LA OPINION DE LOS PERIODICOS Y LA
OPINION DEL PUEBLO

Londres, 25 de diciembre de 1861

Los políticos continentales que creen poseer un termómetro
del estado de ánimo del pueblo inglés están sacando en este
momento necesariamente conclusiones erróneas. Con la prime-
ra noticia del caso del buque correo Trent! el orgullo nacional
inglés entró en efervescencia y la llamada a la guerra con los
Estados Unidos se hizo eco entre prácticamente todas las capas
de la sociedad. La prensa londinense, por el contrario, aparenta-
ba moderación, e incluso The Times dudaba de si en realidad se
trataba de un casus belli. ¿De dónde procede este fenómeno? Pal-
merston no estaba seguro de que los juristas de la Corona estu-

1 El «caso Trent» fue un conflicto diplomático ocurrido en el marco de la
Guerra Civil de los Estados Unidos. El buque de guerra norteamericano USS San
Jacinto, perteneciente al gobierno de la Unión, atacó el barco de correos británico
Trent, en el cual viajaban los diplomáticos de la Confederación James Murray
Mason (1798-1871) y John Slidell (1793-1871). Su objetivo era llegar a Gran Bre-
taña para solicitar el reconocimiento político de la Confederación, pero fueron
retenidos por el ejército estadounidense. El desencuentro entre Inglaterra y Esta-
dos Unidos -que pudo haber terminado en contienda- se resolvió con la libe-
ración de los diplomáticos a comienzos de 1862.

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vieran en situación de inventarse cualquier pretexto legal para la
guerra. Semana y media antes de la llegada del La Plata a Sout-
hampton los agentes de la Confederación sureña habían apelado
desde Liverpool al gabinete inglés para denunciar la intención de
los cruceros americanos de salir de los puertos ingleses para cap-
turar en mar abierto a los señores Mason, Slidell, etc., y requerido
la intervención del gobierno inglés. Según los informes de los
juristas de la Corona, este último rechazó la solicitud. De ahí el
tono pacífico y moderado en un principio de la prensa londinen-
se en comparación con la impaciencia bélica del pueblo. No obs-
tante, tan pronto como los juristas de la Corona —Attorney General y
Attorney Sollicitor, ambos miembros asimismo del gabinete- dieron
con un pretexto técnico para la disputa con Estados Unidos, la rela-
ción entre pueblo y prensa se transformó en lo contrario. La fie-
bre bélica ascendió en la prensa en la misma medida en que des-
cendía entre el pueblo. En estos momentos una guerra con
América es algo tan impopular en todas las capas de la población
inglesa, con excepción de los amigos del algodón y los latifundis-
tas, como inmenso el clamor de guerra en la prensa.

Pero ¡veamos ahora la prensa londinense! A la cabeza está The
Times, cuyo redactor jefe, Bob Lowe, fue antaño un demagogo
que incitaba en Australia a la insurrección contra Inglaterra. Es
un miembro subordinado del gabinete, una especie de ministro
de Información y una mera creación de Palmerston. El Punch es
el bufón de The Times, que transforma sus sesquipedalia verba? en
bromas concisas y caricaturas faltas de ingenio. A uno de los
redactores jefe del Punch Palmerston lo metió en el Board of
Health (Comisión de Sanidad) por 1.000 libras esterlinas al año.

2 Palabras duras.

The Morning Post es, en parte, propiedad privada de Palmerston.
Otra parte de esta peculiar institución ha sido vendida a la
Embajada francesa. El resto pertenece a la haute voléé y propor-
ciona los más detallados informes a los cortesanos y a los sastres
de damas. Por eso, entre el pueblo inglés, The Morning Post tiene
fama de ser el Jenkins (una figura en pie que representa al laca-
yo) de la prensa.

The Morning Advertiser es propiedad conjunta de los licensed vic-
tuallers, es decir, de las tabernas que, además de cerveza, pueden
vender también aguardiente. Además, es el órgano de los pietis-
tas ingleses y también de los sporting characters, es decir, de la
gente que hace negocio con las carreras de caballos, las apues-
tas, el boxeo y cosas por el estilo. El redactor de este periódico, el
señor Grant, antes taquigrafista de periódicos, un individuo sin
ninguna cultura literaria, tuvo el honor de serinvitado a las vela-
das privadas de Palmerston. Desde entonces adora al truly
English minister (verdadero ministro inglés), al que al estallar la
guerra rusa había denunciado por ser «agente ruso». Hay que
añadir que los piadosos patronos de este periódico de aguar-
diente están bajo la batuta del conde de Shaftesbury y que Shaf-
tesbury es el yerno de Palmerston. Shaftesbury es el papa de los
low church men*, que taponan el espíritu profano del honrado
Advertiser con el santo espíritu.

3 Alta sociedad.

4 Seguidores de la Iglesia Baja (en contraposición a Iglesia Alta: véase nota 1 del
artículo «Elecciones y nubarrones financieros»), denominación utilizada desde
principios del siglo xviii en el seno de la Iglesia anglicana para aquellos teólogos y
políticos que buscaban una mayor reforma en la Iglesia de Inglaterra, así como
una mayor liberalización de sus estructuras.

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The Morning Chronicle! Quantum mutatus ab illo Durante casi
medio siglo el gran órgano del partido de los whigs y no infeliz
rival de The Times, vio palidecer su estrella desde que comenzó la
guerra de los whigs. Experimentó metamorfosis de todo tipo, se
transformó en un penny paper, trató de vivir de «sensacionalis-
mos» como, por ejemplo, cuando tomó partido por Palmer, el
envenenador. Fue vendido más tarde a la delegación francesa, a
la que, no obstante, pronto le dio pena tirar su dinero. Se arrojó
entonces sobre el antibonapartismo, aunque no con mejores
resultados. Finalmente acabó encontrando al tan buscado com-
prador en las personas de los señores Yancey y Mann, los agentes
de la Confederación sureña en Londres.

El Daily Telegraph es propiedad privada de un tal Levy. Su dia-
rio ha sido tachado de Palmerston’s mob paper (el órgano popular
de Palmerston). Además de esta función hace también chronique
scandaleuse’. Este Telegraph se caracteriza por haber declarado,
siguiendo órdenes de arriba, que la guerra es imposible nada
más llegar la noticia del Trent. En la dignidad y moderación que
le impusieron se veía a sí mismo tan extraño que desde ese
momento lleva publicados ya media docena de artículos acerca
de la moderación y la dignidad demostradas por él en aquella
ocasión. Tan pronto como llegó la orden de cambio de frente, el
Telegraph intentó salir igualmente airoso del mandato impuesto y
acallar a todos sus camaradas con sus fuertes alaridos de guerra.

El Globe es el diario vespertino del Ministerio, que recibe sub-
venciones oficiales de todos los ministerios whig.

5 ¡Qué distinto de entonces!

6 Periódico barato. La Penny Pressfue la prensa dirigida a las masas populares de
mediados del siglo xix. Su papel de baja calidad reducía su precio a un céntimo,
haciendo las noticias accesibles al gran público.

7 Colección de cotilleos.

Las hojas de los tories, The Morning Herald y el Evening Stan-
dard, ambos de la misma cuerda, están determinados por un
doble motivo, por un lado el odio innato a «las colonias inglesas
rebeldes», por otro, por una marea crónica de su bolsa. Saben que
una guerra con América haría saltar el actual gabinete de coali-
ción y allanarían el camino a un gabinete de los tories. Con el
gabinete de los tones regresarían todas las subvenciones oficiales
al Herald y al Standard. ¡Así que los lobos hambrientos no pueden
aullar más alto por su presa que estos diarios de los tories por una
guerra americana y una lluvia de oro como consecuencia de
ello!

De la prensa diaria londinense solo quedan dignos de mención
el Morning News y el Morning Star, los dos que trabajan en contra
de los que tocan las trompetas de guerra. The Daily News ha visto
frenados sus movimientos por una relación con lord John Rus-
sell; el Morning Star (órgano de Bright y Cobden) ha visto
menoscabada su influencia por su carácter de «diario pacífico a
cualquier precio».

La mayoría de los semanarios londinenses son meros ecos de
la prensa diaria, es decir, beligerantes en su mayoría. El Observer
está al servicio del Ministerio. El Saturday Review busca algo inge-
nioso y cree haberlo encontrado afectando una cínica nobleza
en lo relativo a prejuicios «humanitarios». Para demostrar su
«ingenio», los abogados, curas y maestros corruptos que escri-
ben en ese diario sonríen y aplauden a los esclavistas desde el
estallido de la Guerra Civil americana. Incluso esbozan planes
de campañas contra Estados Unidos, cuya tosca ignorancia le
pone a uno los pelos de punta.

Como excepciones más o menos respetables hay que men-
cionar el Spectator, el Examinery también la MacMillan's Magazine.

Ya se ve: en conjunto, la prensa londinense —con excepción

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de los órganos del algodón, los diarios de provincias constituyen
un honroso contraste- representa a Palmerston y nada más que
a Palmerston. Palmerston quiere guerra, el pueblo inglés no la
quiere. Los próximos acontecimientos demostrarán quién sal-
drá vencedor en este duelo, Palmerston o el pueblo. En cual-
quier caso, Palmerston está jugando un juego más peligroso que
Luis Bonaparte a comienzos de 1859.