Londres, 11 de enero de 1862

La noticia de la solución pacífica del conflicto del Trent fue saludada por el grueso del pueblo inglés con un júbilo que demostraba de manera inequívoca la impopularidad de la guerra temida y el pavor a sus consecuencias. Nunca debería olvidarse en los Estados Unidos que, al menos las clases trabajadoras de Inglaterra, desde el comienzo hasta el final de la dificultad, jamás los han abandonado. A ellas se debió que, a pesar de los ponzoñosos estimulantes administrados a diario por una prensa venal y desenfrenada, no pudiera celebrarse en todo el Reino Unido ni un solo mitin público favorable a la guerra durante todo el período en que la paz pendía de un hilo. El único mitin belicista convocado al llegar el La Plata, en la sala de ventas de algodón de la Bolsa de Liverpool, fue una reunión de corrillo donde los especuladores en algodón se las arreglaron ellos solos. Incluso en Manchester, la disposición de las clases trabajadoras se comprendía tan bien que un intento aislado de convocar un mitin a favor de la guerra fue abandonado casi tan pronto como se pensó.

Dondequiera que se celebraron reuniones públicas en Inglaterra, Escocia o Irlanda, protestaron contra los rabiosos gritos de guerra de la prensa, contra los siniestros designios del Gobierno, y se declararon por un arreglo pacífico de la cuestión pendiente. A este respecto, las dos últimas reuniones celebradas, una en Paddington, Londres, y la otra en Newcastle-upon-Tyne, son características. La primera reunión aplaudió la argumentación del Sr. Washington Wilkes de que Inglaterra no tenía motivo para censurar la captura de los comisionados sudistas; mientras que la reunión de Newcastle aprobó casi por unanimidad la resolución siguiente: primero, que los americanos no se habían hecho sino culpables del ejercicio legal del derecho de visita y captura; segundo, que el capitán del Trent debía ser castigado por su violación de la neutralidad inglesa, proclamada por la Reina. En circunstancias ordinarias, la conducta de los obreros británicos habría podido preverse por la natural simpatía que las clases populares de todo el mundo deberían sentir por el único gobierno popular del mundo.

Sin embargo, en las circunstancias actuales, cuando una gran parte de las clases trabajadoras británicas sufre directa y severamente bajo las consecuencias del bloqueo del Sur; cuando otra parte resulta indirectamente golpeada por la reducción del comercio americano, debido, según se les dice, a la egoísta «política proteccionista» de los republicanos; cuando el único semanario democrático que quedaba, el periódico de Reynolds, se ha vendido a los Sres. Yancey y Mann, y semana tras semana agota sus caballos de fuerza de lenguaje soez en llamamientos a las clases trabajadoras para que insten al Gobierno, en su propio interés, a la guerra con la Unión… en tales circunstancias, la simple justicia exige rendir homenaje a la actitud sensata de las clases trabajadoras británicas, tanto más cuanto que contrasta con la conducta hipócrita, fanfarrona, cobarde y estúpida del John Bull oficial y acomodado.

¡Qué diferencia entre esta actitud del pueblo y la que había adoptado en la época de la complicación rusa! Entonces, The Times, The Post y los demás lacayos de librea amarilla de la prensa londinense gemían pidiendo la paz, y fueron reprendidos por imponentes mítines favorables a la guerra en todo el país. Ahora han aullado pidiendo la guerra, y se les ha respondido con mítines por la paz que denuncian los planes liberticidas y las simpatías esclavistas del Gobierno. Las muecas que hacen los augures de la opinión pública ante la noticia de la solución pacífica del asunto del Trent son realmente divertidas.

En primer lugar, tienen necesariamente que felicitarse por la dignidad, el sentido común, la buena voluntad y la moderación de que han hecho gala diariamente durante todo un mes. Fueron moderados los dos primeros días después de la llegada del La Plata, cuando Palmerston se sentía inquieto por si podía encontrarse algún pretexto legal para una querella. Pero apenas los abogados de la corona dieron con una sutileza legal, abrieron un charivari inaudito desde la guerra antijacobina. Los despachos del Gobierno inglés salieron de Queenstown a principios de diciembre. No podía esperarse ninguna respuesta oficial de Washington antes de principios de enero. Los nuevos incidentes surgidos en el intervalo hablaban todos a favor de los americanos. El tono de la prensa transatlántica, aunque el asunto del Nashville hubiera podido exacerbar sus pasiones, era tranquilo. Todos los hechos averiguados coincidían en demostrar que el capitán Wilkes había actuado por su cuenta. La posición del Gobierno de Washington era delicada. Si se resistía a las demandas inglesas, complicaría la guerra civil con una guerra extranjera. Si cedía, podría dañar su popularidad en el país y aparentar que cedía a la presión del exterior. Y el Gobierno, colocado así, llevaba adelante, al mismo tiempo, una guerra que debe concitar las más cálidas simpatías de todo hombre que no sea un rufián confeso.

La prudencia común, la decencia convencional, debían, por tanto, haber dictado a la prensa londinense, al menos durante el tiempo que mediaba entre la demanda inglesa y la respuesta americana, la ansiosa abstención de toda palabra capaz de calentar las pasiones, engendrar mala voluntad, complicar la dificultad. ¡Pero no! Esa prensa «inexpresablemente mezquina y rastrera», como la llama William Cobbett, y él era un conocedor, se jactaba realmente de que, cuando temía el poder compacto de los Estados Unidos, se había sometido humildemente a los desaires e insultos acumulados por administraciones proesclavistas durante casi medio siglo, mientras que ahora, con la salvaje exultación de los cobardes, anhelaba vengarse de la Administración republicana, distraída por una guerra civil. Los anales de la humanidad no registran una infamia declarada por sí misma como esta.

Uno de estos lacayos de librea amarilla, el Moniteur privado de Palmerston — el Morning Post — se ve acusado de un cargo feísimo por los periódicos americanos. A John Bull nunca se le ha informado — información que le han ocultado cuidadosamente los oligarcas que lo dominan — de que el Sr. Seward, sin esperar el despacho de Russell, había desautorizado toda participación del gabinete de Washington en el acto del capitán Wilkes. El despacho del Sr. Seward llegó a Londres el 19 de diciembre. El 20 de diciembre, el rumor de este «secreto» se difundió en la Bolsa. El 21, el lacayo de librea amarilla del Morning Post salió a anunciar gravemente que «el despacho en cuestión no se refiere en modo alguno al ultraje infligido a nuestro paquebote correo».

En The Daily News, The Morning Star y otros periódicos londinenses, encontraréis al lacayo de librea amarilla tratado con bastante dureza, pero no sabréis por ellos lo que dice la gente de la calle. Dicen que el Morning Post y el Times, al igual que la Patrie y el Pays, embaucaron al público no solo para extraviarlo políticamente, sino para desplumarlo en el terreno monetario en la Bolsa, en interés de sus patrones.

El descarado Times, plenamente consciente de que durante toda la crisis no ha comprometido a nadie más que a sí mismo, y de que ha dado otra prueba de la vacuidad de sus pretensiones de influir sobre el verdadero pueblo de Inglaterra, hace hoy una jugarreta que aquí, en Londres, solo mueve los músculos de la risa, pero que al otro lado del Atlántico podría interpretarse mal. Las «clases populares» de Londres, el «populacho», como los llaman los lacayos de librea amarilla, han dado señales inequívocas — han dejado entrever incluso en los periódicos — de que considerarían una broma de lo más oportuna tratar a Mason (dicho sea de paso, pariente lejano de Palmerston, ya que el Mason original se casó con una hija de Sir W. Temple), Slidell y Compañía con las mismas demostraciones con que fue recibido Haynau en su visita a la cervecería de Barclay. El Times se queda horrorizado ante la mera idea de un incidente tan escandaloso, y ¿cómo intenta conjurarlo? ¡Amonestar al pueblo de Inglaterra para que no abrume a Mason, Slidell y Compañía con ninguna clase de ovación pública! El Times sabe que su artículo de hoy será la irrisión de todas las tabernas de Londres. ¡Pero no importa! ¡La gente del otro lado del Atlántico quizá imagine que la magnanimidad del Times les ha ahorrado la afrenta de ver a Mason, Slidell y Compañía objeto de ovaciones públicas, cuando, en realidad, lo único que el Times pretende es salvar a esos caballeros del insulto público!

Mientras el asunto del Trent estuvo indeciso, The Times, The Post, The Herald, The Economist, The Saturday Review, de hecho toda la prensa de moda y mercenaria de Londres, se esforzaron al máximo por persuadir a John Bull de que el Gobierno de Washington, aunque quisiera, sería incapaz de mantener la paz, porque el populacho yanqui no lo permitiría y porque el Gobierno federal era un gobierno de populacho. Los hechos les han infligido ahora una mentís directo. ¿Es que ahora se retractan de sus malignas calumnias contra el pueblo americano? ¿Confiesan siquiera los errores que el lacayo de librea amarilla, al pretender juzgar los actos de un pueblo libre, no podía menos de cometer? De ningún modo. Ahora descubren unánimemente que el Gobierno americano, al no anticiparse a las demandas de Inglaterra y no entregar a los traidores del Sur tan pronto como fueron apresados, dejó escapar una gran ocasión y ha privado de todo mérito a su concesión actual. ¡Sí, lacayo de librea amarilla! El Sr. Seward desautorizó el acto de Wilkes antes de que llegaran las demandas inglesas, y se declaró inmediatamente dispuesto a entrar en un curso conciliatorio; ¿y qué hicisteis vosotros en ocasiones similares? Cuando, so pretexto de reclutar por la fuerza a marineros ingleses a bordo de barcos americanos — pretexto que nada tenía que ver con los derechos marítimos de los beligerantes, sino que era una usurpación franca y monstruosa contra todo derecho internacional —, el Leopard disparó su andanada contra el Chesapeake, mató a seis hombres, hirió a veintiún marineros y apresó a los supuestos ingleses que iban a bordo, ¿qué hizo el Gobierno inglés? Aquel ultraje se perpetró el 20 de junio de 1807. La satisfacción real, la entrega de los marineros, etc., no se ofreció hasta el 8 de noviembre de 1812, cinco años después. El Gobierno británico, es cierto, desautorizó de inmediato el acto del almirante Berkeley, tal como hizo el Sr. Seward respecto al capitán Wilkes; pero, para castigar al almirante, lo trasladó de un rango inferior a otro superior. Inglaterra, al proclamar sus Orders in Council, confesó claramente que eran ultrajes a los derechos de los neutrales en general y de los Estados Unidos en particular; que le fueron impuestas como medidas de represalia contra Napoleón, y que se alegraría sobremanera de revocarlas en cuanto Napoleón revocara sus atentados contra los derechos neutrales. Napoleón las revocó, por lo que respecta a los Estados Unidos, en la primavera de 1810. Inglaterra persistió en su confesado ultraje a los derechos marítimos de América. Su resistencia duró desde 1806 hasta el 23 de junio de 1812, después de que el 18 de junio de 1812 los Estados Unidos declararan la guerra a Inglaterra. Por consiguiente, Inglaterra se abstuvo, en este caso, durante seis años, no de reparar un ultraje confesado, sino de ponerle fin. ¡Y esta gente habla de la magnífica ocasión que dejó escapar el Gobierno americano! Tuviera razón o no, fue un acto de cobardía por parte del Gobierno británico respaldar una queja basada en un supuesto error técnico, y un mero yerro de procedimiento, con un ultimátum, con una exigencia de entrega de los prisioneros. El Gobierno americano podía tener razones para acceder a esa exigencia; no podía tener ninguna para anticiparse a ella.

Mediante la presente resolución de la colisión del Trent, la cuestión que subyace a toda la disputa, y que probablemente vuelva a presentarse —los derechos beligerantes de una potencia marítima frente a los neutrales—, no ha sido resuelta. Con su permiso, intentaré examinar toda la cuestión en una carta posterior. Por el momento, permítaseme añadir que, en mi opinión, los señores Mason y Slidell han prestado un gran servicio al Gobierno federal. Había en Inglaterra un partido de la guerra influyente que, en parte por razones comerciales y en parte por razones políticas, se mostraba ansioso de una refriega con los Estados Unidos. El asunto del Trent puso a prueba a ese partido. Ha fracasado. La pasión bélica se ha descontado en una cuestión menor, se ha dejado escapar el vapor, la vocinglera furia de la oligarquía ha despertado las sospechas de la democracia inglesa, los grandes intereses británicos vinculados a los Estados Unidos se han plantado, el verdadero carácter de la guerra civil ha sido llevado a la conciencia de las clases trabajadoras y, por último, aunque no menos importante, el peligroso período en que Palmerston gobierna con poder omnímodo sin el control del Parlamento está llegando rápidamente a su fin. Ese era el único momento en que se podría haber arriesgado una guerra inglesa en favor de los esclavócratas. Ahora queda fuera de toda cuestión.

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