por Karl Marx

Manifestaciones abolicionistas en América

Escrito el 22 de agosto de 1862.

["Die Presse" nº 239 del 30 de agosto de 1862]

Ya se ha observado anteriormente en estas páginas que el presidente Lincoln, jurídicamente angustiado, constitucionalmente contemporizador, oriundo de Kentucky, un estado esclavista fronterizo, solo a duras penas logra sustraerse al control de los esclavistas «leales», procura evitar toda ruptura abierta con ellos y, precisamente por ello, provoca un conflicto con los partidos del Norte, principistas consecuentes, a los que los acontecimientos empujan cada vez más al primer plano. Como prólogo de este conflicto puede considerarse el discurso que Wendell Phillips pronunció en Abington, Massachusetts, con motivo de la conmemoración anual de la emancipación de los esclavos en las Indias Occidentales inglesas.

Wendell Phillips es, junto con Garrison y G. Smith, el jefe de los abolicionistas de Nueva Inglaterra. Durante treinta años ha proclamado, sin descanso y en peligro de su vida, la emancipación de los esclavos como grito de batalla, sin hacer caso tanto de la mofa de la prensa como de los gritos de rabia de los matones pagados y de las representaciones contemporizadoras de amigos preocupados. Como uno de los más grandes oradores del Norte, como carácter férreo que aúna energía enérgica y la más pura convicción, es reconocido incluso por sus adversarios. El *Times* de Londres — ¿y qué podría caracterizar mejor a este periódico magnánimo? — denuncia hoy el discurso de Wendell Phillips en Abington ante el gobierno de Washington. Dice que es un «abuso» de la libertad de expresión.

«Es imposible», dice el *Times*, «imaginar nada más violentamente desmesurado. Jamás, en tiempos de guerra civil, se ha dicho nada tan temerario en país alguno por hombre alguno que estuviera en su sano juicio y

estimara su vida o su libertad en un bledo. Al leer aquel discurso, difícilmente puede uno evitar la conclusión de que el propósito del orador era forzar una persecución por parte del gobierno.»

¡Y el *Times*, a pesar de, o quizás precisamente a causa de, su odio contra el gobierno de la Unión, no parece en absoluto reacio a asumir el papel de acusador público!

El discurso de Wendell Phillips en Abington reviste, en la situación actual de las cosas, mayor importancia que un parte de batalla. Resumimos, pues, sus pasajes más contundentes.

«El gobierno», se dice entre otras cosas, «combate por el mantenimiento de la esclavitud, y por eso combate en vano. Lincoln libra una guerra política. Aún hoy en día teme más a Kentucky que a todo el Norte. Él cree en el Sur. Los negros en los campos de batalla del Sur, cuando se les preguntaba si no les asustaba la lluvia de balas de cañón y bombas que por doquier desgarraban la tierra y astillaban los árboles, respondían: “no, massa; ¡sabemos que no están destinadas a nosotros!”. Lo mismo pueden decir los rebeldes de las bombas de McClellan. Saben que no están destinadas a hacerles daño. No digo que McClellan sea un traidor, pero digo que, si lo fuera, tendría que actuar exactamente como ha actuado. No temáis por Richmond, McClellan no la tomará. Si la guerra se prosigue de esta manera, sin un objetivo racional, es un derroche inútil de sangre y oro. Mejor sería que el Sur fuera hoy independiente, que poner en juego una sola vida humana más por una guerra basada en la actual política abominable. Para proseguir la guerra del modo practicado hasta ahora, se necesitan 125.000 hombres al año y un millón de dólares diarios. Pero no podéis deshaceros del Sur. Como Jefferson decía de la esclavitud:

“Los estados del Sur tienen al lobo agarrado por las orejas, pero no pueden ni sujetarlo ni soltarlo”, así nosotros tenemos al Sur agarrado por las orejas y no podemos ni sujetarlo ni soltarlo. Reconocedlo mañana y no tendréis paz. Durante 80 años ha vivido con nosotros, temiéndonos durante todo el tiempo, odiándonos durante la mitad de él, inquietándonos y calumniándonos siempre. Ensoberbecido por la concesión de sus actuales pretensiones, no se mantendría ni un año dentro de una línea fronteriza imaginaria, — no, ¡en el momento en que hablemos de condiciones de paz, gritará ¡victoria!. Nunca tendremos paz antes de que la esclavitud sea extirpada. Mientras mantengáis a la actual tortuga a la cabeza de nuestro gobierno, hacéis un agujero con una mano para llenarlo con la otra. Que toda la nación respalde las resoluciones de la Cámara de Comercio de Nueva York, y entonces el ejército tendrá algo por lo que valga la pena luchar. Si Jefferson Davis tuviera poder, no tomaría Washington. Sabe que la bomba que cayera sobre esta Sodoma despertaría a toda la nación.

Todo el Norte tronaría con una sola voz: “¡Abajo la esclavitud, abajo todo lo que se interponga en el camino de la salvación de la República!”. Jefferson Davis está plenamente satisfecho con sus éxitos. Son mayores de lo que anticipaba, ¡mucho mayores! Si puede ir tirando con ellos hasta el 4 de marzo de 1863, Inglaterra, y eso está en el orden de las cosas, reconocerá a la Confederación del Sur... El presidente no ha ejecutado la ley de confiscación. Puede ser honesto, pero ¿qué tiene que ver su honestidad con la causa! No tiene ni perspicacia ni previsión. Cuando estuve en Washington, me cercioré de que Lincoln había escrito hace tres meses la proclama para una emancipación general de los esclavos, y que McClellan lo disuadió con gritos de su decisión, y que los representantes de Kentucky lo empujaron a voces a mantener a McClellan, en quien no deposita confianza. Se necesitarán años para que Lincoln aprenda a conciliar sus legales escrúpulos de abogado con las exigencias de la guerra civil. Esa es la terrible condición de un gobierno democrático y su mayor mal.

En Francia, 100 hombres, convencidos del buen derecho, arrastrarían consigo a la nación; pero para que nuestro gobierno dé un paso, tienen que ponerse antes en movimiento 19 millones. ¡Y a cuántos de estos millones se les ha inculcado durante años que la esclavitud es una institución instituida por Dios! ¡Con estos prejuicios, con manos y corazones paralizados, exigís al presidente que os salve del negro! Si esta teoría es correcta, solo un despotismo esclavista puede proporcionar una paz temporal... Conozco a Lincoln. Le he tomado la medida en Washington. Es una mediocridad de primera clase (“a first-rate second-rate man”). Espera honestamente, como una escoba cualquiera, a que la nación lo tome en sus manos y barra mediante él la esclavitud... En años pasados, no lejos de la tribuna desde la que ahora hablo, los whigs disparaban petardos para ahogar mi voz, ¿y cuál es el resultado?

¡Los hijos de esos whigs están ahora llenando sus propias tumbas en las ciénagas pantanosas del Chickahominy! Disolved esta Unión en nombre de Dios y poned otra en su lugar, en cuya piedra angular esté escrito: “Igualdad política para todos los ciudadanos del mundo.” ... Durante mi estancia en Chicago pregunté a juristas de Illinois, entre los cuales Lincoln había ejercido, qué clase de hombre era; si podía decir que no. La respuesta fue: “Le falta firmeza. Si los americanos quisieran elegir a un hombre absolutamente incapaz de dirigir, de tomar la iniciativa, debían elegir a Abraham Lincoln. Jamás se ha oído a hombre alguno decirle ¡No!”. Pregunté: ¿Es McClellan un hombre que pueda decir ¡No!? El director del Ferrocarril Central de Chicago, donde McClellan estaba empleado, respondió: “Es incapaz de decidir. Planteadle una cuestión, y tarda una hora en recapacitar sobre la respuesta. Mientras tuvo que ver con la administración del Ferrocarril Central, jamás decidió una sola cuestión litigiosa importante.”

¡Y estos son los dos hombres que, por encima de todos los demás, tienen ahora en sus manos el destino de la república del Norte! Personas perfectamente familiarizadas con el estado del ejército aseguran que Richmond podría haber sido tomado cinco veces, si el holgazán al frente del ejército del Potomac lo hubiera permitido; pero prefirió excavar barro en

las ciénagas del Chickahominy, para luego abandonar vergonzosamente la localidad y sus terraplenes de barro. Lincoln, por cobarde temor a los estados esclavistas fronterizos, mantiene a este hombre en su posición actual; pero llegará el día en que Lincoln confesará que nunca ha creído en McClellan... Esperemos que la guerra dure lo suficiente para transformarnos en hombres, y entonces venceremos rápidamente. Dios ha puesto en nuestra mano el rayo de la emancipación para aplastar esta rebelión...»