Karl Marx

Notas económicas

[«Die Presse», núm. 308, del 9 de noviembre de 1861]

Londres, 3 de noviembre de 1861

En este momento no existe en Inglaterra política general alguna. El interés del país se disuelve en la crisis financiera, comercial y agrícola francesa, en la crisis industrial británica, en la penuria de algodón y en la cuestión americana.

En los círculos aquí capaces de juicio, nadie se ha engañado un instante sobre el hecho de que el tráfico de letras de favor del Banco de Francia con algunas grandes casas a ambos lados del Canal es un paliativo de la especie más débil. Todo lo que con ello podía alcanzarse, y se ha alcanzado, ha sido una disminución momentánea de la salida de oro hacia Inglaterra. Las repetidas tentativas del Banco de Francia de reclutar tropas auxiliares metálicas en Petersburgo, Hamburgo y Berlín dañan su crédito sin llenar sus arcas. La elevación del tipo de interés sobre las letras del Tesoro para mantenerlas a la par, y la necesidad de obtener una prórroga de los pagos para el nuevo empréstito italiano de Víctor Manuel, se consideran aquí, ambas cosas, como síntoma preocupante de la enfermedad financiera francesa. Se sabe, además, que en este instante dos proyectos se disputan la primacía en las Tullerías. Los bonapartistas de pura cepa, con Persigny y Péreire (del Crédit Mobilier) a la cabeza, quieren someter por completo el Banco de Francia a la autoridad gubernamental, rebajarlo a mera oficina del Ministerio de Hacienda y utilizar el instituto así transformado como fábrica de asignados.

Es sabido que éste era el principio de organización que originalmente subyacía en el Crédit Mobilier. El partido menos aventurero, representado por Fould y otros renegados de la época de Luis Felipe, propone un nuevo empréstito nacional, que según unos ha de ascender a 400 millones de francos y según otros a 700. El «Times» refleja probablemente, en un artículo de fondo de hoy, la opinión de la City al decir que Francia se halla completamente paralizada por su crisis económica y privada de su influencia europea. Sin embargo, se equivocan el «Times» y la City. Si el poder de Diciembre logra sobrevivir al invierno sin grandes tempestades internas, en primavera tocará la trompeta de guerra. La miseria interior no se curaría con ello, sino que quedaría adormecida.

En una carta anterior señalé que el vértigo algodonero de Liverpool durante las últimas semanas recuerda por completo los tiempos más delirantes de la manía ferroviaria de 1845. Dentistas, cirujanos, abogados, cocineras, viudas, obreros, escribientes y lores, comediantes y clérigos, soldados y sastres, periodistas y caseros, hombres y mujeres, todo el mundo especulaba en algodón. Se compraban, vendían y revendían cantidades muy pequeñas, de 1 a 4 balas. Cantidades más considerables permanecían meses enteros en el mismo almacén, aunque cambiaban de propietario veinte veces. Quien a las 10 había comprado algodón, lo vendía a las 11 con un recargo de ½ penique por libra. Así, el mismo algodón circulaba a menudo seis veces en diez horas por distintas manos. Esta semana, sin embargo, se produjo una especie de estancamiento, y por ningún otro motivo racional que el hecho de que la libra de algodón (a saber, algodón de Orleans mediano) había alcanzado la altura de 1 chelín, porque 12 peniques hacen 1 chelín y, por tanto, son una cifra redonda. Así, todos se habían propuesto vender en cuanto se alcanzara ese máximo. Con ello, un aumento repentino de la oferta y, por consiguiente, reacción. Tan pronto como el inglés se haya familiarizado con la posibilidad de que una libra de algodón pueda subir por encima de un chelín, la danza de San Vito retornará aún más frenética.

El último informe mensual oficial del Board of Trade <Ministerio de Comercio y Transportes> sobre las exportaciones e importaciones británicas no ha aclarado en modo alguno el ánimo sombrío. La tabla de exportación abarca el período de nueve meses, de enero a septiembre de 1861. Muestra, en comparación con el mismo período del año 1860, un déficit de aproximadamente 8 millones de libras esterlinas. De esa suma, 5.671.730 libras esterlinas corresponden únicamente a la exportación a los Estados Unidos, mientras que el resto se distribuye entre la Norteamérica británica <Canadá>, la India Oriental, Australia, Turquía y Alemania. Solo Italia muestra un aumento. Así, por ejemplo, la exportación de manufacturas británicas de algodón a Cerdeña, Toscana, Nápoles y Sicilia ha subido de 756.892 libras esterlinas en el año 1860 a 1.204.287 libras esterlinas en 1861; la exportación de hilados de algodón británicos, de 348.158 a 538.373 libras esterlinas; la exportación de hierro, de 120.867 a 160.912 libras esterlinas, etc. Estas cifras no carecen de peso en la balanza de la simpatía británica por la libertad italiana.

Mientras el comercio de exportación de Gran Bretaña ha descendido así casi 8 millones de libras esterlinas, su comercio de importación ha aumentado en una proporción aún mayor, circunstancia que en modo alguno facilita el equilibrio de la balanza. Este crecimiento de las importaciones proviene sobre todo del aumento de la importación de trigo. Mientras que en los primeros ocho meses de 1860 el valor del trigo importado ascendía solo a 6.796.131 libras esterlinas, en el mismo período de este año se eleva a 13.431.487 libras esterlinas.

El fenómeno más notable que revela la tabla de importación es el rápido aumento de las importaciones francesas, que ya alcanzan la cifra de casi 18 millones de libras esterlinas (anuales), mientras que la exportación inglesa a Francia no es mucho mayor que la que se dirige a Holanda, aproximadamente. Los políticos continentales han pasado por alto hasta ahora este fenómeno enteramente nuevo en la historia mercantil moderna. Prueba que la dependencia económica de Francia respecto a Inglaterra es tal vez seis veces mayor que la dependencia económica de Inglaterra respecto a Francia, si, en efecto, no solo se consideran las cifras de las tablas de exportación e importación inglesas, sino que también se las compara con las tablas de exportación e importación francesas. Resulta entonces que Inglaterra se ha convertido ahora en el principal mercado de exportación para Francia, mientras que Francia ha seguido siendo un mercado de exportación completamente secundario para Inglaterra. De ahí, pese a todo chovinismo y a todas las bravatas de Waterloo, el temeroso recelo ante un conflicto con la «pérfida Albión».

Por último, de las últimas tablas de exportación e importación inglesas se desprende un hecho importante. Mientras que la exportación inglesa a los Estados Unidos descendió en más del 25 por ciento en los primeros nueve meses de este año, en comparación con el mismo período de 1860, el puerto de Nueva York, por sí solo, aumentó sus exportaciones a Inglaterra en 6 millones de libras esterlinas durante los primeros ocho meses de este año. La exportación de oro americano a Inglaterra casi había cesado durante ese período, mientras que ahora, a la inversa, desde hace semanas fluye oro de Inglaterra a Nueva York. En efecto, son Inglaterra y Francia quienes, con sus pérdidas de cosechas, cubren el déficit norteamericano, mientras que la tarifa Morrill y la economía inseparable de una guerra civil han diezmado simultáneamente el consumo de manufacturas inglesas y francesas en Norteamérica. ¡Y compárense ahora estos hechos estadísticos con las jeremiadas del «Times» sobre la ruina financiera de Norteamérica!