La humanidad en Inglaterra, como la libertad en Francia, se ha convertido hoy en artículo de exportación para los traficantes en política.* Recordamos el tiempo en que el zar Nicolás hizo azotar a damas polacas por soldados y cuando Lord Palmerston encontró «impolítica» la indignación moral de algunos parlamentarios por el suceso. Recordamos que hace alrededor de un decenio estalló una revuelta en las Islas Jónicas¹ que dio ocasión al gobernador inglés allí de hacer azotar a un número bastante considerable de mujeres griegas. *Probatum est*,⁴ dijeron Palmerston y sus colegas whigs que entonces estaban en el cargo. Hace apenas unos años se proporcionó al Parlamento, a partir de documentos oficiales, la prueba de que los recaudadores de impuestos en la India empleaban contra las esposas de los ryots⁵ medios de coerción cuya infamia prohíbe dar más detalles. Palmerston y sus colegas no se atrevieron, ciertamente, a justificar estas atrocidades, pero ¡qué clamor habrían levantado si un gobierno extranjero se hubiera atrevido a proclamar públicamente su indignación por estas infamias inglesas e indicar claramente que intervendría si Palmerston y sus colegas no renegaban de inmediato de los funcionarios fiscales indios! Pero ni el propio Catón el Censor podría vigilar la moral de los ciudadanos romanos con más celo que el que ponen los aristócratas ingleses y sus ministros en vigilar la «humanidad» de los yanquis beligerantes.

Las damas de Nueva Orleans, beldades amarillas, enjoyadas sin gusto y comparables, tal vez, a las mujeres de los antiguos mexicanos, salvo que no devoran a sus esclavas *in natura*,⁶ son

* Aprobado.— *Ed.*

esta vez —antes lo fueron los puertos de Charleston— la ocasión para el despliegue de humanidad de los aristócratas británicos. Las mujeres inglesas que se mueren de hambre en Lancashire (no son, empero, damas, ni poseen esclavas), no han inspirado hasta ahora ninguna manifestación parlamentaria; el grito de socorro de las mujeres irlandesas, que con el desalojo progresivo de los pequeños arrendatarios en la verde Erin¹ son arrojadas semidesnudas a la calle y expulsadas de casa y hogar como si los tártaros hubieran caído sobre ellas, sólo ha suscitado hasta ahora un eco de los *Lords*, los *Commons* y el gobierno de *Her Majesty*'s government² —homilías sobre los derechos absolutos de la propiedad territorial.⁷ Pero ¡las damas de Nueva Orleans! Ése, por cierto, es otro asunto. Estas damas eran demasiado ilustradas para participar en el tumulto de la guerra, como las diosas del Olimpo, o para arrojarse a las llamas, como las mujeres de Sagunto.⁸ Han inventado un nuevo y seguro modo de heroísmo, un modo que sólo pudieron inventar mujeres esclavistas y, lo que es más, sólo mujeres esclavistas en una tierra donde la parte libre de la población se compone de tenderos por vocación, traficantes en algodón o azúcar o tabaco, y no mantiene esclavos, como los *cives*⁹ del mundo antiguo. Después de que sus hombres huyeran de Nueva Orleans o se escondieran en sus armarios traseros, estas damas se precipitaron a las calles para escupir en la cara de las tropas victoriosas de la Unión, o para sacarles la lengua, o, como Mefistófeles, para hacer en general «un gesto indecoroso»⁴, acompañado de palabras insultantes. Estas Megueras se imaginaban que podían ser maleducadas «con impunidad».

Éste era su heroísmo. El general Butler emitió una proclama⁵ en la que les notificaba que serían tratadas como prostitutas callejeras si continuaban actuando como tales. Butler tiene, ciertamente, madera de abogado, pero no parece haber emprendido el estudio necesario del derecho estatutario inglés.⁶ De lo contrario, por analogía con las leyes impuestas en Irlanda bajo Castlereagh,⁷ les habría prohibido por completo poner un pie en las calles. La advertencia de Butler a las «damas» de Nueva Orleans ha suscitado

b Marx da las palabras en inglés: «Lords», «Commons» y «Her Majesty's government».— *Ed.*  
c Ciudadanos.— *Ed.*

tal indignación moral en el conde de Carnarvon, en Sir J. Walsh (que desempeñó en Irlanda un papel tan ridículo y odioso) y en míster Gregory, que ya pedía el reconocimiento de la Confederación hace un año,¹ que el conde en la Cámara Alta, el caballero y el hombre «sin título»⁴ en la Cámara Baja, interrogaron al Ministerio para saber qué medidas pensaba adoptar en nombre de la «humanidad» ultrajada. Russell y Palmerston lanzaron ambos invectivas contra Butler, ambos esperaban que el gobierno de Washington renegaría de él; y el tan tierno de corazón Palmerston, que a espaldas de la reina⁶ y sin conocimiento previo de sus colegas reconoció el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851¹⁰ (ocasión en que «damas» fueron realmente muertas a tiros, mientras que otras fueron violadas por zuavos¹¹) por pura «admiración humana» —el mismo tierno vizconde declaró la advertencia de Butler una «infamia».² ¡Damas, en verdad, que realmente poseen esclavas— no podían ni siquiera desahogar su cólera y su malicia contra simples soldados de la Unión, campesinos, artesanos y demás chusma, con impunidad! Es «infame».

Entre el público de aquí, nadie se deja engañar por esta farsa humanitaria. Se propone en parte suscitar, en parte fortalecer el sentimiento en pro de la intervención, en primer lugar por parte de Francia. Después de los primeros arrebatos melodramáticos, los caballeros de la humanidad en la Cámara Alta y en la Cámara Baja, como por orden del día, se despojaron de su máscara sentimental. Su declamación sirvió meramente como prólogo a la pregunta de si el Emperador de los franceses se había comunicado con el gobierno inglés en materia de mediación, y si éste, como ellos esperaban, había recibido favorablemente tal oferta. Russell y Palmerston declararon ambos que no sabían nada de la oferta. Russell declaró el momento presente sumamente desfavorable para cualquier mediación. Palmerston, más cauto y reservado, se contentó con decir que en el momento actual el gobierno inglés no tenía intención alguna de mediar.

a W. Gregory [Discurso en la Cámara de los Comunes, 28 de mayo de 1861], *The Times*, núm. 23945, 29 de mayo de 1861.— *Ed.*  
b Marx da la frase en inglés.— *Ed.*  
c Victoria.— *Ed.*  
d Se alude a los discursos de H. Carnarvon y J. Russell en la Cámara de los Lores, y de J. Walsh, W. Gregory y H. Palmerston en la Cámara de los Comunes el 13 de junio de 1862, publicados en *The Times*, núm. 24272, 14 de junio de 1862.— *Ed.*  
e Napoleón III.— *Ed.*

El plan es que durante el receso del Parlamento inglés Francia represente su papel de mediadora y, en otoño, si México está asegurado, inicie su intervención. La calma en el teatro de guerra americano ha reanimado a los especuladores de la intervención en St. James y las Tullerías de su marasmo. Esta calma misma se debe a un error estratégico por parte del Norte. Si, después de su victoria en Tennessee, el ejército de Kentucky hubiera avanzado rápidamente sobre los nudos ferroviarios de Georgia, en vez de dejarse arrastrar hacia el sur por el Misisipí en una vía secundaria, Reuter y Compañía se habrían visto defraudados de su negocio de rumores de «intervención» y «mediación». Sea como fuere, Europa no puede desear con más fervor que el golpe de Estado⁷ intente «restaurar el orden en los Estados Unidos» y «salvar la civilización» allí también.