al marasmo conservador una destrucción bajo formas repulsivas y grotescas, una destrucción sin ningún germen de regeneración. Para definir esos “azotes de Dios”, véanse algunos extractos de la correspondencia del señor Harvey, cónsul inglés en Ning-po, al señor Bruce, embajador inglés en Pekín. Desde hace tres meses, escribe, Ning-po se encuentra en manos de los revolucionarios taipings. Aquí, como en cualquier otra parte donde ejercen dominio esos bandidos, el único resultado es la devastación. ¿Persiguen otros objetivos? El poder con sus abusos ilimitados y arbitrarios les parece en efecto tan importante como la destrucción de la vida ajena. Ciertamente, esta opinión no coincide con las ilusiones de los misioneros ingleses que dicen tonterías cuando hablan de la “salvación de China”, de “redención del pueblo” y de “regeneración del Imperio” gracias a los taipings. Después de haber hecho como que hacían algo ruidosamente durante diez años, han destruido todo y no han construido nada. Con todo, según el señor Harvey, en las relaciones oficiales, los taipings se distinguen de los mandarines por una actitud franca y directa, incluso una decisión brutal. Pero es su única virtud en todo y por todo.

¿Cómo remuneran a sus tropas los taipings? No tienen ningún sueldo, sino que viven únicamente del botín. Si las ciudades conquistadas son ricas, viven en el lujo y lo superfluo; si son pobres, el soldado tiene que dar prueba de ascetismo. El señor Harvey preguntó a un soldado taiping si le agradaba su tarea y respondió: “¿Por qué no habría de gustarme? Yo pongo la mano sobre todo lo que me place y si encuentro alguna resistencia, hago así” —y aquí un gesto con la mano como de cortar la cabeza.

El ejército revolucionario cuenta con un núcleo de tropas regulares, formado de viejos reclutas perfectamente ejercitados durante muchos años. El resto se compone de reclutas más jóvenes o de campesinos que han sido incorporados por la fuerza con ocasión de expediciones militares. Los jefes servían sistemáticamente los reclutas enrolados por la fuerza en una provincia a luchar en otra, dentro del país. En consecuencia, se hablan actualmente unos cuarenta dialectos diferentes entre los rebeldes de Ning-po, mientras que se oye por primera vez el dialecto de Ning-po en el otro extremo de China. Todos los vagabundos, los golfos, las malas cabezas del distrito, se enrolan voluntariamente. Entre los taipings, se prohíbe tanto el matrimonio como el opio, bajo pena de muerte. El matrimonio solamente se admitirá “desde el momento en que se instaure el Imperio”. En compensación, los taipings obtienen carta blanca para ejercer toda violación de mujeres o jóvenes, durante los tres días siguientes a la conquista de una ciudad, donde los habitantes no hayan huido. Una vez pasados esos tres días, todas las personas del sexo femenino son expulsadas de la ciudad. Toda la táctica de los taipings consiste en expandir el terror. Sus éxitos se deben esencialmente a este método. Los medios de este terror estriban sobre todo en la masa enorme con la que aparecen en un lugar determinado. Para empezar envían algunos emisarios, a fin de tantear el terreno, sembrar falsas noticias y producir algunos incendios. Si los mandarines llegan a apoderarse de ellos y a ejecutarlos, otros emisarios los reemplazan en seguida, hasta que los mandarines abandonen la ciudad o que la desmoralización facilite la victoria de los insurrectos, como ocurrió en Ning-po. Otro medio de terror es la vestimenta abigarrada y grotesca de los taipings. Eso haría reír a un europeo, pero actúa sobre los chinos como un talismán en las batallas. Esos vestidos de gran guiñol procuran a los rebeldes más batallas de las que podrían proporcionarles los cañones. A lo que se añade sus cabelleras largas, rizadas, negras o teñidas de negro, sus ojos feroces, sus gritos lastimeros y sus accesos de rabia o de furor simulado, en fin, más de lo que se necesita para helar de terror a los chinos corrientes que son calmosos, suaves y amanerados. Cuando los emisarios han difundido el pánico, los primeros habitantes de los pueblos huyen, y ellos mismos se encargan de difundir rumores exagerados sobre el número, el poderío y la maldad del ejército invasor. Mientras que las llamas se levantan en el centro de la ciudad y sus defensores van al encuentro del enemigo bajo la impresión de estas escenas de terror, se ven aparecer de vez en cuando algunas de esas figuras terroríficas, cuyo efecto es fulminante. En el momento requerido, se presentan cien mil taipings, armados con sables, venablos y armas de fuego, que se precipitan sobre su adversario sin energía, barriendo todo a su paso, si es que no se enfrentan a una resistencia como ocurrió recientemente en Shangai.. “Los taipings son”, a los ojos del señor Harvey, “una enorme masa de gente de poco valor”.

El taiping es manifiestamente el diablo en persona, como se lo debe representar la imaginación china. Pero también es verdad que solamente en China es posible un diablo de esta naturaleza. Es el producto de una vida social fosilizada. À n