Karl Marx

Un escándalo

Escrito a principios de julio de 1862.

[“Die Presse” nº 189 del 11 de julio de 1862]

Londres se ocupa en este momento de uno de esos escándalos característicos, que solo son posibles en un país donde la tradición aristocrática entronca de manera exuberante con la sociedad burguesa más moderna. El corpus delicti es un Libro Azul del comité parlamentario constituido para informar sobre el encauzamiento del Támesis y una calle que ha de construirse a lo largo de su orilla, dentro de la ciudad, la cual enlazará el puente de Westminster con el puente de Blackfriars. El proyecto, muy costoso, mata varios pájaros de un tiro: embellecimiento de Londres, limpieza del Támesis, creación de mejores condiciones sanitarias, un magnífico paseo y, por último, una nueva vía de comunicación que libraría al Strand, Fleet Street y demás calles paralelas al Támesis de la avalancha, cada día más peligrosa, de coches, etc., una avalancha que casi nos recuerda la sátira de Juvenal en la que un romano hace testamento antes de salir, porque tiene todas las probabilidades de ser atropellado o derribado. Pues bien, en este tramo de la orilla del Támesis que se encamina hacia semejante metamorfosis, en la orilla norte, al este del puente de Westminster y al final de Whitehall, se hallan las residencias urbanas de algunos grandes aristócratas, con sus palacios y jardines que llegan hasta el río. Estos señores acogen, naturalmente, el proyecto en su conjunto, pues
a costa del Estado
embellecería el entorno inmediato de sus «mansions» |«casas solariegas»| y aumentaría su valor. Solo les asalta un reparo.

La obra proyectada debe
interrumpirse
en aquellos lugares donde haría pasar directamente la vía pública a lo largo de sus propias propiedades, poniéndolos así en contacto con la «misera contribuens plebs» |«pobre población que paga los impuestos»|. El apartamiento olímpico de los «fruges consumere nati» no debe ser turbado ni por la vista, ni por el ruido, ni por el aliento del vulgar mundo de los negocios. A la cabeza de estos nobles sibaritas se encuentra el
duque de Buccleuch
, el cual, por ser el más rico y poderoso, fue más lejos que nadie en sus «modestas» exigencias. Y, hete aquí que el comité parlamentario informa en el sentido —¡del duque de Buccleuch! Las nuevas construcciones habrán de
interrumpirse
en los lugares donde podrían
incomodar
al duque de Buccleuch. En ese comité de la Cámara de los Comunes se hallan
lord Robert Montagu
, un
pariente
del duque, y
sir John Shelley
, miembro por un distrito de Londres, por Westminster. Ya puede este ir buscando un blindaje de hierro como protección contra las bombas Armstrong de manzanas podridas y huevos desprendedores de sulfuro de hidrógeno que ya le han sido anunciadas para las próximas elecciones.

Acerca del informe del comité mismo dice el “Times”:

«Este Libro Azul es un laberinto. Consta de ocho líneas de informe. El resto está lleno de un caos de declaraciones de testigos y peritos, en su mayoría sin valor y parciales. Carece de índice, de análisis, de demostración de pruebas. Deambulamos por una interminable riada de chismorreo de comadres sin tropezar con hechos que podamos examinar ni con estimaciones en las que pudiéramos confiar. Cuando creemos haber llegado por fin a un verdadero dictamen pericial, el comité interviene de repente y se niega a escuchar declaración alguna que pudiera ser contraria a los deseos del duque de Buccleuch. El libro es una abstrusa y pesada suppressio veri |supresión de la verdad|. Visiblemente ha sido compilado con el propósito de imposibilitar todo debate objetivo en el Parlamento. A tal efecto, incluso los planos han sido suprimidos y no se publicarán supuestamente hasta post festum, probablemente
después
del debate.»

A raíz de este escándalo, los londinenses han suscitado dos preguntas. Primera: ¿quién es ese
duque de Buccleuch
, ese poderoso cuyos caprichos privados se oponen a los intereses de tres millones de personas? ¿Quién es ese gigante que, él solo, desafía a todo Londres a un duelo? Nadie recuerda el nombre de ese hombre por
ninguna
batalla parlamentaria. Ocupa un escaño en la Cámara de los Lores, pero toma tan poca parte en sus trabajos como un eunuco en las alegrías del serrallo. Las respuestas que dio ante el comité indican una falta completamente anormal de materia fosfórica en la masa cerebral. Así que ¿quién es «ese fulano Buccleuch»?, como dice el cockney londinense en su manera nada ceremoniosa. Respuesta: un descendiente de los bastardos que el «merry monarch» (el
alegre monarca
) Carlos II regaló al mundo con Lucy
Parsons
, la más desvergonzada y notoria de sus amantes. ¡Ese es «ese fulano Buccleuch»! La segunda pregunta que se hicieron los londinenses fue: ¿cómo llegó este duque de Buccleuch a la posesión de su «mansión» a orillas del Támesis? Se acuerda, en efecto, el londinense de que el terreno de dicha «mansión» es bien de la corona y que, tan solo ocho años atrás, era administrado por el Real Ministerio de Tierras y Bosques |Lands and Woods|.

La respuesta a esta segunda pregunta no se hizo esperar. La prensa no se muerde la lengua en estos menesteres. Para caracterizar no solo el asunto mismo, sino la manera en que la prensa inglesa trata materias tan delicadas, cito aquí
literalmente
del “Reynolds’s Newspaper” del sábado pasado:

«El privilegio del duque de Buccleuch de impedir las mejoras urbanas de Londres no tiene más de siete u ocho años. En 1854, el duque se convirtió en arrendatario de Montague House, cerca de Whitehall, mediante una maniobra que probablemente habría llevado a un hombre pobre al banquillo de los acusados de Old Bailey. Pero el duque posee una renta anual de 300.000 libras esterlinas y tiene además el mérito de ser descendiente de Lucy Parsons, la desvergonzada concubina del Alegre Monarca. Montague House era propiedad de la corona, y en 1854 se sabía a ciencia cierta que el solar que ocupaba sería necesario para obras públicas. Por ese motivo,
el señor Disraeli
, a la sazón Canciller del Exchequer, se negó a firmar el contrato de arrendamiento que se había preparado para el duque. No obstante, d’une manière ou d’une autre |de una u otra manera|, el contrato de arrendamiento fue firmado. El señor Disraeli se indignó por ello y denunció a su sucesor
Gladstone
en la Cámara de los Comunes, acusándolo de sacrificar el interés del público al interés privado de un duque. El señor Gladstone, con su habitual
manera untuosa e irónica
, respondió que había estado mal firmar aquel contrato. Sin embargo, parecía que debían de haber existido razones para dar tal paso. Siguió una investigación parlamentaria y —¡qué horror!— se descubrió que el firmante del contrato no era otro que... ¡el propio
señor Disraeli
!

¡Pero aquí sale a relucir la maniobra, antes insinuada, que huele a la banda de malhechores de Old Bailey, del noble descendiente de Lucy Parsons! El señor Disraeli declaró que él no sabía absolutamente nada de
su
firma del contrato. Reconoció, no obstante, la autenticidad de la rúbrica. Nadie pone en duda la veracidad del señor Disraeli. ¿Dónde está, pues, la solución del enigma? El noble descendiente de Lucy Parsons se valió de un instrumento o de un amigo para
colar subrepticiamente
el contrato de arrendamiento de Montague House entre una masa de documentos que debían firmarse por rutina. ¡Así lo firmó el señor Disraeli sin la más remota idea del contenido del escrito! Y así obtuvo el descendiente de Lucy Parsons el poder de anteponer sus caprichos
al bienestar de 3 millones de londinenses. El comité parlamentario se ha convertido en el servil instrumento de su arrogancia. Si las viviendas de 1.000 obreros, en lugar de la mansión subrepticiamente obtenida de un
solo
Buccleuch, hubieran estorbado, habrían sido arrasadas de inmediato y sin contemplaciones, y sus propietarios arrojados a la calle sin un penique de indemnización.»