Londres, 30 de noviembre de 1861

Desde la declaración de guerra a Rusia, no he presenciado una conmoción en todas las capas de la sociedad inglesa comparable a la provocada por la noticia del asunto del Trent, traída a Southampton por el *La Plata* el 27 del corriente. Hacia las 2 de la tarde, por medio del telégrafo eléctrico, el anuncio del «desdichado acontecimiento» fue fijado en las salas de lectura de todas las Bolsas británicas. Todos los títulos comerciales bajaron mientras el precio del salitre subía. Los consolidados bajaron un ¾ por ciento, mientras que en Lloyd's se exigían primas de riesgo de guerra de cinco guineas para los buques procedentes de Nueva York. A última hora de la tarde circularon en Londres los rumores más descabellados, según los cuales se habían enviado de inmediato los pasaportes al ministro americano, se habían cursado órdenes para la inmediata incautación de todos los buques americanos en los puertos del Reino Unido, etc. Los amigos algodoneros de la secesión en Liverpool aprovecharon la oportunidad para celebrar, sin más aviso que diez minutos, en la sala de ventas de algodón de la Bolsa, un mitin de indignación, bajo la presidencia del señor Spence, autor de un oscuro folleto en interés de la Confederación del Sur. El comodoro Williams, agente del Almirantazgo a bordo del *Trent*, que había llegado en el *La Plata*, fue convocado de inmediato a Londres.

Al día siguiente, 28 de noviembre, la prensa londinense mostró, en conjunto, un tono de moderación que contrastaba extrañamente con la tremenda agitación política y mercantil de la tarde anterior. Los periódicos de Palmerston —*Times*, *Morning Post*, *Daily Telegraph*, *Morning Advertiser* y *Sun*— habían recibido órdenes de calmar los ánimos más que de exasperarlos. El *Daily News*, con sus críticas a la conducta del *San Jacinto*, apuntaba evidentemente menos a golpear al Gobierno federal que a librarse de la sospecha de «prejuicios yanquis», mientras que *The Morning Star*, órgano de John Bright, sin emitir juicio alguno sobre la política o la sabiduría del «acto», defendía su legalidad. Solo hubo dos excepciones al tono general de la prensa londinense. Los plumíferos tories del *Morning Herald* y del *Standard* —que de hecho forman un solo periódico bajo nombres diferentes— dieron rienda suelta a su salvaje satisfacción por haber atrapado por fin a los «republicanos» en una trampa y haber encontrado un *casus belli* ya listo. Los apoyaba un solo periódico más, *The Morning Chronicle*, que durante años había intentado prolongar su azarosa existencia vendiéndose alternativamente al envenenador Palmer y a las Tullerías. La agitación en la Bolsa amainó considerablemente a consecuencia del tono pacífico de los principales periódicos londinenses. Ese mismo 28 de noviembre, el comandante Williams compareció en el Almirantazgo e informó sobre las circunstancias del suceso en el viejo Canal de las Bahamas. Tanto su informe como las declaraciones escritas de los oficiales a bordo del *Trent* fueron sometidos de inmediato a los jurisconsultos de la Corona, cuyo dictamen, a última hora de la tarde, fue comunicado oficialmente a lord Palmerston, lord Russell y otros miembros del Gobierno.

El 29 de noviembre se observó un ligero cambio en el tono de la prensa ministerial. Se supo que los jurisconsultos de la Corona, por motivos técnicos, habían declarado ilegal el proceder de la fragata *San Jacinto*, y que, más tarde ese mismo día, el Gabinete, convocado a consejo general, había decidido enviar a lord Lyons, en el siguiente vapor, instrucciones para atenerse al dictamen de los jurisconsultos ingleses. De ahí que la agitación en los principales centros comerciales, como la Bolsa, Lloyd's, el Jerusalem, el Baltic, etc., se reavivara con redoblada fuerza, estimulada además por la noticia de que los embarques de salitre proyectados para América se habían detenido el día anterior, y de que el 29, en la Aduana, se había recibido una orden general prohibiendo la exportación de este artículo a cualquier país, salvo en determinadas condiciones rigurosas. Los títulos públicos ingleses bajaron otro ¾ por ciento, y en cierto momento reinó un verdadero pánico en todos los mercados bursátiles, hasta el punto de resultar imposible realizar operación alguna en ciertos valores, mientras que en todos los tipos de títulos sobrevino una fuerte depresión de los precios. Por la tarde se produjo una recuperación en el mercado bursátil, debida a varios rumores, pero principalmente al informe de que el señor Adams había expresado la opinión de que el acto del *San Jacinto* sería desautorizado por el Gabinete de Washington.

El 30 de noviembre (hoy), todos los periódicos londinenses, con la única excepción de *The Morning Star*, plantean la alternativa de la reparación por parte del Gabinete de Washington o... la guerra.

Una vez resumida la historia de los acontecimientos desde la llegada del *La Plata* hasta el día de hoy, paso ahora a consignar las opiniones. Había, naturalmente, dos puntos que considerar: por un lado, la legalidad, y por otro, la conveniencia de la captura de los comisionados del Sur a bordo de un vapor correo inglés.

En cuanto al aspecto legal del asunto, la primera dificultad planteada por la prensa tory y el *Morning Chronicle* fue que los Estados Unidos nunca habían reconocido a los secesionistas del Sur como beligerantes, y, por consiguiente, no podían reclamar derechos de beligerancia respecto a ellos. Este sofisma fue despachado de inmediato por la propia prensa ministerial.

«Nosotros —dijo *The Times*— ya hemos reconocido a esos Estados Confederados como potencia beligerante, y reconoceremos su Gobierno cuando llegue el momento. Por consiguiente, nos hemos impuesto todos los deberes y las incomodidades de una potencia neutral entre dos beligerantes.»

De ahí que, reconozcan o no los Estados Unidos a los confederados como beligerantes, tienen derecho a insistir en que Inglaterra se someta a todos los deberes e incomodidades de un neutral en la guerra marítima.

Por consiguiente, con las excepciones mencionadas, toda la prensa londinense reconoce el derecho del *San Jacinto* a interceptar, visitar y registrar el *Trent*, para determinar si llevaba mercancías o personas pertenecientes a la categoría de «contrabando de guerra». La insinuación del *Times* de que la jurisprudencia inglesa «se dictó en circunstancias muy distintas de las actuales», que «entonces no existían los vapores» y que los buques correo, «que transportan cartas en las que todas las naciones del mundo tienen un interés inmediato, eran desconocidos», que «nosotros (los ingleses) luchábamos por la existencia e hicimos en aquellos días lo que no permitiríamos hacer a otros», no fue lanzada en serio. El *Moniteur* privado de Palmerston, *The Morning Post*, declaró ese mismo día que los vapores correo eran simples buques mercantes, que no compartían la exención del derecho de visita de que gozan los buques de guerra y los transportes. De hecho, el derecho de registro por parte del *San Jacinto* fue admitido tanto por la prensa londinense como por los jurisconsultos de la Corona. La objeción de que el *Trent*, en lugar de navegar de un puerto beligerante a otro puerto beligerante, se dirigía, por el contrario, de un puerto neutral a otro puerto neutral, cayó por tierra ante la decisión de lord Stowell de que el derecho de visita tiene por objeto averiguar el destino de un buque.

En segundo lugar, surgió la cuestión de si, al disparar una bala rasa frente a la proa del *Trent* y, acto seguido, lanzar un obús que estalló cerca de él, el *San Jacinto* no habría violado los usos y cortesías propios del ejercicio del derecho de visita y registro. La prensa londinense admitió en general que, dado que los detalles del suceso solo se han conocido hasta ahora por las declaraciones de una de las partes implicadas, ninguna cuestión menor de ese tipo podía influir en la decisión que debía adoptar el Gobierno británico.

Así pues, admitido el derecho de registro ejercido por el *San Jacinto*, ¿qué debía buscar este? Contrabando de guerra, que se presumía transportado por el *Trent*. ¿Qué es el contrabando de guerra? ¿Son contrabando de guerra los despachos de un Gobierno beligerante? ¿Son contrabando de guerra las personas que portan esos despachos? Y, si ambas preguntas se responden afirmativamente, ¿siguen siendo esos despachos y sus portadores contrabando de guerra cuando se encuentran a bordo de un buque mercante que se dirige de un puerto neutral a otro puerto neutral? La prensa londinense admite que las decisiones de las más altas autoridades judiciales a ambos lados del Atlántico son tan contradictorias, y pueden invocarse con tal apariencia de justicia tanto a favor de la afirmativa como de la negativa, que, en todo caso, se configura un caso *prima facie* para el *San Jacinto*.

Paralelamente a esta opinión predominante de la prensa inglesa, los jurisconsultos de la Corona inglesa han dejado completamente de lado la cuestión de fondo y solo han abordado la cuestión de forma. Sostienen que no se ha violado el derecho de gentes en cuanto al fondo, sino solo en la forma. Han llegado a la conclusión de que el *San Jacinto* incurrió en una falta al apresar, bajo su propia responsabilidad, a los comisionados del Sur, en lugar de conducir al *Trent* a un puerto federal y someter la cuestión a un tribunal federal de presas, pues ningún crucero armado tiene derecho a erigirse en juez en el mar. Por tanto, los jurisconsultos de la Corona inglesa solo le imputan al *San Jacinto* una infracción en el procedimiento, y en mi opinión, su conclusión es acertada. Sería fácil desenterrar precedentes que demuestren que Inglaterra ha atropellado de manera similar las formalidades del derecho marítimo; pero nunca puede permitirse que las violaciones de la ley suplanten a la ley misma.

Cabe ahora preguntarse si la reparación exigida por el Gobierno inglés —es decir, la devolución de los comisionados del Sur— está justificada por un agravio que los propios ingleses confiesan ser más de forma que de fondo. Un abogado del Temple, en la edición de hoy del *Times*, observa a este respecto:

«Si el caso no nos es tan claramente favorable como para que una decisión de un tribunal americano que condenara al buque hubiera estado expuesta a ser cuestionada por nosotros por ser manifiestamente contraria al derecho de gentes, entonces la irregularidad del capitán americano al permitir que el *Trent* prosiguiera rumbo a Southampton redundó claramente en beneficio de los propietarios y los pasajeros británicos. ¿Podríamos nosotros, en tal caso, encontrar motivo para una querella internacional en un error de procedimiento que, de hecho, jugó a nuestro favor?»

Con todo, si el Gobierno americano debe reconocer, como a mí me parece, que el capitán Wilkes ha cometido una violación del derecho marítimo, ya sea formal o material, tanto su buen nombre como su interés deberían impedirle regatear los términos de la satisfacción que ha de darse a la parte agraviada. Deben recordar que hacen la obra de los secesionistas enredando a los Estados Unidos en una guerra con Inglaterra; que semejante guerra sería una bendición del cielo para Luis Bonaparte en sus dificultades actuales, y que, en consecuencia, contaría con todo el peso oficial de Francia; y, por último, que, con las fuerzas que actualmente tiene bajo su mando Gran Bretaña en las estaciones de Norteamérica y las Indias Occidentales, más las fuerzas de la expedición a México, el Gobierno inglés dispondría de un poder marítimo abrumador.

En cuanto a la conveniencia de la captura en el canal de las Bahamas, la voz no solo de la prensa inglesa, sino de la prensa europea, es unánime al expresar asombro por la extraña conducta del Gobierno americano, que provoca peligros internacionales tan tremendos para apoderarse de las personas de los Sres. Mason, Slidell y Cía., mientras los Sres. Yancey y Mann se pavonean en Londres. *The Times* tiene ciertamente razón al decir:

«Hasta el propio Mr. Seward debe saber que las voces de esos comisionados del Sur, sonando desde su cautiverio, son mil veces más elocuentes en Londres y en París de lo que habrían sido si se las hubiera oído en St. James y en las Tullerías.»

El pueblo de los Estados Unidos, habiéndose sometido magnánimamente a una restricción de sus propias libertades para salvar a su país, ciertamente no estará menos dispuesto a cambiar la corriente de la opinión popular en Inglaterra confesando abiertamente, y reparando cuidadosamente, un error internacional cuya reivindicación podría hacer realidad las más audaces esperanzas de los rebeldes.