Karl Marx
La destitución de McClellan
Escrito el 24 de noviembre de 1862.
["Die Presse" nº 327 del 29 de noviembre de 1862]

¡La destitución de McClellan! es la respuesta de Lincoln a las victorias electorales de los demócratas.

Los periódicos demócratas habían declarado con la mayor confianza que la elección de Seymour como gobernador del estado de Nueva York traería consigo inmediatamente la revocación de la proclama en la que Lincoln declaraba abolida la esclavitud en la Sezessia a partir del 1 de enero de 1863. Apenas había dejado la imprenta su profético papel secante, cuando su general predilecto —predilecto porque, «después de una gran derrota, era lo que más temía una victoria decisiva»— era despojado de su mando y se retiraba a la vida privada.

Se recordará que McClellan respondió a aquella proclama de Lincoln con una contraproclama, una orden del día a su ejército, en la que, si bien prohibía a éste toda manifestación contra la medida del presidente, al mismo tiempo dejaba deslizar las fatídicas palabras: «Es tarea de los ciudadanos rectificar los errores del gobierno mediante la urna electoral o juzgar sus actos.» McClellan, al frente del ejército principal de los Estados Unidos, apelaba, pues, del presidente a las elecciones venideras. Echaba en la balanza el peso de su posición. Salvo un pronunciamiento a la manera española, no podía manifestar de modo más llamativo su hostilidad a la política del presidente. Tras la victoria electoral demócrata, a Lincoln no le quedaba, por tanto, otra opción que convertirse él mismo en instrumento del partido de compromiso amigo de la esclavitud, o retirarle a McClellan, con su destitución, el punto de apoyo en el ejército. La destitución de McClellan en este momento es, por consiguiente, una demostración política. Pero, de todos modos, se había vuelto indispensable.

Halleck, el comandante en jefe (Oberbefehlshaber), en un informe al secretario de Guerra, había acusado a McClellan de desobediencia directa. Poco después de la derrota de los confederados en Maryland, el 6 de octubre, Halleck ordenó el cruce del Potomac, precisamente porque el bajo nivel del agua del Potomac y sus afluentes favorecía entonces las operaciones militares. McClellan, a despecho de esta orden, permaneció inmóvil, bajo el pretexto de que su ejército no estaba en condiciones de marchar por falta de provisiones. Halleck, en el mencionado informe, demuestra que se trataba de una vana excusa, que el ejército del Este disfrutaba de grandes privilegios en cuanto a la intendencia en comparación con el ejército del Oeste, y que los suministros aún faltantes podían recibirse tanto al sur como al norte del Potomac. A este informe de Halleck se suma un segundo, en el cual el comité designado para investigar la rendición de Harpers Ferry a los confederados acusa a McClellan de haber concentrado para el socorro a las tropas de la Unión situadas en las cercanías de aquel arsenal de un modo inexplicablemente lento —sólo las hizo marchar 6 millas inglesas (aproximadamente 1 1/2 millas alemanas) por día—. Ambos informes, el de Halleck y el del comité, estaban en manos del presidente antes de la victoria electoral de los demócratas.

La capitanía de McClellan ha sido descrita tan repetidamente en estas páginas (véase: «Amerikanische Angelegenheiten», «Die Lage auf dem amerikanischen Kriegsschauplatze», «Zur Kritik der Dinge in Amerika» y «Abolitionistische Kundgebungen in Amerika»), que basta recordar cómo trató de sustituir la decisión táctica por el envolvimiento estratégico, y cómo fue incansable en descubrir consideraciones de sabiduría de estado mayor que le prohibían ya aprovechar las victorias, ya prevenir las derrotas. La breve campaña de Maryland ha arrojado una falsa aureola sobre su cabeza. No obstante, aquí hay que considerar que recibió sus órdenes generales de marcha del general Halleck, quien también trazó el plan de la primera campaña de Kentucky, y que la victoria en el campo de batalla se debió exclusivamente a la bravura de los subgenerales, en particular del caído general Reno y de Hooker, que aún no se ha repuesto del todo de sus heridas. Napoleón escribió una vez a su hermano José que el peligro en el campo de batalla es igual en todos los puntos, y que se corre hacia sus fauces con la mayor seguridad cuando se procura evitarlo. McClellan parece haber comprendido este axioma, pero sin la aplicación práctica que Napoleón insinuaba a su hermano. Durante toda su carrera militar, McClellan no se ha encontrado nunca en el campo de batalla, nunca bajo el fuego, una peculiaridad que el general Kearny subraya enérgicamente en una carta que su hermano ha publicado después de que Kearny cayera a las órdenes de Pope en una de las batallas ante Washington.

McClellan sabía ocultar su mediocridad bajo la máscara de una gravedad reservada, una taciturnidad lacónica y un retraimiento digno. Sus propias carencias le aseguraban la confianza inquebrantable del Partido Demócrata en el Norte y el «reconocimiento leal» por parte de los secesionistas. Se ganó partidarios entre los oficiales superiores de su ejército mediante la formación de un estado mayor de una magnitud hasta entonces inaudita en los anales de la historia de guerra. Una parte de los oficiales más viejos, pertenecientes al antiguo ejército de la Unión y educados en la academia de West Point, encontraron en él un punto de apoyo para su rivalidad contra los «generales civiles» recién surgidos y sus simpatías secretas con los «camaradas» del campo enemigo. El soldado, por último, conocía sus cualidades militares sólo de oídas, mientras que, por lo demás, le atribuía todos los méritos de la intendencia y sabía contar muchas cosas laudables de su afable reserva. Una única dote poseía McClellan como jefe supremo: la de asegurarse la popularidad entre su ejército.

El sucesor de McClellan, Burnside, es demasiado desconocido para emitir un juicio sobre él. Pertenece al partido republicano. Hooker, en cambio, que asume el mando supremo del cuerpo de ejército que sirve directamente a las órdenes de McClellan, es indiscutiblemente uno de los más capaces espadachines de la Unión. «Fighting Joe» («José el Pendenciero»), como lo llaman las tropas, tuvo la mayor parte en los éxitos de Maryland. Es abolicionista.

Los mismos periódicos americanos que nos traen la noticia de la destitución de McClellan comunican declaraciones de Lincoln, en las que declara resueltamente que no se apartará ni un ápice de su proclama.

«Lincoln», observa con razón el «Morning Star», «ha demostrado al mundo ser un hombre lento, pero sólido, que procede con extraordinaria cautela, pero nunca retrocede. Cada paso de su carrera administrativa ha ido en la dirección correcta y ha sido mantenido enérgicamente. Partiendo de la decisión de excluir la esclavitud de los territorios, ha llegado finalmente al fin último de todo ‘movimiento antiesclavista’, el exterminio del monstruo del suelo de la Unión, y ya ocupa la gloriosa posición de haber suprimido toda responsabilidad de la Unión por la persistencia de la esclavitud.»