Karl Marx

La penuria obrera en Inglaterra

Escrito hacia el 20 de septiembre de 1862.

["Die Presse", n.º 266 del 27 de septiembre de 1862]

Desde hace dos meses se desarrolla en la prensa local una polémica cuyas actas ofrecerán al futuro historiógrafo de la sociedad inglesa un interés incomparablemente mayor que todos los catálogos de la Gran Exposición, ilustrados y no ilustrados.

Se recordará que, poco antes de la clausura del Parlamento, a toda prisa y por instigación de los grandes industriales, se hizo pasar por ambas Cámaras un proyecto de ley que elevaba el impuesto de pobres en los municipios de Lancashire y Yorkshire. Esta medida, de por sí de efecto muy limitado, afecta principalmente a las pequeñas clases medias de los distritos fabriles, mientras que apenas roza a los landlords (grandes terratenientes) y a los cottonlords (señores del algodón). Durante la discusión de aquel proyecto de ley, Palmerston dejó caer duras palabras contra los cottonlords, cuyos obreros se morían de hambre en las calles, mientras ellos amontonaban riqueza sobre riqueza mediante compras y ventas especulativas de algodón. Su «masterly inaction» (inacción magistral) durante la crisis la explicó asimismo por razones «especulativas». Ya en la apertura de la sesión había declarado Lord Derby que la penuria algodonera se les había aparecido a los fabricantes como un deus ex machina, pues una tremenda inundación de los mercados habría provocado la más espantosa crisis si la guerra civil americana no hubiera cortado de repente el suministro de la materia prima. Cobden, en calidad de portavoz de los industriales, respondió con una diatriba de tres días contra la política exterior de Palmerston.

Tras la clausura del Parlamento, la lucha prosiguió en la prensa. Los llamamientos al público inglés pidiendo ayuda para la sufriente población obrera, y las dimensiones siempre crecientes de la miseria en los distritos fabriles, ofrecían cada día nuevo motivo para continuar el combate.

El «Morning Star» y otros órganos de los industriales recordaban que el conde Derby y todo un enjambre de aristócratas debían sus rentas anuales de la tierra, de 300.000 libras esterlinas y más, procedentes de sus posesiones territoriales en los distritos fabriles, exclusivamente a la industria —en la cual nunca habían participado—, que había dotado, como por ensalmo, de su precio actual a un suelo antes carente de valor. El «Morning Star» llegó al extremo de fijar las contribuciones benéficas a las que Derby y otros grandes landlords estaban obligados. Evaluó la contribución de Derby, por ejemplo, en 30.000 libras esterlinas. Lord Derby convocó, en efecto, poco después de la clausura del Parlamento, una reunión en Manchester para la suscripción de donativos benéficos. Él mismo se gravó con 1.000 libras esterlinas, y los demás grandes terratenientes suscribieron sumas correspondientes. El resultado no fue brillante, pero la aristocracia terrateniente al menos había hecho algo. Se golpeó el pecho con un: «Salvavi animam meam!» [«¡He salvado mi alma!»].

Los grandes dignatarios de la industria algodonera, entretanto, persistían en su actitud «estoica». No se los encuentra en parte alguna, ni en los comités locales que se formaron para aliviar la penuria, ni en el comité de Londres. «They are neither here nor there, but they are on the Liverpool market», dice un periódico londinense. (No están ni aquí ni allí, sino en el mercado de Liverpool.) Los periódicos tories y el «Times» truenan ahora a diario contra los déspotas del algodón, que han chupado millones «de la carne y de la sangre de los obreros» y ahora se niegan a aportar siquiera unos peniques para conservar «la fuente de su riqueza». El «Times» ha enviado a los distritos fabriles a sus propios reporteros, cuyas descripciones muy detalladas no son en modo alguno adecuadas para hacer populares a los «cottonlords». Frente a eso, los órganos industriales —«Morning Star», «Economist», «Manchester Guardian», etc.— acusan al «Times» de azuzar la lucha de clases para encubrir la culpa del gobierno, su gestión en la India, etc. Más aún, se acusa al «Times» de «tendencias comunistas». El «Times», manifiestamente encantado con esta ocasión para reconquistar su popularidad, responde con mordaz sarcasmo: mientras los «cottonlords», por un lado, proceden de manera muy economicista, a saber, explotando especulativamente la actual penuria del algodón, son, por otro lado, comunistas empedernidos, y precisamente «comunistas de la especie más repugnante». Esos opulentos señores exigen que Inglaterra abra los bolsillos para conservarles, sin costo alguno para ellos mismos, la parte más preciosa de su capital. Pues su capital

no consiste solamente en fábricas, maquinaria y haberes en el banco, sino mucho más en los bien disciplinados ejércitos obreros de Lancashire y Yorkshire. Y mientras esos señores cierran sus fábricas para vender la materia prima con un 500 por ciento de ganancia, ¡exigen que el pueblo inglés mantenga en pie a sus ejércitos despedidos!

En medio de esta extraña disputa entre la aristocracia terrateniente y la aristocracia fabril —sobre quién de ellas ha chupado más a la clase obrera y quién está menos obligado a hacer frente a la penuria obrera—, suceden con los pacientes mismos cosas de las que los admiradores continentales de la «great exhibition» no tienen la menor idea. El suceso que expongo en las líneas siguientes está constatado oficialmente.

En una pequeña cottage de Gauxholme, en las cercanías de Padmonden (West Riding de Yorkshire), vivían un padre con dos hijas; el padre, viejo y achacoso; las jóvenes, ganándose el pan como obreras en la fábrica de algodón de los señores Halliwell. Habitaban una mísera habitación en la planta baja, a pocos pies de un sucio arroyo, y sobre su ventana una escalera, que servía de acceso a los moradores del piso superior, interceptaba la luz de la desolada vivienda. En los mejores tiempos solo ganaban lo suficiente para «mantener el cuerpo y el alma juntos»; pero en las últimas quince semanas se les agotó la única fuente de sustento. Se cerró la fábrica; la familia ya no tenía medios para procurarse una comida. Paso a paso, la miseria los arrastraba a su abismo. Cada hora los acercaba más a la tumba. Los menguados ahorros se agotaron pronto. Les llegó el turno al escaso mobiliario, a la ropa, a la lencería y a cuanto pudiera venderse o empeñarse, para transformarlo en pan. Es seguro que durante las catorce semanas en que no ganaron ni un cuarto de penique, no recurrieron siquiera a la ayuda de la parroquia.

Para colmo de tormento, el anciano llevaba un mes enfermo e incapaz de abandonar el lecho. La tragedia entre Ugolino y sus hijos se repitió, sin el canibalismo, en la choza de Padmonden. En la última desesperación, hace unos ocho días (el 12), la más fuerte de las dos muchachas se decidió al fin, fue a ver al inspector de pobres y le contó la lastimosa historia. Este señor, por increíble que parezca, respondió que nada podía hacer por la familia hasta el próximo miércoles. Cinco días más habrían de agonizar los tres pobres sufrientes, hasta que el poderoso alguacil se dignara al fin prestarles ayuda. La familia aguardó: no podía hacer otra cosa. Cuando por fin llegó el miércoles señalado, en el que la benevolencia oficial debía arrojar una migaja de pan a la familia atenazada por el hambre, la aldea se sobresaltó con el rumor de que una de las hermanas había muerto de inanición. El terrible rumor era por desgracia verdad. Tendido en un mísero jergón, en medio de los símbolos de la más espantosa miseria, yacía el cadáver de la muchacha muerta de hambre, mientras su padre, demacrado e impotente, sollozaba en su lecho y la hermana sobreviviente apenas conservaba fuerzas para contar la historia de sus padecimientos. Por experiencia sabemos a qué conducirá este caso horripilante, que no es en modo alguno excepcional en nuestros días. Se celebrará una encuesta judicial. El coroner (investigador de muertes) se extenderá prolijamente sobre el espíritu benévolo de la ley de pobres inglesa, aducirá la excelencia del mecanismo para su ejecución como prueba prima facie |apariencia de prueba| de que la ley no puede en modo alguno ser considerada responsable del triste accidente. El inspector de pobres se lavará las manos, y si no recibe cálidas felicitaciones del tribunal, al menos tendrá la tranquilidad de saber que no le queda adherida la menor tacha. El jurado, por último, coronará la comedia solemne con el veredicto: «Died by the visitation of God» (Fallecido por la visitación de Dios).