las cuales han tenido que luchar los estadistas norteamericanos, debo manifestar mi opinión de que se han enfrentado a ellas viril y valerosamente.” Por otra parte —con la consecuencia habitual en él— Derby protestó contra las ‘''nuevas doctrinas” del derecho marítimo. Inglaterra ha sostenido desde antiguo los derechos de ios beligerantes contra las pretensiones de los neutrales. Ciertamente, lord Clarendon hizo a París, en 1856, una concesión “peligrosa”36 Afortunadamente ésta aún no ha sido ratificada por la Corona, de suerte que “no altera el estado de ia ley internacional” Mr. Disraeli, evidentemente de acuerdo en este punto con el gabinete, evitó toda alusión al problema.

Derby aprueba la política ministerial de no-intervención. Aún no ha llegado ia hora ■de reconocer a la Confederación sureña, pero el orador reclama documentos auténticos para juzgar “en qué medida el bloqueo es efectivo y por lo tanto legalrnente obligatorio” 37 Lord John Russell aclaró, a este respecto, que 4el gobierno de la Unión ha utilizado una cantidad suficiente de buques para el bloqueo, pero que no lo ha llevado a cabo consecuentemente en todas partes. Mr. Disraeli se abstiene de juzgar la naturaleza del bloqueo, pero exige documentos ministeriales para su ilustración. Pone en guardia muy enfáticamente contra cualquier reconocimiento prematuro de la Confederación, tanto más jorque Inglaterra en este momento está comprometidá en la amenaza contra un estado americano (México) cuya independencia ella misma fue la primera en reconocer.

Después de los Estados Unidos, íe tocó el turno a México. Ningún parlamentario condenó una guerra [librada] sin declaración de guerra, pero sí ,1a intromisión de los asuntos internos de un país efectuada bajo el santo y seña de la “política 'de no-intervención”, así como 1« coalición de Inglaterra con Francia y España para intimidar a una nación semi-indefensa. En realidad, los Outs sólo dieron a entender que se reservaban a México como pretexto para sus maniobras partidistas. Derby exige documentos tanto sobre la convención entre las tices potencias como sobre el modo de su ejecución. Aprueba la convención porque —a su juicio— -el camino justo para cada una de las partes contratantes hubiera sido hacer valer sus derechos independientemente de las otras. Ciertos rumores públicos le hicieron temer que por lo menos una de las potencias --.España-- proyectaba efectuar operaciones al margen del acuerdo. ¡Como si Derby realmente hubiera creído capaz, a la gran potencia española, de ia audacia de obrar contra la voluntad de Inglaterra y Francia! Lord John Russell respondió: las tres potencias persiguen el mismo fin y se abstendrían escrupulosamente de impedir a los mexicanos que manejaran sus propios asuntos de gobierno.

Mr. Disraeli, en la Cámara Baja, se abstiene de todo juicio previo al examen de ios documentos presentados. Empero, encuentra "sospechoso el anuncio del gobierno” Inglaterra fue la primera en reconocer la independencia de México. Este reconocimiento recuerda una política memorable ~la política contra la Santa Alianza— y a un hombre memorable, Canning. ¿Qué singular motivo, pu.es, empujó a Inglaterra a asestar el primer golpe contra esa independencia? Por añadidura, en muy poco tiempo la intervención ha cambiado de pretexto. Originariamente se trataba de obtener satisfacciones por ultrajes perpetrados contra súbditos ingleses. Ahora corren rumores referentes a la introducción de nuevos principios de gobierno y el establecimiento de una nueva dinastía. Lord Palmerston se remite a los documentos presentados, así como a ia convención, la cual prohíbe a los aliados ia “subyugación” de México y que se le imponga una forma de gobierno no grata a su pueblo. Al mismo tiempo, Palmerston arroja, luz sobre un escondrijo diplomático. Sabe de oídas que un partido mexicano desearía la transformación de la república en monarquía. Desconoce la fuerza de ese partido. El “sólo desea, por su parte, que en México se establezca alguna forma de gobierno, con el cual puedan tratar los gobiernos extranjeros” Desea, por tanto, que se establezca una “nueva” forma de gobierno. Proclama la inexistencia del actual gobierno. Reivindica para la alianza de Inglaterra, Francia y España la prerrogativa de que gozó la Santa Alianza: decidir sobre la existencia o inexistencia de gobiernos extranjeros. “Esto es el máximo” , agregó raodestaraente .“que el gobierno de Gran Bretaña procura alcanzar.” ¡Sólo eso i [ | [Artículo fechado eo Londres ei 7 de febrero de 1862. y publicado si 12 de ese mes en Die Presse.

MEW, t. XV p. 469-471.1 [Vi]

KARL MARX EL REVOLTIJO MEXICANO Londres, 15 de febrero de 1862 El libro azuí recién publicado sobre la intervención en México-35 contiene una revelación muy condenatoria acerca de la moderna diplomacia británica, con toda su santurrona hipocresía, su furia desatada ante los débiles, su servilismo ante los fuertes y su absoluto desprecio por el derecho de gentes. En otro, artículo, mediante un análisis preciso de los despachos intercambiados c?itre Downing Street.59 y los representantes británicos en México, aportaré la prueba’ irrebatible de que la actual confusión es de origen inglés; de que Inglaterra tomó la iniciativa de concretar la intervención y de que lo hizo bajo los pretextos más deleznables y contradictorios, para solapar los motivos reales pero inconfesos de su actuación. Esta ruindad con que se aplicaron los medios mas abominables para iniciar la intervención mexicana, sólo es superada por la imbecibílidad senil en cuyo marco él gobierno británico pretende estar sorprendido y trata de escurrir el bulto ante la puesta en práctica de la ignominiosa intervención por él mismo planeada. En primer término consideraré el aspecto de la cuestión mencionado últimamente.

El 13 de diciembre de 1861 el señor Istúriz40, embajador español en Londres, presentó a John Russell una nota con las instrucciones que el capitán general de Cuba había remitido a los comandantes españoles que estaban al frente de la expedición mexicana47 John Rusell se desentendió de la nota y guardó silencio. El 23 de diciembre el señor Istúriz le dirige una. nueva nota, donde explica las razones que llevaron a la expedición española a partir de Cuba antes de la llegada de las tropas inglesas y francesas. Una vez más John Russell pasa por alto la nota y permanece mudo. El señor istúriz, en el afán de verificar si esta silenciosa reserva —mantenida, durante un tiempo inusualmente prolongado, por el en otros casos tan elocuente descendiente de la casa de Bedford— puede significar algo ominoso, solicita insistentemente una entrevista personal, que se le concede y tiene lugar el 7 de enero. En ese momento John Russell ya hacía más de un mes que estaba al tanto de la apertura unilateral de las operaciones contra México por ¿aarte de España. Casi un mes había trascurrido desde el momento en que el señor istúriz le informara oficialmente de este acontecimiento. A pesar de todo, John Russell, en su entrevista personal con el embajador español, no dejó escapar una sola palabra que pudiera expresar el menor desagrado y asombro por “los precipitados pasos dados por el general Serrano”. Sus manifestaciones ante el señor Istúriz no suscitaban la menor impresión de que todo era injusto y de que el gobierno británico reprobaba el proceder español. Él orgullo castellano del señor Istúriz, naturalmente, ni le dejó pasar por las mientes que los poderosos aliados de España sólo jugaban con ella y la habían convertido en su mero instrumento. El período de sesiones del parlamento se aproximaba, empero, y John Rusell había de redactar una serie de informes destinados no a trascender en el campo internacional, sino específicamente para uso parlamentario. Prepara así el 16 de enero un informe en el que se pregunta, en tono bastante iracundo, acerca de la iniciativa unilateral emp%;ndida por España. Las dudas y escrúpulos, que durante más de un mes habían dormitado en su interior y ni siquiera dieron síntomas de vida -durante su entrevista personal con el señor Istúriz el 7 de enero, perturban repentinamente los sueños placenteros de este estadista candoroso, sincero y crédulo. El señol: I'stúriz se siente como tocado por un rayo y, en su respuesta fechada el 18 de enero, le recuerda un tanto irónicamente ábsSu.;-;ils^ßel«ögia-..las oportunidades que éste desperdiciara de dar rienda suelta a su retardada cólera. En verdad, cuando Istúriz adopta, en su justificación de la iniciativa tomada por España, el mismo aire de candor que Lord John Russell aparentó en su demanda de una explicación, le paga a Su Excelencia en la misma moneda, “El capitán general de Cuba”, dice el señor Istúriz, “llegó demasiado temprano a Veracruz porque temía arribar demasiado tarde.” “Además”, y aquí agracia a Lord John Ruseli con una indirecta, “la expedición estaba preparada desde hacía tiempo en todos los aspectos”, aunque el capitán general, hasta mediados de diciembre,., “ignoraba los detalles de la convención y el punto fijado para el encuentro de las escuadras.” La convención no se había firmado hasta el 20 de noviembre. Si el capitán general ya tenía “preparada en todos los aspectos” su expedición, desde hacía tiempo, “antes de mediados de diciembre”, entonces las órdenes que originariamente le dirigieron desde Europa para el comienzo de la expedición, no aguardaron a la firma del convenio. En otras palabras, el concierto original entre las tres potencias y las medidas adoptadas para su ejecución, no esperaron al tratado, y se diferenciaban en sus “detalles” de lo establecido en éste; la convención, desde un principio, no estaba ideada como tina guía para actuar, sino solamente como fórmula decorosa, necesaria para conciliar a la opinión pública con el nefando plan. El 23 de enero John Russell le responde al señor Istúriz con una nota bastante agria, donde le d¿ a entender que “el gobierno británico no se puede dar por completamente satisfecho con la explicación dada”, pero que a la vez no cree a España capaz de la estúpida impertinencia de ser tan audaz como para obrar contra Inglaterra y Francia. Lord John Russell, que durante un mes entero estuvo tan aletargado, tan inactivo, de súbito se vuelve vivacísimo, se despeja en grado sumo, al aproximarse rápidamente el período de sesiones del parlamento. No hay tiempo que perder. El 17 de enero mantiene una entrevista personal con el conde Flahaut, el embajador francés en Londres42 Este le trae la mala noticia de que su soberano considera necesario “enviar una fuerza militar adicional a México” ; que España ha echado a perder el asunto por su iniciativa precipitada; que “los aliados tendrían ahora que avanzar hacia el interior de México, y que no solamente las fuerzas militares combinadas se rnostrarían insuficientes para ia operación, sino que la operación misma adoptaría tal carácter, que Luis Bonaparte no podría permitir a las tropas francesas caer en una situación que fuera peor que la de los españoles, o correr el riesgo de ponerse en ridículo” La argumentación de Fiahaut, aun así, era cualquier cosa menos convincente. Si España había infringido el tratado, hubiera bastado una sola nota de St. James o las Tullerías4-7 para amonestarla por sus ridiculas pretensiones y reducirla al modesto papel que a ella le había asignado el convenio. Pero no. Como España había violado el acuerdo -una ruptura puramente formal y sin consecuencias, ya que su apresurado arribo a Veracruz no afectó en nada el objetivo confeso de la expedición—, como España había osado echar el ancla en Veracruz sin la presencia de las tropas inglesas y francesas, a Francia no le quedaba más salida que seguir las huellas de España, infringir a su vez el convenio y no ¡solamente aumentar sus tropas expedicionarias, sino también modificar todo el carácter de la operación. Las potencias aliadas, naturalmente, no necesitaban ningún pretexto para poner las cartas sobre la mesa y, ya en el mismo comienzo de la expedición, echar al viento los subterfugios y objetivos bajo los cuales presuntamente la habían emprendido. Es por eso que John Russell, a pesar de que “lamenta el paso” dado por Francia, lo da por bueno ai cossMifiSeafte al conde Fiahaut que “no tiene nada que objetar, en nombre del gobierno de Su Majestad, contra la validez del argumento francés”. En un despacho del 20 de enero a Lord Cowley, embajador inglés en París44 , le remite una reseña de su entrevista con el conde Fiahaut. El día -anterior, el 19 de enero, redactó un despacho a Sir F. Crampton, el embajador inglés en Madrid45 ; el documento constituye una mezcla singular de hipocresía santurrona, dirigida al parlamento británico, e insinuaciones solapadas para la corte de Madrid acerca dei valor efectivo del lenguaje liberal al que recurre tan abiertamente. "'‘El comportamiento del mariscal Sefrano”, afirma, “presumiblemente provocará cierto malestar”, no sólo debido a la prematui'a partida de la expedición española desde La Habana, sino también “a causa del tono de ia proclama emitida por el gobierno español” Pero simultáneamente el bon non;me propone a la corte madrileña una excusa verosímil por la evidente violación del convenio Está completamente convencido de que la corte madrileña no abrigaba mala intención alguna; pero los jefes militares, lejos de Europa, en ocasiones son “imprudentes” y hay que “vigilarlos muy celosamente” De esta manera el buen Russell ofrece voluntariamente sus servicios para aliviar a la corte madrileña de la responsabilidad y cargarla sobre las espaldas de atolondrados jefes españoles que están “en la lejanía” e incluso fuera del alcance de las prédicas del buen Russell. No menos curiosa es la segunda parte de su despacho. Las fuerzas militares aliadas no deben estorbar el derecho de los mexicanos “a elegir .su propio gobierno”, con lo cual se da a entender que en México no existe “ningún gobierno”, y que, por tanto, no solamente habría que elegir nuevos miembros del gobierno, sino incluso “una nueva forma de gobierno” bajo la égida de los intrusos, de los aliados. La “constitución de un nuevo gobierno” “complacería” al gobierno británico; pero, naturalmente, las fuerzas militares de los invasores no deberían conculcar el sufragio universal que se proponen recomendar a los mexicanos para la institución de un nuevo gobierno. Por supuesto, queda librado a los comandantes de la invasión armada juzgar qué forma de nuevo gobierno es “incompatible con los sentimientos de México” y cuál no lo es. En cualquier caso el buen Russell se lava las manos. Russell envía soldados extranjeros a México para forzar ál pueblo de allí a que “elija” un nuevo gobierno; pero espera que los soldados cumplirán apaciblemente su misión y examinarán con mucho esmero los sentimientos políticos del país en el cual se han entrometido. ¿Es menester detenerse un solo instante en esta andrajosa fai^a? Lean ustedes, ai margen de los despachos dei buen Russell, el Times y el Morning Post de octubre, seis semanas antes de la conclusión del acuerdo ficticio del 30 de noviembre, y encontrarán, predichos, exactamente los mismos desagradables acontecimientos que Russell p*e$snde no haber descubierto hasta fines de enero, y que él achaca a la “imprudencia” de algunos emisarios españoles .lejos de Europa. La segunda parte de la farsa que Russell tuvo que representar, consistió en poner sobre el tapete al archiduque Maximiliano de Austria, a quien Inglaterra y Francia tenían en vista como rey mexicano. El 24 de enero, aproximadamente diez días antes de la inauguración del parlamento, Lord Cowley escribe a Lord Russell que no solamente la chismografía parisiense se ocupa exhaustivamente del archiduque, sino que hasta los oficiales que marchan a México con las tropas de refresco, aseveran que la expedición persigue el fin de convertir al archiduque Maximiliano en rey de México. Cowley considera necesario interpelar a Thouvenel sobre este tema escabroso. Thouvenel le responde que no es el gobierno francés, sino enviados mexicanos —“que con ese motivo han llegado a Viena”— quienes han iniciado las tratativas con el gobierno austríaco.

Por último, ustedes esperan que el candoroso John Russell, quien apenas cinco días atrás en un despacho a Madrid había insistido machaconamente en las cláusulas del convenio; quien incluso tiempo después, en el discurso de la Corona del 6 de febrero, anunció la “reparación” dé los ultrajes que, como sostienen los súbditos europeos, serían el único motivo y fin de la intervención; ustedes esperan, pues, que John Russell monte en cólera y arroje rayos y centellas ante la sola idea de que a >a benévola confianza se le haya hecho una jugarreta tan inauditamente vil. ¡Nada de eso! El bueno de Russell acepta la cháehara de Cowley el 26 de enero y el día siguiente se apresura a redactar un despacho, donde ofrece voluntariamente su protección a la candidatura del archiduque Maximiliano al trono de México.

Russell informa a Sir C[harles] Wyke, su representante en México, que las tropas francesas y españolas marcharán “inmediatamente” hacia la capital mexicana, que el archiduque Maximiliano, “al parecer es el ídolo del pueblo mexicano” y que, si tal es el caso, “en la convención 110 hay nada que pueda obstaculizar su ascenso al trono de México” Dos cosas son di¿nas de señalarse en estas revelaciones diplomáticas: la primera, cómo se le ha tomado el pelo a "spaña, y la segunda, cómo a Russell ni siquiera se le pasa por la cabeza la idea de que no puede iniciar una guerra contra México sin declararla previamente, y que no puede formar para ese conflicto una coalición con potencias extranjeras sino sobre la base de un convenio que comprometa a todas las partes contratantes. ¡Esta es la gente que desde hace dos meses nos ha hartado con su santurrona hipocresía sobre el carácter sagrado de las severas normas del derecho internacional y con su respeto por éste!

[Artículo publicado el 15 de febrero de 1862 en The New-York Daily Tribüne. No disponemos del original inglés, M E W , t. XV, p. 472-477.]

[VII]

[LA BRUTALIDAD BRITANICA]40 De Marx a Engels [Londres,] 6 de marzo de 1862.

[ . ] En materia de brutalidad por parte de Inglaterra, el Mexican Blue Book55 supera todo lo registrado por la historia. Comparado con Sir C. Lennox Wyke, Ménshikqp47 resulta un gentleman. Este canalla no sólo despliega el celo más desenfrenado en la ejecución de las instrucciones secretas de Pama , sino que además, dé puro a Palmerston, bruto, procura vengarse de que el ministro mexicano de relaciones exteriora {actualmente alejado del cargo), ei señor'-' 2amacona'tó' un ex periodista, lo supere invariablemente en el intercambio de notas diplomáticas. En lo tocan««; al estilo del tipo, van aquí algunas muestras de sus notas a Zamacona: “La arbitrariedad de suspender todos ios pagos por el espacio de dos años les está despojando a las partes interesadas su dinero durante ese espacio de tiempo, lo cual es una pérdida absoluta de tanto valor para ellas” “ Un hambriento puede justificar, ante sus propios ojos, el acto de robar un pan con el argumento de que lo forzaba una necesidad imperiosa; pero tal argumento. desde el punto de vista moral, no puede justificar su violación de la ley, la cual, prescindiendo de todo sentimentalismo, se mantiene tan positiva como si su delito no tuviera excusa. Si realmente se estaba muriendo de hambrer. debió primero haberle pedido al panadero que mitigara su necesidad, pero haciendo así” (¿pasando hambre? ), “según su propio y libre albedrío, sin permiso, actúa exactamente como ha actuado el gobierno mexicano respecto a sus acreedores en esta ocasión,” “Desde la luz bajo la cual usted considera el problema, tal como se expresa en su nota antes mencionada, me disculpará señale que no puede ser resuelto unilateralmente, sin también tener en cuenta las opiniones de aquellos que directamente padecen bajo la aplicación práctica de tales ideas que emanan de usted.” “Tengo pleno derecho de quejarme por haber oído por primera vez acerca de esta medida extraordinaria al verla en carteles impresos, fijados a través de la ••'ía pública.” “Tengo un deber que cumplir, tänto para con raí propio gobierno49 como frente a aquel ante el cual estoy acreditado, el cual me impele, etc.” “Suspendo todas las relaciones oficiales con el gobierno de esta república hasta que el de Su Majestad adopte aquellas medidas que ellos juzguen necesarias.” Zamacona le escribe que a las intrigues6 de los diplomatistsc extranjeros les cabe la principal responsabilidad, desde hace 25 años, en las troublesd de México. Wyke responde que 17En español en ei texto.- b Intrigas.- c Diplomáticos.-^ Dificultades.