¿qué queda de la Morning Post del 21 de diciembre que había negado la llegada de algún despacho de Seward sobre el incidente del Trent? ¿Qué queda de la Morning Post del 10 de enero que acusaba a Adams de haber suprimido el despacho? ¿Qué queda de todos los rumores de guerra difundidos por la prensa de Palmerston desde el 19 de diciembre de 1861 al 8 de enero de 1862? ¡Peor todavía! El despacho de lord John Russell a lord Lyons del 19 de diciembre de 1861 demuestra que el gabinete inglés nunca presentó un ultimátum de guerra a los Estados Unidos, que lord Lyons nunca recibió instrucciones de dejar Washington siete horas después del envío del “ultimátum”; que Russell ordenó al embajador evitar toda apariencia de amenaza, y que el gabinete estaba determinado a no tomar una decisión definitiva sino después de la recepción de la respuesta americana. Toda la política estruendosa de la prensa palmerstoniana, que encuentra un eco tan servil en el continente, es pues, una simple quimera. En realidad jamás fue practicada. Prueba simplemente —como hoy lo declara un diario londinense— que Palmerston “buscaba contrarrestar la política proclamada por el Consejo responsable de la Corona y que tenía fuerza de ley”.

El hecho siguiente demuestra que el golpe de mano de lord Russell ha sacudido a la prensa palmerstoniana como un rayo en un cielo sereno. El Times de ayer esquivó la dificultad silenciando pura y simplemente la correspondencia de Russell. Recién hoy reproduce en sus columnas el artículo de la Gazette londinensc, introducido y comentado por un editorial que evita temerosamente el punto central, es decir el conflicto que opone al pueblo inglés con el gobierno inglés y solo lo roza con cesta frase que expresa su mal humor: *Lord John Russell se ha preocupado mucho por encontrar la mención de una excusa en el despacho de Seward.” La cólera de Júpiter tonante de Printing Square House se evapora, por el contrario, como humo, en un segundo editorial donde declara que Gilpin, que es ministro de Comercio y partidario de la escuela de Manchester, es indigno de tener una banca en el gobierno. Sin embargo, a este antiguo librero, a este demagogo y apóstol del justo medio que es Gilpin nadie lo considera un héroc. Pero el martes último, en una reunión pública en Northampton que él representa en el Parlamento, cometió este crimen: exhortó al pueblo inglés a impedir con manifestaciones públicas un reconocimiento intempestivo de la Confederación del Sur que estigmatizó, sin consideraciones, como fruto del esclavismo. ¡Como si —rugió indignado el Times— Palmerston y Russell —y cl Times se acuerda de pronto de la existencia de lord John Russell-- no hubieran consagrado toda su vida a combatir la esclavitud! Con seguridad que era una indiscreción cuidadosamente calculada la de Gilpin, al invitar al pueblo inglés a entrar en la lucha contra los ardores proesclavistas del ministerio al que él mismo pertenecía. Pero, como ya lo hemos dicho, Gilpin no es un héroe. Toda su carrera testimonia débiles disposiciones para el papel de mártir. Su indiscreción tuvo lugar el mismo día que lord John Russell dio su golpe de mano. De todo csto podemos sacar como conclusión que cl gabinete no forma “una familia unida y feliz” y que algunos de sus miembros ya se ha hecho a la idea de un “divorcio”, El epílogo ruso del drama del Trent no es menos notable que su sacudida ministerial inglesa. Durante todo este alboroto Rusia había guardado silencio y se había quedado con los brazos cruzados en segundo plano. Ahora se precipita sobre el proscenio, le golpea el hombro a Seward y declara que ha llegado cel momento de arreglar definitivamente el problema de los derechos marítimos ' de los Estados neutrales. Como ya sabemos, Rusia cree que su misión es poner los problemas urgentes de la civilización a la orden del día de la historia mundial cn el momento y lugar adecuados. Rusia está al abrigo del ataque de cualquier potencia marítima apenas esta, renunciando a sus derechos de beligerancia con respecto a los Estados neutrales, pierde la manera de dominar el comercio exterior ruso, La declaración de París del 16 de abril de 1856 10», que copia literalmente algunas partes del tratado de neutralidad “armada” de 1780 contra Inglaterra, todavía no es ley en Inglaterra. ¡Qué ironía del destino si el diferendo anglo-americano terminara con la ratificación por el Parlamento y la corona ingleses de una concesión que dos ministros ingleses hicieron a Rusia, por propia iniciativa, a fines de la guerra anglo-rusa de 18531 CARLOS MARX EL DEBATE PARLAMENTARIO SOBRE EL DESPACHO Die Presse, 12/2/1862 Londres, 7 de febrero de 1862 ...La parte “técnica” de los debates giró alrededor de Estados Unidos, Méjico y Marruecos.

En lo que concierne a los Estados Unidos los de afuera (que no forman parte del ministerio) hicieron el elogio de los de adentro (que son los felices poseedores). Derby, el jefe conservador de la Cámara de los lores, y Disraeli, el jefe conservador de la Cámara de los comunes, no se levantaron contra el gobierno sino, más bien, uno contra otro.

En principio, Derby señaló su amargura por la ausencia de una “presión exterior” del pueblo. Es verdad, admiraba cl estoicismo y la dignidad de los obreros de las fábricas, pero en lo que concierne a los dueños de las fábricas, estaba obligado a excluirlos de sus elogios. El problema americano llegaba muy oportunamente para ellos, ya que la superproducción y el ahogo de todos los mercados, de todas maneras, les hubieran impuesto restricciones comerciales. Derby continuó atacando violentamente al gobierno de la Unión, que se había expuesto tanto él como su pueblo a las humillaciones más indignas”: no actuó como un “gentleman” porque uo tomó la iniciativa de devolver voluntariamente a Mason, Slidell y Cía. y pagar una multa honorable.

Su segundo en los Comunes, Disraeli, comprendió en seguida qué perjudicial eran los cargos de Derby para las esperanzas ministeriales de los conservadores. Por lo tanto tomó el camino contrario y declaró: “Si considero las graves dificultades que los hombres de Estado americanos tienen que afrontar, hasta llegaría a decir que las enfrentan de manera viril y valiente.” volcó a aitliino Slis Por otra parte —con su habitual espíritu consecuente— Derby protestó contra las “nuevas doctrinas” en materia de derecho marítimo. Inglaterra siempre había defendido los derechos de los beligerantes contra las pretensiones de los Estados neutrales. Es verdad que lord Clarendon había hecho una “peligrosa” concesión en París en 1856. Por suerte todavía no estaba ratificada por la Corona, aunque “no modificara el estado del derecho internacional”. Disraeli, en manifiesto acuerdo con el ministerio, por su parte evitó abordar el problema.

Derby aprobó la política de no intervención del ministerio. Como aun no había llegado el momento de reconocer a la Confederación del Sur pidió documentos auténticos para juzgar “en qué medida el bloqueo era de buena fe y efectivo, y si era de tal naturaleza que debía ser reconocido y respetado por la ley de las naciones.” Lord John Russell declaró, por el contrario, que el gobierno de la Unión había utilizado un número suficiente de navíos para el bloqueo, pero no lo había hecho respetar en todos lados de manera consecuente. Disraeli no quiso permitirse ningún juicio sobre la naturaleza del bloqueo, pero pidió al ministerio de Informaciones que le aclarara el tema. Con énfasis, se puso en guardia contra un reconocimiento intempestivo de la Confederación y tanto más por cuanto Inglaterra estaba en tren de comprometerse amenazando a un Estado americano —Méjico— cuya independencia había reconocido antes. Después de los Estados Unidos le tocó el turno a Méjico. Ningún miembro del Parlamento condenó esta guerra emprendida sin declaración de guerra, pero sí la intromisión en los asuntos internos de un país en aplicación del principio de no intervención, así como la coalición con Francia y España para intimidar, a medias, a un país sin defensa. Lo que están fuera indicaron que simplemente se reservaba a Méjico como pretexto para sus maniobras de partido. Derby reclamó documentos tanto sobre la convención entre las tres potencias, como sobre la manera en que se ejecutó. Aprobó la convención porque —a su parecer— el camino justo para cada una de las partes contratantes era que las reivindicaciones de cada una continuaban siendo independientes. Sin embargo, los rumores públicos le hacían temer que una de las potencias al menos —España— continuaba sus operaciones- sobrepasando el marco del tratado: como si Derby pensara realmente que la gran potencia que es España fuera capaz de actuar contra la voluntad de Francia y de España, Lord John Russell respondió: las tres potencias persiguen el mismo objetivo y evitan ansiosamente molestar a los mejicanos en el ordenamiento de sus propios asuntos de Estado.

En los comunes, Disraeli se abstuvo de todo juicio hasta que tomó conocimiento de los documentos. Sin embargo, encontró que el “anuncio del gobierno era sospechoso”. Inglaterra había sido la primera en reconocer la independencia de Méjico. Este reconocimiento evoca una política memorable: la política antiSanta-Alianza, así como también una personalidad memorable, la de Canning. ¿Qué ocasión singular impulsó entonces, a Inglaterra, a darle el primer golpe a esa independencia? Sin contar con que la intervención cambió en seguida de pretexto. Al comienzo se trataba de obtener reparaciones por las injusticias sufridas por sujetos ingleses. Ahora vemos que se murmura que hay que instaurar nuevos principios de gobierno así como una nueva dinastía. Lord Palmerston remitió a todo el mundo a los documentos sometidos al Parlamento, a la convención que prohíbe a los aliados “someter” a Méjico e imponerle una forma de gobierno que no cuente con el agrado del pueblo. Pero al mismo tiempo descubre un secreto diplomático: habría oído decir que un partido mejicano desearía la transformación de la república en monarquía, pero no conoce la fuerza de ese partido. En “cuanto a él” todo lo que desea es “que se instaure en Méjico cualquier gobierno que sea capaz de negociar con los Estados extranjeros”. Por lo tanto desca la formación de un nuevo gobierno. En efecto, declaró que el actual gobierno no existía.

En consecuencia, asumió la responsabilidad de la alianza de Inglaterra con Francia y España así como el privilegio de la Santa Alianza de decidir la existencia o la no existencia de gobiernos extranjeros. Y agrega modestamente: “Es todo lo que el gobierno de Gran Bretaña trata de alcanzar. ¡Nada más!...” “Se les ha reprochado a los comunistas, querer abolir la patria y la nacionalidad. Los trabajadores no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen” Carlos MARX y FEDERICO ENGELS: El Manifiesto, CARLOS MAR