Friedrich Engels

Escrito en junio de 1861.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire", núm. 42, 22 de junio de 1861]

Hace poco se publicó en Berlín el libro “El ejército francés en el campo de ejercicios y en campaña”, que causó gran sensación y alcanzó rápidamente varias ediciones. Aunque el autor se hace llamar simplemente “un viejo oficial”, no es ningún secreto que el libro fue escrito por el general conde Waldersee, antiguo ministro de la Guerra de Prusia. Es un hombre que goza de gran prestigio en el ejército prusiano y se ha distinguido particularmente por la revolución del viejo y pedante sistema, al preocuparse de que los soldados aprendieran a tirotear, patrullar, hacer servicio de avanzada y, en general, el servicio de infantería ligera. Su nuevo método, al que volveremos en otra ocasión, se ha introducido ya en el ejército prusiano. Es notable porque elimina toda pedantería formal y apela exclusivamente a las facultades intelectuales del soldado, ya que todo servicio sólo puede realizarse bien mediante la cooperación inteligente y armónica de cierto número de hombres. Un oficial que tanto hincapié hace en la formación intelectual de cada soldado, naturalmente se interesó siempre vivamente por el ejército francés, el que más se distingue por la inteligencia militar personal de sus hombres. No debe, pues, extrañarnos comprobar que ese oficial haya hecho de dicho ejército el objeto especial de sus estudios y que cuente en sus filas con muchos amigos y conocidos, a través de los cuales puede obtener valiosa información. Después de los éxitos de los franceses contra uno de los mejores y más valientes ejércitos europeos en la campaña de Italia de 1859, se convirtió en cuestión de interés europeo determinar a qué circunstancias se deben tan extraordinarias y continuas victorias; y en la publicación arriba mencionada, el general Waldersee ofrece lo que él considera una explicación del asunto.

Lo que sigue está tomado de un informe sobre el carácter general del ejército francés:

“Comparte todas las buenas cualidades, pero también todos los defectos y flaquezas del carácter francés. Animada por un auténtico espíritu guerrero, está llena de afán de lucha, sed de hazañas y ansia de gloria, valiente y brava, como lo ha demostrado en todos los tiempos y recientemente en los campos de batalla de Argelia, Crimea e Italia. En todas partes hubo ocasiones en las que tanto oficiales como soldados, especialmente entre las tropas de élite, realizaron prodigios de valor, como, en general, las hazañas de los soldados franceses en estas guerras merecen la mayor consideración.

De gran movilidad, tanto física como espiritual —la cual, sin embargo, se exacerba con frecuencia hasta convertirse en una continua inquietud—, el soldado francés es infatigable y resistente tanto en el combate como en toda clase de fatigas.

Sumamente consciente de sí mismo, lleno de ambición y vanidad, cada soldado tiene un solo deseo: marchar contra el enemigo. No conoce dificultades; se guía por el viejo refrán francés: «Si la cosa es posible, ya está hecha; si es imposible, se hará de algún modo». Sin mucha reflexión —no pocas veces incluso con gran ligereza— se lanza adelante, convencido de que no hay dificultades que no pueda superar. Así, con el élan y el ímpetu propios de su nación, empuja siempre al ataque, en el que reside su mayor fuerza. Al mismo tiempo, el soldado francés es prudente, diestro, especialmente hábil en el combate individual y acostumbrado a actuar por propia responsabilidad. Es inventivo y sabe arreglárselas en situaciones confusas. Sabe con peculiar destreza acomodarse en el vivac, improvisar puentes, etc., en el combate, acondicionar en un abrir y cerrar de ojos casas y aldeas para la defensa y, después, defenderlas con la mayor tenacidad.

La guerra es el elemento de un ejército. El gobierno francés, con gran sabiduría, considera la guerra como el estado normal de las tropas y las trata en todo tiempo y bajo cualquier circunstancia con la misma seriedad y severidad que en estado de guerra. Los regimientos se concentran en el campamento tan a menudo como es posible y, además, tienen que cambiar constantemente de guarnición, de modo que jamás pueden arraigarse entre ellos costumbres de paz. Con el mismo espíritu, la instrucción de los hombres está calculada únicamente para la guerra, y no se hace absolutamente nada con fines de parada. Jamás se juzga a un cuerpo por el paso de parada, y por ello llama extraordinariamente la atención del oficial extranjero ver batallones franceses, incluso ante el emperador, en actitud negligente, en líneas torcidas, los soldados sin marcar el paso y al paso de marcha que quieran, con el fusil al hombro derecho, ejecutan el desfile.

Pero el cuadro tiene sus luces y sus sombras. Las numerosas y buenas cualidades militares que impulsan al soldado francés hacia adelante con ímpetu muestran su brillante efecto sólo mientras al soldado francés se le permite avanzar. El sentiment individuel <sentimiento personal>, que constituye la base de toda su aptitud para el ataque, tiene también sus grandes inconvenientes. El soldado, ocupado principalmente consigo mismo, sigue a la masa mientras ésta avanza victoriosa; pero cuando esa masa se ve obligada a retroceder, de manera violenta y tal vez inesperada, su cohesión, el vínculo de cada individuo con su camarada, se rompe pronto, y tanto más cuanto que, en tal caso, la descuidada instrucción táctica de las tropas —de la que se tratará más detalladamente después— hace imposible toda firmeza y conduce al desorden y a la disolución exterior.

A esto se añade que los franceses son envidiosos por naturaleza y, con toda su ligereza nacional, en los momentos serios tienden fácilmente a la desconfianza. El soldado francés sigue a sus oficiales con gusto y confianza en el combate, pero sólo mientras esos oficiales marchan delante de él y literalmente lo guían hacia adelante. Eso es lo que exigen los soldados, y al avanzar en el combate lo expresan en voz alta con el grito: «¡Charreteras al frente!». Así, los oficiales superiores y generales tienen que ponerse siempre al frente de sus tropas en el combate —para un general, ciertamente el lugar apropiado—, y eso explica la considerable pérdida de oficiales que los franceses han sufrido en todos los tiempos. Pero cuando una retirada se hace inevitable, muy pronto se desvanece la confianza en los oficiales y, en el caso extremo, deja paso a la abierta desobediencia. Por estas razones, una retirada impuesta enérgicamente ha sido siempre, y seguirá siendo, del mayor peligro para los franceses.”

El general Waldersee podría haber añadido mucho más sobre la facilidad con que la confianza de los soldados franceses en sus oficiales se desvanece bajo circunstancias adversas. La confianza de los hombres en sus jefes inmediatos, incluso después de repetidos fracasos, es el mejor baremo de la disciplina. Medidos por ese rasero, los franceses no son mucho mejores que reclutas completamente indisciplinados. Es para ellos artículo de fe que nunca pueden ser derrotados, salvo por “traición”; y siempre que perdieron una batalla y tuvieron que retirarse más de unos cientos de yardas —siempre que el enemigo los sorprendió con un movimiento inesperado—, lanzaron regularmente el grito: “¡Nos han traicionado!”. Hasta tal punto es esto parte del carácter nacional, que Napoleón en sus memorias (escritas mucho después de los acontecimientos, en Santa Elena) pudo achacar veladamente a la mayoría de sus generales algún acto de traición, y los historiógrafos franceses —tanto militares como civiles— pudieron hinchar esas insinuaciones hasta convertirlas en los más asombrosos cuentos. Tal como la nación piensa de los generales, así piensa el soldado de sus oficiales de regimiento y de compañía. Unos cuantos golpes duros, y se acabó por completo la disciplina; y de ahí que, de todos los ejércitos, los franceses hayan realizado las retiradas más desastrosas.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire", núm. 44, 6 de julio de 1861]

Sobre el modo de reclutamiento de soldados y oficiales, Waldersee da el siguiente informe:

“El soldado francés es designado para el servicio por sorteo entre los jóvenes; pero cada uno tiene derecho a pagar una suma fijada por el gobierno por un sustituto. Esta suma va a parar a una caja administrada por el gobierno, de la cual el sustituto recibe una pequeña cantidad como prima de enganche al alistarse y el resto al término de su tiempo de servicio; los intereses se le pagan durante el servicio. No obstante, la suma que se le debe puede serle total o parcialmente retirada por faltas o mala conducta. De este modo, el gobierno tiene en sus manos la selección de los sustitutos y recluta, en lo posible, sólo a hombres que ya han servido siete años, han demostrado ser fiables y se han conducido bien. Así se asegura al ejército un gran número de soldados instruidos, los cuales constituyen un material excelentísimo para suboficiales. El tiempo de servicio es de siete años; sin embargo, la mayor parte de los hombres permanece realmente bajo bandera sólo cuatro o cinco años y durante el resto está con licencia.

Los suboficiales se seleccionan con particular cuidado y los superiores los tratan con gran consideración y respeto. La mayoría no sólo se distingue por su destacada competencia y profundo conocimiento del servicio de detalle, sino también por su inteligencia, autonomía, buena apostura militar y una gran seriedad, especialmente frente a la tropa, sobre la que saben mantener muy bien la gran autoridad que les confiere el reglamento. Como todo suboficial puede ser ascendido a oficial, se esfuerzan por mantener a la tropa a respetuosa distancia, al tiempo que hacen todo lo posible por distinguirse y dar buen ejemplo a sus subordinados.

La mayor parte de los suboficiales está compuesta ahora por sustitutos. Sólo unos pocos son ascendidos a cabos y sargentos durante su primer período de servicio, y entre ellos especialmente aquellos jóvenes que traen consigo una buena educación, pero que, debido a la gran afluencia de candidatos, no han encontrado plaza en las escuelas militares y entran voluntariamente en el ejército para intentar obtener allí un empleo de oficial. Tales jóvenes ascienden muy pronto a suboficiales y, después de haber aprobado el examen de servicio prescrito para los suboficiales y haber obtenido por él el certificado de aptitud para subteniente, no pocas veces son ascendidos a oficiales ya al cabo de dos a cuatro años.

La mayoría de los suboficiales ascendidos a oficiales recibe el despacho de oficial al cabo de 9 a 12 años, y a menudo sólo después de 15 a 20 años de servicio. De 170 oficiales así escogidos al azar, 16 fueron ascendidos a oficiales tras 2 a 4 años de servicio, 62 tras 5 a 8, 62 tras 9 a 12 y 30 tras 13 a 20 años de servicio. Los primeros 16 pertenecían a la clase de los jóvenes instruidos; los 62 que recibieron el despacho de oficial al cabo de 5 a 8 años fueron ascendidos por méritos frente al enemigo. Así, incluso en Francia, el ascenso desde las filas de la tropa progresa lentamente en tiempos de paz.”

Los oficiales se componen, como se ha dicho más arriba, en parte de los suboficiales y en parte (en tiempos de paz, principalmente) de los alumnos de las escuelas militares, donde éstos permanecen dos años y, tras aprobar un examen riguroso, son destinados de inmediato al ejército como oficiales. Estas dos categorías de oficiales se mantienen a gran distancia entre sí; los alumnos de las escuelas militares y los jóvenes instruidos ascendidos tras 2-4 años desde la tropa miran con desdén a los viejos subtenientes y tenientes que han ganado sus charreteras por largos años de servicio. Los oficiales, incluso los de un mismo batallón, no constituyen en absoluto ese cuerpo compacto que representan en casi todos los demás ejércitos. No obstante, aquellos oficiales que proceden de las filas de la tropa relativamente menos instruida (la cual, especialmente tras las grandes pérdidas en Crimea e Italia, constituye ahora probablemente más de la mitad de los oficiales subalternos) son, a su manera, muy útiles. Aunque a menudo sumamente ignorantes, en ocasiones incluso toscos y, en cuanto a su mentalidad, no muy distintos de la masa de los suboficiales en general, conocen a la perfección todos los detalles del servicio y desempeñan sus funciones con escrupulosidad, seriedad, severidad y puntualidad. Saben de manera excelente cómo hay que tratar a los soldados, cómo hay que cuidar de ellos, cómo hay que precederles siempre con el ejemplo propio en la vida de guarnición y, particularmente, en el combate. Además, la mayoría de ellos poseen ahora buenas experiencias en la vida de campamento, así como experiencia de marchas y de combate.

En general, el oficial francés es inteligente y belicoso; sabe actuar por sí mismo —particularmente en el combate, donde obra por propia responsabilidad y, por su valentía, precede siempre a los soldados con buen ejemplo. Si a esto añadimos, para la mayoría de ellos, una buena dosis de experiencia de guerra y de combate, tendremos que decir que poseen cualidades que los hacen muy aptos para su profesión.

El ascenso se produce o bien por antigüedad o bien por elección. En tiempos de paz se cuentan tres ascensos, de los cuales dos por antigüedad y uno por elección; en tiempos de guerra es al revés. Pero la selección se limita, por lo general, a la categoría de los oficiales instruidos, mientras que la masa de los que han ascendido desde la tropa son promovidos solo por antigüedad y alcanzan así, ya algo entrados en años, el grado de capitán. Esta viene a ser la escala más alta a la que pueden llegar, y, en general, se sienten plenamente satisfechos si pueden retirarse con la pensión de capitán.

Según esto, se ve en el ejército francés entre los oficiales subalternos, en gran parte, a hombres de 30 a 40 años, y entre los capitanes incluso a muchos que se acercan a los 50; en cambio, entre los oficiales de estado mayor y los generales hay todo un número de hombres más jóvenes. Esto es, sin duda, una gran ventaja; y las continuas guerras en África, en Crimea y en Italia, que trajeron ascensos relativamente rápidos, han promovido a más hombres jóvenes aún a puestos de mando superiores.

Para obtener una visión de conjunto de las relaciones de ascenso entre las dos categorías de oficiales, se leerá con interés la siguiente estadística de oficiales muertos y heridos en Italia o empleados en mandos superiores: Procedentes de escuelas militares: 34 generales, 25 jefes de regimiento, 38 otros oficiales de estado mayor, 24 capitanes, 33 tenientes y subtenientes. Procedentes de la tropa: 3 generales, ningún coronel en mando de regimiento, 8 oficiales de estado mayor, 66 capitanes, 95 oficiales subalternos.

Los generales no surgen tanto del estado mayor, de los cuerpos científicos o de élite, sino de entre los oficiales de campo. Por ello, carecen en su mayoría de la cultura militar superior, y solo pocos entre ellos poseen *les vues larges* <grandes miras>. Bastante ajenos a las enseñanzas estratégicas, en la conducción de grandes cuerpos de tropa son a menudo torpes y necesitan con frecuencia, por tanto, de una dirección superior o del apoyo técnico, de modo que no pocas veces reciben, tanto en campaña como en el campo de ejercicios, un programa reglamentario para los movimientos que han de ejecutar en el desarrollo de una acción. Por otra parte, están llenos de sano sentido común y son hábiles para hallar salidas, poseen buen conocimiento del servicio, celo, seriedad y abnegación en el mismo. La autonomía que les es propia les da la fuerza necesaria para la acción. No conocen dificultades, por lo cual actúan por regla general sin esperar órdenes o sin preguntar mucho antes, no rehúyen responsabilidad alguna y, valientes como es el francés en general, marchan siempre personalmente al frente de su tropa.

La mayor parte de los generales ha participado en las guerras de Argelia, Crimea e Italia y posee, por tanto, buena y a menudo rica experiencia de guerra. De los generales que combatieron en Italia en 1859, 28 eran viejos africanos y 18 de ellos, además, combatientes de Crimea. Solo un general (Partouneaux) hizo en Italia su primera campaña.

Esta lucha continuada ha dado al ejército francés un generalato más joven que aquel del que puede jactarse cualquier otro ejército. Para que tampoco en tiempos de paz envejezcan demasiado, los tenientes generales son puestos en retiro del servicio activo a los 65 años, con media paga, y los generales de división a los 60.

En resumen, los generales franceses han de calificarse de relativamente jóvenes y vigorosos, circunspectos, enérgicos, con experiencia y capacidad guerreras, aunque hasta ahora pocos de ellos se hayan hecho notar por estar particularmente dotados y familiarizados con la alta conducción de la guerra, y aunque ni en la guerra de Crimea ni en la guerra de Italia se hayan revelado talentos militares particulares de mando.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire" Nr. 46 del 20 de julio de 1861]

Nuestro autor se dedica ahora a la práctica de instrucción de los franceses y dice:

"El recluta, torpe y pesado como es a su ingreso en el regimiento, no es raro que ya a los 14 días —a veces no del todo equipado— preste el servicio de guardia con la seriedad y la autoridad del viejo soldado, y se desarrolla con especial rapidez gracias a la esmerada
instrucción individual
, sobre la cual se pone el acento principal. Mientras que la instrucción de compañía y de batallón deja mucho que desear, el soldado individual es minuciosamente formado en gimnasia, esgrima con florete y bayoneta, así como en carrera continua con paso de carga.

En el campo de ejercicios, la infantería carece en general de firmeza en la posición, es suelta y, por ello, aún más pesada; tanto más móvil en la marcha, está también excelentemente entrenada para marchar y recorre trayectos de millas de largo a la carrera continua, que emplea con no poca ventaja muy a menudo en el combate. Por estas prestaciones, particularmente, se juzga también el valor de una tropa en el ejército francés, no por sus prestaciones en el ejercicio, y menos aún en la marcha de parada. Los franceses no pueden, sin embargo, hacer una buena y correcta marcha de parada porque les falta la minuciosa formación en el detalle necesaria para ello e indispensable para toda tropa buena."

Mientras nuestro autor trata el tema de la instrucción, aporta la siguiente anécdota sobre Napoleón I:

"Napoleón era bien consciente de las desventajas que conlleva este sistema suelto de instrucción e hizo cuanto pudo por remediarlo. Bajo su férula férrea, las formas tácticas fueron ejecutadas tan correctamente como les es posible a los franceses, aunque él en persona no era un buen instructor. Un día, en 1809 en Schönbrunn, se le ocurrió la idea de instruir él mismo a un batallón de su guardia con el sable desenvainado, para hacerles *faire la theorie* <literalmente: hacer la teoría>, como dicen los franceses. Pero tras unas pocas voces de mando, había desbaratado tan por completo a su batallón que, envainando el sable, gritó a un general: '¡El diablo se lleve vuestra j... teoría! ¡Enderecen esta cochinada!' (*Que le diable emporte votre f ... théorie! Redressez cette Cochonnerie!*)."

Sobre los "turcos, las tropas indígenas argelinas, encontramos la siguiente constatación notable:

"Según informes de oficiales franceses, a los turcos les resultaba muy desagradable sobre todo un combate contra los cazadores austríacos, de tal modo que, cuando tenían noticia de su presencia, no solo se negaban a avanzar al ataque, sino que se echaban al suelo y, como los animales del desierto, los camellos, no era posible moverlos a levantarse y avanzar ni con amenazas ni con golpes."

Sobre el campo de ejercicios de un regimiento de infantería:

"No obstante la pedante severidad con que se ejercitan las formas, esto ocurre por lo general también de modo superficial; se presta poca atención a la posición de los hombres individuales, y así el reglamento (en la instrucción de compañía y de batallón) se ejecuta de manera francamente desaliñada. No se observa el estar firmes en la fila, la alineación precisa, el estar y marchar cerrados codo con codo, el estado del uniforme, ni siquiera el paso uniforme. Basta con que los hombres estén *ahí* y lleguen juntos. En un ejército que está acostumbrado a una manera tan negligente de instruirse, estos grandes defectos tienen ciertamente menos desventajas mientras permanece avanzando. Este sistema, sin embargo, ha de ejercer una influencia muy perniciosa sobre la disciplina y el orden de combate y trae consigo, muy particularmente, las consecuencias más funestas al retroceder en el combate. Esta es también la razón por la cual el intento de retirarse en buen orden ante una retirada impuesta por la fuerza ha resultado tan a menudo peligroso para los franceses, y por qué una retirada frente a tropas sólidas y bien adiestradas será también en todo momento de lo más desastroso."

Después de que el general Waldersee haya despachado la instrucción, ofrece un esbozo de los principios de combate del mariscal Bugeaud (los mismos que nosotros hemos traducido, en gran parte, en los números precedentes del "Volunteer Journal" bajo el título:
"On the moral elements in fighting"
). Waldersee coincide plenamente con estos principios e intenta a la vez —y no sin éxito— demostrar que la mayoría de ellos son viejas directrices prácticas que ya pueden encontrarse en las instrucciones de Federico el Grande. Pasamos esto por alto, así como una larga crítica estratégica de la campaña de Italia de 1859 (en la que se señalan no menos de dieciocho errores manifiestos del general Gyulay), para llegar a las observaciones sobre el modo de combatir de los franceses en aquella campaña.

"Los principios más esenciales de este método son:

1. siempre que sea posible, proceder en cada momento solo de manera ofensiva,

2. con desprecio del combate de fuego, pasar tan pronto y tan rápido como sea posible —al trote— al combate a la bayoneta.

Una vez que esto se conoció, se dedujo de ello muy generalmente que los franceses se habían abalanzado siempre y en todas partes sobre los austríacos sin atender a formación alguna, y los habían arrollado o ahuyentado en todo momento sin más.
Pero la historia de la campaña demuestra que esto no fue así, ni mucho menos. Por el contrario, muestra:

1. que los franceses, en efecto, trotaban por regla general —aunque no siempre— con ímpetu contra sus adversarios, pero que casi nunca los vencieron en el primer embate. No solo no tuvieron éxito en ello por lo común, sino que en la mayoría de los casos fueron rechazados varias veces seguidas con pérdidas, de modo que en cada combate retrocedieron casi tantas veces como avanzaron.

2. que, si bien atacaron a menudo sin fuego, rechazados estos ataques, se vieron obligados a continuar la lucha como combate de fuego, y no pocas veces de larga duración, aunque interrumpido por repetidos ataques a la bayoneta. En Magenta y Solferino, tales combates de fuego duraron varias horas."

El autor, basándose en informes recibidos de oficiales franceses y austríacos, ofrece a continuación una exposición de las formaciones tácticas empleadas por los franceses durante la campaña de Italia. Con extractos de esa exposición daremos fin a este artículo.

[“The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire”, núm. 62, del 8 de noviembre de 1861]

Después de haber descrito el carácter general y los principios de combate del ejército francés, nuestro autor pasa a ofrecer un informe sobre las formaciones tácticas que utilizó en la campaña de Italia de 1859.

«Una división del ejército francés se compone de dos brigadas; la primera consta de un batallón de cazadores y dos regimientos de infantería (de tres batallones cada uno), mientras que la segunda sólo tiene dos regimientos de infantería (es decir, seis batallones). Cada batallón cuenta con seis compañías.

En la línea de combate, la primera brigada forma la primera línea; los batallones se disponen en columnas a media distancia, distanciándose entre sí a la distancia completa necesaria para desplegar, cubiertos por una línea de tiradores. La segunda brigada se sitúa en la segunda línea, 250 yardas más atrás, con los batallones igualmente en columnas a media distancia, pero sólo a media distancia unos de otros para desplegar; por lo general se coloca detrás de una de las alas de la primera línea.

La formación en columnas que se aplicó de manera general durante la guerra de Italia es llamada por los franceses columna de división. Denominan división a dos compañías. Las seis compañías se disponen de la siguiente manera: dos al frente, dos a media distancia detrás de ellas y, de nuevo, dos compañías a media distancia detrás del segundo par. Esta columna puede formarse tomando como base las dos compañías del centro o las dos compañías exteriores de cada ala. En la Guardia, compuesta sólo por hombres escogidos, se formaba siempre por las dos compañías del centro, con lo que (exactamente como en la columna doble inglesa a partir de las dos subdivisiones centrales) el tiempo necesario tanto para formar la columna como para desplegarla se reducía a la mitad; pero en la tropa de línea se formaba, por lo general, por las dos compañías de la derecha. La razón de ello era que, de ese modo, la compañía de granaderos (núm. 1) quedaba a la cabeza de la columna y la compañía ligera o de voltígeros (núm. 6) en la retaguardia. De esta suerte, estas dos compañías, formadas por hombres escogidos, constituían por así decirlo un marco dentro del cual quedaban encerradas las cuatro “compañías del centro”, menos fiables. Además, en caso de que las dos compañías de retaguardia recibieran la orden de desplegarse como tiradores, la compañía ligera era una de ellas, mientras que la de granaderos permanecía unida en la línea del frente, a menos que todo el batallón tuviera que desplegarse en guerrilla.

Esta formación ofrece grandes ventajas para un ejército que combate principalmente no en línea, sino mediante una combinación de tiradores y columnas. Una tercera parte de los soldados (las dos compañías del frente) se hallan siempre en condiciones de hacer uso de sus armas de fuego, al mismo tiempo que el despliegue es sencillo y puede ejecutarse con gran rapidez. La gran distancia entre los componentes de la columna (media distancia de compañía, o sea, unas 40 yardas) es muy adecuada para aminorar los estragos que la artillería causa en columnas más compactas; y si se tiene en cuenta que, por regla general, dos compañías se despliegan en guerrilla, de modo que la columna entera consta de dos compañías al frente y dos 40 yardas más atrás, se comprenderá que esta formación se aproxima en todo lo posible a la línea. Las dos compañías de retaguardia actúan más como reserva o segunda línea de las dos compañías del frente, y menos como apoyo inmediato, cual es el que en el continente suelen prestar, en las columnas de ataque, los hombres situados detrás de la primera línea.

Por otra parte, aunque aquí y allá se dieron despliegues en línea durante la campaña de Italia, el terreno de Lombardía es tal que el combate en línea resulta absolutamente imposible. En aquellas pequeñas superficies, cortadas por setos, zanjas y muros de piedra, y cubiertas de sembrados con moreras, enlazadas entre sí por vides; en un país donde los caminos, flanqueados por altos muros, son tan angostos que apenas pueden cruzarse dos carruajes, en un país así cesa a menudo toda formación regular tan pronto como las tropas se aproximan al enemigo. Lo único necesario es tener delante una masa de tiradores y lanzarse con una masa compacta sobre los puntos más importantes. Ahora bien, para este fin no podía existir formación mejor que la elegida por los franceses. Un tercio del batallón como tiradores —sin segunda línea de combate—, la columna a 100 yardas en retaguardia como apoyo suficiente, avance rápido del conjunto y, una vez suficientemente cerca del adversario, despeje del frente del batallón por los tiradores hacia los flancos, descarga de la primera línea y carga; a continuación, la segunda línea a 40 yardas por detrás como reserva, y en el mejor orden que permita el terreno. Hemos de reconocer que este método parece muy adecuado para todos los fines ofensivos en semejante terreno, y mantiene a los soldados todo lo agrupados y bajo el control de sus oficiales que es posible.

Siempre que el terreno era lo bastante abierto para permitir movimientos regulares, el ataque se ejecutaba del siguiente modo: los tiradores mantenían ocupado al enemigo hasta que se daba a la columna la orden de avanzar; las reservas (cuando las había) se formaban en los flancos de la línea de tiradores y se desplegaban contra los flancos del adversario, para envolver a la fuerza enemiga que avanzaba y batirla con fuego cruzado. Cuando la columna llegaba a la altura de la línea de tiradores, éstos llenaban los intervalos entre los batallones y avanzaban en una misma línea con la cabeza de la columna; a veinte yardas del enemigo, la cabeza de la columna soltaba una descarga y se lanzaba al asalto a paso de carga. Si el terreno era muy cubierto, tres o cuatro compañías de un batallón se desplegaban en guerrilla, y se cuentan casos (los turcos en Magenta) en que batallones enteros se desplegaban como tiradores.

Frente a un ataque austríaco a la bayoneta se empleó en ocasiones un método semejante al prescrito en los reglamentos británicos para el fuego de calles (ejercicio de batallón, Sección 62). Las compañías de cabeza de la columna soltaban una descarga, giraban hacia afuera y marchaban a retaguardia, donde volvían a formarse; las compañías siguientes hacían lo propio, hasta que, después de que las compañías de retaguardia hubieran disparado su descarga y despejado el frente, todo el batallón cargaba contra el enemigo.

En los momentos decisivos se ordenaba a los soldados que dejasen las mochilas en el suelo, pero proveyéndose de toda la munición que contuvieran y de algo de pan, que guardaban donde buenamente podían. Ahí está el origen de las fábulas de que “los zuavos solían llevar los cartuchos en los bolsillos del pantalón”.

En Magenta, los zuavos y el primer regimiento de granaderos de la Guardia desplegaron en línea y practicaron durante un tiempo el fuego por filas. En Solferino, la división de voltígeros de la Guardia (12 batallones) desplegó en una sola línea antes de entrar en acción; pero, cuando realmente se empeñó el combate, todo parece indicar que estaban formados en la columna habitual. Puesto que ambos despliegues se realizaron bajo el mando directo y en presencia de Louis-Napoleon, apenas cabe duda de que los ordenó recordando las maniobras en línea inglesas; pero en ambos casos, tan pronto como la cosa se puso seria, la preferencia de los oficiales franceses por su propio modo nacional de combatir y el estado del terreno parecen haberse impuesto.

En el ataque a una aldea se lanzaban varias columnas, precedidas por fuertes nubes de tiradores; la columna más débil, destinada a atacar la localidad misma, se retenía hasta el último momento, mientras que columnas más fuertes rebasaban los flancos de la aldea. Las tropas que tomaban la posición la ocupaban y fortificaban al instante, mientras que las reservas perseguían al enemigo. Los franceses preferían confiar la defensa de una aldea a las reservas situadas detrás o al costado de la misma, antes que a una fuerte guarnición dentro de las propias casas.»

Con este extracto sobre las formaciones tácticas del ejército francés en 1859 en Italia, dejamos la obra del conde Waldersee.

Aunque Inglaterra, comparada con Lombardía, ofrece un terreno mucho más llano para los combates, sus numerosos cercados, zanjas, grupos de árboles y matorrales, unidos al carácter ondulado del suelo y a los profundos barrancos cubiertos de bosque que lo surcan, la convierten en un campo de batalla mucho más difícil que las grandes llanuras ininterrumpidas del norte de Francia, Bélgica y Alemania. Si alguna vez un ejército francés intentara un desembarco en suelo inglés, poca duda cabe de que sus formaciones de infantería serían muy semejantes a las empleadas en Italia. Esta es la razón de que no consideremos carentes de interés para los voluntarios ingleses estas formaciones.

F. E.