Friedrich Engels

Fusiles y tiro de fusil –
El fusil Lancaster y el fusil Enfield

Escrito a fines de abril de 1861.
Del inglés.

[“The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire” núm. 35 del 4 de mayo de 1861]

El reciente certamen entre el teniente Wallinger y los sargentos de los Reales Ingenieros, del que se informó en nuestros números del 6 y del 13 de abril, ha vuelto a atraer la atención del público sobre las ventajas del fusil Lancaster, en particular como arma de reglamento. En la competición de Chatham, los sargentos dispararon con la carabina Lancaster reglamentaria de ánima ovalada calibre 577, de los Reales Ingenieros, que cuesta unas 4 libras esterlinas. Es evidentemente improcedente comparar un arma semejante con el muy perfeccionado fusil Whitworth, que cuesta unas 25 libras esterlinas. Más adecuado sería establecer una comparación entre el fusil Lancaster y el fusil Enfield ordinario, ya que la diferencia de coste entre estas dos armas no es muy sustancial y el precio del fusil Lancaster probablemente podría equipararse al del Enfield si se fabricara en cantidades igualmente grandes en las fábricas del Estado. Queda la cuestión de si es un fusil mejor. Un corresponsal de la “London Review” responde afirmativamente, fundándose en principios generales y juzgándolo también a partir de la experiencia disponible. Quisiéramos llamar la atención sobre los siguientes pasajes de su artículo sobre este tema:

“La ley que determina el tiro de fusil de precisión, la práctica del tiro, es muy sencilla. Sólo es necesario establecer una ecuación entre la longitud y el diámetro del proyectil e imprimir a éste un movimiento de rotación adecuado alrededor de su eje longitudinal, para llegar a un resultado de exactitud infalible, con independencia del sistema preciso mediante el cual se produzca la rotación o movimiento giratorio. Es decir, en el interior del

cañón pueden cortarse cuantas estrías se quiera, de la forma que sea, o no haber ninguna; la precisión será la misma en todos los casos, mientras se mantenga la ecuación y el proyectil reciba un movimiento de rotación propio. Al considerar qué arma es la más adecuada para el soldado, sin embargo, ha de tenerse en cuenta como primera condición que no exceda un peso y una medida determinados y que sea fácil de cargar y de limpiar. De ahí se sigue que, para una carga fácil, la superficie de fricción durante la carga debe ser lo más reducida posible, y que al elegir la forma de las estrías deben evitarse en lo posible todas las aristas. No conocemos ninguna otra forma que satisfaga mejor esta condición que la espiral ovalada, ya que con esta forma sólo hay dos superficies de fricción al cargar y ninguna otra permite una limpieza tan fácil con los medios necesariamente escasos de que dispone el soldado durante el servicio activo. Esta opinión parece haber sido confirmada por las experiencias de la campaña de la India y por las pruebas realizadas en Malta, Gibraltar y otros puntos del extranjero. En la India, según se dice, el fusil Enfield falló por completo en algunos momentos críticos de la campaña. Los periódicos, las cartas privadas y los informes oficiales pululaban de quejas; en cambio, con la misma munición y en las mismas circunstancias, los fusiles de ánima ovalada con que estaban armados los Reales Ingenieros cumplieron siempre su servicio a satisfacción de oficiales y tropa.

Si el fusil Enfield se fabricara con un calibre menor y se empleara un proyectil más largo, su efecto, comparado con el del fusil Whitworth, sería igualmente bueno; pero el fusil de reglamento Enfield, tal como es hoy, debe considerarse como un intento de satisfacer condiciones imposibles. A los oficiales encargados de diseñar esta arma no se les permitió reducir su calibre por debajo de un límite dado. De entonces data el calibre de 0,577 pulgadas como estándar. Como consecuencia de este calibre excesivamente grande, apareció un defecto inherente al mismo: es difícil asegurar un ajuste hermético, completo e infalible entre el proyectil y el interior del cañón cuando la bala es impulsada por la ignición de la pólvora en el cañón. Examínese el resultado real que obtiene el fusil Enfield en sus condiciones imperfectas. El peso de la bala está fijado en 530 granos, la carga de pólvora en 70 granos, el calibre, como antes se ha dicho, en 0,577 pulgadas. Ahora bien, la acción de 70 granos de pólvora que actúan sobre la gran sección transversal del proyectil no puede desarrollar, ni desarrolla, presión suficiente para incrustar el proyectil, en todos los casos, en las estrías mediante una expansión suficiente. Experimentos cuidadosos muestran que ni siquiera el 10 por ciento de los proyectiles se expanden uniforme y completamente. A veces una estría queda especialmente marcada, a veces dos, y sólo una décima parte de todos los proyectiles disparados se expanden por completo; de ello resulta el tiro impreciso del fusil de reglamento de calibre 0,577 pulgadas.

Las mejores condiciones para un tiro de precisión con fusiles estriados de cualquier forma pueden describirse ahora como sigue: calibre 0,5 pulgadas, longitud del proyectil 1,12 pulgadas, 1 rotación o paso de estría cada 18 pulgadas, carga de pólvora

de 90 a 100 granos (núm. 6), igual peso del proyectil, a saber, 530 granos. La fuerza aplicada bajo estas condiciones sobre la sección transversal del proyectil es suficiente para un encaje seguro e infalible del proyectil en el ánima, y esto sucede de la siguiente manera: el diámetro reducido del ánima da como resultado un proyectil más largo, y no es necesario ningún taco de madera, como en los proyectiles de reglamento, para expandir el metal. El proyectil es, por tanto, un cuerpo homogéneo con una longitud de unos tres diámetros. Al producirse la ignición, la fuerza expansiva de la pólvora actúa primero sobre el extremo o la parte posterior del proyectil (a), y la transmisión del impulso, aunque casi instantánea, está no obstante sujeta a la vis inertiae <fuerza de inercia> de la masa metálica del proyectil, la cual se manifiesta en toda la longitud (de a a b) y de vuelta por la resistencia opuesta del aire en el interior del cañón.

Es evidente a primera vista que la resistencia se manifiesta en la parte media del proyectil, como la parte de mayor resistencia (c), y en consecuencia, el proyectil se acortaría ligeramente en ese punto por una simple expansión, digamos una décima de pulgada aproximadamente, con lo cual la parte central aumentaría su diámetro lo suficiente para ajustarse herméticamente a la forma interior del cañón, cualquiera que ésta sea.

Una vez satisfechas estas condiciones más perfectas, no se produce una expansión defectuosa ni siquiera en un caso entre 500; el proyectil adopta siempre la forma de las estrías, de donde resultan magníficos resultados de tiro.

Estas observaciones se refieren a los fusiles estriados de cualquier construcción. ¿Qué se logra con estas condiciones favorables en el fusil estriado y por qué contribuyen a un tiro más preciso? Hemos mostrado cómo el interior del cañón queda completamente ocupado por el proyectil, y ahora nos esforzaremos por demostrar los resultados que de ello se derivan. Uno de los principales objetivos al construir un fusil estriado es obtener una trayectoria tensa, es decir, que la curva descrita por el proyectil en su vuelo se aproxime lo más posible a una línea recta. Para ello es requisito indispensable una alta velocidad, a fin de reducir al mínimo la influencia de la gravedad sobre el vuelo del proyectil. La reducción del calibre produce el primer resultado, y al aplicar una mayor carga de pólvora a la reducida sección transversal del proyectil se alcanzan la máxima velocidad y los resultados más precisos.

En cuanto a los métodos para estriar los cañones, de lo ya dicho se desprende que, siempre que el proyectil reciba el paso de estría necesario al abandonar el cañón, poco importa cómo se origine la rotación: ya sea por un ánima hexagonal, como en el fusil Whitworth, una ovalada, como en el fusil Lancaster, o por tres estrías, como en el fusil Enfield. Tampoco es necesario un número determinado de estrías, pues si una

sola estría basta para hacer girar al proyectil, la condición necesaria queda cumplida. Sin embargo, a los métodos de cortar las estrías son inherentes defectos que pueden señalarse con facilidad. Si las estrías se cortan con aristas vivas, al producirse la expansión se produce una pérdida de fuerza, tanto por el material que llena los bordes como por los gases de la ignición que probablemente se escapan por allí. – Además, cada arista en el interior del cañón supone una desventaja; así, para un número cualquiera de estrías, los mismos defectos aparecen en proporción a su profundidad. De ahí que la espiral ovalada del fusil Lancaster sea, en teoría, la mejor forma actual, a la que el proyectil se adapta con facilidad y muy poca expansión.

Que el fusil Lancaster ha de poseer grandes ventajas se desprende del hecho de que, antes de la adopción del modelo Enfield, cuatro comités distintos, con independencia entre sí, dieron preferencia al fusil Lancaster, que competía con él. Fue presentado al comandante en jefe para su aprobación, quien lo remitió a Hythe para la decisión definitiva. El primer informe de los oficiales de la escuela de tiro de infantería de allí fue muy favorable; el segundo se decidió en favor del fusil Enfield. Entonces se adujo como razón de esta decisión que los proyectiles ‘se dispersaban’. Más tarde, sin embargo, parece que se filtraron los siguientes hechos: los primeros 10 000 proyectiles de la munición Pritchett con que se realizaron los primeros ensayos tenían el diámetro estándar correcto. Con estos cartuchos se hicieron brillantes disparos. En el segundo experimento no se empleó la misma munición. La primera se había fabricado en 1853, la segunda en 1854; los oficiales que realizaban los experimentos en Hythe no tenían ni idea de la diferencia de la munición, pues no se les había informado de que los proyectiles fabricados en 1854 tenían un diámetro inferior en 0,007 pulgadas al de la munición de 1853.

Este hecho no salió a la luz hasta año y medio después de la decisión final en favor del fusil Enfield, cuando el coronel (entonces capitán) Fitzroy Somerset probó el modelo de carabina de ánima ovalada de los Reales Ingenieros. Es fácil comprender que con el diámetro reducido del proyectil Pritchett, inferior al de la verdadera fabricación estándar, en muchos casos, especialmente cuando el plomo era excesivamente duro, abandonaría el cañón sin haber adquirido movimiento de rotación, es decir, no se expandiría lo bastante para llenar el ánima de un fusil Lancaster ni de ningún otro.

Creemos que pocos dudan de que el fusil Whitworth resulta demasiado costoso para el uso militar y exige un trato más cuidadoso del que puede garantizarse en campaña. Por tanto, los ensayos deberían practicarse en cada caso con el fusil Lancaster o el Enfield, o con otros modelos que se adapten al rudo manejo de la guerra. Pero esto no puede lograrse mediante competiciones de tiro, sino disparando desde un apoyo fijo, con la misma cantidad de pólvora y con proyectiles del mismo peso y fundición, de manera que todas las condiciones sean iguales y la prueba recaiga únicamente sobre las ventajas respectivas de las armas mismas.”

Las observaciones precedentes se refieren a dos cuestiones distintas: 1. ¿Cuál es la mejor proporción entre el diámetro y la longitud del proyectil en un disparo con cualquier fusil? 2. ¿Cuáles son las ventajas del fusil Lancaster, de rayado oval?

En lo que respecta a la primera cuestión, estamos muy lejos de coincidir con el autor en que las proporciones de su mejor proyectil sean preferibles a todas las demás. Los fusiles que hasta ahora han obtenido los mejores resultados —el Suizo y el Whitworth— tienen ambos un calibre menor de 0,5 pulgadas y una longitud de proyectil proporcionalmente mayor. No podemos, sin embargo, entrar aquí en una discusión sobre un tema de naturaleza tan general.

En cuanto a la segunda cuestión, no vemos ninguna prueba convincente que el autor aduzca, siquiera, de una superioridad del fusil Lancaster sobre el fusil Enfield. El que las carabinas de las tropas de ingenieros hayan fallado con menos frecuencia que los fusiles Enfield de la infantería se explica fácilmente por el hecho de que, en todo ejército, la infantería es cien veces más numerosa que los soldados de ingenieros; de que éstos no han utilizado sus carabinas ni una sola vez cuando las tropas de línea han empleado sus fusiles cien veces, porque las tropas de ingenieros tienen otras tareas que actuar como infantería.

El que un proyectil de expansión largo y pesado, ahuecado en su extremo posterior, pueda fabricarse de modo que, con carga completa, adopte casi cualquier forma de rayado, queda demostrado por el ejemplo del fusil Whitworth; en éste, la expansión requerida es excepcionalmente grande y, sin embargo, el proyectil adopta en su parte posterior la forma hexagonal. Sin duda, pues, puede fabricarse un proyectil de este género que se expanda lo suficiente para llenar rayas ovales, siempre que la diferencia entre los dos diámetros no sea demasiado grande. Pero por qué, a este respecto, la carabina de las tropas de ingenieros habría de ser mejor que el fusil Enfield, es más de lo que podemos comprender. El proyectil ideal de nuestro autor no tiene absolutamente nada que ver con esta carabina: no se adaptaría a ella. Si nuestro propio autor, aun reduciendo el calibre, considera necesaria una carga más fuerte de 90 a 100 granos de pólvora para que su proyectil tome por completo las rayas ovales, somos de la opinión de que ello equivale a una confesión tácita de que la carga actual de 70 granos no garantiza siempre una expansión completa del proyectil en las rayas ovales de la carabina de las tropas de ingenieros. Nuestro autor no dice qué debe hacerse, con la carga más fuerte, con el mayor retroceso; sabemos, sin embargo, que los 80 a 90 granos en el fusil Whitworth producen una intensidad no muy agradable del retroceso, la cual, en el fuego rápido, menoscaba muy pronto la precisión del tiro.

Los resultados excepcionalmente buenos obtenidos con la carabina de los soldados de ingenieros en el concurso de Chatham, así como algunos extraordinariamente buenos resultados de tiro de particulares con fusiles Lancaster, que se mencionan a veces en la prensa, hacen que parezca deseable someter a una nueva comprobación el rendimiento del fusil de expansión con rayado oval y su idoneidad como arma militar. Nosotros, por nuestra parte, creemos que también en este caso se hallarán defectos y que el principio del rayado en los fusiles del ejército es, en realidad, un asunto muy secundario. ¿Por qué, en lugar de debatir sobre cosas tan insignificantes en el fusil Enfield, no se va directamente a la cuestión principal y se dice que su mayor y más importante defecto es su calibre demasiado grande? Cámbiese éste y se comprobará que todas las demás mejoras son accesorias.

F. E.