Los amigos de los Estados Unidos en este lado del Atlántico
esperan con inquietud que el Gobierno Federal adopte medidas conciliatorias.
No lo hacen por coincidir con el cacareo
frenético de la prensa británica a propósito de un incidente bélico que, según
los propios abogados de la Corona inglesa, se reduce a un
mero error de procedimiento, y puede resumirse en las palabras
de que ha habido una violación del derecho internacional, porque el capitán
Wilkes, en lugar de apoderarse del Trent, su cargamento, sus pasajeros y
los comisionados,¹ solo apresó a los comisionados. Tampoco brota la inquietud de los simpatizantes de la Gran República del
temor de que, a la larga, no resulte capaz de
enfrentarse a Inglaterra, pese a estar lastrada por la guerra civil; y, mucho menos
aún, esperan que los Estados Unidos abdiquen, siquiera por un
momento y en una hora sombría de prueba, de la orgullosa posición que ocupan
en el consejo de las naciones. Los motivos que los impulsan son
de naturaleza muy distinta.

En primer lugar, la siguiente tarea que los Estados Unidos
tienen entre manos es aplastar la rebelión y restaurar la Unión. El deseo
primordial en la mente de la esclavocracia y de sus instrumentos norteños
fue siempre sumir a los Estados Unidos en una guerra con
Inglaterra. El primer paso de Inglaterra, tan pronto como estallasen las hostilidades,
sería reconocer a la Confederación Sudista, y el segundo,
poner fin al bloqueo. En segundo lugar, ningún general, si no se ve forzado a ello,
aceptará batalla en el momento y bajo las condiciones elegidas por su
enemigo.

«Una guerra con América —dice The Economist, periódico que goza de la profunda confianza de Palmerston—
debe ser siempre uno de los incidentes más lamentables de la historia de
Inglaterra; pero si ha de producirse, el presente es ciertamente el período en que nos causará
el mínimo daño, y el único momento en nuestros anales conjuntos en que nos conferiría
una compensación incidental y parcial.»²

Las mismísimas razones que explican la avidez de Inglaterra por
apoderarse de cualquier pretexto decente para una guerra en este «único momento»
deberían disuadir a los Estados Unidos de proporcionar semejante
pretexto en este «único momento». No se va a la guerra con el objetivo de
causar al enemigo «el mínimo daño» e, incluso, de conferirle mediante la guerra
«una compensación incidental y parcial». La
oportunidad del momento estaría toda de un lado, del lado
de vuestro enemigo. ¿Hace falta un gran esfuerzo de razonamiento para probar
que una guerra intestina que asola un Estado es el momento menos oportuno
para emprender una guerra exterior? En cualquier otro momento, las
clases mercantiles de Gran Bretaña habrían contemplado una guerra
contra los Estados Unidos con el mayor horror. Ahora, por el
contrario, un partido numeroso e influyente de la comunidad mercantil
lleva meses instando al Gobierno a romper violentamente
el bloqueo y proporcionar así al principal ramo de la industria
británica su materia prima. El temor a una reducción del
comercio de exportación inglés a los Estados Unidos ha perdido su aguijón al haberse producido ya
de hecho dicha reducción. «Ellos»
(los Estados del Norte), dice The Economist, «son clientes pésimos,
en lugar de buenos.» El vasto crédito concedido habitualmente por el comercio
inglés a los Estados Unidos, principalmente mediante la aceptación de
letras giradas desde China y la India, se ha visto ya reducido a
apenas una quinta parte de lo que era en 1857. Por último, y no menos importante, la Francia
diciembrista, en bancarrota, paralizada en el interior, acosada por dificultades en el exterior,
se abalanza sobre una guerra angloamericana como un verdadero regalo del cielo y,
a fin de comprar el apoyo inglés en Europa, tensará todas sus fuerzas
para apoyar a la «Pérfida Albión» al otro lado del Atlántico.
Léanse tan solo los periódicos franceses. El grado de indignación
al que se han elevado en su tierna solicitud por el
«honor de Inglaterra», sus feroces diatribas sobre la necesidad por
parte de Inglaterra de vengar el ultraje al pabellón británico,
sus viles denuncias de todo lo americano, serían verdaderamente
espantosas, si no fuesen ridículas y repugnantes al mismo
tiempo. Finalmente, si los Estados Unidos ceden en este caso, no
menoscabarán ni un ápice de su dignidad. Inglaterra ha reducido su
queja a un mero error de procedimiento, un desliz técnico del que

ella misma se ha hecho sistemáticamente culpable en todas sus guerras marítimas,
pero contra el cual los Estados Unidos nunca han cesado de protestar,
y sobre el que el presidente Madison, en su mensaje inaugural de la guerra
de 1812,³ se extendió calificándolo como una de las más escandalosas violaciones del derecho internacional. Si a los Estados Unidos puede excusárseles por pagar a Inglaterra con su propia moneda, ¿se les acusará por repudiar magnánimamente,
en la persona de un solo capitán americano,⁴ actuando
bajo su propia responsabilidad, lo que siempre denunciaron como una
usurpación sistemática por parte de la Marina británica? De hecho,
la ventaja de tal proceder estaría toda del lado americano.
Inglaterra, por un lado, habría reconocido el derecho de los Estados Unidos a capturar y llevar ante
un tribunal de presas americano a todo buque inglés empleado
al servicio de la Confederación. Por otro lado,
de una vez por todas y ante los ojos del mundo entero, habría renunciado en la práctica
a una pretensión que no se le pudo hacer abandonar ni
en la paz de Gante, en 1814,⁵ ni en las negociaciones
entre Lord Ashburton y el secretario Webster en 1842.⁶ La
cuestión se reduce, pues, a esto: ¿Preferís volver el «desafortunado
acontecimiento» en beneficio propio o, cegados por las pasiones
del momento, volverlo en beneficio de vuestros enemigos en el interior y en el exterior?

Desde esta misma fecha de la semana pasada, en que les envié mi última carta,⁷ los cónsules británicos
han vuelto a bajar, ascendiendo el descenso, en comparación con
el viernes pasado, al 2 por ciento, siendo los precios actuales de 89½ a
89¾ para la operación al contado y de 90 a 90⅛ para la nueva cuenta del 9 de
enero. Esta cotización corresponde a la cotización de
los cónsules británicos durante los dos primeros años de la guerra anglo-rusa.⁸ Este descenso se debe enteramente a la interpretación belicosa
dada a los periódicos americanos traídos por el último correo, al
tono exacerbado de la prensa londinense, cuya moderación de dos
días no era más que una finta, ordenada por Palmerston, al envío
de tropas para el Canadá, a la proclama prohibiendo
la exportación de armas y materiales para pólvora,⁹ y, finalmente, a

las diarias y ostentosas declaraciones sobre los formidables preparativos
de guerra en los astilleros y arsenales marítimos.

De una cosa podéis estar seguros: Palmerston quiere un pretexto legal
para una guerra con los Estados Unidos, pero tropieza en los consejos
de Gabinete con una oposición sumamente decidida por parte de los señores
Gladstone y Milner Gibson, y, en menor grado, de Sir
Cornwall Lewis. «El noble vizconde» está respaldado por Russell, abyecto
instrumento en sus manos, y toda la camarilla whig. Si el
Gabinete de Washington proporcionara el pretexto deseado, el
actual Gabinete saltaría para ser suplantado por una Administración
tory. Los pasos preliminares para tal cambio de
escenario ya han sido acordados entre Palmerston y
Disraeli. De ahí el furioso grito de guerra de The Morning Herald y
The Standard, esos lobos hambrientos que aúllan ante la perspectiva de
las migajas largamente añoradas del limosnero público.

Los designios de Palmerston pueden ponerse de manifiesto trayendo a la memoria unos
pocos hechos. Fue él quien insistió en la proclama
reconociendo a los secesionistas como beligerantes, en la mañana del
14 de mayo, después de haber sido informado por telégrafo desde
Liverpool de que Mr. Adams llegaría a Londres en la noche del
13 de mayo. Él, tras una severa lucha con sus colegas,
envió 3.000 hombres al Canadá, un ejército ridículo, si se pretendía
cubrir una frontera de 1.500 millas, pero un hábil juego de manos
si se trataba de alentar la rebelión e irritar a la Unión. Él,
hace muchas semanas, instó a Bonaparte a proponer una intervención armada
conjunta en la «lucha intestina», apoyó ese proyecto
en el consejo de Gabinete, y solo fracasó en sacarlo adelante debido a
la resistencia de sus colegas. Él y Bonaparte recurrieron entonces a
la intervención mexicana como un pis aller.¹⁰ Esa operación servía a dos
propósitos: provocar un justo resentimiento por parte de los
americanos y, al mismo tiempo, suministrar un pretexto para el
envío de una escuadra, dispuesta, como dice The Morning Post, «para
cumplir cualquier deber que la conducta hostil del Gobierno de
Washington nos exija cumplir en las aguas del Atlántico Norte».¹¹ En el momento en que se puso en marcha
esa expedición, The Morning Post, junto con The Times y los
pececillos de los esclavos periodísticos de Palmerston, decían que era algo muy hermoso,
y además filantrópico, porque
expondría a la Confederación esclavista a dos fuegos: el Norte
antiesclavista y la fuerza antiesclavista de Inglaterra y Francia.
¿Y qué dice ese mismo The Morning Post, ese curioso compuesto
de Jenkins y Rodomonte, de felpa y fanfarronería, en su número
de hoy, con motivo del discurso de Jefferson Davis?¹² Escuchad al
oráculo de Palmerston:

«Debemos considerar esta intervención como algo que puede estar en operación durante un período
de tiempo considerable; y mientras el Gobierno del Norte está demasiado distante para
permitir que su actitud entre de manera sustancial en esta cuestión, la
Confederación Sudista, por otra parte, se extiende a lo largo de una gran distancia a lo largo de la frontera
de México, de modo que su disposición amistosa hacia los autores de la insurrección no es
de escasa importancia. El Gobierno del Norte ha denostado invariablemente nuestra
neutralidad, pero el del Sur, con habilidad política y moderación, ha reconocido en
ella todo lo que podíamos hacer por cualquiera de las partes; y ya sea con miras a nuestras operaciones
en México o a nuestras relaciones con el Gabinete de Washington, la amistosa
indulgencia de la Confederación Sudista es un punto importante a nuestro favor.»

Puedo señalar que el Nord del 3 de diciembre —un periódico ruso,
y, por consiguiente, un periódico iniciado en los designios de Palmerston—
insinúa que la expedición mexicana se puso en marcha desde el principio,
no con su propósito ostensible, sino para una guerra contra
los Estados Unidos.¹³

La carta del general Scott¹⁴ había producido una reacción tan benéfica en
la opinión pública, e incluso en la Bolsa de Londres, que los
conspiradores de Downing Street y las Tullerías¹⁵ consideraron
necesario soltar a la Patrie, declarando con todos los aires de
conocimiento derivado de fuentes oficiales que la captura de los
comisionados sudistas en el Trent fue directamente autorizada
por el Gabinete de Washington.

Escrito el 7 de diciembre de 1861 Reproducido del periódico

Publicado por primera vez en el New-York Daily
Tribune, n.º 6467, 25 de diciembre de 1861