Karl Marx

[Los resultados electorales en los Estados del Norte]

Escrito el 18 de noviembre de 1862.

["Die Presse", núm. 321, del 23 de noviembre de 1862]

Las elecciones constituyen, de hecho, una derrota para el gobierno de Washington. Los viejos líderes del Partido Demócrata han explotado hábilmente el descontento por la torpeza financiera y las chapucerías militares, y no cabe duda de que el estado de Nueva York, oficialmente en manos de los Seymour, los Wood y los Bennett, pueda convertirse en centro de peligrosas intrigas. Por otra parte, no hay que exagerar la importancia práctica de esta reacción. La actual Cámara de Representantes republicana sigue sesionando, y sus sucesores ahora elegidos no ocuparán su lugar hasta diciembre de 1863. Las elecciones, en lo que afectan al Congreso de Washington, no son, pues, por el momento, más que una mera manifestación. En ningún estado, salvo Nueva York, se ha elegido a gobernadores. El Partido Republicano sigue, por tanto, al frente de cada uno de los estados. Las victorias electorales de los republicanos en Massachusetts, Iowa, Illinois y Michigan compensan en cierta medida las pérdidas en Nueva York, Pensilvania, Ohio e Indiana.

Un análisis algo más detenido de las ganancias «demócratas» conduce a un resultado completamente distinto del que vocean los periódicos ingleses. La ciudad de Nueva York, fuertemente infiltrada por el populacho irlandés, hasta hace poco activamente partícipe en la trata de esclavos, sede del mercado monetario estadounidense y repleta de acreedores hipotecarios de las plantaciones del Sur, ha sido siempre decididamente «demócrata», del mismo modo que Liverpool sigue siendo hoy tory. Los distritos rurales del estado de Nueva York han votado, esta vez, como desde 1856, con los republicanos, aunque no con el mismo ardor que en 1860. Gran parte de sus varones con derecho al voto se encuentra, además, en el campo de batalla. Si se suman la ciudad y los distritos rurales, la mayoría demócrata en el estado de Nueva York asciende tan sólo a 8.000-10.000 votos.

En Pensilvania, que osciló durante largo tiempo primero entre whigs y demócratas, y después entre demócratas y republicanos, la mayoría demócrata es de apenas 3.500 votos; en Indiana es aún más débil, y en Ohio, donde alcanza los 8.000 votos, dirigentes demócratas convictos de simpatía con el Sur, como entre otros el célebre Vallandigham, han perdido sus escaños en el Congreso. El irlandés ve en el negro a un competidor peligroso. Los sólidos campesinos de Indiana y Ohio odian al negro en segundo lugar, después del esclavista. Para ellos, el negro es el símbolo de la esclavitud y del envilecimiento de la clase trabajadora, y la prensa demócrata los amenaza a diario con una inundación de sus territorios por el «nigger». A ello se añade que el descontento por el miserable modo de conducir la guerra en Virginia se ha expresado con la mayor fuerza en estos estados, que han aportado los contingentes más nutridos de voluntarios.

Sin embargo, todo esto no toca lo principal. En la época de la elección de Lincoln (1860) no existía aún la guerra civil ni la cuestión de la emancipación del negro figuraba en el orden del día. El Partido Republicano, entonces completamente separado del partido de los abolicionistas, no perseguía con su voto en 1860 más que una protesta contra la extensión de la esclavitud a los territorios, pero proclamaba al mismo tiempo la no injerencia en dicha institución allí donde ya existía legalmente. Con la emancipación de los esclavos como consigna electoral, Lincoln habría fracasado sin remedio. Se la rechazaba de plano.

Muy otra cosa ha sido en las elecciones que acaban de terminar. Los republicanos han hecho causa común con los abolicionistas. Se declararon enfáticamente por la emancipación inmediata, ya por sí misma, ya como medio para poner fin a la rebelión. Si se pondera esta circunstancia, la mayoría gubernamental en Michigan, Illinois, Massachusetts, Iowa y Delaware, y la muy considerable minoría que votó por ella en los estados de Nueva York, Ohio y Pensilvania, resultan igualmente sorprendentes. Antes de la guerra un resultado así era imposible, incluso en Massachusetts. Sólo se precisa energía por parte del gobierno y del Congreso que se reunirá el mes próximo para que los abolicionistas, hoy idénticos a los republicanos, obtengan en todas partes la superioridad moral y numérica. Los apetitos de intervención de Luis Bonaparte les proporcionan un puntal «exterior». El peligro reside únicamente en el mantenimiento de generales como McClellan, quienes, aparte de su incapacidad, son declarados proslavery men |defensores de la esclavitud|.