El presidente Lincoln no se atreve a dar un paso adelante antes de que la coyuntura de las circunstancias y el clamor general de la opinión pública prohíban una vacilación más prolongada. Pero una vez que «Old Abe» se ha convencido de que ha llegado un punto de inflexión semejante, sorprende por igual a amigos y enemigos mediante una operación súbita, ejecutada con el mayor sigilo posible. Así ha llevado a cabo, en el tiempo más reciente y de la manera más discreta, un golpe que hace medio año quizá le habría costado el sillón presidencial, y que aún hace pocos meses habría provocado una tormenta de debates. Nos referimos a la
remoción de McClellan
de su puesto de Commander in chief |comandante en jefe| de todos los ejércitos de la Unión. Lincoln sustituyó, ante todo, al secretario de la Guerra, Cameron, por un jurista enérgico e implacable, el señor
Edwin Stanton
. A continuación, Stanton emitió una orden del día a los generales Buell, Halleck, Butler, Sherman y otros comandantes de departamentos enteros o jefes de expediciones, en la que se les comunicaba que en lo sucesivo recibirían todas las órdenes, públicas y privadas, directamente del Ministerio de la Guerra, y que, por otra parte, deberían informar directamente al Ministerio de la Guerra. Por último, Lincoln impartió algunas órdenes en las que firmaba con el atributo que constitucionalmente le corresponde: «Commander in chief of the Army and Navy» |«comandante en jefe del Ejército y de la Armada»|. De esta manera «silenciosa», «el joven Napoleón» fue despojado de su mando supremo sobre
todos
los ejércitos y limitado al mando del ejército del Potomac, aunque conservó el
título
de «Commander in chief». Los éxitos en Kentucky, Tennessee y en la costa atlántica han inaugurado favorablemente la asunción del mando supremo por el presidente Lincoln.

El puesto de Commander in chief, que hasta ahora había desempeñado McClellan, ha sido legado a los Estados Unidos por Inglaterra y equivale aproximadamente a la dignidad de un Grand Connetable en el antiguo ejército francés. Durante la guerra de Crimea, incluso Inglaterra descubrió la inconveniencia de esta institución anticuada. Se llegó, pues, a un compromiso, en virtud del cual una parte de las atribuciones que hasta entonces correspondían al Commander in chief se transfirió al Ministerio de la Guerra.

Para juzgar la táctica fabiana de McClellan en el Potomac falta todavía el material necesario. Pero que su influencia actuó como un freno sobre la conducción general de la guerra no está sujeto a duda alguna. De McClellan puede decirse lo que Macaulay dice de Essex:

«Los errores militares de Essex nacían en gran parte de escrúpulos políticos. Era honesto, pero en modo alguno estaba cálidamente apegado a la causa del Parlamento, y, después de una gran derrota, nada temía tanto como una gran victoria.»

McClellan, como la mayoría de los oficiales formados en West Point y pertenecientes al ejército regular, están unidos en mayor o menor grado por el esprit de corps |espíritu de cuerpo| con sus viejos camaradas del campo enemigo. Los animan los mismos celos contra los advenedizos entre los «soldados civiles». La guerra, en su opinión, debe ser conducida de un modo puramente profesional, con la mira puesta constantemente en la restauración de la Unión sobre sus antiguas bases y, por consiguiente, debe ser mantenida libre, ante todo, de tendencias principistas y revolucionarias. ¡Una hermosa concepción de una guerra que es esencialmente una guerra de principios! Los primeros generales del Parlamento inglés cayeron en el mismo error.

«Mas», dice Cromwell en su alocución al Parlamento rabón del 4 de julio de 1653, «¡cómo cambió todo en cuanto se pusieron al frente hombres que profesaban a principle of godliness and religion |un principio de piedad y de religión|!»

El «Washington Star», órgano especial de McClellan, declara todavía en uno de sus últimos números:

«La finalidad de todas las combinaciones militares del general McClellan es la restauración de la Unión exactamente tal como existía antes de estallar la rebelión.»

¡No es de extrañar, por tanto, que en el Potomac, bajo los ojos del general en jefe, el ejército haya sido adiestrado para la caza de esclavos! Hace poco, McClellan expulsó del campamento, mediante orden especial, a la familia de músicos Kutchinson, porque cantaba canciones antiesclavistas.

Haciendo abstracción de tales demostraciones «antitendenciales», McClellan extendía su escudo protector sobre los traidores en el ejército de la Unión. Así, por ejemplo, ascendió a Maynard a un puesto más elevado, a pesar de que Maynard, como prueban los documentos publicados por la comisión investigadora de la Cámara de Representantes, actuaba como agente de los secesionistas. Desde el general Patterson, cuya traición decidió la derrota de Manassas, hasta el general Stone, que llevó a cabo la derrota de Balls Bluff en directo acuerdo con los enemigos, McClellan supo sustraer a todo traidor militar a los consejos de guerra y, la mayoría de las veces, incluso a la destitución del cargo. La comisión investigadora del Congreso ha revelado a este respecto los hechos más sorprendentes. Lincoln decidió demostrar, mediante un paso enérgico, que con su asunción del mando supremo había sonado la hora de los traidores con charreteras y que se había producido un
giro
en la política de guerra. Por orden suya, el general Stone fue arrestado en su cama el 10 de febrero, a las dos de la madrugada, y transportado a Fort Lafayette. Pocas horas después apareció la orden de detención, firmada por
Stanton
, en la que se formula la acusación de alta traición, que será juzgada por un consejo de guerra. La detención de Stone y su puesta en estado de acusación tuvieron lugar sin comunicación previa al general McClellan.

McClellan estaba evidentemente resuelto, mientras él mismo perseveraba en la inactividad y no ceñía más que coronas de laurel anticipadas, a no permitir que ningún otro general le tomara la delantera. Los generales Halleck y Pope habían resuelto un movimiento combinado para forzar a una batalla decisiva al general Price, quien, por intervención de Washington, ya había sido salvado una vez de manos de Frémont. Un telegrama de McClellan les prohibió asestar el golpe. El general Halleck fue «revocado» de la toma de Fort Columbus por un telegrama similar, en un momento en que este fuerte se encontraba medio anegado. McClellan había prohibido expresamente a los generales del oeste que se carteasen entre sí. Cada uno de ellos debía dirigirse primeramente a Washington en cuanto se pretendiese un movimiento combinado. El presidente Lincoln les ha devuelto ahora la necesaria libertad de acción.

Cuán provechosa era para la secesión la política general de guerra de McClellan lo prueba del mejor modo el panegírico con que continuamente lo cubre el «New-York Herald». Es el héroe según el corazón del «Herald». El célebre
Bennett
, propietario y redactor jefe del «Herald», había dominado antes a las administraciones de Pierce y Buchanan mediante sus «representantes especiales», alias corresponsales, en Washington.

Bajo la administración de Lincoln buscó reconquistar el mismo poder por un rodeo, insinuándose su «representante especial», el doctor
Ives
, hombre del sur y hermano de un oficial pasado a la Confederación, en el favor de McClellan. Grandes libertades deben de haber sido concedidas a este Ives bajo el patronazgo de McClellan en la época en que Cameron estaba al frente del Ministerio de la Guerra. Evidentemente esperaba de Stanton la garantía de los mismos privilegios, y en consonancia con ello se presentó el 8 de febrero en la oficina de la Guerra, donde el secretario de la Guerra, su secretario principal y algunos miembros del Congreso estaban precisamente deliberando sobre medidas de guerra. Se le mostró la puerta. Se irguió sobre sus patas traseras y, finalmente, emprendió la retirada, con la amenaza de que el «Herald» abriría fuego contra el actual Ministerio de la Guerra si este le retiraba su «privilegio especial» de ser encargado, dentro del departamento de la Guerra, especialmente de las deliberaciones del gabinete, telegramas, comunicaciones públicas y noticias de guerra. A la mañana siguiente, 9 de febrero, el doctor Ives había reunido a su alrededor, para un desayuno con champán, a todo el estado mayor de McClellan. Pero el infortunio avanza rápido. Un suboficial con seis hombres entró, se apoderó del enorme Ives y lo condujo a Fort Mac Henry, donde, como reza expresamente la orden del secretario de la Guerra, ha de ser mantenido «
como espía
bajo estricta vigilancia».