tro iba favoreciendo al enemigo. Envió entonces un mensajero tras otro al general Kearny, quien se hallaba a ocho millas de su retaguardia, pero éste sólo pudo avanzar lentamente, por un camino que era un verdadero lodazal. Durante una hora íntegra Heinzelman siguió sin recibir refuerzos y los regimientos 79 y 8? de Jersey que habían agotado su provisión de pólvora, comenzaron a huir hacia los bosques, a ambos lados del camino principal. Heinzelman ordenó entonces al coronel Mennill que, con el escuadrón de la caballería de Pensilvania, tomara posición en ambos linderos del bosque, y amenazó con fusilar a los desertores. Esto hizo que los soldados volvieran a ocupar su puesto en las filas.

Además el orden fue restablecido por el ejemplo que dio un regimiento de Massachusetts, el que, agotada la pólvora, aguardaba serenamente al enemigo con las bayonetas caladas. Por fin apareció la vanguardia del general Kearny, a las órdenes del brigadier Berry (del Estado de Maine). El ejército de Heinzelman recibió a sus salvadores con un alborozado “¡hurra!”: Heinzelman ordenó a la banda del regimiento que tocase Yankee Doodle * y colocó al destacamento de Berry delante de sus tropas fatigadas, en un frente de*casi media milla de extensión. Tras un fuego preliminar de fusilería, la brigada de Berry hizo una violenta carga a la bayoneta y expuso al enemigo del campo de batalla, haciéndolo ocupar sus trincheras de las cuales la mayor, después de pasar repetidas veces de unas manos a otras, quedó en poder de los unionistas. Así, pues, se restableció el equilibrio de la batalla. La llegada de Berry salvó a los unionistas. El arribo de las brigadas de Jameson y Birney, a las 4, decidió la victoria. A las 9 de la noche, comenzó la retirada de los confederados de Williamsburg, la cual continuó el día siguiente, en dirección a Richmond, seguidos en forma apremiante por la caballería de Heinzelman. A la mañana siguiente de la batalla, entre las 6 y las 7, éste ocupó^Williamsburg con las unidades del general Jameson. No hacía más de media hora que la retaguardia del enemigo en fuga había evacuado la ciudad por el extremo opuesto. La de Heinzelman fue una batalla de infantería en el sentido estricto de la palabra. La artillería apenas entró en acción. El fuego de fusilería y las 146 FEDERICO ENGELS / TEMAS MILITARES * Canción popular de EE. UU. (Ed.)

cargas a la bayoneta fueron decisivos. Si el Congreso de Washington deseara expresar su reconocimiento, debería agradecer al general Heinzelman, que salvó a los yanquis de una segunda Bull Run, y no a McClellan, quien según su costumbre evitó tomar “la decisión táctica” y dejó escapar por tercera vez a un adversario numéricamente más débil.

El ejército confederado de Virginia está en mejores condiciones que el de Beauregard; primero, porque está enfrentando a un McClellan y no a un Halleck, y luego, porque su línea de retirada es atravesada por muchos ríos que desde la montaña fluyen hacia el mar. Sin embargo, para impedir que Isl inacción convierta a ese ejército en bandas, sus generales, tarde o temprano, se verán obligadas a aceptar un combate decisivo, tal como los rusos se vieron obligados a luchar en Smolensk y Borodinó45, contra la voluntad de sus generales que juzgaban correctamente la situación. Por más ineficaz que haya sido la dirección general de McClellan, es de prever que las constantes retiradas, acompañadas por la pérdida de la artillería, municiones y otros abastecimientos militares, así como las breves y fracasadas escaramuzas de la retaguardia han desmoralizado en extremo a los confederados, y ello se pondrá de manifiesto cuando se libre una batalla decisiva. Por lo tanto, llegamos a la siguiente conclusión: Si Beauregard o Jefferson Davis pierden una batalla decisiva, sus ejércitos se disgregarán en bandas. En caso de que uno de ellos gane un combate decisivo, lo cual es absolutamente improbable, esto sólo postergará la disgregación de sus ejércitos. No están en situación de extraer el menor provecho duradero ni siquiera de una victoria. No pueden avanzar más de veinte millas inglesas sin detenerse y verse obligados nuevamente a esperar otra ofensiva del enemigo. Resta examinar aún las probabilidades de una guerra de guerrillas. Y es aquí donde debemos señalar el hecho sorprendente de que en esta guerra contra los esclavistas, la población haya participado muy débilmente, o para ser más exactos, no lo haya hecho en medida alguna. En 1813, las líneas de comunicación de los franceses eran constantemente interrumpidas y hostigadas por Colomb, Liitzow, Chernishev y otros veinte jefes guerrilleros y cosacos. En 1812, la población de Rusia desapareció por completo del camino que recorrían los franceses; en 1814* los campesinos franceses empuñaban las armas y mataban a las patrullas y a los soldados rezagados de las tropas aliadas; pero aquí no vemos absolutamente nada. Se resignan sumisos al resultado de las grandes batallas y se consuelan con el “victrix causa diis placuit, sed vicia Catonf ['los dioses estuvieron por el vencedor, pero Catón por el vencido”]. Los discursos altisonantes que llaman a librar la guerra hasta el fin se desvanecen como el humo. Difícilmente pueda dudarse, por cierto, de que los “white trasln ["porquería blanca”], como los plantadores llaman a los "blancos pobres”, intentarán medir sus fuerzas en una guerra dé guerrillas y en incursiones. Pero esos intentos trasformarán rápidamente a los dueños de plantaciones pudientes en unionistas. Llamarán en su ayuda inclusive a las tropas de los yanquis. Los incendios de gran cantidad de algodón, etc., que se dice han sido efectuados en Mississippi, están confirmados exclusivamente por el testimonio de dos habitantes de Kentucky, quienes habían ido a Luisville, ciertamente, no por el Mississippi. No era difícil organizar el incendio en Nueva Orleáns. Allí el fanatismo de los comerciantes se explica por el hecho de que fueron obligados a aceptar una cantidad de bonos del Estado del gobierno confederado por dinero efectivo. Este último incendio se repetirá en otras ciudades; sin duda, todavía se quemará algo más; pero todos estos efectos teatrales sólo pueden agudizar al extremo la disensión entre los plantadores y la "porquería blanca”, y entonces. .. "¡Finís secessiae!” 148 FEDERICO ENGELS / TEMAS MILITARES Escrito por C. Marx y F. Engels en alemán, alrededor del 25 de mayo de 1862.

Publicado por primera vez en Die Presse el 30 de mayo de 1862.

G. Marx y F. Engels, Obras, t. XII, p. II.

LA GUERRA AUSTRO-PRUSIANA (1866)

NOTAS SOBRE LA GUERRA EN ALEMANIA46 I Estas notas tienen el único objeto de explicar en forma imparcial, exclusivamente desde el punto de vista militar, los actuales acontecimientos bélicos, y también esclarecer, en la medida de lo posible, su probable influencia sobre las operaciones que se avecinan. La comarca donde se deben lanzar los primeros golpes decisivos es el límite de Sajonia y Bohemia. Es difícil que la guerra en Italia pueda tener algún resultado concluyente mientras no sea tomado el rectángulo*, cuya conquista significará, quizás, una operación bastante prolongada. Es probable que en el oeste de Alemania se libren varios encuentros militares, pero si se tiene en cuenta la cantidad de tropas que operan allí, sus resultados sólo tendrán importancia secundaria con relación a los sucesos del límite de Bohemia. Por eso por ahora concentramos nuestra atención exclusivamente en esta región. Para juzgar la fuerza de los ejércitos en pugna es suficiente tener en cuenta, para los fines prácticos, sólo a la infantería, teniendo presente, sin embargo, que, el número de la caballería austríaca está en proporción de 3 a 2 respecto de la prusiana. La relación de la artillería de ambos ejércitos es más o menos igual que la de la infantería, y equivale aproximadamente a tres cañones por cada 1.000 hombres.

* Referencia al rectángulo de fortificaciones: Pesc'hiera, Verona, Mantua y Legnano, (Ed.)