Friedrich Engels

Mariscal Bugeaud sobre el factor moral en el combate

Escrito a principios de febrero de 1861.

Del inglés.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire" nº 23 del 9 de febrero de 1861]

Las líneas siguientes son una traducción de las instrucciones que el entonces coronel Bugeaud, del 56.º regimiento francés, redactó para sus oficiales. Es indudablemente lo mejor que el mariscal haya escrito jamás. En ellas están expuestos, con un énfasis viril sin parangón en la literatura militar de todos los países y con una claridad que sólo una larga experiencia de guerra puede brindar, aquellos principios del combate de infantería que aún hoy son seguidos sin cambios por los franceses y que les han conferido hasta ahora la victoria sobre ejércitos que, por las costumbres de una larga paz, aparentemente confiaban más en la táctica científica que en despertar todas las fuerzas morales de los soldados. Estos principios no son ni nuevos ni, en modo alguno, exclusivamente franceses; pero aquí están bien reunidos y expresados en un bello y enérgico lenguaje. No sustituyen en absoluto la ciencia de la táctica, sino que constituyen un complemento muy necesario de la misma; y la mayoría de ellos son, además, tan evidentes y requieren tan poco conocimiento militar para su comprensión, que serán perfectamente asimilables para la mayoría de los voluntarios.

Caballeros, el arte de emplear un cuerpo de tropas en el combate ejerce una poderosa influencia sobre su desenlace; gracias a él, las buenas disposiciones son coronadas por el éxito, y a las defectuosas se les quitan sus peores consecuencias. Entre tropas con cualidades morales altamente desarrolladas, dirigidas con energía e imbuidas de los principios reales del combate, y aquellas que están organizadas y adiestradas como la mayoría de las tropas europeas, existe la misma diferencia que entre adultos y niños. Es ésta una verdad de la que

me han convencido veinte encuentros. Confío en que vosotros la reconoceréis igualmente y en que me apoyaréis con todas vuestras fuerzas para llevar al 56.º a un nivel tan alto de moral y de instrucción, que ninguna guardia imperial o real del mundo pueda resistirnos cinco minutos, en igualdad de condiciones favorables para ambas partes.

La mayoría de vosotros, señores, habéis visto combates de infantería que se reducían meramente a un tímido intercambio de fuego a muy larga distancia de tiro, entre tropas situadas paralelamente una frente a otra.

Cada bando parecía esperar la victoria del azar o del terror que sus balas pudieran infundir al adversario. Millones de cartuchos se quemaban sin otro resultado que muertos y heridos en ambos bandos, hasta que una u otra circunstancia, la mayoría de las veces independiente de las tropas combatientes, provocaba la retirada de una de las dos líneas. Hombres que han agotado de esta manera su potencia de fuego y ven sus filas diezmadas, están poco inclinados a nuevos esfuerzos y son fácilmente puestos en fuga por tropas frescas que actúan según principios mejores.

Ésa no es la forma de combatir de una infantería sólidamente instruida. Intentaremos ahora establecer aquellos principios que deben darnos una enorme superioridad sobre toda infantería de Europa.

Estos principios, señores, no son meras especulaciones de un ratón de biblioteca; son el resultado de mis experiencias desde el comienzo de la guerra española en 1808 contra Inglaterra, y me han asegurado siempre el éxito contra los españoles, los ingleses
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y los austriacos. Espero que os apropiéis de estos principios, pues están en consonancia con lo que vosotros mismos habréis observado en los encuentros en los que habéis participado. Haréis todo lo posible por imbuir de ellos a vuestros subordinados, y si estos principios penetran el espíritu de todo el regimiento, desde el tambor hasta el coronel, el 56.º puede considerarse invencible; podrá ser batido por la acción conjunta de diversas armas que avancen simultáneamente contra el regimiento, pero jamás por infantería sola, aun cuando esa infantería fuera numéricamente muy superior.

El combate tiene su aspecto moral y su aspecto físico. El primero me parece el más importante, pero empecemos por tratar el segundo.

Disparar desde larga distancia es característico de la mala infantería; la buena infantería escatima su fuego. Siendo este fuego su fuerza más poderosa, una infantería no debe derrocharla, sino estar instruida para apuntar con la máxima precisión. Cuando aún no ha llegado el momento de disparar, mantened vuestras tropas fuera del alcance del tiro o a cubierto. Cuando ese momento haya llegado, avanzad para chocar contra el enemigo con una energía y una sangre fría que os

permitan cumplirlo todo. Si vuestro adversario, contra toda probabilidad, se mantuviera firme y os permitiera acercaros mucho a él sin disparar él mismo, dad la primera salva y cuidad bien de que vuestros hombres carguen siempre dos balas por disparo. Más de una vez he debido el éxito al empleo de estas dos balas. En el calor del combate podría olvidar ordenarlo, mas vosotros lo recordaréis; concedo gran valor a ello. Con esta resolución a sangre fría y con el fuego de dos balas por disparo, rara vez tendréis que efectuar una segunda salva, ni al atacar una posición ni al rechazar a un cuerpo de tropas que os ataque.

Quien entienda algo de la guerra sabrá que no puede ser de otro modo. ¿Cómo podría resistir el enemigo si os acercáis estrechamente a él con las armas cargadas y él ya ha agotado su potencia de fuego? Su valor moral quedará paralizado por el miedo a una salva a quemarropa, que será terrible, y retrocederá. Disparad entonces vuestra salva, penetrad en las filas enemigas y
haced prisioneros
, lo cual es mejor que matar;
mientras matáis a un hombre con la bayoneta, podéis haber hecho seis prisioneros
. Estos combates cuestan poco al vencedor; perdéis unos pocos hombres al avanzar, pero en cuanto estáis en el cuerpo a cuerpo y habéis sumido al enemigo en confusión, no perdéis ni un solo hombre. Esta táctica, señores, os asegurará la victoria; y si todo el ejército está imbuido de ella, vencerá, independientemente de lo malas que sean las disposiciones generales. Esas disposiciones no son asunto nuestro; pero si se nos indica el lugar donde debemos combatir, debemos combatir de manera que todo lo que esté ante nosotros sea batido por nosotros. Ésa era la táctica de Duguay-Trouin, y esta forma de combate fundó su brillante fama más que todas sus demás capacidades. Se acercaba de inmediato al navío enemigo, con todos sus cañones cargados y sus hombres tumbados sobre la cubierta; en cuanto entraba en contacto con su adversario, sus hombres se levantaban de un salto y barrían la cubierta enemiga con un fuego superior; eso convertía el abordaje en un asunto sencillo.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire" nº 24 del 16 de febrero de 1861]

Además de lo arriba mencionado, debemos emplear otros medios, pues debemos tener de nuestro lado todas las ventajas posibles. Un buen empleo de los tiradores será una poderosa ayuda; sus acciones deben preceder siempre a las de las masas, ya sea en el ataque o en la defensa. Cuando ataquéis, los tiradores detectarán ventajas del terreno que el ojo no pudo percibir desde lejos; enviarán sobre las filas enemigas una lluvia de balas que las confundirá y les impedirá apuntar con precisión a la línea que avanza sin disparar. Deberán ser dirigidos, en la medida de lo posible, hacia los puntos donde el combate decisivo
no
tendrá lugar. Si los

tiradores, no obstante, fueran empleados para operar delante de la línea de ataque, al final, para no entorpecer la acción de la línea, se desplazarán hacia los flancos e intentarán dirigirse contra los flancos del enemigo, para desmoralizarlo y hacer prisioneros; o bien se retirarán a través de los intervalos entre los batallones, o se echarán al suelo cuerpo a tierra para dejar pasar a la línea sobre ellos.

El fuego de los tiradores no debe derrocharse más que el de la línea. No es una cuestión de mero intercambio de balas; estas balas deben contribuir al éxito. A tal fin, a los tiradores se les mostrarán, poco antes del ataque de la línea, las posiciones que habrán de ocupar, antes de que empiecen a disparar; en cuanto hayan abierto el fuego, la línea avanzará al ataque. Comprenderéis que si los tiradores permanecieran solos durante un tiempo prolongado en proximidad inmediata de las fuerzas enemigas, serían rechazados y el propósito pretendido no podría alcanzarse. Habría que reforzarlos para rechazar a los tiradores del enemigo que hubieran hecho retroceder a los nuestros, y eso acarrearía serias dificultades. Por consiguiente, es de la mayor importancia no emplear a los tiradores sino à propos <en la ocasión adecuada>, y el momento idóneo será casi siempre el del ataque. En el caso de que el enemigo nos hostigue antes de ese momento mediante sus tiradores, los haremos retroceder por medio de ataques súbitos y breves, pero violentos. Podéis tener la seguridad de hacerlos retroceder si, en lugar de oponerles una línea de tiradores paralela, como suele hacerse, los envolvemos por los flancos; o si rompéis la línea adversaria que se abalanza cerrada contra vosotros. Tal es la consecuencia de un efecto moral, que intento explicarme del siguiente modo:

Los tiradores no pueden poseer aquella fuerza moral, aquel sentimiento de cohesión que surge del contacto hombro con hombro y de la unidad del mando. Cada tirador se manda hasta cierto punto a sí mismo y sólo confía en sus propias fuerzas. Ve correr hacia él una numerosa multitud de soldados; es demasiado débil para mantenerse firme y retrocede. Su vecino de derecha e izquierda hacen lo mismo, y a ellos les siguen a su vez sus vecinos, que en imitación inconsciente o por miedo a ser copados, corren hacia atrás; se reagrupan más atrás para reabrir el fuego.

Nuestra compañía atacante no responderá a este fuego; o bien se retira de nuevo o busca cobertura tras alguna ondulación del terreno.
Nada hay tan insensato, tan perjudicial como estos combates incesantes de tiradores, que no conducen a nada; gastáis vuestros hombres y vuestra munición sin hacer avanzar las cosas, y en el momento decisivo os faltan a menudo los medios que de este modo habéis derrochado.
Lo subrayo porque el derroche de munición es el mayor error de nuestra infantería, como de cualquier otra. A menudo se oye, tras media hora de fuego y antes de que se haya decidido nada, gritar por todas partes que se agotan los cartuchos;

Hombres abandonan las filas para ir a buscarlos, y esa es a menudo la causa de una derrota. Sesenta disparos por hombre deberían bastar para la batalla más grande. En 1815, el 14.º regimiento de línea, mandado entonces por el coronel Bugeaud, permaneció ocho horas bajo el fuego en los Alpes y conservó un tercio de sus cartuchos. El enemigo disparó durante las ocho horas enteras, pero el 14.º respondió tan solo con salvas aisladas, y eso únicamente cuando los austriacos atacantes se hallaban justo delante de su posición.
A la salva seguía siempre e inmediatamente un ataque a la bayoneta, que decidía este ataque sin más tiroteos ni fuego disperso. Ambas partes regresaban a sus posiciones de partida, las cuales se encontraban muy cerca unas de otras. Los austriacos reanudaban el fuego, mas el 14.º se contenía hasta que volvía a ser atacado.

Este ejemplo persigue asimismo la finalidad de llevaros a apreciar los principios correctos de un combate en la defensa de una posición, a saber, atacar siempre uno mismo en el último momento, en el momento decisivo. Pero, tanto en la defensa como en el ataque, existe otro medio sumamente eficaz para procurar la victoria, y es, siempre que sea posible, evitar un combate paralelo, el cual en cierta medida iguala las ventajas y tan solo puede decidirse a nuestro favor mediante una superioridad moral y mediante nuestro fuego más intenso —de dos balas por disparo—. Procuraremos, por tanto, envolver los flancos del enemigo en el momento decisivo. En la defensa en terreno quebrado ello es fácilmente posible. Tan pronto como el ataque del enemigo está bien desarrollado, enviamos una parte de nuestras reservas en columna hacia los flancos de la posición, y en el momento decisivo esas tropas aparecen, avanzan y se despliegan para coger al enemigo por el flanco; enviamos tiradores a su espalda, y en cuanto cada batallón o cada ala se ha desplegado en línea, atacan de inmediato para no dejar tiempo al enemigo de parar el ataque. Atacado al mismo tiempo de frente y por el flanco, tendría que ser vencido rápidamente.

Los mismos medios pueden emplearse cuando atacamos nosotros. Dos pequeñas columnas avanzarían por detrás de los dos flancos de la línea desplegada y, una vez suficientemente cerca del enemigo, se formarían igualmente en línea, para prolongarla y formar una especie de media luna que desborde y envuelva la línea enemiga; o bien, si no contáis con tropas suficientes para este propósito, los batallones de los flancos de la línea atacante podrían, durante el avance, convertirse en columnas abiertas, alcanzar los flancos del enemigo, formar de nuevo en línea y atacar, mientras los claros se rellenan con tiradores. Este movimiento me parece muy adecuado para el objetivo perseguido y fácilmente realizable, siempre que el comandante del batallón sepa juzgar bien la distancia, a fin de iniciarlo ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Si, naturalmente, la oscuridad o el terreno quebrado os permiten alcanzar los flancos del enemigo sin ser vistos, hay que aprovecharlo preferentemente.

Sed especialmente parcos con vuestra munición al retiraros. Mientras os defendéis mediante el fuego, vais perdiendo terreno y no os acercáis en nada a vuestro lugar de destino. Incluso se dan casos en que debéis echar a correr para salir del alcance del adversario. A menudo es este el único medio de escapar a la aniquilación. ¡Cuántos cuerpos de tropa han sido aniquilados por emprender una retirada lenta y mesurada, falsamente calificada de metódica! El único método razonable consiste en hacer todo lo necesario para alcanzar vuestro objetivo: en una retirada, ese objetivo consiste en salir rápidamente del alcance del adversario, toda vez que la situación ya no os permite combatir; pero vuestro objetivo jamás debe consistir en enzarzaros, por un malentendido sentimiento del honor, en un combate que no puede ser sino funesto y del cual a menudo no encontraréis manera alguna de desligaros. En este caso, la huida es el único método que promete éxito. Para ello existe un ejemplo sacado de la vida de uno de nuestros más grandes capitanes modernos.

Durante la retirada del mariscal Masséna de Portugal, se encargó al mariscal Ney que contuviera a los ingleses con la retaguardia, para dar tiempo al tren a pasar un desfiladero. Cumplió esta tarea con la energía acostumbrada; mas, al recibir el ejército inglés refuerzo tras refuerzo, la posición ya no era sostenible. Para abandonarla, habría tenido que bajar a un estrecho valle y volver a subir la ladera opuesta de la montaña. Durante ello, sus tropas habrían quedado expuestas al fuego del enemigo, el cual, naturalmente, habría ocupado al punto la posición abandonada. El mariscal consideró que una retirada lenta le acarrearía pérdidas demasiado grandes; ordenó, pues, a los grupos de banderas de los batallones, a los ordenanzas de estado mayor, etc., que marcasen en la colina, detrás de la posición, una nueva línea que había de ser determinada por los oficiales de estado mayor. Apenas se hubo hecho esto, envió a sus soldados a paso ligero a través del valle, para ocupar dicha línea, que así quedó creada de nuevo como por encantamiento. Sin esta admirable medida de precaución, habríamos perdido a muchos hombres, y probablemente el asunto habría terminado por ponernos en fuga. Está claro, eso sí, que esta maniobra no es aplicable cuando os amenaza la caballería; en ese caso, debéis procurar avanzar tan deprisa como podáis, manteniendo constantemente un orden respetable.

He oído a menudo a supuestos tácticos decir que una retirada debe efectuarse lentamente; mas este principio me ha parecido siempre falso. Indudablemente, hay casos en que una parte del ejército debe retener al enemigo para dar tiempo a los demás a ponerse a salvo; pero entonces no se debe marchar lentamente, sino que se debe combatir y, muy a menudo, avanzar y atacar para restablecer la fuerza moral de los hombres y menguar la del enemigo. Mas, cuando esta parte del ejército ha cumplido su cometido, cuando el objetivo está alcanzado, cuando el refuerzo constante de las fuerzas enemigas le hace imposible seguir combatiendo, entonces debe retirarse cuanto antes, tan deprisa como las circunstancias lo permitan.

Tenemos, por tanto, que aprender también a retirarnos metódicamente en orden abierto y a formar de nuevo rápidamente nuestras filas; a formarnos a paso ligero, en orden invertido o compacto, en línea sobre un flanco del adversario, y a apuntar siempre con la mayor precisión.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire" Nr. 26 vom 2. März 1861]

La fuerza moral me parece siempre superior a la fuerza física. Educáis esa fuerza moral entusiasmando al soldado, inculcándole el amor a la gloria, el sentimiento del honor de su regimiento y, sobre todo, desarrollando el patriotismo que dormita como germen en el pecho de cada soldado. Con soldados así educados podéis realizar muy fácilmente grandes cosas, siempre que hayáis sabido ganaros su confianza. Para conseguirla, debéis cumplir frente a ellos todos vuestros deberes, hacerlos amigos vuestros, hablarles a menudo sobre la guerra y la conducción de la guerra y demostrarles que sois capaces de guiarlos bien. En el fuego, debéis darles un brillante ejemplo de valor y de sangre fría.

Debéis prestar toda vuestra atención a cualquier circunstancia que contribuya a elevar el coraje moral de vuestros hombres y a debilitar el del adversario. Precisamente por ello el 56.º no se permitirá jamás ser atacado; en el momento decisivo tomará siempre la iniciativa del combate y pasará al ataque.
En la defensiva, se situará detrás de la línea en la que se proponga empeñar el combate, para avanzar hacia ella en el momento decisivo. En un caso semejante se ve la fuerza de las influencias morales. Cualquier ventaja física favorece a una tropa situada en una posición fuerte por la naturaleza y por la mano del hombre. Y, sin embargo, esa tropa apostada será casi siempre desalojada si se limita a combatir sobre el terreno. Tanto desde el punto de vista moral como del físico, puede afirmarse que
una buena defensa debe ser conducida siempre de manera ofensiva.
Los movimientos de ataque sobre los flancos y la espalda del adversario surten efecto casi siempre; aun ejecutados por un mero puñado de hombres, quebrantan extraordinariamente la
moral
del enemigo. Para estos movimientos no hay maniobra más adecuada que la formación de columnas cerradas detrás de los flancos de la línea de ataque; esas columnas forman luego en línea y envuelven al enemigo en cuanto llegan a su inmediata proximidad. Y como estas maniobras son tan eficaces, debéis prevenir contra ellas a vuestros propios hombres, haciéndoles comprender que ellos mismos podrían ser atacados de ese modo, mostrándoles cómo protegerse de ello. Tenéis que decirles también que detrás pueden resonar gritos de terror como: «¡Estamos cercados!», «¡Estamos cortados!», etc. Les comunicaréis que los oficiales encargados de cerrar las filas y, junto a ellos, destacamentos de hombres escogidos, tienen órdenes terminantes de pasar por la bayoneta o fusilar a todos los individuos enviados por el enemigo o a todos los malos soldados propios que profieran tales gritos; que aquellos destacamentos enemigos que osen amenazarnos por los flancos y por la espalda serán pronto aniquilados por nuestras reservas, y que vuestros propios hombres, en ese momento, no han de pensar en nada más que en cómo batir al enemigo que se halla justo delante de ellos.

Para elevar la moral de los soldados, os aseguraréis, además, de que vuestras filas no sean diezmadas por individuos que simulan ocuparse de los heridos. Cuando el combate haya terminado, si estamos cerca, les prodigaremos todos los cuidados; mas nuestra primera tarea y nuestro primer deber es vencer. Los heridos de un ejército vencedor jamás serán abandonados; los de un ejército derrotado tienen que soportar mil sufrimientos. Ocuparnos de los heridos durante la batalla es, por tanto, falsa compasión y, por lo general, un mero pretexto para la cobardía. Los oficiales deben también aquí dar ejemplo de fidelidad a la causa y, en caso de ser heridos, rechazar todo auxilio que les ofrezcan soldados que deberían estar combatiendo.

En la batalla de Austerlitz pudo verse que un gran número de nuestros soldados heridos devolvían a sus batallones a los camaradas que querían llevarlos a los puestos de cura.

Uno de los mejores medios para mantener el coraje moral de los soldados es el comportamiento ejemplar de los oficiales en todas las fases de un encuentro. Si el regimiento es detenido por el fuego de artillería, debéis pasearos con la cabeza erguida delante de vuestros hombres y mantener su entusiasmo mediante una conversación alegre o palabras enérgicas. Cuando se trate de lanzarse sobre el enemigo, debéis preparar a vuestros soldados para ello, repetirles los principios arriba consignados acerca del empleo de su fuego y recomendarles que, en el cuerpo a cuerpo, se mantengan unidos en lo posible y que, a la primera señal, se reagrupen al instante.

Hay un buen medio para impedir que vuestros hombres abran fuego demasiado pronto; consiste simplemente en que los oficiales montados se coloquen delante de la línea. «Soldados —podría decir el coronel—, ¡no vais a disparar contra vuestros oficiales! No me retiraré hacia atrás hasta que sea el momento de abrir fuego.» Unas tropas conducidas de este modo serán siempre valientes y rara vez derrotadas, ya que apenas encontrarán un adversario que posea su firmeza moral y sus principios de combate.

Si aparece caballería, debe recordarse a los soldados la solidez de nuestro cuadro, que los hace invulnerables. Por lo que a mí respecta, os declaro que deseo de corazón que en el primer encuentro en que participemos nos ataque la caballería; tan seguro estoy de que ello daría al 56.º la oportunidad de adquirir gloria.

El valor moral de los soldados nunca se pone a prueba más duramente que en una retirada. Se ha dicho con frecuencia que los franceses son poco aptos para este tipo de combate, lo que equivaldría a decir que los franceses son malos soldados. Eso es absurdo. Innumerables hechos han demostrado durante los últimos cuarenta años que los franceses, bien dirigidos, pueden realizar retiradas excelentes. A menudo se ha culpado al carácter nacional, cuando la culpa debía haberse atribuido a los generales, que tomaban malas disposiciones o eran incapaces de despertar la fuerza moral de las tropas.

Dice un viejo proverbio: «Si te haces oveja, te trasquilarán.» En la retirada debéis convertiros en leones; y cuando hayáis propinado tres o cuatro golpes duros a un enemigo que os persigue con demasiado encarnizamiento, se os respetará. Con un poco de experiencia en el arte de la guerra es fácil obtener algunos de esos éxitos de retaguardia que tanto contribuyen a elevar el valor moral de un ejército en retirada y a intimidar al máximo a los perseguidores. En la retirada, sois siempre vosotros quienes elegís el terreno en que se ha de combatir; allí reunís y agrupáis vuestras fuerzas para poder envolver fácilmente la cabeza de la columna enemiga, que durante la persecución se habrá alargado mucho. La tarea que cada cual debe ejecutar tiene que estar bien meditada de antemano, y el ataque debe realizarse con rapidez y brío. No se debe mostrar ni indecisión ni vacilación. Hay que aniquilar la cabeza de la columna enemiga, y luego retirarse rápidamente para no verse envuelto con los refuerzos que llegan de continuo.

Señores míos, he dicho lo suficiente para que podáis apreciar correctamente la fuerza de la entereza moral. Esta entereza moral nace de la confianza que un oficial sabe infundir en sus subordinados; se la gana mediante una conducta discreta, inteligente y valerosa. Debéis preocuparos por dar a vuestros soldados, en tiempo de paz, una buena opinión de lo que seréis capaces en tiempo de guerra. Lo lograréis si no os confiáis a las inspecciones ni a las revistas, ni a un mero ejercicio extenuante —cosas todas ellas sin duda muy útiles, pero sin influjo alguno sobre la moral de los soldados. Debéis discutir con vuestros hombres sobre nuestras guerras pasadas, relatarles las acciones destacadas de nuestro valiente ejército, despertar en ellos el deseo de emularlas y, en una palabra, hacer todo para despertar en ellos el sentido del honor.

Notas de Friedrich Engels

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El mariscal Bugeaud mandó un batallón como comandante o teniente coronel en el ejército del mariscal Suchet en Cataluña. Es bien sabido que esta parte de las tropas francesas fue la que más éxito tuvo en España y mantuvo su posición más tiempo que ninguna otra.