Karl Marx/Friedrich Engels

La situación en el teatro de guerra americano

Escrito del 23 al 25 de mayo de 1862.

[«Die Presse» n.º 148 del 30 de mayo de 1862]

La toma de Nueva Orleans, como lo muestran los informes detallados que acaban de llegar, se distingue como una hazaña de valor casi sin igual por parte de la flota. La flota de los unionistas se componía únicamente de barcos de madera: unos seis buques de guerra, cada uno con 14 a 25 cañones, apoyados por una numerosa escuadra de lanchas cañoneras y morteros. Esta flota tenía ante sí dos fuertes que bloqueaban el paso del Misisipi. Dentro del alcance de los cien cañones de estos fuertes, el río estaba barrado por una fuerte cadena, detrás de la cual se habían acumulado torpedos, brulotes y otros artefactos de destrucción. Había, pues, que franquear estos primeros obstáculos para situarse entre los fuertes. Pero más allá de los fuertes se hallaba una segunda y temible línea de defensa, formada por cañoneras acorazadas, entre ellas el «Manassas», un ariete de hierro, y la «Louisiana», una poderosa batería flotante. Después de que los unionistas hubieron bombardeado durante seis días, sin resultado alguno, los dos fuertes que dominan por completo el río, resolvieron desafiar su fuego, forzar en tres divisiones la barrera de hierro, remontar el río y arriesgar el combate con los «ironsides». La arriesgada empresa tuvo éxito. Una vez que la flotilla desembarcó ante Nueva Orleans, la victoria quedó naturalmente decidida.

Beauregard ya no tenía nada que defender en Corinth. Su posición allí sólo tenía sentido mientras cubriera el Misisipi y Luisiana, especialmente Nueva Orleans. Ahora se encuentra en una situación estratégica en la que una batalla perdida no le dejaría más opción que disolver su ejército en guerrillas, pues sin una gran ciudad, donde se concentren ferrocarriles y medios de aprovisionamiento, a la espalda de su ejército, no puede mantener por más tiempo unidas las masas.

McClellan ha demostrado irrefutablemente que es una incapacidad militar a la que, elevada por azares favorables a una posición de mando y responsabilidad, dirige la guerra no para batir al enemigo, sino más bien para no ser batido por el enemigo y perder así su propia grandeza usurpada. Se comporta como los antiguos llamados «generales de maniobras», que excusaban su angustiosa evitación de toda decisión táctica argumentando que obligaban al enemigo a abandonar sus posiciones mediante rodeos estratégicos. Los confederados se le escapan siempre, porque en el momento decisivo nunca se arroja sobre ellos. Así, aunque su plan de retirada era conocido con diez días de antelación incluso en los periódicos de Nueva York (por ejemplo, la «Tribune»), les dejó retirarse tranquilamente de Manassas a Richmond. Luego dividió su ejército y flanqueó estratégicamente a los confederados, apostándose con un cuerpo de tropas ante Yorktown. Una guerra de fortalezas ofrece siempre pretexto para perder el tiempo y evitar la batalla. Tan pronto como hubo concentrado una fuerza de tropas superior a la de los confederados, los dejó retirarse de Yorktown a Williamsburg y de allí más lejos, sin obligarlos a presentar batalla. Nunca se ha hecho una guerra tan miserablemente. Si el combate de retirada de Williamsburg, en lugar de una segunda Bull Run, terminó para las tropas de la Unión con la derrota de la retaguardia confederada, McClellan fue completamente inocente de tal resultado.

Después de una marcha de unas doce millas (inglesas), bajo un aguacero de 24 horas y por verdaderos caminos de lodo, 8.000 soldados de la Unión al mando del general Heintzelmann (de ascendencia alemana, pero nacido en Pensilvania) llegaron a poca distancia de Williamsburg y tropezaron sólo con débiles piquetes enemigos. Pero tan pronto como éste se cercioró de su escasa fuerza numérica, envió desde Williamsburg, de entre sus tropas selectas, refuerzos que hicieron crecer gradualmente su efectivo hasta 25.000 hombres. A las nueve de la mañana el combate se volvió serio; a la media una, el general Heintzelmann advirtió que el choque se inclinaba a favor del adversario. Envió mensajero tras mensajero al general Kearny, que se hallaba a ocho millas a su espalda, pero que a causa de la carretera completamente «deshecha» por la lluvia sólo podía avanzar lentamente. Durante toda una hora, Heintzelmann permaneció sin refuerzos, y los regimientos 7.° y 8.° de Jersey, que habían agotado sus municiones, empezaron a huir hacia el bosque a ambos lados del camino. Heintzelmann mandó entonces al coronel Menill con un escuadrón de caballería de Pensilvania desplegarse en ambas orillas del bosque, bajo la amenaza de disparar sobre los fugitivos. Esto hizo que estos últimos se detuvieran de nuevo.

El orden se restableció además con el ejemplo de un regimiento de Massachusetts, que también había agotado sus municiones pero que ahora caló bayoneta en los fusiles y aguardó al enemigo con actitud serena. Por fin apareció la vanguardia de Kearny, al mando del brigadier Berry (del estado de Maine). El ejército de Heintzelmann recibió a los salvadores con un salvaje hurra; hizo que las músicas del regimiento tocasen el «Yankee Doodle» y formó al frente de sus exhaustas tropas, con el refuerzo de Berry, una línea de casi media milla. Tras un tiroteo preliminar, la brigada de Berry cargó a la bayoneta a paso de carga y arrojó al enemigo del campo de batalla hacia sus obras de tierra, de las cuales la mayor quedó en poder de las tropas de la Unión tras repetidos ataques y contraataques. Quedó así restablecido el equilibrio de la batalla. La llegada de Berry había salvado a los unionistas. A las cuatro, la llegada de las brigadas de Jameson y Birney decidió su victoria. A las nueve de la noche comenzó la retirada de los confederados de Williamsburg, que continuaron al día siguiente —hacia Richmond— bajo dura persecución de la caballería de Heintzelmann. Ya entre las seis y las siete de la mañana siguiente a la batalla, Heintzelmann había hecho ocupar Williamsburg por el general Jameson. La retaguardia del enemigo en fuga había evacuado la ciudad sólo media hora antes por el extremo opuesto. La batalla de Heintzelmann fue, en el sentido propio de la palabra, una batalla de infantería. La artillería apenas entró en juego. Decidieron el fuego de fusilería y el ataque a la bayoneta. Si el Congreso de Washington quisiera emitir un voto de gracias, éste correspondería al general Heintzelmann, que salvó a los yanquis de una segunda Bull Run, y no a McClellan, que en su estilo habitual evitó «la decisión táctica» y dejó escapar por tercera vez al adversario, numéricamente más débil.

El ejército confederado de Virginia goza de mejores posibilidades que el de Beauregard, en primer lugar porque tiene enfrente a un McClellan y no a un Halleck, y luego porque en su línea de retirada los muchos ríos corren transversalmente desde las montañas al mar. Sin embargo, para evitar que se disuelva en bandas sin presentar batalla, sus generales se verán obligados, tarde o temprano, a aceptar una batalla decisiva, tal como los rusos tuvieron que batirse en Smolensk y Borodinó en contra de la voluntad de los generales que juzgaban correctamente. Por miserable que fuera la dirección de la guerra de McClellan, el constante retirarse abandonando artillería, municiones y otros pertrechos, unido a los pequeños e infelices combates de retirada, ha desmoralizado ciertamente a los confederados, como se demostrará el día de una batalla decisiva. Llegamos, pues, a la conclusión:

Si Beauregard o Jefferson Davis pierden una batalla decisiva, sus ejércitos se disolverán en bandas; si uno de ellos gana una batalla decisiva, lo que es del todo improbable, en el mejor de los casos la disolución de sus ejércitos quedará aplazada. No están en condiciones de sacar el más mínimo provecho duradero ni siquiera de una victoria. No pueden avanzar veinte millas inglesas sin atascarse y aguardar de nuevo la renovada ofensiva del adversario.

Resta examinar las probabilidades de una guerra de guerrillas. Pero precisamente en esta guerra de los esclavistas es sumamente asombroso cuán poco, o mejor dicho, cuán absolutamente nada, ha tomado parte la población en ella. En 1813, las comunicaciones de los franceses fueron constantemente interrumpidas y hostigadas por Colomb, Lützow, Tschernyschew y otros veinte jefes de cuerpos francos y cosacos. En 1812, en Rusia, la población desapareció por completo de la línea de marcha de los franceses; en 1814, los campesinos franceses se armaron y mataron a las patrullas y rezagados de los aliados, pero aquí no ocurre absolutamente nada. Uno se somete al destino de las grandes batallas y se consuela con «Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni». La fanfarronería con la guerra a muerte se desvanece en humo. Aunque apenas cabe dudar de que el white trash (la «escoria blanca», como los mismos plantadores llaman a los «blancos pobres») intentará la guerra de guerrillas y el bandidaje. Pero semejante intento convertirá a los plantadores propietarios muy rápidamente en unionistas. Ellos mismos llamarán en su auxilio a las tropas de los yanquis. Las pretendidas quemas de algodón, etc., en el Misisipi descansan exclusivamente en el testimonio de dos kentuckianos que, según se dice, llegaron a Louisville —no, ciertamente, por el Misisipi. El incendio de Nueva Orleans fue fácilmente organizado. El fanatismo de los comerciantes de Nueva Orleans se explica porque tuvieron que aceptar gran cantidad de vales de la deuda pública confederada como dinero contante. El incendio de Nueva Orleans se repetirá en otras ciudades; también fuera de ellas se quemarán ciertamente muchas cosas, pero tales golpes teatrales no pueden sino llevar al extremo la discordia entre los plantadores y el «white trash», y con ello ¡finis Secessiae!