Karl Marx

Un asunto internacional Mirès

["Die Presse" Nr. 120 del 2 de mayo de 1862]

Londres, 28 de abril de 1862

El tema principal en los círculos diplomáticos de aquí lo constituye la actuación de Francia en México. Se encuentra enigmático que Luis Bonaparte haya reforzado las tropas expedicionarias en el momento mismo en que prometía reducirlas, y que se disponga a avanzar mientras Inglaterra se retira. Aquí se sabe exactamente que el impulso para la expedición mexicana partió del gabinete de St. James, no del de las Tullerías. No se sabe menos que Luis Bonaparte gusta de ejecutar todas sus empresas, y especialmente las aventuras de ultramar, bajo la égida inglesa. Como es sabido, el imperio restaurado aún no ha imitado la proeza de su original de acantonar los ejércitos franceses en las capitales de la Europa moderna. Como último recurso, los ha llevado, en cambio, a las capitales de la vieja Europa, a Constantinopla, Atenas y Roma, y además a Pekín. ¿Habría de perderse el efecto teatral de un paseo hasta la capital de los aztecas, y la oportunidad de hacer colecciones arqueológico‑militares à la Montauban? Pero si se considera el estado actual de las finanzas francesas y los futuros conflictos serios con los Estados Unidos e Inglaterra, a los que puede conducir la actuación de Luis Bonaparte en México, habrá que desechar sin más la interpretación de su proceder que cultivan algunos periódicos británicos. En cambio, creo poder comunicarles la contraseña.

En la época de la convención del 17 de julio de 1861, cuando habían de regularse las reclamaciones de los acreedores ingleses y el plenipotenciario inglés exigió al mismo tiempo el examen de todo el registro de deudas o de pecados de México, el ministro de Asuntos Exteriores de México cifró la deuda con Francia en 200.000 dólares, una bagatela, por tanto, de unas 40.000 libras esterlinas. La cuenta ahora presentada por Francia, en cambio, no se mantiene en modo alguno dentro de esos modestos límites.

Bajo la administración católica de Zuloaga y Miramón, se contrató una emisión de bonos del Estado mexicano por un importe de 14 millones de dólares mediante la casa bancaria suiza J. B. Jecker y Comp. La suma total realizada en la primera emisión de estos bonos ascendió solo al 5 por ciento del importe nominal, es decir, a 700.000 dólares. La totalidad de los bonos emitidos fue a parar muy pronto a manos de franceses destacados, entre ellos parientes del emperador y co‑dirigentes de la “haute politique”. La casa Jecker y Comp. cedió a esos señores dichos bonos muy por debajo de su precio nominal original.

Miramón contrajo esta deuda en un momento en que se encontraba en posesión de la capital. Más tarde, cuando ya había quedado reducido al papel de un simple jefe de guerrillas, hizo que su llamado ministro de Hacienda, el señor Peza‑y‑Peza, emitiera de nuevo bonos del Estado por un valor nominal de 38.000.000 de dólares. De nuevo fue la casa Jecker y Comp. la que medió en la emisión, limitando esta vez sus adelantos a la modesta suma de apenas 500.000 dólares, o entre el 1 y el 2 por ciento del dólar. Otra vez supieron los banqueros suizos desprenderse lo más rápido posible de su propiedad mexicana, y nuevamente los bonos fueron a parar a manos de aquellos franceses “destacados”, entre ellos algunos habitués de la corte imperial, cuyos nombres perdurarán en los anales de las bolsas europeas tanto como el asunto Mirès.

Esta deuda, por tanto, de 52.000.000 de dólares, para la que hasta ahora no se han desembolsado ni 4.200.000 dólares, es la que la administración del presidente Juárez se niega a reconocer, por una parte, porque no tiene conocimiento de ella, y por otra, porque los señores Miramón, Zuloaga y Peza‑y‑Peza carecían de mandato constitucional para contraer una deuda estatal semejante. Los susodichos franceses “destacados”, sin embargo, supieron imponer la opinión contraria en el lugar decisivo. Por su parte, lord Palmerston fue advertido a tiempo por algunos miembros del Parlamento de que todo el asunto daría lugar a interpelaciones muy desagradables en la Cámara de los Comunes. Entre otras cosas, se temía que se planteara la cuestión de si las fuerzas terrestres y marítimas británicas podían emplearse para apoyar las operaciones de juego de ciertos políticos del rouge‑et‑noir al otro lado del Canal. Palmerston, por tanto, aferró con avidez la conferencia de Orizaba para retirarse de un negocio que amenazaba con empantanarse en un asunto internacional Mirès.