Friedrich Engels

El ejercicio de la compañía

Escrito a mediados de abril de 1861.

Del inglés.

["The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire" Nr. 33 vom 20. April 1861]

En nuestro penúltimo número llamamos especialmente la atención de los voluntarios sobre las observaciones del coronel McMurdo acerca del ejercicio de la compañía. Volvemos ahora a este asunto, pues consideramos que es hora de que todos y cada uno de los tiradores del país reconozcan plenamente su importancia.

Hace poco tuvimos ocasión de presenciar el ejercicio de batallón de un cuerpo de voluntarios que, en conjunto, supera decididamente la media de las tropas de este distrito en proporción a sus efectivos reales, en la buena participación en la instrucción, en el sentido del deber de los oficiales y, en consecuencia, en la capacidad general de rendimiento. Para nuestra gran sorpresa, encontramos escasos progresos en comparación con las prestaciones de ese mismo cuerpo que habíamos visto hacía unos seis meses. Los ejercicios de batallón eran algo mejores que al final de la temporada anterior, pero los ejercicios de manejo del fusil y la formación de pelotones se ejecutaban de manera bastante descuidada. Incluso al echar el fusil al hombro daba la impresión de que cada soldado actuaba sin saber que debía ejercitarse en consonancia con unos 400 hombres a su derecha, a su izquierda y detrás de él. Al preparar y presentar armas, cada fusil parecía empeñado en alcanzar la posición correcta con independencia de sus vecinos; y un tácito menosprecio del «un-dos» o del «un-dos-tres» con que se marca la ejecución de cada voz de mando parecía estar a la orden del día.

En un rincón del patio del cuartel donde se ejercitaban los voluntarios, vimos formar para la instrucción a un grupo de un regimiento de línea, a las órdenes de un sargento. Suponemos que se trataba del grupo de un batallón destacado a un ejercicio adicional por haberse mostrado torpe en la instrucción. ¡Qué diferencia! Los hombres estaban de pie como estatuas; ningún miembro se movía antes de que llegara la orden, y entonces sólo se movían los miembros que debían ejecutar la voz de mando. El resto del cuerpo permanecía completamente inmóvil. En cuanto la orden alcanzaba sus oídos, todos los brazos se movían al mismo tiempo; cada uno de los movimientos en que se dividía la ejecución del mando era muy preciso y era ejecutado por todos los hombres en el mismo instante. Todo el grupo se movía, en realidad, como un solo hombre. Aquellos señores que tanto gustan de jactarse de que los voluntarios entienden su oficio tan bien como las tropas de línea harían bien en estudiar un poco a las tropas de línea; pronto descubrirían que entre los mejores voluntarios y el regimiento de línea peor instruido media aún una enorme diferencia.

Pero, se dirá, ¿de qué sirve a los voluntarios semejante perfección en la instrucción? Ni deben alcanzarla, ni cabe esperarla de ellos, ni la necesitarán. Sin duda alguna esto es completamente cierto. El mero intento de hacer competir a los voluntarios con la instrucción exacta de la línea significaría la ruina del movimiento. Pero los voluntarios tienen que ser instruidos; instruidos hasta el punto de que las operaciones habituales y simultáneas se vuelvan en ellos completamente mecánicas y enteramente naturales, y de que sus pasos y movimientos puedan ser ejecutados por todos al mismo tiempo y de manera constante con un cierto grado de porte militar. En todos estos puntos, las tropas de línea seguirán siendo el modelo al que los voluntarios deben mirar, y el ejercicio de la compañía será el único medio por el cual puede alcanzarse la capacidad de rendimiento requerida.

Tomemos los ejercicios de manejo y los pelotones. No es sólo cuestión de buena apariencia que, a una voz de mando dada, todos los fusiles del batallón se muevan al mismo tiempo y conforme a lo prescrito. Hemos de suponer que todos los cuerpos de voluntarios han avanzado ya lo suficiente como para que los hombres puedan ejecutar estos ejercicios sin lesionarse mutuamente ni entrechocar los fusiles. Más allá de esto, una ejecución descuidada de los distintos movimientos ejerce indudablemente un gran efecto moral sobre el batallón que se instruye. ¿Por qué habría de escuchar cada soldado la voz de mando con especial atención si sabe que a derecha e izquierda se cometen errores y que los fusiles se mueven arriba y abajo de forma insegura mucho después de que él haya ejecutado la orden? ¿Qué confianza puede tener en sus camaradas del flanco derecho un soldado del flanco izquierdo frente al enemigo si no sabe que cargarán, se prepararán y apuntarán con él a la orden dada y que estarán otra vez listos para cargar nuevamente tan rápidamente como él? Por lo demás, todo soldado experimentado dirá que la realización de esta acción simultánea —la certeza de que a la orden del oficial responden esos dos o tres ruidos precisos y acompasados que muestran que cada soldado actúa en el mismo instante que sus camaradas— ejerce una grandísima influencia moral sobre el batallón. Infunde a los hombres la conciencia de que son realmente un solo cuerpo, de que se hallan enteramente en la mano del jefe y de que éste puede emplear su fuerza con la mayor eficacia a la menor señal.

Tomemos de nuevo los movimientos de grandes o pequeños conjuntos de tropas. Si cada hombre no está tan consolidado en la instrucción que todo movimiento que de él se exija sea ejecutado casi mecánicamente a la orden dada, un batallón jamás se moverá de manera uniforme. Un soldado que tiene que rebuscar primero en su memoria o en su entendimiento para averiguar qué acción le exige la voz de mando acarreará al batallón más perjuicio que provecho. Lo mismo cabe decir de un hombre que, ya por costumbre o por cualquier otra razón, se inclina a suponer que determinados pasos han de seguir forzosamente a otros. A menudo recibirá una orden completamente distinta de la que espera, y entonces lo más probable es que cometa un desatino. Estas deficiencias sólo pueden eliminarse mediante un ejercicio constante de la compañía. Entonces el oficial que manda puede conducir a la pequeña unidad bajo su mando, en un cuarto de hora, por tantos movimientos y formaciones diferentes y variar la sucesión de unos a otros en tal medida que los hombres, sin sospechar jamás lo que vendrá a continuación, aprendan muy pronto a estar atentos y a seguir la voz de mando de forma enteramente mecánica. En un batallón, todos los movimientos son necesariamente mucho más lentos y, en cierta medida, instructivos para los oficiales; para los soldados, sin embargo, lo son menos. Es un hecho reconocido que los soldados perfectos en el ejercicio de la compañía, bajo buenos oficiales, aprenderán completamente en muy poco tiempo los movimientos del batallón. Cuanto más se mueva a los soldados en la compañía por un instructor capaz y prudente, tanto más seguros estarán luego en el batallón. No hace falta destacar de manera especial cuán importante es una perfecta uniformidad en un batallón; una salva puede dispararse de manera bastante desigual y, no obstante, surtir efecto. Pero un batallón que cae en desorden al formar un cuadro, al desplegarse, al girar en columna, etc., estará perdido sin remedio en cualquier momento si se enfrenta a un adversario activo e inteligente.

Luego está el importante punto de la distancia. Es un hecho innegable que ningún oficial ni soldado voluntario tiene ojo para las distancias. Al marchar en columnas abiertas o en columnas con un cuarto de intervalo, al desplegarse, cada ejercicio de instrucción del batallón muestra lo difícil que resulta a los oficiales mantener la distancia correcta. Al reconstituir la columna a partir del cuadro, los hombres de las secciones centrales pierden casi siempre la distancia. Avanzan demasiado o demasiado poco, y en consecuencia se gira de manera muy irregular. Los oficiales sólo pueden aprender a guardar las distancias en el batallón, aunque los ejercicios de compañía por subdivisiones y secciones ayudan a mejorarlo, pero los soldados, para aprender a formar la columna a partir del cuadro (movimiento de la máxima importancia frente al enemigo), deben ejercitarse en las compañías.

Hay que atender aún a otro punto, y es el porte militar de los soldados. No nos referimos únicamente a la actitud erguida, orgullosa y a la vez natural de cada hombre bajo las armas, sino también a la acción conjunta y rápida en los movimientos de compañía y de batallón, que es tan necesaria para un conjunto de tropas como lo es para un batallón el manejo de los fusiles estando en firme. Los voluntarios parecen darse por satisfechos cuando de algún modo consiguen llegar más o menos al lugar correcto dentro del tiempo prescrito, aunque con algunos segundos de retraso. Sin duda esto es lo principal, y en el primer año de existencia de un cuerpo de voluntarios cualquiera se daría por plenamente satisfecho con ello. Pero para la ejecución de cada movimiento existe una forma fija y establecida, prescrita en el reglamento, y esa forma debe ser aquella por la cual el fin perseguido pueda alcanzarse en el menor tiempo, con la mayor utilidad para todos los interesados y, por tanto, con el máximo orden. La consecuencia es que toda desviación de la forma prescrita lleva necesariamente aparejado un ligero grado de desorden y de falta de uniformidad, lo cual no sólo produce en el observador la impresión de negligencia, sino que trae consigo cierta pérdida de tiempo y hace que los soldados acaben por considerar que la ejecución de las prescripciones no es más que un puro disparate. Basta con que alguien observe cómo una tropa de voluntarios avanza desde el centro en filas dobles hacia la línea, cómo forma una compañía o ejecuta cualquier otro cambio de formación, y verá a qué hábitos de descuido llegamos. Pero semejantes defectos, que pueden admitirse en un viejo regimiento de línea que posee la buena base de una instrucción sólida y que tiene que volver a pasar luego por el mismo ejercicio para desprenderse de su actitud negligente, son mucho más peligrosos en una tropa de voluntarios en la que esa base sólida de la instrucción de detalle brilla por su ausencia. Su comportamiento negligente, que al principio hay que tolerar pues los soldados han de recorrer deprisa todos los ejercicios elementales, irá creciendo y multiplicándose si no se le contrarresta de modo regular y perseverante mediante un estricto ejercicio de la compañía. Será imposible extirpar por completo semejantes hábitos, pero en todo caso puede y debe ponérseles coto para que no ganen terreno. La actitud individual de los soldados, así lo creemos, irá mejorando poco a poco, aunque dudamos muy mucho de que llegue a desaparecer jamás esa peculiar ondulación de la línea al marcar el paso, que se observa en todos los ejercicios de los voluntarios. Nos referimos a una determinada costumbre de mover el tronco al marcar el paso, que parece ser habitual, hasta donde hemos visto, en todos los voluntarios. El pie derecho se levanta primero, en tanto que el hombro derecho sube y el izquierdo baja. Con el pie izquierdo sube el hombro izquierdo, y de este modo toda la línea oscila de un lado a otro, como un campo de mies madura bajo un suave céfiro, pero sin parecerse en nada a un conjunto de soldados firmes preparados para enfrentarse al enemigo.

Creemos haber dicho lo suficiente para llamar la atención sobre esta cuestión. Todo voluntario que lleve el movimiento en el corazón convendrá con nosotros en que es menester un ejercicio de compañía regular y esmerado, pues —para repetirlo— los cuerpos de voluntarios han sido descuidados a fondo en su instrucción elemental, y se requiere mucha atención y no poca labor para subsanar de algún modo esta carencia.