durante las negociaciones entre Lord Ashburton y el secretario de Estado Daniel Webster. Ahora nuestra oposición tiene que cesar. El principio yanqui ha triunfado. El señor Seward deja constancia en actas del hecho, declara que cedemos en principio y que los Estados Unidos han obtenido de nosotros, mediante el caso del “Trent”, una concesión que hasta ahora habían intentado en vano alcanzar por todos los medios de la diplomacia y de la guerra.»

Más importante aún es la confesión del «Daily Post» sobre el vuelco de la opinión pública, incluso en Liverpool.

«Los confederados —dice— seguramente no han hecho nada para perder la opinión favorable que hasta ahora se les tenía. ¡Todo lo contrario! Han combatido y hecho sacrificios enormes. Si no obtienen su independencia, cualquiera tendrá que reconocer que la merecen. Sea como fuere, la corriente de la opinión pública se dirige ahora en contra de sus pretensiones. Hace apenas cuatro semanas eran unos bravos muchachos (fine fellows); ahora se los considera una pandilla muy lamentable (a very sorry set)... En efecto, se ha producido una reacción. La secta antiesclavista, que se mostraba tan tímida durante la reciente agitación popular, ahora alza la voz y truena contra el tráfico de seres humanos y los rebeldes esclavistas! ... ¿No están acaso los propios muros de nuestra ciudad cubiertos de grandes carteles llenos de denuncias y virulentas invectivas contra los señores Mason y Slidell, los autores de la maldita ley sobre esclavos fugitivos? ... Los confederados han perdido con el asunto del “Trent”. Debía ser su ganancia y se ha convertido en su ruina. La simpatía de este país les ha sido retirada, y tienen que familiarizarse lo más pronto posible con esta extraña situación. Se les ha tratado muy mal, pero así se quedará (there will be no redress).»

De esta confesión del periódico liverpuliano amigo de la secesión se explica fácilmente el cambio de lenguaje que algunos órganos influyentes de Palmerston esgrimen ahora de súbito, antes de la apertura del Parlamento. Así, el «Economist» del sábado pasado trae un artículo bajo el título:
«¿Debe respetarse el bloqueo?»

Parte, ante todo, del axioma de que el bloqueo es un mero bloqueo de papel y de que, por tanto, su violación está permitida por el derecho internacional. Francia exige su eliminación forzosa. La decisión práctica de la cuestión está, pues, en manos de Inglaterra, que tiene grandes y acuciantes motivos para dar tal paso. En particular, necesita el algodón americano. Dicho sea de paso, no se alcanza a ver cómo un «mero bloqueo de papel» puede impedir el embarque del algodón.

«Sin embargo —exclama el “Economist”—, Inglaterra debe respetar el bloqueo.» Tras una serie de falsas razones que motivan este juicio, llega por fin al meollo del asunto.

«En un caso así —dice—, el gobierno tendría que tener a todo el país detrás de sí. Pero la gran masa del pueblo inglés no está aún preparada para una injerencia que tendría aunque fuera la apariencia de apoyar la erección de una república esclavista. El sistema social de la Confederación se basa en la esclavitud; los federalistas han hecho todo lo posible para convencernos de que la esclavitud es la raíz de la secesión, de que ellos son los enemigos de la esclavitud — y la esclavitud es objeto de nuestra más extrema aversión... Aquí reside el verdadero error del sentimiento popular. La disolución, no la restauración de la Unión; la independencia, no la derrota del Sur, es el único camino seguro hacia la emancipación de los esclavos. En ocasión oportuna esperamos aclarárselo a nuestros lectores. Pero por el momento no está claro aún. La mayoría de los ingleses piensa de otro modo. Mientras persista en este prejuicio, a toda intervención de nuestro gobierno que nos pusiera en oposición activa contra el Norte, en presunta alianza con el Sur, le faltaría la cooperación cordial de la nación británica.»

En otras palabras: El intento de una intervención tal derribaría al ministerio. Y de aquí se explica también por qué el «Times» se pronuncia tan decididamente en contra de toda intervención y en favor de la neutralidad de Inglaterra.