[Londres,] 28 de abril de 1862

Querido Frederick:

Mi mujer fue lo bastante discreta para no escribir a Dana. La intención que había se hace ahora inequívocamente evidente por el hecho de que esos fulanos ya ni siquiera me envían el Tribune.

Carta adjunta de Friedlander. Llegó el sábado. ¡Vaya ideas tan estupendas las de estos alemanes! He de enviarle un artículo sobre la inauguración [de la exposición], lo cual, con el abono de temporada necesario al efecto, la ropa que tendría que comprar y diversos gastos imprevistos, me costaría por lo menos 10 guineas… y, a cambio, la perspectiva de vender un total de 4 a 6 artículos a 8 libras (summa summarum) o, en el mejor de los casos, a 12 libras. Y como con estos tíos hay que dar siempre por sentado lo mínimo, ¡en realidad perdería dinero con los 4 artículos! Le he escrito diciéndole que estoy confinado en mi cuarto y que, por tanto, no puedo enviarle el jueves el deseado sermón inaugural, pero que de vez en cuando presentaré, junto con los otros, algunos artículos sobre la exposición. En cuanto a los «otros» artículos, ya se ha destapado la olla. 1 artículo por semana (a 1 libra), y aun eso está rodeado de cláusulas un tanto hipotéticas. Por supuesto, he de aceptar, y ya he aceptado, pues algo es mejor que nada. Lo que en este momento interesa especialmente a los tíos es América, y te agradecería que me enviaras un artículo (es decir, antes de que acabe la semana) sobre la marcha de la guerra (me refiero a la batalla de Corinth) y que, en general, me escribas de ahora en adelante cada vez que los acontecimientos militares tomen un nuevo rumbo. Aunque solo sea para difundir opiniones correctas sobre este importante asunto en la tierra de los teutones. (Ya había revisado para ellos tus anteriores artículos; fueron publicados, además.)

En su nueva ciencia, Vico dice que Alemania es el único país de Europa donde aún se habla una «lengua heroica». Si hubiera tenido el placer de conocer la Presse de Viena o la National-Zeitung de Berlín, el viejo napolitano habría abandonado esta idea preconcebida.

Al llegar a Londres, encontré una carta de mi casero en la que decía que vendría hoy (28 de abril) para cobrar el resto de las 20 libras. Pero no puedo darle ni un céntimo. Durante mi ausencia de un mes, la lista de deudas relativas a necesidades urgentes ha crecido, como es natural. Además, hay dos partidas extraordinarias que hay que pagar y que son aún más urgentes que el casero. En primer lugar, 7 libras para el maestro de piano, pues, dadas las circunstancias, mi mujer tuvo que despedirle y, por consiguiente, ha de pagarle también. En segundo lugar, hay que rescatar por valor de 10 libras de la casa de empeños, adonde han ido a parar no solo las cosas de los niños, sino también las de las criadas, hasta sus botas y zapatos. Por culpa del casero, he permanecido hasta ahora incógnito (salvo para Borkheim), para que mi mujer pueda decirle que aún no he regresado e intentar aplazarle indefinidamente. Porque se trata de mudarse.

Hasta ahora Borkheim ha adelantado 20 libras; promete el resto para principios de la semana que viene.

Mi mujer vio a Dronke en la calle con la señora y la prole, pero ellos no la vieron a ella.

En cuanto a Ariadna: adhuc sub judice lis est? Pues el punto litigioso en este caso es de naturaleza jurídica. En Diodoro figura como una estrella. No la encuentro representada como constelación. Más bien, ciertamente, como un planetoide, el n.º 43, Lámina II de Mädler, última entrega, 5.ª edición (que tengo), Berlín 1861. Así que, en cualquier caso, la muchacha está en el firmamento. Tal como están las cosas, es una bonita cuestión jurídica determinar quién ha ganado, si tú o Lupus. Tu afirmación general de que todas aquellas personas colocadas por los griegos entre las estrellas perviven en las cartas astronómicas también parece sumamente dudosa.

¿Qué era lo que querías, además de los presupuestos del ejército inglés? En cuanto vuelva a estar «móvil», me ocuparé del asunto.

Kinkel se ha ido con el rabo entre las piernas. No contesta. En su lugar, unas líneas de su hombre Beta en las que el cerdo atestigua que solo después de 6 meses de insistencia por su parte le entregó Gottfried los apuntes biográficos necesarios (que, desde tiempo inmemorial, el susodicho cerdo ha venido utilizando regularmente cada dos años) y la fotografía, etc., a petición de Keil, redactor de la Gartenlaube. Pero lo realmente divertido es que, después del asunto MacDonald, Keil y Beta (Juch tiene la carta pertinente