Friedrich Engels

Oficiales voluntarios

Escrito a mediados de noviembre de 1861.  
Del inglés.

[“The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire” n.º 64 del 22 de noviembre de 1861]

“Teniente A. B. destituido con deshonor; subteniente C. D. borrado de las listas; capitán E. F. dado de baja del servicio en los Estados Unidos”: estas son algunas muestras de las últimas noticias militares que recibimos en masa de América.

Los Estados Unidos han tenido en campaña, en los últimos ocho meses, un ejército de voluntarios muy numeroso; no han escatimado esfuerzos ni gastos para hacer a este ejército eficaz, y además este ejército ha tenido la ventaja de permanecer apostado durante casi todo el tiempo a la vista de los puestos avanzados de un enemigo que jamás se atrevió a atacarlo en masa ni a perseguirlo tras una derrota. Estas favorables circunstancias deberían en rigor compensar en muy gran medida las dificultades bajo las cuales se organizó a los voluntarios de los Estados Unidos, el mezquino apoyo que les prestó un ejército regular muy pequeño, que constituía su núcleo, y la falta de ayudantes e instructores de ejercicios experimentados. No debemos olvidar que en América había muchos hombres capacitados y dispuestos a ayudar en la organización de los voluntarios – en parte, oficiales y soldados alemanes que habían pasado por una instrucción regular y habían combatido en las campañas de 1848-49; en parte, soldados ingleses que emigraron durante los últimos diez años.

Ahora bien, si en estas circunstancias se hace necesaria una verdadera depuración entre los oficiales, tiene que existir una debilidad que no radica en el propio sistema de voluntarios, sino en el sistema de nombramiento de oficiales voluntarios, elegidos sin excepción por los soldados de entre sus propias filas. Sólo después de una campaña de ocho meses a la vista del enemigo se atreve el gobierno de los Estados Unidos a exhortar a los oficiales voluntarios a que se cualifiquen en cierta medida para los deberes que aceptaron cumplir al aceptar el puesto de oficial; y ahora, ¡qué cantidad de retiros voluntarios o forzosos, qué montón de destituciones más o menos deshonrosas es la consecuencia! No hay duda de que si el ejército del Potomac de los Estados Unidos se hubiera encontrado frente a una fuerza combatiente consolidada y cohesionada por una proporción adecuada de soldados profesionales, habría sido derrotado hace mucho, a pesar de su tamaño y de la indudable valentía personal de sus soldados.

Estos hechos deben servir de buena lección a los voluntarios ingleses. Algunos de nuestros lectores recordarán que, desde la primera aparición del “Volunteer Journal”, sostuvimos que los oficiales constituyen el punto débil del sistema de voluntarios, e insistimos en un examen al que se convocaría a los oficiales después de cierto tiempo, a fin de demostrar que al menos están en el mejor camino para estar a la altura de los deberes que han asumido. La mayoría de los señores que habían asumido la tarea de mandar e instruir a los soldados en un terreno en el que entonces eran tan completamente ignorantes como los propios soldados – la mayoría de esos señores consideraron la idea con desdén. Era aquél el tiempo en que igualmente se menospreciaba todo apoyo y toda intervención del gobierno. Pero desde entonces, las exigencias a la bolsa de esos mismos señores han llegado a ser lo suficientemente fuertes como para inducirlos a solicitar ayuda financiera del gobierno, y, como suele ocurrir con los gobiernos, ello entraña a la vez una exigencia para que el gobierno intervenga. Además, una experiencia de dos años ha puesto de manifiesto con bastante claridad las deficiencias del actual sistema de provisión de oficiales para los cuerpos de voluntarios, y ahora un oficial con mando de Londres, y por lo visto de manera oficial, nos informa de que en breve se exigirá a los oficiales voluntarios que demuestren su idoneidad para el mando ante un tribunal de examen.

Deseamos sinceramente que éste sea el caso. Ello es un hecho: también los oficiales voluntarios ingleses exigen una depuración dentro de ciertos límites. Considérese un regimiento de línea durante el ejercicio y compáreselo con un batallón de voluntarios. Lo que a los voluntarios les cuesta una hora y media, las tropas de línea lo despachan en menos de media hora. Hemos visto parte de la formación del cuadro en algunos de los mejores regimientos de voluntarios del país, y por desgracia tenemos que decir que una caballería lamentable sería aquella que no hubiera destruido esos cuadros en cada ocasión antes de que sus flancos estuvieran listos para hacer fuego. Ello no fue culpa de los soldados. Parecían conocer su deber tan bien como cabía esperar y ejecutaban su tarea a veces incluso de manera tan mecánica como se ve en un regimiento de línea. Pero los soldados tenían que esperar a los oficiales de compañía, quienes parecían indecisos acerca de la orden que debía darse y también sobre el momento en que había que darla. Así se provocaba indecisión y a veces confusión en una formación que, ante todo, exige rapidez en el mando y en la ejecución, rapidez que sólo se adquiere mediante larga práctica. Si esto ocurre tras una práctica ya de dos años, ¿no es prueba suficiente de que existe un número de oficiales voluntarios que ocupan puestos de responsabilidad a los que no están a la altura?

Por otra parte, los jefes de batallón han sido muy elogiados recientemente por una autoridad altamente competente. Se dijo que parecen estar plenamente a la altura de su tarea, mientras que los oficiales de compañía no siempre lo están. No nos inclinamos en absoluto, como se habrá observado arriba, a dudar de esta última constatación, pero hemos de decir que la mencionada alta autoridad, si hubiera visto a los tenientes coroneles y comandantes no en una gran revista, sino en el simple ejercicio de batallón, probablemente habría expresado una opinión algo diferente. En una gran revista, ningún oficial de estado mayor que conduzca un batallón intentará, a menos que esté plenamente a la altura de su cometido, actuar por propia responsabilidad. Tiene a su ayudante como apuntador, que sabe lo que hay que hacer. Se le da el pie correspondiente y el oficial de estado mayor sale bien del paso, mientras que el pobre capitán tiene que ir tirando en su tarea sin apuntador alguno. Pero obsérvese al mismo oficial de estado mayor en el ejercicio de batallón. Ahí no le observa la mirada de ningún general atento; ahí ejerce el mando supremo; y ahí el ayudante tiene que ocupar a menudo el lugar que le prescribe el reglamento de la Reina, y ha de guardarse sus consejos hasta que se le pregunte o hasta que la confusión sea completa. Ése es el lugar donde se ve al oficial de estado mayor voluntario en su verdadera luz. Está allí para instruir a sus soldados en el ejercicio de batallón, pero como él mismo no es perfecto en esta ciencia, se aprovecha de la existencia de los soldados para instruirse él mismo. Como decían los antiguos: docendo discimus [aprendemos enseñando]. Pero cuando el maestro no está firme en la materia que ha de enseñar, surgen fácilmente errores y confusiones, y desgraciadamente eso ocurre con harta frecuencia. Ello no contribuirá a adquirir pericia en el ejercicio del batallón de voluntarios, ni a acrecentar la confianza en su comandante, cuando los soldados descubran que el ejercicio de batallón no significa para ellos otra cosa que dar a su oficial de estado mayor al mando la ocasión de aprender primero él mismo el ejercicio. En el proceso son empujados muchas veces de aquí para allá sin propósito alguno, y se espera de los soldados que, con sus conocimientos superiores, corrijan los errores del oficial superior.

No pretendemos afirmar que los oficiales voluntarios con mando no se hayan esforzado por adquirir conocimientos militares, pero decimos con plena convicción que, si a los paisanos ya no les resulta tan fácil hacerse oficiales de compañía como soldados rasos, les es mucho más difícil llegar a ser oficiales de estado mayor. Basándonos en la mera experiencia del ejercicio de batallón, debemos llegar a la conclusión de que sólo los soldados profesionales están en condiciones de mandar batallones. Y si consideramos que el ejercicio no es más que una parte de los deberes de un oficial de estado mayor, que el comandante de un batallón, que puede ser destacado para misiones independientes en las que ha de actuar bajo su propia responsabilidad, necesita el conocimiento de la táctica superior, entonces tenemos que decir que lamentaríamos profundamente ver la vida de 600 o 1.000 hombres confiada a la dirección de tales paisanos, que en la actualidad constituyen la gran mayoría de los jefes de batallón.

Si los voluntarios ingleses se vieran alguna vez frente a un enemigo, ello no ocurriría ciertamente en las favorables circunstancias que ahora permiten al gobierno americano depurar las filas de sus oficiales voluntarios de las personas más incapaces. Cuando se convoque a los voluntarios ingleses, no será para luchar contra un ejército de voluntarios similar a ellos, sino contra el ejército más disciplinado y más activo de Europa. Los primeros encuentros serán decisivos de inmediato; y si surge indecisión o confusión, ya sea por mandos equivocados de los coroneles o por la inseguridad de los capitanes, de seguro será explotada al instante. No habrá tiempo para depurar cuando se esté ya frente al enemigo; por eso esperamos que se haga mientras aún hay tiempo.

F. E.